Caldo de Carvalho (VI) Es el primo Anselmo
Tonia
pasa muchas tardes en casa de la Nuri. Se hacen compañía, chafardean un rato,
cocinan y toman té verde. La Nuri lleva un año sin salir de casa. El asesor de
una ONG, Osorio, lleva su indocumentación, la orienta o, en este caso, la
occidenta. Podrían detenerla, llevarla a un centro de internamiento de
extranjeros. Tiene que cumplir dos años de estancia en el país, esperar que se
arreglen los papeles de sus padres, los permisos de residencia, el
reagrupamiento familiar. Vive en el limbo número catorce, cuarto E, en San
Roque, con sus tíos. Osorio rellena cuestionarios, hace preguntas y
estadísticas. Es informático de profesión y ejerce de gallego. Dice a la prensa
que se hizo voluntario después de un papeleo que acabó en juicio contra una red
de tráfico de personas. Siempre insiste en lo mismo, hay que denunciar a la
mínima, los inmigrantes son vulnerables.
La Nuri es
prima de Malik, tiene diecisiete años, habla francés, chapurrea castellano, le
gustan las telenovelas y Dragon Ball. Quiere ir a París, graduarse en
pediatría, volver a Nador con un pasaporte del primer mundo, poner un
consultorio y caminar por la orilla de la Marchica sin miedo al futuro, al rey
y a la policía.
—Carvalho es tonto. Si se casara con Charo le iría
mejor.
—Los detectives privados no se casan, Nuri, las
mujeres de la calle tampoco y entre ellos menos. Se parecen mucho.
—Charo no hacía la calle. Además, está retirada y
Carvalho se quiere jubilar. Harían buena pareja. Podrían cenar pato a la
naranja en la terraza y luego acurrucados en el sofá, ver una película.
—Las casadas tienen la terraza llena de trastos. Y no
se acurrucan.
—Qué aguafiestas eres, hija. Los detectives y las
mujeres de la vida hacen lo que quiera el escritor. O la escritora…Voy a
escribir una novela. Se van a casar y serán felices. Tendrán tres hijas, coche
nuevo y una casa en la Costa Azul.
—Pues no vas a vender ni una. Sin conflicto no hay
historia. Como mínimo necesitas que tengan goteras en la cocina o un cementerio
cerca.
Tonia lee
las novelas de Carvalho rompiendo el orden cronológico. Siguió la serie con “Asesinato
en el comité central” publicada en 1981. El Escritor provoca que Santiago
Carrillo, cadáver exquisito en el relato, secretario general del PCE, acusara
públicamente a Pepe Carvalho de tener cierta tendencia al proxenetismo. Tonia
dio la vuelta al mundo alrededor de “Milenio” siguiendo al detective y a
Biscuter en su viaje “roda el món i torna al born”. Descubrió en “Quinteto de
Buenos Aires”, 1997, una argentinidad peligrosa que convertía a los
desaparecidos en subversivos, a Maradona en capitán siniestro héroe de Malvinas, y al tango de
barrio, criollo y polaco, en cocaína. “El Balneario” hizo considerar a Tonia su
vegetarianía militante, ahora menos estricta. Se permite probar las albóndigas
con salsa tzatziki de su madre o los pappardelle con liebre de su padre. La
silueta borrosa de Carvalho ya le resulta familiar, aunque solo es descrito
físicamente en “Tatuaje”. Empieza a conocer sus costumbres, sus gustos, sus
calles y sus manías. Le agrada Biscuter, no tiene un mal gesto, vive en un
despacho churretoso, hace la cobertura a Charo y espera que algún día a “su
maestro, el señor Carvalho” se le escape un elogio a su comida. La siguiente
novela será “La soledad del mánager”.
En fiestas, con las calles petadas, ejerce
de vecino malasañero el escritor más negro de la capital, Juan Madrid. Está
harto del alcalde, yerno ideal del franquismo, de la presidenta de la comunidad,
compradora de diputados en oferta, dos por uno, y de la madre que los parió. Controlan
la ciudad. Madrid, dice Madrid, es el paraíso del pelotazo, del saqueo de lo
público. Pasaron. Y se han quedao. A bailar sobre el ladrillo.
En los
tugurios nocturnos, antros con luminosos en los que siempre parpadea alguna
letra, se mezclan aguas pestilentes. No vienen de la sierra. De día, Juan
Madrid y Moré, el abogado polaco, caminan entre Daoiz y Velarde. Hablan con
frases cortas hasta que doblan por San Andrés. En Casa Camacho huele a
boquerones en vinagre. Entran y piden vermú con seltz.
—Aquí somos muy realistas, muy de Galdós y Baroja. Me
gustaría contar en prosa poética, sin el sonajero del que hablaba Marsé, cómo
la caballería roja baja al galope por esta calle y Budionny señala con su sable
el barrio de Salamanca. Pero no soy cosaco, ni ruso, ni constructivista, ni
contemporáneo de Lenin. Cada uno cuenta lo que tiene delante. A mi alrededor
veo los bajos fondos de Madrid cervantinos, goyescos, llenos de pícaros, majas,
cabrones, flageladores y chulos. También me asomo lo que puedo a los palacios,
la corte, los borboneos y los cuarteles. Para Montalbán, un poeta, la
revolución empieza con el derrocamiento del zar y acaba con el suicidio de
Maiakovski. Para mí, con la ejecución de Babel.
—Suicidio y ejecución. Un final feliz.
—El final feliz es en los musicales, los detesto, me
dan alergia. El caso es que tengo prisa. ¿De qué periódico dice que es usted?
—Soy abogado. Vicent Moré. Me manda Carmen Balcells.
Vengo por lo de Carvalho. Acabo de estar con Toni. Dice que Carvalho no existe.
—¿Qué quiere?
—Yo otro vermú. Carmen Balcells saber de Carvalho.
¿Montalbán le contó algo sobre el detective? ¿Puede ser que se inspirará en una
persona real?
—Manolo era de pocas palabras. Una cosa sí recuerdo.
Me explicó que Carvalho es un apellido portugués, en gallego sería Carvallo.
Creo que se lo cambió su padre, harto de ser español.
—¿Conoce algún detective portugués?
—Vivo no. Pessoa escribía novelas negras, pero no
terminó ninguna. Su detective debía ser un inútil. Abilio Quaresma creo que se
llamaba. Para todo lo que tiene que ver con Portugal pregunto al Trini, un
inspector joven de la comisaría de Vallecas. Su madre es portuguesa. ¿Qué hora
tiene?
—No tengo. Serán cerca de las dos.
—Pues encantado de hablar con usted. Hasta la próxima.
Dé recuerdos a Carmen.
Moré con la frase en la boca y el vermú a medias
canturrea Cabaret. No acaba bien. Mañana pasará la nochevieja cantando y
bebiendo con Dolors y Vania. El vuelo de vuelta es a las diez de la noche.
Puede que esté paralizado el aeropuerto y coja el último tren. Hay tiempo para
comer algo y darse una vuelta por Vallecas.
Tonia va al
cine con Malik el día del espectador, Las tortugas también vuelan. A Tonia le
parece una película muy triste. Malik ya traía la tristeza puesta antes de
entrar. Habla muy bajo, como si no quisiera que Tonia escuchara. Un amigo
colombiano con el que compartió piso cogió el autobús en San Roque para ir al
centro, pero no se bajó allí. Llegó a la última parada, solo. El conductor fue
a avisarlo, tenía que bajarse. Estaba muerto. Tonia quiere bailar. Rebelarse.
La muerte va en serio, pero cada cosa a su tiempo. Necesitan alegría. Brindar
por el colombiano. Maldecir.
—Deja la bici, vamos con la moto.
Es un reflejo,
Malik quiere estar fuera y dentro, entre el cielo y el mar. Tonia sube y sabe a
dónde van, cerca, a la curva del Morrot. Está la noche clara. Tienen a sus pies
el mar, el puerto, los enormes barcos de los cruceros. Malik lía despacio.
Tonia lo enciende. No suele fumar, no le gusta el hachís. Un par de caladas y
lo devuelve. Malik aspira profundo y mantiene el humo en los pulmones unos
segundos antes de expulsarlo. Casi instantáneamente le brillan los ojos.
Canturrea en árabe, habla de Tanger.
—Algunas veces me gustaría que todo ardiera. Que se
fuera a la mierda el mundo.
— El mundo se va a la mierda todos los días. Luego
amanece y la gente desayuna.
Vázquez
Montalbán insistió a finales de los noventa en el olor a gamba que impregnaba
Barcelona. Los mocos invernales y un trancazo impiden a Moré captar los olores
madrileños, el dinero no huele. Busca Atocha. Según las pocas nociones que
tiene está cerca de Vallecas. Después de una caminata encuentra el Manzanares.
Reconoce que se ha perdido y su seguidor no. Sube a un taxi y se planta en la
puerta de la comisaría vallecana. A punto de entrar le parece poco serio
preguntar por “El Trini”. Estira la americana, se peina con las manos y ajusta
el nudo de la corbata. El cristal de la puerta le devuelve la imagen de alguien
que ha dormido en un cajero. Respira hondo y entra como si tuviera a un cliente
detenido.
—Buenas tardes. Soy abogado. Querría hablar, si es
posible, con un inspector llamado Trini.
El agente evalúa la situación durante unos segundos.
Observa con disgusto una gota brillando en la punta de la nariz del señor que
lo ha abordado en el pasillo. Huele a vermú.
—Su documentación por favor.
—Desde luego. Aquí tiene. Lo primero es lo primero.
Es un error limpiarse los mocos con la manga, pero el
pañuelo del bolsillo está momificado. El agente lo mira fijamente.
—¿Se encuentra bien?
—Estupendamente. El invierno que me ha cogido por
sorpresa.
—El inspector Trinidad Ramalho no está. Si me explica
lo que quiere puedo atenderle.
—Uff… Es muy largo de contar, le aburriría y no
creería una palabra. Puedo darle mi número, si fuera tan amable de pasárselo al
inspector le estaría muy agradecido. Dígale que me ha hablado de él Juan
Madrid, el escritor. A las diez cojo un avión. ¿Podría cargar el teléfono? Lo
tengo sin batería.
—Un poco más abajo hay un bar. Tómese algo caliente y
pregunte al camarero. Daré el aviso. Buenas tardes.
Obedece,
cruza la calle, pide un carajillo y permiso para cargar el móvil. No ha comido.
Hay un poster gigante del Madrid de los setenta. Debajo del As y del
servilletero, encuentra una carta descolorida con platos combinados. Pide un
cuatro. Las salchichas de Frankfurt verduzcas y las patatas fritas blandurrias
le resultan familiares. El huevo frito tiene amarillos que harían vomitar a un
sargento de la legión. Lo ahoga todo en kétchup y mostaza. Para quien cena sopa
de tetrabrik, empanadillas congeladas o tortilla precocinada a diario, aquello
es comida casera. Cuando el pan chicloso revienta la yema se hace la oscuridad.
Un pívot de tres cuerpos con la cabeza rapada, pendientes, botas camperas y
chupa de cuero negro cierra todo su ángulo de visión.
—Soy Trinidad Ramalho. Me han dicho que quería verme.
Usted dirá.
—Vicent Moré.
—No, por favor… No me de la mano.
—Disculpe. Me sabe mal… Juan Madrid me habló de usted.
Verá, vengo de Barcelona enviado por Carmen Balcells, una agente literaria muy
importante. El ministro Rubalcaba puede hablarle de ella.
—Claro.
—El caso es que la interpol, supongo que lo puede
comprobar, ha emitido una orden internacional de búsqueda de Pepe Carvalho, un
detective privado. Desapareció en 2004. Tiene una hija en Los Ángeles. Yo me
encargo de coordinar todo. El comisario Salmorejo anda detrás. Luego está
Rigalt i Mataplana, un notario amigo de Pujol ¿Me sigue?
—Lo intento. Me distrae el olor a carajillo. Hágase un
favor, no coma eso y váyase a dormirla.
—No se deje engañar por las apariencias, soy un
prestigioso abogado y me gano muy bien la vida. Noto cierta desconfianza,
joder. Compruebe, compruebe, consulte a sus superiores. Es un caso prioritario.
Puede estar en riesgo la unidad de España. No es que me importe, por mi si
España que españe, pero hay gente que... Mire, haré lo siguiente, voy a llamar
al director general, tengo su teléfono personal. Personal. ¿Entiende?
El Trini se pasa la mano por la nuca intentando
estimular su capacidad de decisión. El nota parece inofensivo. Lo estudia. Moré
marca en el teléfono con un dedazo como si entrara a matar. No puede negarlo,
le pica la curiosidad.
—Señor Mesquida, buenas tardes. Sí, efectivamente,
Moré…No, novedades ninguna. Verá estoy en Vallecas, en la comisaría, con el
inspector Trinidad. Un hombre amabilísimo. El caso es que, y yo lo entiendo, no
me da credibilidad. ¿Sería tan amable de…? Sí, sería de gran ayuda. Se lo
agradezco…No, no será necesario. Le paso.
Le alarga el teléfono y el Trini no lo coge. No parece
dispuesto a participar en una comedia.
—Una voz al otro lado del aparato. Podría ser el
obispo de Cuenca. Me está haciendo perder el tiempo.
Moré vuelve a colocarse el teléfono en la oreja.
—No quiere. Piensa que estoy haciendo broma…De
acuerdo. Gracias otra vez, a su disposición.
Guarda el teléfono. Ve a un inspector joven y
desconfiado, a punto de perder la paciencia. Le parece natural, la confianza no
es un atributo policial. Si fuera uno de los de antes ya le habría amenazado
con salpicarle un guantazo. Las generaciones nacidas en democracia tienen más
escrúpulos. No ha decidido todavía como clasificar al Trini. Ve en sus ojos el
hartazgo. El inspector le pone el brazo en el hombro y susurra.
—Vamos a dejarlo pa prao, tengo cosas que hacer.
Cuídese.
Ejemplar. Un comportamiento exquisito. Trinidad
Ramalho ha pasado a su lista de inspectores favoritos. En el plato ve formas y
colores. Unta y traga. El efecto es inmediato. La jornada en Madrid se le está
haciendo larga. Necesita ir al váter y meditar allí. Las condiciones higiénicas
del servicio son asumibles, aunque tiene que pedir papel en la barra. Los
clientes no lo miran bien con el rollo en la mano.
Sentado y
concentrado se pierde en el espacio/tiempo. Lleva una vida algo desordenada,
así no puede seguir. ¿Por qué no? No tiene contestación. Dolors está curada, no
depende de él, no le necesita para nada. Sin padres, ni hijos, no tiene
responsabilidades. Si dejara de beber y fumar viviría más tiempo. Enciende un
cigarro. Fumar sano, no es. La droga es peor. ¿Qué droga es peor? El pegamento.
No inhala pegamento. Es un tanto a su favor. Las guerras del opio fueron por
los puertos. A los chinos les encanta el té. El lunes tiene que ir al
psiquiatra. El lunes es fiesta. Tira el cigarro a la taza, se limpia ahorrando
papel, aprieta el botón de la cisterna, se sube los pantalones y se lava las
manos.
Al salir le miran peor que al entrar. Pide un té para
saber a qué sabe. Ramalho Da Costa, al lado de la máquina de tabaco, le observa
temeroso. Puede que vuelva a intentar darle la mano.
A Trinidad Ramalho Da Costa, el inspector de policía
que estudió filosofía, le asaltan las ideas de Wittgenstein, las cosas
lógicamente posibles. La llamada del director general de la policía el día que
ETA revienta el aeropuerto para pedirle que colabore en la búsqueda de un
personaje de ficción, le lleva al terreno de lo absurdo. Ahí no se desenvuelve
con naturalidad. En la universidad no le explicaron mucho sobre el pensamiento
irracional. Recuerda un dato perturbador, Wittgenstein y Hitler coincidieron en
la escuela secundaria de Linz.
—Cuénteme otra vez esa historia Moré y dígame que
puedo hacer por usted.
La explicación es prolija. El Trini escucha
imperturbable con un par de vistazos al reloj. Cuando Moré empieza a hablar en
círculos y menciona la enfermedad de su hermana, lo para.
—Carvalho es un apellido común en Portugal. Significa
roble. Los hay por todo el mundo. Miles en España y millones en Brasil. De ahí
no va a sacar nada, gallegos con raíces portuguesas hay a dolor y al revés
igual. Tengo leídas las novelas de Montalbán. Tendría que consultarlo, pero su
segundo apellido tiene más interés porque unas veces era Tourón y otras Larios.
Mire Moré, Toni Romano conoce su trabajo. Si no encontró nada es muy posible
que no haya nada. Tenemos Madrid boca abajo buscando a los que han volado el
aeropuerto. Gente con asesinatos de verdad y que pueden estar en este barrio.
No puedo ayudarle.
—Entiendo Ramalho, entiendo. No le molesto más, siento
haberle hecho perder el tiempo, muchas gracias…Ah, joder, ¿conoce al señor del
coche negro en la acera de enfrente?
Del Audi baja, al segundo intento, el comisario
Salmorejo. Dirige sus pasos disparejos hacía el bar. Entra con una sonrisa que
parece una disfunción. Se acomoda en la barra.
— Puede marcharse Ramalho. Yo me ocupo de Moré.
El Trini no se mueve. Salmorejo no es su jefe. No
tiene que darle permiso ni órdenes para irse o quedarse. No le gusta que
conozca su apellido.
—¿Le ha contado aquí el amigo que está buscando a un
personaje de novela y tal?
Moré enciende un pitillo. Da una calada honda y
bosteza. Se pasa la mano por la cara antes de hablar.
—Hablábamos del Madrid ye-yé. ¿Sabe el ministro que
estás aquí? ¿Le llamo?
—Creí que lo de Ramalho era el boxeo. Deja tranquilo
al ministro que bastante tendrá que hacer. Llevas un día muy entretenido,
abogado. No encuentras nada ¿eh? Te voy a dar una primicia, tu jefa te va a
despedir por inútil y por hacer el gilipollas. Llevas meses gastando pasta y lo
único que sabes es que Carvalho es un apellido portugués. Tengo unos cuantos
videos tuyos haciendo el ridículo, pom pom, pom pom. Con eso, las facturas que
pasas a la agencia por no hacer nada y el cheque que le has dao hoy al Toni, te
vas a tomar por culo.
Moré se dirige a Ramalho, que asiste a la conversación
como si fuera una partida de ajedrez.
—Éste presume de comisario, pero es técnico de sonido,
el rey del mambo. Lo graba todo para chantajes y cosas de esas. Hace informes a
la carta. Se inventará uno sobre Pujol y lo firmará Carvalho.
—Qué listo eres y qué bocazas. El caso es que no van
por ahí los tiros, abogado. ¿Has leído Masa y poder? No, tú sólo lees el Mundo
Deportivo y tal. Tengo amigos en la CIA, esos saben cómo funciona el poder y no
les cae bien Carvalho. Los informes que necesito me los darán ellos. Tienen
ficha de Carvalho.
—Amigos en la CIA. Venga, Salmorejo que nos conocemos,
joder. Mandas que me vigilen, ¿Para qué? Tienes menos que yo. Tus fuentes de
información son el Google y los seguratas de los puticlubs que habéis montado.
—Me subestimas Moré, no trabajo sólo. Lo digo por tu
bien, podemos colaborar, no seas cabezón. ¿A ti que más te da?
El Trini se
hace una composición de lugar. Salmorejo va por libre. La información, fuera de
los cauces oficiales, sirve para comerciar o extorsionar. Moré anda a tientas.
Busca a Carvalho por encargo y no parece que tenga mucho que ganar ni que
perder. Se reconcilia con Wittgenstein. El pensamiento es lenguaje y el
lenguaje tiene una gramática. Los enunciados del comisario son todos dudosos,
su gramática es parda. En una conversación de pocos minutos el comisario ha
desvelado varios delitos. Lo acaba de conocer y ya le cae gordo. Trinidad
Ramalho Da Costa se levanta. Desde la altura mira al comisario. Se despide de
Moré con un apretón de manos.
—Le mantendré informado de lo que me ha pedido. Le
llamaré.
Salmorejo rumia más que masca, algo que lleva en la
boca. Niega con la cabeza. Ramalhito, Ramalhito.

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