Caldo de Carvalho (XVI) Inútil escrutar tan alto cielo

                                   


     
Los periódicos con olor a torrezno industrial que lee Méndez llevan meses hablando de crisis, burbujas financieras, hipotecas y préstamos. Hoy dicen que ha quebrado Lehman Brothers, uno de los más importantes bancos estadounidenses. El inspector ve venir bombas. Subirán el tabaco y el café. Habrá más de todo; desahucios, chulos, muertos en los portales, niños sin desayuno, emigrantes perseguidos, mujeres asesinadas. Méndez ya era viejo en el crack del 29, ha visto triles inverosímiles. Es lunes y está cansado. Visita en su despacho a la inspectora jefe Margarita García. Cómo cambian los tiempos, Méndez, qué te parece. Qué te parece, Méndez, cómo cambian los tiempos.

— Méndez, es usted una institución. ¿No han puesto una estatua suya con peana en el museo de la policía?

—Ya me gustaría, ya. Me dolerían menos los pies. ¿Tiene un minuto?

—Sea breve.

—El caso del abogado Moré. Lo llevan Lifante y Contreras. La víctima tenía relación con el comisario Salmorejo y los inspectores son sus amigos. No encuentran nada, ni lo van a encontrar.

La inspectora jefe se incomoda. Palabras de guerra. Coge papel y bolígrafo.

—Desarrolle, concreto y sintético.

—Me han adjudicado la muerte de un confidente de Lifante y Contreras. Tenía respaldo, abogados del centro, recursos económicos y protección policial. Me gustaría saber por qué. El Chino se ha llenado de gente preguntando por Carvalho. Ha habido muchas quejas, no puede uno prostituirse tranquilo.

Ha tomado nota la inspectora Jefa García. Deja caer el bolígrafo en la mesa y el papel en la papelera.

—No trabajo en asuntos internos, siga el cauce reglamentario.

—No puedo. Cada vez que lo intento se me sale la hernia.

—Se me ocurren dos preguntas, Méndez. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y ¿Por qué a mí?

—Verá...Soy lector de Alicia Giménez Bartlett. Su personaje principal, Petra Delicado, es policía y su modelo es usted, Margarita García, inspectora jefe. Lo dice La Vanguardia. Giménez Bartlett trabaja con la agencia Balcells.

Margarita García, inspectora jefe, se levanta, abre la puerta del despacho y pega un bocinazo.

—¡Petra!

Uno de los teléfonos que han encontrado en la agenda del Toto corresponde a Núñez y Muñoz, un despacho de abogados en el Eixample. Enfrente, en Calçats Torregrossa, una zapatería con minúsculos escaparates polvorientos, la discreta anciana a cargo del establecimiento informó a Méndez de sus dolores lumbares, lo desagradecida que es su hija mayor y de los vaivenes del negocio desde que lo heredó en 1971. Aportó algunos datos útiles: Muñoz es chileno, bajo, parlanchín, divorciado, maleducado y follarín. Se encarga de asuntos financieros. Núñez: español, cocainómano, larguirucho, chuleta, aficionado a las motos y soltero. Éste le interesó más a Méndez. Defiende a policías.

Esperó a la salida del despacho en la calle Mallorca y siguió al largo. Núñez andaba deprisa. Salió al paseo de Gracia y a los treinta metros dobló por la calle Provenza. Ahí Méndez perdió su pista, el resuello y la autoestima. Al día siguiente lo esperaba en la calle Provenza. En una semana consiguió el trayecto entero, setecientos metros, diez minutos andando. Núñez al salir del trabajo se dirige a diario al restaurante La Camarga, en la calle d’Aribau. Méndez decidió husmear, tirar la casa por la ventana e invitar al menú de treinta euros a la inspectora Petra Delicado.

  Comer en un restaurante del centro con una mujer de aspecto saludable podría destruir su reputación. El inspector es un abnegado profesional, está dispuesto a jugarse la vida por el bien común y probar el envoltini de queso brie, el rissoto, el cogote de merluza y los profiteroles. Convence a Petra Delicado de que lo acompañe y se ocupe de estudiar el local, cocina, despensas, servicios, reservados, oficina. Él se centrará en el personal. Llegan pronto, hay poca gente. Se acomodan en el enorme comedor principal y empiezan con un vermú. Hay varias salas privadas, una de ellas con proyector, una terraza con mesa para doce. Predomina el color blanco, abundan flores y plantas, madera, lamparitas, cuadros con paisajes de Absurdistán y platos de colorines. Poco personal. Petra se levanta y se dirige al servicio. La clientela es selecta. Méndez da muestras de una reacción alérgica, le sudan las manos, le falta aire, le duele la garganta. Núñez llega a la hora calculada. Petra Delicado se sienta y con un dedo en los labios manda silencio. Señala el centro floral y el candelabro. El inspector se da por enterado con un movimiento de cejas, duples altos.

—Es precioso papi, me tienes que traer más veces. Me encantan los sitios discretos y elegantes.

—Claro hija, claro. Cuando quieras. Con gente tan educada da gusto, parece un cónclave. Y mira pa ahí, qué tulipanes más hermosos.

Núñez ha entrado en un reservado. Méndez asoma la cabeza, el abogado está acompañado de un caballero.

—Disculpen. ¿Son ustedes los de pompas fúnebres?

Petra es, comparada con Méndez, joven y dinámica, puede encargarse de seguir al interlocutor. El inspector intercepta a un camarero que lo mira con pánico.

—¿A ti no te detuve una vez por robar una moto? Si dices algo te encalomo.

—Oiga, Méndez que no fui yo, que fue el Richi…

—Ni una palabra. Conozco a tu madre desde el concilio vaticano segundo.

La descubierta en el restaurante La Camarga ha sido un éxito descontando la diarrea del inspector. Petra Delicado ha identificado a un constructor en libertad vigilada, un narco a la espera de juicio, y un delantero centro defraudador. El elemento que ha comido con el abogado Núñez, al que ha seguido la inspectora, es un detective de la agencia Norma cuatro. Se dedican a grabar conversaciones en los reservados. En La Camarga hay más micrófonos que clientes.

   La inspectora Petra Delicado investiga a la agencia Norma Cuatro y su conexión con la policía. Grabar en La Camarga produce toneladas de información. Ella y el subinspector Fermín Garzón estudian los movimientos de los detectives. Descartando los encargos comunes, asuntos de cuernos y divorcios, estafas a seguros, desaparecidos o espionaje industrial, lo más habitual en su rutina son los encuentros con policías. Compran información ilegal sobre matrículas, movimientos de cuentas, domicilios o antecedentes. Incluye escuchas telefónicas sin autorización judicial.

—¿El inspector Méndez?

—Un momento...doce cincuenta, al café invita la casa. Niño, avisa al señor Méndez... Haga el favor de esperar, el inspector está dormido. Hay que despertarlo con una mascletá.

La descripción sonora de lo que escucha Petra Delicado no necesita mucha perspicacia. Se oye el tráfico, gritos, cafetera, cucharas, vasos, risas y tacos. Un bar de los que ya no quedan, mitad monte de piedad, mitad casa de socorro, mitad comida casera de casa-cuartel. Demasiadas mitades.

—Dígame.

—Inspectora Delicado. ¿Puede dormir ahí? ¿No tiene casa?

—Vivo aquí, es un remanso de paz, un monasterio. Usted dirá.

—He trabajado algo por mi cuenta, Méndez. Los de Norma cuatro graban a políticos y pasan la información a algunos policías. Es muy probable que estuvieran al tanto del encuentro en el Palace de Moré con el abogado de Rigalt i Mataplana.

—¿Qué policías?

—Los clientes de Núñez y alrededores.

—¿Contreras y Lifante?

—Podría ser. Estamos en ello.

   Méndez cuelga y llama al Trini. Se ponen al día. El inspector ha tardado meses en descifrar la información entregada por Duluc sobre Salmorejo y en revisar el material de Vallvidrera, matrículas, signos exteriores, posibles conexiones. El resultado es un esquema complejo y recurrente, la ruta de la pasta. Nombres, países y toneladas de mierda cruda. Una banda de comisarios jugando a espías metidos a empresarios con aspiraciones políticas. Moriarty. Para evitar la esquizofrenia y pensar en Asunción, el Trini llama a Toni Romano y se acerca a Lavapiés.

     Lo primero que se les ocurre a los dos exboxeadores, es subir al ring del último gimnasio sin letreros en inglés, y hacer unos guantes pedagógicos, amistosos. Una conversación a puñetazos contenidos. Es temprano, huele a linimento, lejía y Ducados. El encargado del local, un politólogo experto en relaciones diplomáticas conoce a los dos. Esto no me lo pierdo, el abuelo fajador contra el nieto estilista. Toni está vivo, mantiene los reflejos. No aguanta el baile del Trini que le saca dos cabezas y quince kilos. Un asalto corto, ceremonioso, un vals. El premio, unos valdepeñas en un bar sin ruido y un purito para Toni.

—Mira Ramalho, estoy harto. De Salmorejo, de Carvalho y de la madre que parió a los escritores.

—No te hagas el viejo. Me enganchaste una en el hígado que me va a doler una semana.

—Te tapas mucho la cara. Es lo que soléis hacer los policías.

El Trini arma una guardia baja. Marca la distancia.

—Hace mucho que dejaste el cuerpo. Ya no echan a los polis rojos.

—No me echaron, me fui. Los polis sois siempre iguales. Garantes del orden de mierda.

—Del desorden, Toni, olvídate del siglo veinte.

—No me olvido de nada, nunca. La memoria sirve para que no te hagan dos veces el mismo truco. ¿Qué quieres?

—Ayuda.

 

   El restorán La Camarga es la ostia, Méndez. Limpiar está muy mal pagado, el convenio es una birria, siete euros la hora con suerte. Y una se tiene que hacer la tonta, ni ve, ni oye, ni entiende. Mi hijo será lo que sea, pero es un cacho de pan, se lo juro. No, el paquete no era suyo, era de un amigo, si lo sabré yo. El Richi que siempre ha sido un sinvergüenza. No me entienda mal, comisario...Bueno pues inspector. Usted es buena persona, un poco cabrón, sí, pero eso va en el oficio, qué quiere que le diga. Hágame un favor, yo se lo pago. Se entera una de muchas cosas y ya sé que a usted le gusta que se las cuenten. No, gracias, más anís no. No necesita que me mame para que hable, ya voy yo solita. No, beba usted, comisario, no me molesta. Eso, inspector, perdone. ¿Sabe quién estuvo cenando el otro día? El ministro del interior. Sí, Rubalcaba. Con jefazos de la policía y políticos de mucho mando. ¿Me va a ayudar entonces? Se lo agradeceré toda la vida, comisario. No, ya verá como de esta lo ascienden. ¿Sabe de qué hablaron? Claro, como lo va a saber. Pues de cosas feas de Pujol, alguien quiere detener a su hijo, por lo visto tiene trapicheos. En la cocina se comentó mucho. Ah, y también hablaron de ese que está tan de moda en el barrio, Carvalho. Sí, ese, Pepe Carvalho.

 

  No se atrevieron a matar al Trini. Entraron en su casa, se lo llevaron todo, le dieron un palizón. No puede hablar, ni abrir los ojos hinchados. Está ingresado en el Gregorio Marañón. Tiene al lado a Asunción, la mandíbula rota, collarín para las cervicales y los pulmones encharcados. La enfermera cambia la vía y el gotero. Tiene visita. Toni no sabe qué decir, no dice nada. Solo saluda. Quiere dejar constancia de que está allí. Lleva en el bolso la Gabilondo.

  Tonia no ha podido olvidar a Carvalho. Él o alguien, se ha encargado de eso. El día que cumplió veinticinco años recibió un paquete con matasellos de San Juan Chamula, Chiapas, México. Un libro en blanco y un mechero. Le hizo gracia. Le hubiera gustado poder contestar: Señor Carvalho, la cultura es el cultivo, y sin cultivo no hay alcachofas. Las alcachofas no tienen contenido hipócrita. Se cultivan las formas de hacer las cosas. Las diferentes formas de reproducir, en cada momento y lugar, la vida en común. Estaba embarazada.

 

 
 

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