Caldo de Carvalho (XIV) Destruidas ventanas
Tonia en San Cristóbal de Las
Casas es turista, está allí porque quiere. En el momento inicial del movimiento
zapatista los clientes del balneario europeo llamaron a eso turismo
revolucionario. Gobernaba el PRI, se firmaron tratados de libre comercio con EE.
UU y se privatizaron empresas estatales. La historia se había acabado, la
democracia y el capitalismo eran matrimonio, tenían un anillo con una
fecha por dentro. Derrotado el mal soviético, el futuro era un crecimiento
económico continuo gracias a los dioses del mercado. La memoria dejaba de tener
sentido. Se decretó la “libertad duradera” y la “justicia infinita”.
Perico, al que dicen el negro, acompaña a Tonia por la orilla del río
Amarillo. Es amable, buen escuchador y narrador. Le cuenta que los
federales lo buscaron por participar en la organización de una huelga en los
cafetales de Palenque. No lo encontraron y se fueron a por su hermana. La
mutilaron. No ha vuelto al pueblo. Vive de vender a los turistas artesanía
de madera. Ayer hubo tiros en San Cristóbal de Las Casas, hombres armados
tomaron el control de un cruce y mataron a un comerciante. En un puesto de
tacos Perico pregunta por Barcelona. Cómo es vivir en Europa, si tiene miedo
cuando sale a la calle. Tonia no sabe qué contestar. México es rudo, hay muchas
armas y pobreza. Europa es rica, deslocaliza la violencia. Los miedos son
otros. A Moré lo mataron en su casa. Perico vuelve a preguntar.
—¿Por qué lo
mataron?
Tonia se sorprende al contestar.
—No lo
sé. Buscaba a un desaparecido.
No lo sabe. Al morder el taco de huitlacoche,
un hongo del maíz, algo hace contacto entre el cerebro y el sabor a tierra
húmeda.
En un vuelo de Aeroméxico, Héctor Belascoarán no acaba de entender el
problema de su compañero de asiento, ni porqué recita versos de Amado
Nervo mirando rígido por la ventanilla. Mendiño está del lado del ojo chungo
del mexicano y no hay comunicación visual. Cuando pasa a José Emilio Pacheco,
le extraña todavía más.
—¿Qué onda,
gallego?
—Mi repertorio
de poetas mexicanos es muy limitado. Me temo que tendré que recitar a Jaime
Sabines. También puedo recitar entera la antología rota de León Felipe, que no
era mexicano pero casi. Lo que no puedo es callarme.
Belascoarán giró el cuello para
ampliar su campo de visión e intentar hacerse una composición de lugar sobre el
nerviosismo y la declamación deficiente de Mendiño. Levantó el brazo en un
ángulo de cuarenta y cinco grados y le atizó un golpe seco en la
mandíbula. Lo despertó de una colleja al llegar a Culiacán.
—¿Durmió bien
el recitador?
Territorio
Mendieta. En algún lugar de la capital sinaloense suena en el celular el
séptimo de caballería. Órale mi zurdo, le traigo a un gallego pendejo para que
me lo repare. Cómo no, carnal, a sus órdenes, mi detective, pues ni qué. Habrá
que darle de comer, viene de la ría de Vigo, compadre, allá no saben del
ceviche. Ah, pues bien, que conozca el pescado del pacífico. Media hora y los
espero en El Serru, en Constituyentes. Taxi con música. Mendiño recuperaba
la conciencia de divorciado mirando las morritas culichis por la ventanilla.
Intentaba recordar qué lo había llevado hasta allí. Carvalho. Un avión que se
apagó sin saber por qué. Belascoarán fumaba sin ofrecer. Encendió Simón un
cigarro y se mezclaron los humos. Pinche gallego, su tabaco apesta, qué calor,
cuarenta grados y lleva el chaleco puesto. Mendiño se censuró una conferencia
al taxista por el dolor mandibular. ¿Qué hacemos aquí, detective? Mire gallego,
si lo quieren escabechar y no sabe por qué, habrá que preguntar a los reyes del
escabeche, el zurdo Mendieta los conoce mejor que nadie. Pueden pasar dos
cosas, que nos expliquen o que lo tiren encobijado en la Costerita. No creo,
llevamos un rato en la ciudad. Si lo tuvieran en la agenda no habría pasado del
primer semáforo. Me calma, detective. Mucho. Haga el favor de no aplicarme más
tranquilizantes, ahorran la angustia del vuelo, pero humillan. Sepa que un
filólogo medievalista de mi estirpe tiene su corazoncito.
Ande a cagar, licenciado. Eso le pasa por recitar cuando no debe.
Acá llegamos.
En el Serru recomiendan los callos de robalo y el aguachile de camarón.
Robaliza para el galego y vino blanco. Local lleno. Con la cocacola de
Belascoarán llega el zurdo. Pues ¿Qué pasó? ¿Cómo le va a mi chilango
preferido? Todo bien mi zurdo, éste es el gallego, me lo balacearon en la
puerta del despacho, Simón Mendiño. Encantado señor, disfrute de la visita.
Gracias, seguro que sí. Suena la caballería, Mendieta apaga el celular. Taco de
camarón y agua de tamarindo. Pues no más queremos saber por qué lo quieren
matar y quienes, mi zurdo. Si es posible, mientras respire. Viene amenazado y
en el DF no lo achicharraron por ese chaleco que trae puesto el muy pendejo.
Llegó buscando al detective Pepe Carvalho. Lo expulsaron de Cuba y el
Conde me pidió el favor. Claro, un paro al Conde, güey, me apunto. Checaré por
ahí. La neta es que Pepe Carvalho pasó por la CIA, mi zurdo, y desapareció
en Ciudad Juarez. Perdonen caballeros, no es por interrumpir, pero querría
agregar algunos datos. Todo viene de la agencia Carmen Balcells. Puede tener su
importancia. Ah pues sí, tienen un chingo de dinero. Es la agencia de los
autores del boom y del mismo Rulfo. Bueno, pues si puedo les cumplo. Un par de
días.
Corrió el tiempo al vuelo. El Zurdo hizo una llamada, consultó
datos oficiales, pagó algo a cuenta del gallego y acabó en una
capillita fronteriza abandonada, de charla con
un gringo viejo que lo avisó; si alguien busca a Carvalho se está
metiendo en un charco. Nosotros lo buscamos también y no nos gustan los
competidores. Belascoarán y Mendiño la pasaron bien por ahí en el entretanto,
chupando huesos, levantando tortillas y visitando tabernas en barrios de obra
negra.
Pues sí, como les estaba diciendo,
Marieta Montoya era muy conocida en Ciudad Juárez, una cabrona y
media que trabajaba para los cubanos y los soviéticos. Esperaba en la
frontera a los que venían señaladitos y se los chingaba. A algunos los hubiera
matado gratis. Carvalho era de la CIA, capaz que estaba en su índice, lo tuvo
una semana atado a una silla a pan y agua. Acabaron revolcándose, cocinaron un
bacalao à Brás y a los postres decidieron matar a Franco. El pinche general
estaba ya para morirse sin ayuda y La Habana lo descartó, la prioridad era
Batista. Prueben los tamales barbones y el chilorio, ahora viene lo bueno. Más
cerveza, qué calor, órale. La cosa es así, dicen que la pareja acabó mal y se
despidieron a los tiros. Los dos vaciaron los cargadores a diez metros y ni
modo, no se tocaron un pelo. Hay amores pendejos. Y tanto, amigo Mendieta, qué
razón tiene. Estoy en trance de divorcio, sé lo que me digo. Podría recitarle
un soneto de Quevedo muy al caso, pero me abstendré, al amigo Belascoarán no le
agrada la poesía. No me recite gallego, no me recite y no me eche el humo de su
tabaco apestoso. Marieta Montoya necesitaba desaparecer cuando cayó
la URSS, los gringos pagaban cien mil dólares por su cabeza. Fue a Barcelona y
pidió ayuda a Carvalho. Se perdió en un pueblo de Alicante. Los
gringos los buscan a los dos. Es todo lo que sé. Exquisito el aguachile
señor Mendieta, muchas gracias por la información. ¿Gracias? No, gallego, me
vale verga su gratitud, aquí nadie habla gratis. El Conde y Belascoarán
son colegas, lo suyo va con factura, un sobre de color manila, bien gordo
y lleno. Si pretende salir de México le va a salir barato, lo quieren muertito.
Dos policías españoles llegaron al DF en el mismo avión que usted y la
chaparrita que se hizo humo, cómo la ve. Los tiene ahí fuera, cociéndose al sol
en ese carro de la esquina los muy pendejos. Hasta los plebes
saben qué son. Unos comisarios españoles jodieron a
Pemex en la compra de Repsol. Hay quien perdió mucha lana. Esto no va
a quedar así. Bueno, mi zurdo, ¿entonces qué? ¿lo sacamos del país? Ni se
muevan, mientras estén en Culiacán están seguros. Vayan a la playa,
diviértanse. Pronto tendré novedades.
El Mudo, el comisario más cercano a Salmorejo bebe tequila con sal y
limón. Regulero hace rayas procesionarias en la mesita del reservado, llega la
mañanita. La gitana les ha vuelto a tomar el pelo, no es la primera vez que
deja rastros falsos de Carvalho. Las apuestas policiales están igualadas, para
unos Carvalho se jubiló al salir de la cárcel, otros aseguran que hace encargos
para los chinos. La tercera opción da a Carvalho por muerto y señala a María la
portuguesa como heredera del archivo. El Mudo es el único disidente. Para él
Pepe Carvalho y María Larios son la misma persona, la rosa de Alejandría,
colorada de noche, blanca de día. En el reparto de funciones Regulero se
encarga de Tonia. Mendiño es cosa del Mudo. Es consciente de que no es bien
recibido en México, no hace falta ser un lince ibérico. Regulero lleva tiempo
en el país y ha tenido su esquinita de poder. Eso hace amigos y enemigos.
La
anciana envuelta en andrajos que se acercó a Tonia cuando salía de la pulquería
con Perico el negro, insistió en leerle la mano. La miró a los ojos y habló en
alemán. Tonia vio una catarata, oyó una perfecta pronunciación y olió claveles
y rosas. Era su última noche en San Cristóbal.
—Calla y escucha, Tonia. Soy la Mari, María, Marieta,
la gitana o la portuguesa, como más te guste. Veo tu futuro negro. No vayas al
hotel, sube a ese taxi, vete a Tuxtla Gutiérrez y sal en el primer
vuelo. No necesitas saber nada más.
La traductora no pestañeó. Empezó a caer
una lloviznita fresca. La frágil mujer hecha de
barro seco podría disolverse, fluir hacia el rio por la vereda y
desaparecer.
—Prefiero decidir yo, si no le parece mal. Tengo
planes para esta noche. Se lo agradezco igual, tomaré precauciones. La
están buscando. A usted y a Carvalho.
La portuguesa levantó la mano con esfuerzo y
el taxi se acercó al ralentí. Al volante una milpera cúbica con una
brillante cola de caballo se bajó despacio y abrió la puerta. Marieta
hizo un gesto con la cabeza y se pasó al español.
—No me hables de Carvalho. Adentro. Los dos.
La
pistola negra en la mano temblorosa de Marieta, una mirada atómica y
la conductora a los empujones, borraron las dudas.
A más
de dos mil kilómetros, en Culiacán, Sinaloa, el zurdo Mendieta escucha
molido y atrabancado al psiquiatra, su único flotador de emergencia
sin alcohol. Pasa la depresión con las uñas, le agrede en la memoria un cura
abusador. Han desaparecido para siempre su ciudad compartida y provinciana, la
invitación a un raspado por aprobar el curso, los domingos confiados en el
obregonazo, cerca de La Lomita. Le queda el cine con palomitas y Coca-cola, el
apartamento en la Col-Pop, la carne con papas que le deja preparada Ger para
calentar en el micro, la agente Gris Toledo y el rock setentero en el estéreo.
El resto de su vida es matazón, encobijados y fierros escupiendo plomazos. El
zurdo sabe que el psiquiatra no existe, ni su pasado. Son invenciones de Elmer
Mendoza, el escritor, ese sí está tumbado del burro. Cada vez que suena la
caballería en el celular se sobresalta. Es Belascoarán. Al pinche gallego le
encanta la machaca con salsa picante, estamos en el café Miró. Bueno. Pues sí,
tengo noticias. Ahorita nos vemos. En el Jetta vuelve a poner a la Credence,
los chicos del Cerrito, que lo acompañan desde hace semanas. Necesita
guitarras fuertes para salir del sopor, rolas contundentes para subir el ánimo.
Diez minutos y aparca. Cerveza, nada de comer. Quieren darlos de
baja desde España y tienen gente en México. Regulero, un español
fresa, los señaló y los pusieron en la diana. Pueden irse, no tienen nada
que temer, todo se aclaró, ahorita mismo lo están solucionando los
diplomáticos. Un enviado del obispo, la jefa y un candidato a gobernador
les garantiza. Estimado Mendieta, el sobre, aquí tiene. Además del
agradecimiento, si me permite. ¿Dónde se ha comprado esas botas? Me gustaría
llevarme un par. ¡Ah! y.… ¿Podría recomendarme algún poeta sinaloense? Ni
modo, mi zurdo, no le diga poetas al gallego que luego me los recita a mí a
traición. Pues si no es irrespeto les dejo, me esperan en Mazatlán. Un abrazo
detective y que tenga suerte gallego. A Mendieta no lo esperaba
nadie. Solo quería llegar a casa, apagar el celular, quitarse las botas y
escuchar a oscuras a Janis Joplin con una cerveza helada. Elmer
Mendoza, el profe, va por ahí preguntando con media sonrisa a una bola de
cabrones armados ¿Por qué?
En San Cristobal el taxi se detuvo muy cerca
del hotel, frente a una pizzería. Tonia vio sentado a Regulero con otro hombre.
La pistola en la mano de la vieja parecía una Parkinson.
—Lo reconoces ¿verdad? Han venido a por ti. Vámonos.
La conductora arrancó. Apuró las
marchas, pisó fuerte, salió hacia las montañas del norte. Ruido del
motor, curvas, oscuridad. El coche paró junto a un puente de piedra y la
anciana mandó bajar.
—¿Tu plan para esta noche
era con este chivato mugroso? Toma
su celular, mira los mensajes.
Perico se tensó. Lo destensó la
conductora de una patada en los huevos que hubiera hecho llorar al capitán
América. Tonia comprobó el teléfono. Lo del Perico, todito puro teatro. ¿La
pinche fuereña? ¿la española pendeja? Pendeja puede, española no. Marieta
le ofreció la pistola. Tonia tiró el teléfono de Perico al río.
—Mátalo, no tiene hermanas.
Perico se revolcaba. Tonia aceptó el
arma. Se acercó y apuntó entre las piernas. Sonó desde los montes
azules, desde el azul de las sierras, una voz que se interpuso. Sintió una mano
en la suya. Tonia mantuvo viva la esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!
Juntó todas las fuerzas que recordaba haber tenido alguna vez y no disparó. Repitió
el telegrama urgente que le llegó al cerebro, a la mano y al alma, desde
Colliure.
—Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi
verso brota de manantial sereno…
Perico
quedó olvidado en medio de la oscuridad. El trío se dirigió al oeste.
Marieta encendió un cigarrillo tosiendo con un recrujir de pulmones. Escupió
un gargajo por la ventana.
—Te ha salvado la vida Elías Contreras. Él me avisó.
Perico es un chota del gober y Contreras un zapatista de a
pie, peatón de la historia, ni dominador ni dominado. Se lo inventó el subcomandante
Marcos para escribir con Paco Taibo la novela que no pudo hacer con Montalbán.
En vez del imbécil de Carvalho intervino el idiota de Belascoarán.
—Amigos suyos, supongo.
—A Belascoarán no lo conozco, he leído sus
historias. A Pepe sí lo conozco y no he leído sus historias. Tal para
cual. Son hombres, no se les puede pedir más. Tarados.
La
conductora asentía dando cabezazos de confirmación. Una luna baja y
roja apareció detrás de las nubes acompañando el recorrido. Tonia sintió
un cansancio que no era suyo, prestado, histórico. Vio a la anciana frágil,
herida, derrotada, obstinada, eterna. Imaginó a una Marieta anterior, a un
Carvalho anterior, envueltos en amores cuando todavía era posible algún
misterio. Viajó sin darse cuenta a la Barceloneta, a los versos de
Montalbán, a un presente moribundo de Pepes y Marías...
más allá de
los labios besados, silenciosos
ahora como un mundo prohibido sin
lluvias,
Sin fronteras,
un vasto mundo de venas
heladas,
ramajes de bosques horrorosos
sin pájaros
ni estrellas
donde no cabe
el miedo ni el valor.
Marieta se inyectó insulina y abrió una lata
de cerveza. Viajaban calladas. Tonia tenía mil preguntas en la cabeza. La
Marieta de la fotografía en Sierra Maestra y la mujer que le ha salvado la vida
tienen la historia escrita en la cara. La abuela Penélope sabría qué decir y
qué callar. El abuelo Arís no diría nada. Su madre hablaría del tiempo. Su
padre no diría nada comprensible. Habló Marieta.
—Mariluz no llegó a la Barceloneta por casualidad. Estaba
allí para protegerte. Estaba cansada de huir, tenía derecho a rendirse. No puedo
hablar de eso, me duele. Son cuentas del pasado. Solo quiero decirte una cosa,
esta no es tu guerra.
Tonia se relajó sin saber por qué. Con la
cabeza apoyada en la ventanilla vio el pasado y el futuro a la vez. No pudo
pensar en Mariluz, le dolía. La dejaron en el aeropuerto, volvía a casa. Los
turistas siempre vuelven a Ítaca.
Marieta y Claudia,
la chofer, esperaron sentadas en el coche comiendo tamales de bola hasta que
vieron despegar el avión de Tonia. Tendría que hacer trasbordo en el DF.
Mandarían a alguien a cubrirla.
Héctor Belascoarán Shayne le pasó al gallego
“El Universal” antes de despegar. En portada con foto y pie: Vilasio
Regulero, un alto ejecutivo de radio apareció anoche colgado de una
grúa en el DF, frente a la embajada española. Le cortaron los genitales.
Mendiño no recitó nada, ni abrió la boca en todo el trayecto.
—¡Qué los maten! ¡Los quiero difuntos hoy
mismo!
—No, patrón. Dice su madre que ya se ocupó ella de
todo. Que recoja la habitación y saque al perro.

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