Caldo de Carvalho (IX) Variaciones sobre un 10 % de descuento
A
las once y media de la noche el Cholo, con el casco puesto, sale del ascensor
en el séptimo piso, lo deja abierto, se dirige a la letra B y llama al timbre
una sola vez. Diez segundos después en pijama, Moré abre la puerta. El Cholo
levanta la recortada y le dispara a dos palmos de la cara. Vuelve al ascensor,
baja directo al garaje con la escopeta en la chamarra, arranca la moto, abre el
portón con el mando, sube la rampa y se mezcla en el tráfico. En media hora
está a la entrada de Barberá del Vallés, en un aparcamiento, a veinte
kilómetros de Barcelona. Le espera el Toto en un megane. El Toto, bajito,
rechoncho, con ojos de huevo y manos blandas, mete en una bolsa de deporte la
recortada, el casco, el mando a distancia, las deportivas, los guantes y la
chupa. El Cholo se cambia en el asiento de atrás. La moto se queda allí. Tardan
una hora y media en llegar al embalse de Rialb sin hablar, con música
machacante a todo volumen. Paran junto a una granja de cerdos y se deshacen del
contenido de la bolsa. Vuelven por otra carretera bajando hasta Calafell, para
entrar a Barcelona por el sur. El Toto hace un par de chistes retorcidos, se
ríe él solo y deja al Cholo en un cruce del centro a las tres de la mañana. Le
da dos mil euros en cuatro billetes y un pollo de farla extra.
El Cholo
sabe que el Toto trata con la pasma. Contrata gente como él, a la última
pregunta, para quemar casas con vecinos que no se quieren ir, dar palizas de
encargo, reventar algún acto político, montar bronca en negocios que no pagan o
cobrar a camellos tardones. Si tiene algún lío el Toto pone el abogado, paga
bien. El Cholo antes se dedicaba al escalo, los descuidos, el tironeo, a robar
coches. Acaba de salir. El cabrón del Toto sabe que no tiene donde caerse
muerto, ni respaldo de nadie. Puede ir a la pera o a la vendimia, como otras
veces. En un mes estará en las mismas, tieso pelao, sentado en la escalera del
portal esperando un palo, al padre de la Rebe o a quien sea. El Toto llamará.
Puede que ahora le dé cosas mejor pagadas, ya lo conoce. Sabe que es de fiar.
Si en una de estas le ligan, en el talego estará cubierto. El Toto maneja,
tiene que ver con los de corbata. Le ha hablado de una historia para levantarse
un carro de billetes.
Cuando
llega a casa al día siguiente después de intentar toda la noche borrar con
birras y pastillas la imagen de los sesos del abogado en la pared, su hermano
pequeño, Josito, el Lechuga, está, como siempre, en la cueva jugando al fifa
con la play y fumando porros. El frigorífico está desenchufado. Viven solos
desde hace años. El Lechuga trapichea con hierba lo justo para el día, no
quiere saber nada más. Alguna vez le llama algún vecino para ir a la chatarra o
a vender banderas a la puerta del estadio. El Cholo pide por teléfono a
Telepizza de todo y en grandes cantidades. El Lechuga para el partido. Los
repartidores se niegan a ir a según qué direcciones. Le extraña que no le mande
a por el encargo. El Cholo tiene pasta, habla poco, está raro. Se casa el mes
que viene y anda buscando la manera de pagar la boda y la fiesta. La Rebeca
está preñada y se vendrá a vivir con ellos. Habrá que hacer limpieza.
—Qué pasa loco, has dao un palo bueno.
—Dos mil euros me he sacao jugando al póquer,
pringao. Vamos a comer de lujo. Y tengo pa postre cremita.
—Jugando al póquer mis cojones. No sabes ni
tenerlas. Te has hecho una farmacia o una gasolinera. Como se entere la Rebe o
su padre te vas a cagar.
—Calla, enterao. Si dices algo te parto la
crisma. La farla es para celebrar lo de hoy. Me la ha dao el Toto.
—El Toto no da nada, ese jambo es un asqueroso.
Si el dinero es suyo es que has hecho alguna gorda.
—Sabrás tú del Toto. Es el que me da corte. Si no
nos comeríamos los mocos.
—Un plato, una cerve y un peta no faltan. El Toto
marca ruina. Cuando estés enmarronao y no sirvas, te va a dejar tirao. ¿Para
quién te crees que trabaja?
—Pa los ricos como todo el mundo. Yo le cumplo y
él me paga. A mí me respeta, más le vale.
—Pa que te suelte ese turrón es que has mangao la
de dios.
—Lo habría hecho por menos. Me he tumbao a un
abogao hijoputa que defiende violadores.
El
Lechuga cerró los ojos. Todo empezó a dar vueltas. El Cholo era capaz de eso y
más. Desde que murieron los viejos, con los ácidos, las pastillas, las
borracheras, las peleas, las horas muertas en el parking, y esa música
bacaladera de mierda, se había vuelto el más chulo del barrio. Los chinaos del
fútbol le hablaban de honor, gloria y esas mierdas. En despachos del centro les
pagaban por liarla. El Cholo puso de su parte, no es un chavalín indefenso. Le
gusta abucharar, sacar el pecho paloma, ponerse violento. Matar a alguien a
quien ni siquiera conoces por encargo de un mierda es una cagada imperdonable.
El Cholo no se para a pensar. Tiene veintitrés años, pero parece que tiene
quince, cree que es Toni Montana. Un muerto, a poco, son veinte años. Con la
facilidad que tiene para meter la pata y las movidas habituales del talego le
caerá una condena después de otra. Si entra, no sale. Un muerto no tiene marcha
atrás, el Toto lo sabe, el Lechuga también.
—Te respeta. ¿Por qué no se lo bajó él? ¿Por no
mancharse el traje de chuloputa?
—Un desgraciao menos. Que se joda.
—Ahora eres juez. Un abogado defiende a la gente
en los juicios, es su faena. Te respeta mis huevos. El Toto te paga por tasabar
gente. Si alguien le molesta te cuenta una milonga, te da la propina y tú se lo
limpias. Te has lucido, chaval.
El
abogado no era como esperaba. Debería haberle dado asco, llevar en la mirada su
mala entraña. Abrió la puerta en pijama, con el cepillo de dientes en la mano y
dentífrico en el bigote. Sonreía como si esperara decir alguna tontería a quien
llamara a esas horas de la noche. Estaba tranquilo, con la cara roja y los ojos
húmedos, como su viejo cuando volvía de la taberna cantando por Farina. La
vieja lo reñía y lo dejaba sin cenar. El dinero hacía falta en casa. El Lechuga
y él eran unos mocosos. El viejo se reía y se quedaba dormido, habían sido solo
dos vinos, no era para ponerse así. Al día siguiente vendería los hierros
amontonados en la carbonera. Le darían un buen dinero en la chatarrería. La
vieja, al final, le daba un vaso de leche. Jesús, qué cruz de hombre.
El Cholo
pensativo no es una estampa habitual. Se fía del Josito, sabe de lo que habla,
acabó la escuela. Se va a por el encargo enfurruñao y con alguna mosca
comiéndole el tarro. El Lechuga sale detrás y tira para lo del Lumbreras, dos
calles más abajo, en la parte vieja. El Lumbreras está donde siempre, en las
escaleras del portal. Acaba de pillar unas toallas a un asfixiao y busca
colocárselas a los que mañana tienen mercadillo. Si les gana treinta pavos, ha
hecho el día, si son diez, algo es algo. Josito, el Lechuga, le entra, como
todos, para un negocio.
—Cuanto me das por la play, Lumbre.
—La tengo que ver. Poco de todas maneras, acaba
de salir la nueva.
Un ratico
de charla, trócolo de yerba, sacar al Cholo en la conversación, la boda, la
fiesta que prepara, todo el barrio invitado, el bailongo. El Barca, Ronaldinho
y Messi. El Lechuga sabe que el Lumbre es de un pueblo en el que dan pol culo a
los preguntones. Hay que dejar correr el sedal a favor de la corriente, no arar
el río. Con paciencia los peces acaban picando. El Toto va mucho por el
Júpiter. Suficiente.
Josito
pasa por casa y come algo de fritanga con el Cholo sin hablar del tema. Su
hermano no dice una palabra, algo barrunta. Beben un par de latas a la canal.
Josito agarra el destornillador de la caja de herramientas, la bici y tira para
la calle. Encuentra el coche del Toto a dos calles del Júpiter. Se pone la
capucha de la sudadera y empieza a buscar en los contenedores. Es tarde, pasa
poca gente y a nadie le extraña que alguien rebusque en la basura. A los veinte
minutos el Toto se acerca andando con las llaves del coche en la mano. El
Josito se le va de frente. Al llegar a su altura le mira a la cara, saca el
destornillador y se lo clava en el corazón hasta el mango. El Toto ni tulle ni
mulle. El Josito se pira andando, dobla la primera esquina, corre. Recoge la
bici candada en la puerta del instituto y pedalea hasta que le revienta el
pecho. En el primer contenedor que encuentra hurga y tira el destornillador
envuelto en papeles, unas calles más abajo en un callejón lleno de potas y
meaos, se deshace de la sudadera.
Al volver
a casa el Cholo no está. Agotado, Josito el Lechuga se duerme con la tele
puesta, un porro a medio fumar en el cenicero y una cerveza caliente en la
mano. En la play estaba a punto de ganar la Champions con el Elche.
Tonia
llega al despacho de la agencia Balcells con las luces apagadas. La jefa,
retirada pero poco, no puede parar quieta. Ha vuelto a la dirección después de
que la agencia perdiera a Guillermo Cabrera Infante y a Roberto Bolaño,
fichados por Andrew Wilye, “el chacal”, el agente estadounidense más importante
del mundo. La muerte de Moré altera el equipo encargado del asunto Carvalho. La
traductora nota cierto paternalismo en la voz de Carmen Balcells cuando habla
de riesgos. En Cuba no es necesaria como traductora y ya no es asistente de
Moré. Quiere mandarla a la feria del libro de Frankfurt. Tonia conoce
Frankfurt. Traducir farragosas negociaciones no le apetece. Sugiere
incorporarse al frente alemán a la vuelta de Cuba, hacer un traspaso ordenado
del expediente Carvalho. Lo pide por favor. La jefa es benevolente.
Simón Mendiño, un filólogo experto de la casa
recién incorporado al departamento de asuntos extranjeros, medievalista,
crítico literario y uno de los mil mejores poetas de Pontevedra, será su
compañero en el Caribe. Simón puede ser conveniente, se sabe de memoria las
novelas de Carvalho e hizo su tesis doctoral sobre los personajes de Manuel
Vázquez Montalbán. Ha estudiado todos los pseudónimos del escritor: Sixto
Cámara, La Baronesa d'Orcy, Manolo V el Empecinado, Jack el decorador, Manolín
de Tarascón, El Bizco de Lepanto, Adolfo Pérez Sánchez de los Madroños Lisos...
La jefa
avisó, no quiere líos entre sus subordinados. Dijo que era motivo de despido
fulminante. Una aventura rápida, discreta y sin consecuencias, pase, pero nada
de relaciones más allá. Tonia no entendió a cuento de qué venía aquello, ni se
tomó en serio las admoniciones de Carmen. Su vida sentimental estaba tranquila
desde que terminó con Jota, un bandarra de la facultad. Estaba convencido de
que lo querían matar por escribir en su tesis doctoral de setecientas páginas,
que Jesús de Galíndez, un nacionalista vasco secuestrado en la Quinta Avenida
de Nueva York, trasladado en avioneta a la República Dominicana y asesinado por
orden del dictador Trujillo en 1956, vivió hasta finales de los ochenta en
Florida bajo un nombre supuesto. Tonia no sabía, ni le importaba cuando rompió
relaciones diplomáticas con Jota, que Montalbán había dedicado una novela a
Galíndez. Ahora sí le vio interés, la leyó. La protagonista se llama Muriel como
la exmujer de Carvalho.
El aviso
la puso en guardia sobre Simón Mendiño. Ten cuidado, insistió la jefa, su mujer
es amiga mía. Cuando se lo presentaron, a una semana del viaje a Cuba, no le
pareció gran cosa. Esperaba algún galán que justificara las amenazas de la
jefa. Simón Mendiño se parecía a Tintin con gafas, con veinte kilos más y sin
Milú. Hablaba sin parar. Un fumador compulsivo de caladas ansiosas, de las que
calientan el cigarrillo y dejan en el cenicero colillas requemadas.
Los
vecinos de Moré escucharon el estampido de la escopeta. El Amores salió al
pasillo, otros se asomaron a las ventanas. Vieron la moto salir del garaje y
perderse calle arriba. Lifante, el inspector, no sacó nada en claro, ningún
distintivo, nada llamativo. Una motocicleta corriente, ropa oscura, casco azul,
una marca de ruedas en el garaje. El forense apunta que quien apretó el gatillo
era, casi con toda seguridad, más alto que la víctima. Munición corriente de
caza. Nada más.
La
policía quiso hablar con Tonia. La citaron por teléfono en la comisaría de Vía
Laietana, donde estuvieron detenidos Vázquez Montalbán y su mujer, Anna Sallés,
en 1962. Llegó tarde por la lluvia y la desgana. Lifante esperaba impaciente, a
medio enfadar. La invitó a sentarse y a un café de máquina. Estaba al tanto del
empeño de Carmen Balcells en buscar a Carvalho. Él mismo había detenido al
detective por el asesinato del sociólogo sexual. Un crimen pasional, venganza.
Lo que había detrás, una novela entera en la que el inspector había
participado, “El hombre de mi vida”, no le interesaba. Si Lifante aseguraba
haber encarcelado a Carvalho, Tonia no entendía las dudas sobre su existencia.
El policía se lo aclaró:
—No hay ni un papel oficial a nombre de José
Carvalho, ni Larios ni Tourón. No hay partida de nacimiento, libro de familia o
DNI. Ha vivido siempre con documentación falsa. Legalmente no existe. Eso es
problema de ustedes que lo están buscando y de la interpol. El mío se llama
Vicent Moré, su compañero. ¿Desde cuándo lo conocía?
Tonia contestó a la vez que apartaba el vaso de
plástico. No pensaba probar el café. Agradeció que no la tuteara.
—Hace tres años.
El
inspector la radiografió a la vez que bebía de su taza. La mirada parecía
incluir una valoración poco relacionada con el caso. Se sentó de refilón en la
parte delantera de la mesa.
—¿Cuál era la tarea de Moré?
—Se ocupaba de papeles relacionados con derechos
de autor hasta que la agencia le encargó buscar a Carvalho.
—¿Sabe algo de su vida privada?
—No. Sé que tenía una hermana y vivía solo.
Lifante esperó en silencio unos segundos un
añadido, un comentario. No lo hubo.
—¿Le habló de algo que le preocupara?
—La enfermedad de su hermana. No hablábamos
mucho, le conocía superficialmente.
Tonia, lacónica y precisa, no se iba por las
ramas, no hacía suposiciones ni valoraciones.
—¿Tenía enemigos?
—Ni idea. Que yo sepa, no.
—Cuando empezaron a buscar a Carvalho ¿Qué hacía
usted?
—Al principio traducir en las reuniones con
autores extranjeros. Luego la jefa me puso al servicio de Moré.
El
inspector paseó la mirada sobre ella con alguna detención impertinente. Tonia
arrugó el entrecejo. Dijo en griego un par de cosas intraducibles antes de
fijarse en el reloj colgado en la pared y levantarse de la silla. Lifante no se
inmutó.
—¿Pasó algo raro en alguna de esas reuniones?
—Un comisario. Interrumpió una comida de trabajo
con otros comisarios, Kostas Jaritos y Salvo Montalbano en la Barceloneta.
—¿Recuerda su nombre?
—Sí. Salmorejo.
Lifante pestañeó y titubeó antes de retomar las
preguntas.
—¿Estaba al corriente de la cita de Moré en el
Palace?
—No, no me dijo nada. ¿Puedo irme ya? Tengo
prisa.
Lifante
la despidió con frialdad y se quedó primero pensativo y luego desconcertado
mirando por la ventana. Vio salir a Tonia Calógero de la comisaría como si
huyera. Se cruzó con alguien. No podía ser. Era. Se acercaba a paso lento con
las manos enlazadas en la espalda, el puro en la boca y un periódico en el
bolsillo de la gabardina. Méndez.

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