CALDO DE CARVALHO
Caldo de Carvalho
Nada quedó de
abril (I)
En tiempos del rey Peret I, entre
el Tibidabo, el mar, el Besós y el Llobregat, el güiro del Gato Pérez, poeta de
la fiesta y el sabor, marcó la clave de Barcelona. Tonia recupera para la
ocasión un verso intemporal de aquella panda sonora. “A las tres de la mañana
nadie cree ni una palabra”. En el más allá, Badalona, a las cinco y sin
verbena, ni media. Tonia se estira y bosteza con los ojos irritados mientras el
Bambi, llegado esa misma tarde desde Madrid, secretario general del sindicato,
aburre al comité de delegados y a unos pocos militantes. No presta atención. El
Bambi es un millonario disfrazado de anarquista. Tonia deja pasar las últimas
cajas de pizzas frías esperando la ocasión más discreta para salir del local
lleno de humo y certezas. Su trabajo ha terminado. Sin despedirse gana la
calle, el frío, el parque Nelson Mandela. Arranca, sumándose a medio gas al
tráfico escaso y atraviesa hacia el sur, en paralelo a la playa, una madrugada
con olor a mar, anís y petróleo.
Hay
personas durmiendo debajo del puente de la autovía, entre cartones y carritos
de mano. Tonia pasa zumbando con el ciclomotor prestado de Malik. Va a la
Barceloneta a cero grados, un martes de abril. Un abril distinto al de los
poemas de Montalbán, “cuando había alegría y rastro de mejillones en la
escollera”. Quiere estar en casa antes de que llegue Nana, su madre, después de
cocinar toda la noche para la subcontrata del hospital. Irán juntas al
aeropuerto, llegan de Grecia los abuelos. Ahora la familia se puede permitir,
de vez en cuando, unos billetes de avión.
La noche
fue desagradable. Los del sindicato la liaron para traducir al francés y al
inglés, como si alguien fuera a leerlo, un comunicado lleno de nada y urgencia.
No pudo negarse. Se lo había pedido Malik y le debía muchos favores, la mayoría
confesables. A Malik le cuesta admitir que el Bambi sea un impostor. Tonia no
insiste en convencerlo. Que la mujer del secretario general sea directora
ejecutiva de una multinacional le parece un ruido. Para los informados del
sindicato es normal, amor libre. Malik se afilió al firmar su primer contrato
en un bar de San Roque. Escuchó en el barrio, lo que mejor sabe hacer,
historias y leyendas, a los Chunguitos y al Camarón. Le llamaron la atención
las pintadas ácratas en los bloques de cemento aluminoso, la mayoría ya
derribados, construidos en el siglo pasado para alojar a gitanos y
emigrantes.
Si en
vez de hacer caso a Malik hubiera cogido un taxi para volver a casa no estaría
congelada con los labios morados, tiritirititando de frío. Tonia es medio
italiana, sabe que trabajar cansa. Lleva en España tiempo suficiente como para
haber aprendido que, además, si es gratis, cría mala hostia. Cambia de humor al
doblar la esquina de su calle, en unas horas verá a los abuelos. Traerán besos,
achuchones y regalos; libros, blusas cosidas por la tía Eleni, alguna botellita
de ouzo.
El suelo
húmedo refleja la luz de las farolas fijadas en las fachadas de la calle de la
Sal. Tonia oye el eco de sus pasos, reconoce el aroma de la basura recién
recogida. No ha empezado a clarear. Cincuenta metros más allá, justo delante de
su portal, hay algo, un bulto. Tarda unos segundos en reaccionar, acelera. Unos
gemidos roncos la alarman, corre asustada. En el suelo convulsiona una mujer
mayor. Con los nervios disparatados se agacha a su lado. Horror. No hay sangre.
No sabe qué hacer. Recuerda los temblores de una compañera epiléptica en el
patio de la escuela con espuma en la boca y los ojos en blanco. Un gemido
gutural y los espasmos la provocan escalofríos, no se atreve a tocarla. Al
incorporarse para sacar el teléfono y llamar a alguien, sin saber a quién, ¿qué
número es el de emergencias?, ve un chico pegado a la pared de enfrente. No
puede moverse, ni pensar, ni gritar. El chaval se dirige a ella con voz
tranquila.
—He llamado a la policía. La vi poco antes de que
llegaras tú.
No tiene
ninguna razón para creer nada. Piensa en una ambulancia como algo más útil.
Sostienen las miradas separados por unos pocos metros. A sus pies la mujer
tiembla a medio vestir. Rota, no parece consciente. Al fondo de la calle asoma
un coche patrulla y el desconocido levanta la mano. Tonia entra al portal,
espera que llegue la policía. Ve al chico dar explicaciones, sube al piso. Su
madre está a punto de llegar. Prepara el desayuno. Zumo, galletas, café. Se le
cae un vaso, explota contra el suelo. Su padre, Aldo, duerme. Entra a trabajar
a las ocho en el camping. No piensa despertarlo si no lo ha hecho el estallido
del cristal en la cocina. De la calle llega el rumor del puerto, el tráfico,
los primeros camiones de reparto, alguna persiana. Recoge el estropicio, se
sienta frente a la tele apagada. Suena la cerradura de la puerta. Nana aparece
pálida y cansada, abrazada a sí misma, sacudiéndose el relente. Se quita el
plumas y se derrumba en el sofá, a su lado. Tardaron en hablar. La mujer murió
antes de que llegara la ambulancia. Había caído desde el cuarto.
La mujer
muerta acababa de llegar a Barcelona. Ningún vecino la conocía. Tonia supo su
nombre mirando el buzón, Mariluz. Nadie preguntó por ella, nadie se ocupó de la
parte burocrática de la muerte. Una empresa de alojamientos turísticos compró
el piso a la semana siguiente. Tonia nunca se cruzó con ella.
No ha dormido todavía. Prepara la comida a
los abuelos, sentados en la camilla junto al ventanal. No les han contado lo de
la vecina. Tonia cocina poco, hoy es una excepción voluntaria. Con una
profesional de los menús y un hijo de charcutero en casa, sabores y olores
están garantizados. Corta cebolla con los ojos llorosos, chile verde y tomate.
Muele que muele en el mortero un aguacate, añade limón, cilantro, sal y la
picada. Sirve tostadas con el guacamole, huevos fritos con pimentón, café de
puchero. El pasado remoto de los abuelos provoca en su nieta la pesquisa a
veces impertinente de la curiosidad. Tonia discurre por bulerías: “De los
buenos manantiales se forman los buenos ríos, abuelos, padres y tíos”. Penélope
pasó hambre, tuvo que comer de todo. Alaba el plato de su nieta con la
desmesura habitual de las abuelas mediterráneas. No la hay como su Tonia.
En las investigaciones genealógicas de Tonia
la abuela Penélope es una testigo del siglo veinte, de los años treinta, del
“Gran Desastre”. Se lo ha contado mil veces. Las refugiadas como ella llenaron
los suburbios de las ciudades griegas. Sufrieron cárceles, persecuciones,
adicciones, prostitución y miseria. Su música duele. El rebétiko; la crónica
sentimental de dos millones de personas expulsadas de Turquía. Se cantaba
acompañado de buzukis, violines, acordeones o guitarras, en las tabernas y los
cafés de peor condición, entre humo de hachís, opio y vino barato. La dictadura
militar mandó callar.
Nunca vio
leer a la abuela. Condenada a trabajos forzados desde que tiene memoria, su
tiempo pasó en el trajín de lavar, fregar, planchar, cuidar parientes, criar
hijas, cocinar, acarrear, hacer cuentas con límites y derivadas, calcular
probabilidades, ahorrar, detectar enfermedades, coser y hacer camas, matar
liendres, enjaretar parches, desplumar pollos, desnucar conejos, pedir favores.
Encontró ratos para cantar, mimar flores y nietas, participar en debates vecinales
a gritos desde la ventana, preparar fiestas familiares o del barrio, tener
conversaciones teológicas y discusiones sobre cine y televisión en los puestos
del mercado. Habla mucho, cuenta historias. Intuye la importancia de la
oralidad en la transmisión de saberes perseguidos. A su alrededor viven también
demonios familiares, odios, heridas abiertas, supersticiones. Tiene mala leche,
buena memoria y defectos ambientales contagiosos. A su nieta le parece
perfecta.
A Tonia le
cambiaron la vida Mariluz y Carmen Balcells. La agente literaria, una de las
más importantes del mundo, no contrató a Tonia por la primera impresión, una
joven extravagante que provocó su irritación cuando llegó tarde al Hotel Casa
Fuster, despistada y en bicicleta, para tocar el violín en la presentación de
un libro sobre la Bohemia de Kafka, el escritor praguense y austrohúngaro. Lo
hizo después por razones prácticas. El texto casual que las unió, escrito por
una desconocida, citado de refilón por un crítico de la revista
Deskontrakultur, había llamado la atención a los lectores de la agencia.
Junto a
la escritora acudieron al acto promocional su padre, el cónsul honorario checo
y el alcalde liberal de Praga, estafado en su ciudad por tres taxistas al
intentar demostrar disfrazado de turista que las denuncias de malas prácticas
en el sector eran falsas. No faltaron mandarines, críticos y los habituales de
la industria cultural, arrascándose los huevos. Entre tanto chaqué y tiros
largos Tonia llamaba la atención. Nadie le había hablado de etiquetas o
protocolos. En mallas, zapatillas y camiseta, levantó la barbilla, se colocó la
braga tirando de la goma, fijó la mirada en el borroso atril lejano y cruzó el
salón dorado con aire de ir a navegar.
Un
antiguo profesor de Tonia, el cura Don Epifanio, el Epi, esperaba impaciente.
Había escogido para el evento a sugerencia del abad, algunos fragmentos de
Dvorak, contemporáneo de Kafka. Como intérprete eligió entre sus alumnos a un
virtuoso de catorce años, tumbado por unas paperas el mismo día. No encontró
sustitutos disponibles. Tonia era el último recurso, necesitaba el dinero y
aceptó el marrón. Pasó un mal rato con el profesor clavando en ella una mirada
lateral. Ajena a las primaveras de la memoria, de los pueblos y de Praga,
intentó convocar al espectro de Kafka cuando el cura, en trance, marcó el
comienzo. El checo judío que escribía en alemán, la metáfora poética del
charnego, no se apareció. Al segundo compás Tonia concluyó que para tocar cualquier
pieza es conveniente satisfacer primero las necesidades fisiológicas más
elementales.
La
ejecución salió atropellada. Tuvo varias pifias. Tocó con un ritmo inquieto,
los labios tensos y las rodillas juntas, apretando los muslos mientras sentía
presión en el suelo pélvico. Con las primeras semicorcheas pensó que iba a
estallar, al llegar a las fusas levitó. Tardó en posarse los veinte minutos más
largos de su vida. Al terminar salió disparada entre aplausos indulgentes.
Don
Epifanio relacionó las contorsiones con drogas o posesiones diabólicas. Al
recoger la partitura se vio reflejado en la madera blanca del piano.
Engominado, con el alzacuellos perfectamente colocado, la ira le tentó. Unas
gruesas gotas de sudor habían dejado en su cara un rastro visible de tinte
oscuro desde las sienes hasta el mentón. Al Epi le saca de quicio la realidad
objetiva. Huyó a la francesa, sin hablar con nadie, maldiciendo entre bufidos a
Tonia, a Kafka, a Praga y a Bohemia.
Relajada
después de evacuar, Tonia volvió ligera al escenario. Mientras guardaba el
instrumento con parsimonia escrutó a la concurrencia. Quería cobrar lo
prometido y desaparecer. Conjeturó ante la fuga del Epi que la robusta mujer de
pelo blanco, gafas con cordones sobre la frente y un largo vestido amarillo
pálido, a la que había visto pendiente del reloj supervisando los preparativos,
era la autoridad competente. Buscó un hueco entre los invitados y se dirigió a
ella tratándola con lo que a Carmen Balcells le pareció indiferencia, algo a lo
que no estaba acostumbrada. La anfitriona se escabulló del cónsul y del alcalde
con una frase de cortesía y la acercó al bufet. Al segundo vaso de sidra en
copa de cristal soplado, la violinista dejó los monosílabos y las frases
escuetas para contestar, sin entrar en detalles, a un interrogatorio guiado por
el olfato empresarial. Cobró. Nunca había visto un cheque.
La
agente literaria más defendida por casi todos sus autores, a los que hizo ganar
mucho más dinero del que conseguían bajo el “régimen de producción esclavista
de las editoriales”, la más importante de la lengua castellana, ascendida por
Manuel Vázquez Montalbán a “009 superagente con licencia para matar”, estaba
interesada en la violinista y en el útil resultado de su corta biografía. Antes
de invitarla a comer y contratarla, encargó a su vidente italiana una carta
astral para conocer el grado de compatibilidad.
Tonia
Calógero Makris nació de madre griega y padre italiano en Berlín, en 1984.
Carmen recuerda aquel año. Recuerda casi todo la “mamá grande” de los
escritores. La policía federal esparcía rumores sobre la construcción de un
nuevo tramo del muro, frente a la puerta de Brandemburgo. La violinista se crio
en Kreuzberg, el barrio turco del sector estadounidense, a tiro de piedra del
check point Charlie. Carmen se levanta del escritorio a comprobar algo en los
almanaques de la biblioteca. Sí, confirmado. Kreuzberg fue bloqueado por la
visita a la ciudad de Ronald Reagan en 1987. El actor dijo una de sus líneas
más famosas: “Derribe ese muro Mr. Gorbachov”. Tonia tenía tres años.
Carmen
Balcells lo tuvo claro, la joven políglota y filóloga era un hallazgo.
Montalbán habría dicho que Tonia, emigrante y mestiza, podría callarse en siete
idiomas.
Tonia
Calógero es ideal para el trabajo de traductora en reuniones con autores,
editores, agentes literarios, piratas del copyright o cualquier empresario
dispuesto a invertir guita en el negocio editorial. No parece impresionable y
tiene la sangre joven que Balcells buscaba incorporar a la agencia antes de su
retirada, anunciada a la prensa al recibir la medalla de oro al Mérito en las
Bellas Artes.
La
infancia que Tonia vivió con mocos y frío leyendo tebeos en edificios
destartalados, jugando entre mujeres de cabeza más o menos cubierta y obreros
precarios, cantando con buscavidas, okupas y fugitivos es intransferible, no
cabe en los informes de la agencia. Son estrictamente personales los olores y
los tactos de Sète, Francia, en un instituto de horizonte con pinos y
atardeceres rojos. En su memoria azul guarda el tesoro de los años en la
Camarga, rodeada de flamencos y somormujos. Sus padres pusieron un negocio con
el dinero ahorrado en las fábricas alemanas. Un bistró a la orilla de una
carretera en desuso: Le Passage. La familia aguantó cuatro cortos veranos antes
de otra huida más al sur, Barcelona. Tocó volver a empezar con lo puesto. El
Poble-sec, la calle poeta Cabanyes, entre Montjuic y el Paralelo, el instituto,
la universidad. Barcelona; “albergue de los extranjeros”.
Dos
años después del primer encuentro con la jefa, recién cumplidos los veintidós,
Tonia ganaba en la agencia más que sus padres y se mudaron a la Barceloneta.
Más allá del trabajo su atención se fijó en la existencia festiva, el valor del
tiempo, las tardes con la Nuri, las ocasionales salidas nocturnas con Malik y
sus amigos, las musarañas y los poetas. Malditos o benditos.
El
violín de Tonia suena después de días borrascosos cumpliendo un luto
inconsciente por Mariluz. Es un viejo instrumento regalo de la abuela. Sonó en
las tabernas del exilio, pasó por manos de amargura y acompañó penas en casas
sin luz ni agua. El primer baile de Tonia, antes de saber hablar, fue en una
boda con desplazados sin calle ni barrio. Un hombre borracho que escupía al
suelo de tierra tocaba ese violín, la abuela cantaba. El abuelo escuchaba sin
intervenir, bebía en silencio.
Tonia
sabe que Aris no soporta a los coroneles en concreto ni a los mandones en
general. En su mundo no hay gritos, su vida es en voz baja. Ya aguantó
bastantes broncas y conflictos profesionales con los de la mano dura. Maestro,
hijo de campesinos, insistió desde que era niña en llevarla a librerías, cines
y conciertos. Decía que los libros son mágicos, las películas milagros y las
bibliotecas la memoria de la humanidad. En las noches veraniegas de El Pireo
iban al cine al aire libre. Sus películas favoritas eran musicales y comedias.
El abuelo daba una cabezada, abría un ojo, reía un gag, aprobaba un baile y
volvía a roncar. Por ella iría en chanclas a la guerra de Troya.
Nana
también creció con la música del exilio. Rezonga por el calor de un verano
anormal mientras escucha estudiar a su hija. Limpia las estanterías con un
plumero empapada en sudor. Se extraña por el corte brusco de la música. Ha
parado Tonia al sentir la vibración del móvil justo en el pasaje que más le
gusta. Tira el teléfono por la ventana del patio. Es el segundo en menos de un
año. Sabe quién llama y qué quiere. Siempre hace lo mismo el pelma de Moré,
asegurarse de que no ha olvidado una reunión importante. Tiene tiempo de
ducharse, elegir ropa y maquillarse bailando con Rubén Blades. Compra en el
bazar de la esquina el móvil más barato del mercado augurándole una corta
esperanza de vida. Media hora después espera a Moré y los famosos escritores
Andrea Camilleri y Petros Márkaris, a los que no ha leído todavía, en una mesa
con vistas al mar. Malik trabaja allí, tiene ojeras y cara de cansado. Después
de intercambiar chuflas y meterle alguna puyita sobre el Bambi, pide un corto y
unos pistachos.
En la
playa del Albir junto al mar, con la brisa y el olor a tostadas, Pepe lo tiene
todo hecho. Mató en momentos de amor y barro. Ha vivido con miedo a una vejez
sórdida, a la muerte no. Quiso jubilarse con dinero suficiente como para que,
llegado el caso, le limpiaran el culo con una sonrisa. No quiere morir rodeado
de comisionistas, ni acabar congelado junto a los turistas ingleses, en el
almacén de cadáveres sin reclamar. Le quedan algunas personas, pocas, y un
deseo, no perder la memoria; “La memoria y el deseo, alcahuetas de la
ocultación del rostro verdadero de la muerte”. Volver, reordenar el pasado, es
su última ocupación. Busca cuentas sin cuadrar antes de pagar la factura de los
muertos y apagar la luz. El primer recuerdo de su infancia, en el distrito V de
Barcelona, el barrio Chino, es un bulto en el suelo entre la calle Botella y la
calle de la Cera:
“—¿Borracho?
—No, muerto.
El cadáver del hijo de los verduleros, a los que
a veces apaleaban por vender sin permiso. Se cagaba en Franco a gritos al salir
del campo de concentración.
—Con cien años no pagarán el mal que han hecho.
—¿Quién?
—Los fachas.”
No
olvidará el cuerpo en la calle, ni a los vecinos del barrio asediado. Escuchó
al Musclaire cantar por las monedas que tiraban desde los balcones. Vio en los
terrados entrenar a Young Serra, el peso mosca que no consiguió comprarle un
abrigo de visón a su madre. Conoció a Manolo, Manuel Vázquez Montalbán, el
escritor que no llegó a ser primera bailarina del Bolshoi, ni delantero centro
del Barça, ni Papa, ni secretario general del partido comunista de la URSS.
El señor
Carvalho ha terminado su medio vermú. Pide merluza a la plancha con limón. Más
tarde, cuando lleguen las mujeres de su vida y Biscuter, tomarán café juntos y
hablarán un buen rato.
El octavo día
de la semana (II)
El
comisario Kostas Jaritos gruñe intentando arrancar el supermirafiori seminuevo
que debería llevarlo al aeropuerto. Petros Márkaris, el escritor que inventó su
biografía y circunstancia observa su agobio desde un café. Calcula la ruta más
práctica sin perder de vista el contexto; julio, viernes, hora punta, Atenas.
Decide que Jaritos, su personaje más célebre, pedirá un taxi, única posibilidad
de llegar a tiempo para coger el vuelo a Barcelona. El escritor, sin perder el
distanciamiento, viajará unos asientos más atrás en el mismo avión.
Jaritos estuvo a punto de llegar a la lucha
grecorromana con Adrianí, su mujer, empeñada en acompañarlo al viaje oficial
que retrasa la promesa de ir a Patmos, la isla donde empieza el apocalipsis en
el nuevo testamento. En una gruta de Patmos se la meneaba San Juan Evangelista.
Eso dice el Montalbán más culterano en un verso de “El viajero que huye”. Pepe
Carvalho cree que “no debería haber vuelto” a Patmos después de pasar allí la
luna de miel con Muriel, su exmujer, una atleta del marxismo. “Se está con
Muriel o se está con la CIA”.
Barcelona atraía a Adrianí. Podría escapar
de Atenas en verano, visitar a la virgen de Montserrat, probar el misterioso
pan con tomate. Las inopinadas llamadas de un ministro al que conocía por la
tele y de Montalbano, el comisario siciliano protagonista de una serie de que
no se perdía, habían cambiado los hábitos de su marido. Estaba mustio.
Consultaba menos los diccionarios, pasaba las tardes pensativo y comía
distraído por mucho que ella se esmerara en la cocina.
La despedida no fue agria. Petros Márkaris
decidió que Adrianí se quedaría en Atenas. Prefirió no hurgar en la herida de
sus personajes, acostumbrados a discutir. Adjudicó al comisario Jaritos un
traje como el que recordaba de su padre y puso a Adrianí a planchar. Inventó
para la ocasión un cruce de miradas equivalente a un alto el fuego. La última
frase que escribió para Jaritos dejaba abierta la comunicación.
—El
apocalipsis puede esperar. Patmos seguirá ahí la semana que viene.
Salvo Montalbano llegó a Barcelona desde
Palermo con una novela a medio leer y una dirección en un papel. Tiene tiempo
libre hasta la cita en la Barceloneta y Andrea Camilleri, el novelista que le imaginó
alma, corazón y vida, lo deja callejear por los rescoldos del barrio chino,
reconvertido desde los noventa en un Raval olímpico, agónico, más rápido, más
alto, más fuerte. Montalbano recorre el carrer d’en Botella despacio, como un
turista jubilado sin billete de vuelta. El comisario busca los fogonazos de la
historia, el posdespués del viejo barrio. En 1848 explotó la primavera de los
pueblos con su abril correspondiente, se publicó en Londres el manifiesto del
partido comunista de Karl Marx y Friedrich Engels y se construyó la casa en la
que nacería “en la cola del ejército huído”, en 1939, Manuel Vázquez
Montalbán.
Muy cerca se crio una nena que escribiría la
novela que el comisario Montalbano lleva en el bolsillo. Acaba de recibir la
medalla de oro a las bellas artes y se auto diagnostica misantropía aguda
intermitente. Maruja Torres.
Kostas Jaritos cogió el vuelo de milagro
sintiéndose imbécil por haber confiado en el supermirafiori y desconfiado del
taxista, un pontio poeta que le recitó versos de asesinatos y
descuartizamientos con la sensibilidad trágica del mar Negro. Condujo
tranquilo, declamó furioso y llegó a tiempo. El comisario dejó propina. El
presupuesto incluía el billete de avión, la factura del hotel Sallés y un coche
de alquiler que recogió en el aeropuerto. Intentó interpretar el alfabeto
latino, las señales y dirigirse a Barcelona siguiendo la corriente principal.
Acabó perdido en medio de un polígono alrededor de un almacén abandonado. La
cuarta vez que vio la misma fachada aparcó enfurruñado junto a una destartalada
parada de autobús y esperó anotando referencias para recuperar el coche.
Salvo
Montalbano hojea la novela de Maruja sentado en un banco de las calles que la
vieron crecer; el Chino. Al huir de lo que otros querían que fuera se convirtió
en una mujer en guerra. Una devoradora de libros mientras caminaba hacia el
trabajo regateando peatones. Una reportera interesada en hacer comprensible al
público la tramoya de conflictos, golpes de estado, asesinatos, destrucciones,
traiciones, invasiones, élites; eso que pasa mientras vivimos. Una valiosa
brújula en el barrio que pisa el comisario de Vigata.
El calor pegajoso había perseguido desde
Atenas a Kostas Jaritos. Por la cartelería y los gráficos de los vehículos,
supuso que estaba en un lugar llamado Cornellá. Después de cuarenta minutos de
espera entre contenedores, gatos peleones y furgonetas del fin del mundo, subió
al autobús con la maleta en la mano. Señaló hacía donde calculaba que debería
estar la ciudad de los prodigios. Probó una palabra del precario latín del
instituto:
—Centrum…
¿Centrum?
El
conductor puso su mejor voluntad para ayudar al único usuario que subía en
aquella parada inhóspita. Le pareció rumano.
—¿Centrum?
¿Centrum comercial? ¿Caprabo, Eroski, Carrefour?
—Barcelona…Barceloneta
—Barcelona…
Hombre, centrum, centrum, no, pero más cerca sí le llevo.
Un exjoven rizoso en chándal con
auriculares, cargado de cadenas doradas, era el único pasajero. Jaritos lo
había visto pasar en coche diez minutos antes. Al avanzar empezó a intuir,
detrás del reguero de edificios, la silueta de una ciudad. En la primera parada
el conductor se dirigió a él señalando una hilera de taxis.
—Míster,
aquí Hospitalet, taxi, centrum, Barcelona, Barceloneta. Metro, a la vuelta,
derecha, right. Autobús, veinte minutos, esperar, Bus.
Jaritos
captó el mensaje, o una parte al menos, renegó en voz baja y se bajó junto al
deportista. El olímpico se acercó moviendo las manos como si tradujeran sus
palabras. Intentaba comunicarse.
—Jefe,
taxi a medias, yo también voy al centro.
El comisario entendió, o eso creía, la idea.
Negó con la cabeza, registró la cara del sospechoso y le pasó a la taxista la
dirección del hotel. Podría ponerse bajo un chorro de agua fría antes de acudir
a la comida con los de la agencia Balcells y conocer en persona al comisario
Montalbano. Recordó a Adrianí de morros, distante e indiferente, recogiendo las
tazas del desayuno. Si le hubiera acompañado ya estarían en el hotel. Detrás
dejó al rizos, parado en la acera. Hablaba por el móvil.
—El
poli griego acaba de coger un taxi en Hospitalet, comisario. Va a la
Barceloneta. ¿Le sigo?
La taxista apagó la radio, bajó la
ventanilla, apoyó el codo y empezó a silbar un swing de cuero y madera conduciendo
con una mano mientras pisaba el acelerador. Enfiló la misma autovía que había
recorrido con el autobús en dirección contraria. El sudor de Jaritos se
congeló. Cuando paró a los cinco minutos, estaba en la puerta de su hotel, al
lado del aeropuerto. No se lo contará a Adrianí. Márkaris encendió la pipa y
levantó la mirada en el momento exacto. Lo vio llegar desde la terraza de su
habitación.
En la Barceloneta Tonia cierra el periódico cuando
llega Moré, abogado de la agencia, con su habitual complacencia sonriente,
bigotón antifranquista de los setenta, zapatos casi italianos, casi limpios,
camisa abierta de colores chillones, gafas de sol y una chaqueta blanca
arrugada. Saluda efusivamente con una broma recurrente y el gracejo de un
entierro invernal. Tonia cree que Moré, aunque lo intente, malo del todo no es.
Por el color grisáceo de la piel le imagina un hígado problemático. Por las
toses dos paquetes al día. Mala vida.
Malik se acerca a la mesa y guiña a Tonia.
Sabe que el señor, como acostumbra, pedirá coñac. Moré hace como si pensara. Pide
lo de siempre. Cuando le sirven la copa y pega el primer sorbo, pone cara de
asco y dice que no le gusta el coñac.
—Tonita,
qué bien vives. Te he llamado tres veces. Podrías contestar.
—Perdona.
Mis padres acaban de morir en la estación de esquí de Saint Moritz. Un alud.
Estaba haciendo los papeles para repatriar los cadáveres.
El restaurante decorado con motivos
marineros huele a desinfectante de limón y a salmorreta. Un chiringo caro, sin
llegar al dolor, con fama de no estropear el pescado. Malik vuelve a la mesa
después de una señal de Moré para que rellene la copa.
Petros Márkaris y Andrea Camilleri llegan
puntuales por separado, se saludan con alegría, piden tinto de la casa. La intérprete
comprueba que se apañan en inglés y estrena el móvil con una llamada a sus
padres para preguntarles por la traducción de rodaballo, cabracho y espardeñas,
las recomendaciones de Malik. No tienen ni idea en ningún idioma. Moré intenta
ponerse serio para dar unas explicaciones confusas. Lo que tiene que decir no
ayuda:
—La
agencia está buscando a Pepe Carvalho...Montalbán le dijo a la señora
Balcells que Carvalho era
vecino suyo en Vallvidrera. Ella lo creyó, o eso dice. Quiere que lo
encuentren.
Márkaris
se rascó el cogote. Camilleri se colocó las gafas con el dedo. Para Tonia es la
primera noticia. Aunque el inglés de Moré es bastante apache su intervención ha
sido mínima. Habla el griego con el tenedor en alto.
—¿Encontrar
a Carvalho? ¿Nosotros?
—Ustedes
son escritores, conocen las aventuras de Carvalho, los trucos del oficio. Puede
que también tengan modelos reales. Mi tarea es rogarles que contacten con sus
colegas, los que conocieron a Montalbán. Si le contó a Carmen Balcells esa
historia alguien más de la profesión debería saber algo.
Camilleri
interrumpe la disertación para alabar las espardeñas y añadir un comentario.
—Suena
a broma de Manolo. Nunca me habló de nada parecido. Es poco probable. Los
personajes pueden estar inspirados en personas reales pero lo normal es que
sean instrumentos del escritor para decir lo que quiere. Salvo Montalbano no es
mi vecino, es una invención, y dudo que Kostas Jaritos lo sea de Petros.
Márkaris niega dubitativo, utiliza detalles
de su padre para atribuírselos a Kostas Jaritos. Camilleri continúa:
—Los
personajes parecen reales, es lógico, la verosimilitud es importante en las
novelas. Si están bien construidos vuelan solos y tienen su propio criterio.
Además, cualquiera puede utilizarlos. Si se dejan. Algunos hasta buscan autor.
Márkaris
sonríe con los ojos entreabiertos. Moré bizquea, intuye un chiste interno.
—No
soy escritor, solo leo la prensa deportiva. La agencia quiere que sus
comisarios investiguen el rastro que dejaron Carvalho y Biscuter al pasar por
sus países en Milenio, la última novela de la serie.
Camilleri
bebe un trago generoso, sonríe sorprendido, se atraganta. Márkaris no conoció personalmente
a Montalbán ni cree que el abogado esté hablando en serio. Cuando el siciliano
recupera el aliento da una palmadita en el hombro al abogado.
—Lo
que usted diga, no se preocupe. Llamaremos a Lecarré para que pregunte a sus
personajes. Si Smiley del MI6 o Karla del KGB no saben dónde está Carvalho, no
hay nada que hacer.
—No
se tome la molestia, el señor Lecarré no quiere hablar con nadie. En el MI6 no
cogen el teléfono y el KGB desapareció en 1991.
Tonia sabe que el observador transforma lo
observado. Los tres hombres mayores con los que comparte mesa actúan haciendo
como que no está. No sabe de qué se ríen. No le interesa Carvalho, las
excentricidades de la jefa, ni los balbuceos de Moré. Tiene la mente en los
barcos del horizonte, en comprar unas granadas para llevar a la Nuri, en las
fiestas de Gracia. El abogado insiste en la propuesta.
—Puede
que Carvalho ande por ahí. Carmen Balcells quiere una autobiografía del
detective. Lo está buscando mucha gente. Dicen que tiene información
confidencial sobre personas y familias importantes, entre otras los Borbones y
los Pujol. Si deciden colaborar está dispuesta a negociar la publicación de sus
obras completas en una edición de lujo con los mejores traductores de treinta
países, ilustraciones de Banksy, portada de Miquel Barceló y prólogo de James
Ellroy.
Márkaris se queda en blanco. Camilleri se
encoge de hombros y pregunta.
—¿Quién
es Pujol?
Montalbano se cruza en el Raval con peatones
de todas las procedencias. El barrio chino de Maruja y Montalbán fue la reserva
del subproletariado inmigrante y catalán. Ahora habla mil lenguas. En la plaza
Terenci Moix el comisario detecta cemento crudo, menudeo y algún descuidero.
Identifica a varios policías de paisano que no se deciden a pedirle la
documentación. Uno de ellos, el más pícnico, tropieza con un vendedor de globos
al girarse bruscamente y choca al corregir el rumbo, con una niña que iba en bicicleta.
Un guardia torpe, un Catarella ibérico.
El comisario deambula distraído de plaza en
plaza. Llega a la Salvador Seguí. Paseantes, críos, ancianos, mujeres, hombres,
todo lo contrario, árboles, terrazas. Montalbano no sabe quién fue el Noi del
Sucre, Salvador Seguí. A quien sí conoce, y también tendrá plaza cuando
terminen las obras, saliendo ya a la rambla, es a Manuel Vázquez Montalbán, el
narrador de las andanzas del improbable detective Pepe Carvalho, motivo de su
extraño viaje. Salvo Montalbano leyó el paseo con lógica de maestro siciliano:
El Raval es el mundo, el mundo es el Raval.
Carvalho creció en el Chino. La militancia clandestina
comunista y el trabajo en la CIA borraron su pasado. Pujol promocionó el suyo
desde que fue al colegio alemán de Barcelona durante la segunda guerra mundial.
Los dos pasaron por la cárcel y se graduaron en antifranquismo, punto de cruce
entre el nacionalismo centrífugo y la militancia comunista. Los comisarios
tuvieron sus fichas.
Para
evitar líos identitarios estaba prudentemente escrito que Andrea Camilleri y
Petros Márkaris no se cruzaran con sus comisarios a la salida del restaurante.
Satisfechos después de comer y un paseo mínimo, se sentaron en una terraza de
la playa. Café y licor, pipa y cigarrillos. Fumareda. Comentaron la propuesta
de la agencia con asombro, sorna y desdén. Hablaron de Montalbán y sus poetas
favoritos. Pavese, Kavafis, Gil de Biedma y Cernuda pidieron cerveza.
Iluminados y líricos vieron pasar las garotas caminho do mar. Pagaron los
novelistas.
Sus
personajes, Jaritos y Montalbano, acaban de conocerse. Tonia y Moré, ya con
hambre, asistieron a la repetición de la ceremonia. Presentación, carta,
elección de platos. Los comisarios no encontraron un idioma común y la
traductora tuvo que esforzarse. Jaritos pidió arroz con calamares y sobrasada.
Montalbano dudó. Hizo a Malik preguntas de tercer grado y se decidió por un
suquet de rape y gambas. Moré eligió el plato más caro y blanco del Penedés.
Pagaba la agencia, le podía costar una bronca. No parecía intimidado. Tonia se
apuntó a unas berenjenas con miel.
—¿Quién es Pujol?
Moré,
ocupado con el besugo y las angulas, farfulló mientras masticaba; President de
la Generalitat de Cataluña entre 1980 y 2003. Barcelonés, hijo de banquero.
Cumplió dos años y medio de cárcel durante el franquismo por escribir panfletos.
A Tonia Pujol le da igual, no le interesan sus
aventuras. Ha oído hablar de él, no es sorda, el expresident pulula en el
ambiente. Cuando Maruja Torres presentó
una novela “sobre la búsqueda de la madurez y contra el olvido”, Tonia leyó la
entrevista en El Periódico, "Viví Barcelona los años en que existía una
cosa que estaba muy bien: éramos catalanistas, de izquierdas, anticensura,
libertarios y todo lo cosmopolitas que podíamos. Cuando ganó Pujol eso se fue
al carajo".
Salvo
Montalbano suele comer solo y concentrado para no distraerse de lo importante,
los sabores. Sabor y saber, la misma etimología. Eso no le impide dirigirse a
Tonia. Se interesó por el tatuaje que asomaba bajo la manga de la traductora en
la parte interior del brazo.
—Si vas a cometer un crimen tapa eso, podríamos
identificarte fácilmente.
—Es de cuando estuve presa en Sing-Sing. Para
matar me pongo el chándal.
Kostas Jaritos, más circunspecto, enternecido,
también estudiaba a Tonia. Encontró cierto parecido con su hija Katerina.
Calculó que era algo más joven, menos idealista y con una actitud muy parecida
ante las berenjenas.
Un hombre
grueso de andares torpones, pasados los sesenta, con gafas ahumadas, ropa cara
y visera, se acercó a la mesa. Llevaba un whisky en la mano y una carpeta en el
sobaco, palabra que los censores del franquismo encontraron inapropiada en un
poema de Montalbán. Propusieron sustituirla por axila.
—Coño, Moré. Que aproveche, señores. Encantado de
conocerlos.
Tonia no
devolvió el saludo, no es un señor. Jaritos y Montalbano miraron al caballero.
Hicieron una ficha rápida para sus archivos mentales. Moré con la boca llena,
tragó el bocado y se limpió el bigote antes de hablar.
—Joder, otro comisario. ¿Qué haces aquí,
Salmorejo?
—Una casualidad, abogado. Pero continúa, no te
cortes, no quiero molestar. He venido a saludar a estos colegas
extraordinarios, es un honor. Puedo ayudaros humildemente. He oído que buscáis
a Carvalho, nosotros también. Queremos darle una medalla, agradecerle los
servicios prestados y tal.
—¿Quiénes sois vosotros? ¿Los visigodos? ¿El
comando alioli?
Tonia
tradujo hasta llegar al alioli y se enredó con la explicación. Aunque es ajo y
aceite, hay quien pone huevo. Montalbano se mostró interesado. Jaritos
interpretó que hablaban de mayonesa. Salmorejo se sentó sin que nadie se lo
pidiera. Tonia notó algo en el metrónomo, el comisario español entró cruzado.
Moré
carraspeó, pegó un trago, miró cruzado a Salmorejo y retomó la conversación. La
agencia había conseguido incluir a Carvalho en la lista de desaparecidos
buscados por la Interpol. Salmorejo lo sabe. Localizaron a su hija en Los
Ángeles. Para ella su padre siempre había sido un desaparecido, una ausencia.
Tenía tres años la última vez que lo vio. Ni recuerdos, ni fotografías, ni
odio. Indiferencia. Accedió a colaborar porque solo tenía que firmar. En
Milenio, su última novela, Carvalho recorrió el mundo para despedirse de los
grandes viajes y gastarse los escasos ahorros que no iban a mejorar su vejez.
Huyó hacia el este con Josep Plegamans Betriu, Biscuter. Hizo escalas en
Italia, Grecia, Egipto, Turquía, Afganistán y muchos países más, antes de volver
a Barcelona y acabar en la cárcel por el asesinato de un viejo cliente. Luego
se evaporó.
—Ustedes podrían ayudar con la búsqueda en sus
países. El ministro de exteriores ha hecho gestiones, tiene mucho interés en
este caso. Carvalho es ciudadano español y su desaparición podría no ser
voluntaria. Los escritores Petros Márkaris y Andrea Camilleri han aceptado
colaborar. Para el gobierno de la Generalitat también es asunto de estado.
Interviene
Salmorejo. Tonia no traduce, no le da la gana. El comisario borde no es de su
competencia. Su presencia es una disonancia.
—Bueno, estado, estado…Eso es un decir, un
purparlé. Cosas del Pujol. Estado solo hay uno y estamos interesados en
encontrar a Carvalho porque puede que tenga material valioso para el centro
nacional de inteligencia y tal. No creo, Carvalho es un piernas. Yo soy un
subordinado, Moré, si me piden un servicio cumplo. Asuntos de estado, ya sabes,
con la madre y la patria con razón o sin ella.
—Los dos gobiernos son estado. ¿Tú no te habías
pasado a la empresa privada? ¿Ya no trabajas para Estafosa? Me da igual, no
interrumpas. Esto es una reunión particular. Nadie te ha invitado. ¿Dónde
estaba?... Ah sí, La administración tiene unos cauces, la literatura otros…
Salmorejo dejó caer una risita con aceite.
—No jodas Moré, ahora sabes de literatura y tal y
cual. Pide otra copa y nos das una conferencia. ¿Cuántas llevas?
—¿Estás grabando? ¿Quieres dedicar alguna canción
a nuestros oyentes? Un, dos, tres, probando. En el número uno de nuestra lista
“Mi jaca”.
Moré
rompió a cantar afinando sorprendentemente bien, con voz de tenor borracho en
“La tabernera del puerto”. Los clientes del piso superior, asomados a las
barandillas, se transformaron en público. Tonia dudó entre hacer coro,
excusarse con los comisarios o salir al ambigú. Se abstuvo, ni se sabía la
letra de aquella copla de “sentimentalidad agraria”, ni tenía por qué hacerse
responsable de los disparates de Moré. Se centró en el helado. Los comisarios
extranjeros se volvieron figurantes. El autóctono se levantó, dejó un billete
encima de la mesa, dirigió a Moré un gesto ofensivo con el dedo, e hizo mutis
limpiándose el sudor con un pañuelo. En los palcos hubo aplausos del
respetable. Jaritos y Montalbano indulgentes con Moré, molestos por la
irrupción y las formas de Salmorejo, decidieron dar por terminada la reunión.
El abogado balbuceó con voz pastosa proponiendo un nuevo encuentro. Tonia se
despidió de Moré con un cabeceo cómplice y de los comisarios con dos besos.
Antes de irse pasó por la barra.
—¿A qué hora sales, Malik?
El camarero se giró al escuchar la voz.
—A la una. He quedado en San Roque. ¿Vienes?
—Sí, pero no me quedo hasta tarde, mañana
madrugo.
—¿Y eso?
—Cosas mías, ya te contaré. Ciao.
La
soledad de la noche sin luna acompaña el parsimonioso caminar de los comisarios
mediterráneos por el corazón aristocrático de Barcelona. Rodean la catedral, se
dan de bruces con el Palau de la Generalitat. Es tarde, es lunes, hay poca
gente. Han regado las calles, huele a desinfección y azahar amargo.
—Me apellido Montalbano porque mi escritor quiso mostrar
respeto a Montalbán, el inventor de Pepe Carvalho. Así que Pepe y yo somos
medio familia. He leído todas sus historias, se cómo piensa, cómo come, qué
quiere y a quien. Conozco su pasado y sus secretos.
—Unos secretos publicados son un poco raros. Los
dos somos comisarios, Salvo. Por lo poco que sé de él no nos tendría en mucha
estima. Eso sí, los suvlaki de Atenas le harían efecto. Un detective de
Barcelona al que le gustaba comer bien y tenía costumbres raras. Eso es todo, no
sé qué pinto en esto.
—Quemar libros o cocinar de madrugada pueden ser costumbres
raras. Ser militante comunista en el franquismo y agente de la CIA en la guerra
fría es otra cosa. Una contradicción.
—Se supone que soy un pequeño burgués, las
contradicciones no son lo mío. Me interesa mi familia, que mi hija termine la
carrera, hacer bien mi trabajo, que no vuelvan los coroneles y poco más. Me
molesta el tráfico, el racismo y el desastre económico. Lo que haga o deje de
hacer Carvalho no me interesa.
—Él nos ha traído hasta aquí. Es una noche
agradable, hemos cenado bien. Carvalho es una de las memoria de esta ciudad y
su historia ha navegado hasta tu puerto y el mío. Buscan a Carvalho… ¿Para qué?
—Le tienen miedo, es un fantasma. Dicen que guarda
secretos de los dos lados del muro, de reyes y gobiernos, pero los secretos son
humo. Dejan de serlo en cuanto los utilizas.
—Un limpiabotas exlegionario, los oídos de
Carvalho en el Chino, decía que el régimen ponía bromuro en el agua y en el pan
para que no anduviera la gente follando como loca. Bromuro fue un pionero del
“nos fumigan”. La verdad y los secretos o son por consenso o no operan en la
realidad. Tirar de la manta es muy viejo, pero no cambia nada. El asesinato de
Kennedy cambió el mundo. Carvalho dice que el participó. Es un francotirador. Todos
temen ser su próxima víctima. Y todos tienen razón.
Movimientos sin éxito (III)
Moré
relee el informe entregado a Carmen Balcells por un periodista que confirmó a
su mujer el olor a perfume japonés de la agente 009. Una firma de abogados
suiza sacó de la cárcel a Carvalho. Enterraron al juez en demandas y
alegaciones, el sumario desapareció. En el otoño de 2004 un coche blanco con
matrícula de Andorra recogió a Carvalho en la puerta de la cárcel. Nadie, que
se sepa, ha vuelto a saber de él.
Para
empezar a buscar Moré pensó, como habían indicado los montalbanólogos y
carvalhófilos consultados, en Charo, la mujer con la que compartió los momentos
más creíbles de su vida. Cansada de esperar que su Pepiño dejara de
compadecerla, cogió la maleta y se marchó a Andorra. Dejó atrás el mar, puteros
que en otro tiempo habría llamado clientes, Barcelona y al detective. Siete
años después volvió. Era improbable que su trabajo en un hotel de Andorra o la
boutique de dietética y cosmética abierta en el Port Nou, financiada por Rigalt
i Mataplana, dieran para pagar abogados suizos. Mezclar Suiza, Andorra y
bufetes caros en la misma frase, despierta sospechas en ministerios de medio
mundo, en algunas consejerías autonómicas y en todo tipo de servicios de
información. Moré hace girar el vaso sobre la barra. ¿Cuándo se había vuelto
tan importante Carvalho? ¿El Centro Nacional de Inteligencia estaba interesado
en alguien tan insignificante como él? ¿Era el detective, como había insinuado
Montalbán, el barcelonés más popular desde la muerte de Copito de Nieve?
En la
plaza Roja de San Roque por las noches, cuando hace bueno, se arremolina en los
bancos la humanidad. Tonia reconoce a los que acaban de llegar por los gestos y
la prudencia. Otros han nacido aquí, algunos la saludan. Los emigrantes del
tiempo y el espacio, la sal de la tierra. Nada nuevo, siempre fue así. Salieron
expulsados de sus pueblos para construir ciudades, llenar puertos, fábricas,
minas, cárceles, ejércitos, calles y cementerios. Las ramblas ya estaban llenas
hace siglos: “Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos, andalusos i
algerins, i mallorquins i aragonesos”. Malik habla con una compañera quemada
del sindicato. Está harta, de baja por depresión. Montó una huelga en la
fábrica de coches con su federación. La ganó, hubo subidas y mejoras, fue
portada de periódicos, un éxito. Los pretorianos del Bambi la pusieron en la
diana; acoso, ninguneo, desprecio. Se tuvo que ir.
—Están jodiendo el sindicato Malik, y lo hacen
aposta.
Tonia
lleva el ritmo en la cabeza. Si la vida es un contratiempo hay que medir.
Entrar y salir en el momento justo, improvisando o siguiendo la partitura. Por
eso baila siempre que puede, por eso el cuerpo reacciona a los ruidos
colectivos, a la sincronía. Por eso mueve el pie, siguiendo la conversación en
silencio, intentando acompasar las pausas y las palabras. Baila todo, la
alegría y la rabia, la pena y la conciencia. El Bambi es un cabrón.
Con la
mirada perdida y la mente sepia, a las cuatro de la mañana, hora inusual para
Moré un día de diario, en un bar cerca de la estación de Sans, cometió un error
garrafal. Dejó el coñac y se pasó al whisky. Vomitó el coñac en Sarriá y el
whisky en Sant Gervasi. A eso de las seis, sentado en un bordillo a la puerta
de una cafetería cerrada en la Avenida de la República Argentina, tardó diez
minutos en sacar de la americana el paquete de tabaco, otros diez en encontrar
el mechero y cuarto de hora en conseguir que coincidieran lumbre y cigarrillo.
Lo encendió al revés. A punto de cumplir los cincuenta era una hazaña repetir
la operación, conseguir introducir el humo en los pulmones sin un ataque de esa
jodida tos que revolvía bilis, flemas, lágrimas y mocos. Por eso se divorció
Norma, su mujer, no soportaba estas escenas. Diez años después sigue siendo un
abogado ajeno a ese gran mundo con más dimensiones de las que tiene interés en
percibir. Su única ambición es la tranquilidad. Ya se lo dice el psiquiatra;
“Ante todo mucha calma”.
Necesita
encontrar a alguno de los “familiares” de Carvalho, darle algo a la jefa.
Seguir pasando facturas sin avanzar no tiene futuro. Charo, Biscuter, Fuster, o
Carvalho no existen. Daniel Vázquez Sallés, escritor aburrido de los aduladores
de su padre y de la agencia Balcells, se lo deja claro después de rogarle que
no llamara más: “Carvalho no era más que un alter ego imprescindible para no
tener que pedir perdón constantemente”. La jefa insiste en lo contrario. Si
ella lo dice, no hay nada que discutir.
Moré
suele retirarse a una hora prudente y mantiene el alcoholismo dentro de un
orden funcional. Cumple en el trabajo sin entusiasmo. No empieza a beber antes
de las dos, al salir del despacho. A las once de la noche llega a casa y
calienta algo precocinado o abre una lata para cenar con un vaso de leche. Se
derrumba en la cama con el programa futbolero en la radio. Nunca mencionan a su
equipo. Le despiertan los anuncios gritones.
De niño
quiso ser un pirata malo, pero no tenía madera. En la adolescencia aspiró a
deportista. Corría los cuatrocientos metros en una marca prometedora. El
atletismo resultó incompatible con la panda, el parque, el tabaco y los litros
de cerveza. Ya entonces tenía problemas reales y filosóficos con el futuro,
sobre todo con el no futuro. Estudió derecho sin querer, para que lo dejaran en
paz. Toda la parentela insistía, podrás salir del barrio, Vicent, tendrás un mañana,
Vicent, el bar ya no renta, Vicent. Aprovecha, Vicent, puedes ir a la
universidad. Le volvió, entre sollozos, el lamento habitual por la muerte de su
tía, veinte años atrás. Lo había llevado de niño al campo del Español. De golpe
abrieron la persiana metálica de la cafetería. El ruido le voló la cabeza como
si se la pisara a la salida de un córner en el último minuto, el central más
veterano de la Ponferradina.
—¿Otra vez Moré?
—Oh la lá, mesié Vanplís. Penalti y expulsión.
—Anda, siéntate ahí en lo que se calienta la
cafetera.
Dos cafés solos, un botellín de agua y tres
cuartos de hora después, el local está concurrido. Los cerebros empiezan a
espabilar, de la cocina salen olores, ha ganado el Barça. Moré pide un
carajillo. Le sirven un pincho, zumo de naranja y gelocatil. La tortilla está
en su punto de sal, de temperatura, de consistencia, el pan cruje, el zumo es
natural. Juan, camarero desde los quince, vecino de su hermana, fresco, con la
camisa blanca reluciente, recoge tazas y limpia la barra.
—Aunque me alegro de verte, malo, a estas horas
sólo vienes cuando estás jodido. ¿Qué pasa?
Tarda en contestar. Tose, se acomoda para
respirar. Se rasca la cabeza. Bebe agua. Resopla.
—Nada. Anoche quería subir a Vallvidrera y me lie
antes de llegar.
—¿Qué se te ha perdido en Vallvidrera?
—Un escritor y un detective. Vivían allí. Uno ha
muerto y el otro no aparece. De nota la tortilla, Juanito. ¿Has visto a Dolors?
—Sí. Va mejor, ya se incorpora. Si vas a ir hoy
compra El Jueves, ayer se me olvidó.
—Pasaré esta tarde, me voy a dormir.
Deja un puñado
de monedas encima de la barra sin esperar la vuelta. De espaldas levanta una
mano a modo de despedida. Camina hasta la salida como si le esperara a la
puerta el caballo. Puede que interprete una de vaqueros, pero Juan, al verlo
alejarse con un equilibrio dudoso ve otra película; Cazafantasmas. Moré es un
optimista, ahora está espabilado. La resaca está en retirada, hace un día
soleado, su hermana se recupera bien, los árboles de la calle están exuberantes
y no hay sioux en las ventanas.
Tonia
había escuchado a Carmen Balcells hablar de Montalbán. No llegó a conocerlo.
Está leyendo sus poemas, “memoria y deseo”. El escritor decía de sí mismo que
era sobre todo poeta. Algunos versos están subrayados, hay páginas marcadas,
anotaciones. Lee poemas enteros en alto para medir la respiración. En su cabeza
les pone música, el piano ciego de Tete Montoliú. Encuentra un ritmo de barrio,
de acuarela, olores de vanguardia. Descubre palabras, esquinas y carteles,
mares sentimentales, hundimientos de invierno. Trabajo de búsqueda, hallazgos, trabajo
de asombros y ruinas. Se va metiendo en la propuesta dejándose llevar. Hace café
y rumia imágenes que la conectan con el presente.
Por orden
de la jefa, al servicio de Moré se dedica en exclusiva a Pepe Carvalho. ¿Quién
es Carvalho? Lo dice él: “Soy un personaje literario. Mejor dicho,
subliterario, porque protagonizo novelas más o menos policíacas. Digo más o
menos policíacas porque así las califica el autor, al que en el fondo no le
gusta que le consideren un novelista policíaco. Más… o menos policíaco”.
Carvalho de madrugada quema libros en la chimenea y rellena patitos de toda
confianza para compartirlos con Fuster, su vecino y gestor. “Bebe para recordar
y come para olvidar”. Carvalho no es un poeta. Moré tampoco.
La
hermana convaleciente de Moré, Dolors, está feliz, fuera de peligro. Libró por
los pelos. Ya se levanta sola de la cama con paciencia, esfuerzo y muletas.
Lleva ocho meses de congoja, quimioterapia, radioterapia, operaciones,
pastillas, fisioterapia, manchas en el techo, codeína, noches en blanco,
pérdida del pelo y dieta blanda. Moré para ella es Vicent. Viene de visita
todas las semanas. Hoy trae horchata de Figueres, “El Jueves” y la paga de
Vania, la cuidadora guatemalteca.
Dolors
cuido niños en los barrios más exclusivos del Londres punki y tatcheriano,
vanguardia y retaguardia de la cámara de los lores. Fue “alien” en fábricas
holandesas de estricta ética protestante. Atendió ancianos en Pedralbes cuando
el pujolismo aspiraba a ser eterno y ella a todo lo contrario. Conoce bien la vida diaria de emigrantes y
mestizajes. En los países de las mujeres cuidadoras un candidato a presidente
repite en campaña electoral una frase que explica la emigración. En su boca es
una amenaza: “La peor comida es la poquita”.
Vicent Moré conoce las debilidades de su melliza.
Le trae un secreto que está deseando contar. Trabajar para la agencia Balcells,
aunque sus responsabilidades sean menores, le supuso mil puntos de interés ante
su hermana. Desde su niñez de lectora encamada por enfermedades ficticias
admira autoras y autores de los libros que han acompañado su vida. Cuando Vicent tuvo la
oportunidad de conocer a algunas de esas figuras se emocionó.
Moré
inventa encuentros con escritores famosos a los que rara vez vio. Una cena con
García Márquez, un paseo por el Gòtic con Carmen Laforet, una anécdota
graciosísima con Ana María Matute. Su despacho ni siquiera está en el mismo
edificio y a él solo lo llaman cuando los principales administradores de
derechos de autor están ocupados. Su hermana sabe que miente, él sabe que su
hermana sabe que miente. Es un juego. No entiende por qué lo han elegido para
buscar a Carvalho. Conoce a Salmorejo, será por eso. En los años noventa el
comisario, retirado del servicio, montó una pequeña editorial con sede en
Uruguay y le ofreció ser abogado de la marca. Le hablaron de una operación
policial encubierta en la que todo era legal y acabó firmando contratos. Testaferro.
Iban a pagarle cincuenta mil euros de fondos reservados sin moverse de
Barcelona. No vio un euro, ni había vuelto a ver al comisario desde que en una
cena le agradecieron los servicios prestados y se lamentaron por la falta de
liquidez. El dinero acababa en una cuenta en Panamá. Como esa había decenas de
empresas, cuentas, soleadas o sombreadas, y países.
Su
hermana conoce hasta el más pequeño detalle de las vidas publicadas de Salvo
Montalbano y Kostas Jaritos. Quiere pormenores sobre Camilleri y Márkaris. Moré
se explaya al contar a Dolors su actuación en el restaurante de la Barceloneta,
hace pausas dramáticas, estira el suspense. Diserta dándose importancia, sobre
los entresijos del asunto Carvalho. Se le salió la horchata por la nariz cuando
Dolors dijo:
—Verás cuando le cuente a Doña Rosario que estás
buscando a su Pepiño.
En
una etapa hasta hoy desconocida por Moré, Dolors cuidó al ancianísimo padre de
Joaquim Rigalt i Mataplana, un notario tan cercano a Pujol como para susurrarle
estrategias al oído. Joaquim Rigalt i Mataplana, Quimet, fue cliente habitual
de Charo desde sus tiempos de puta telefónica hasta que la hizo socia del
hotelito en Andorra (te conviene, dijo Carvalho) y pudo dejar el oficio. Se
convirtió en Doña Rosario al jubilarse, cerrar la boutique del puerto e instalarse
en el Eixample. Fue la única persona que se dirigió a Dolors en el entierro del
patriarca. Se preocupó por su situación al perder el trabajo.
—¿Qué vas a hacer ahora hija? ¿Cómo te quedas?
—Bien, no se preocupe, gracias. Me han ofrecido
vender libros por las casas.
—Ven a verme. Tengo una estantería con chinerías
y escayolas que podemos rellenar con novelas.
—¿Es lectora?
—No, es venganza.
Muchos
meses repasaron juntas la revista para elegir los títulos. Dolors hizo al
principio recomendaciones de amor. Doña Rosario se reía. Me cago en el amor,
Dolors. Otras veces lloraba. Acabó hablando de Pepiño, de su manía de quemar
libros, de cuando fueron juntos a París. Era el hombre de su vida. Ella le
convenció de que hiciera el cursillo de espionaje que organizó Quimet.
Al dejar
atrás el piso familiar y pisar el primer bar, Moré pide un Torres quince,
prende un Chiston y se deja caer por el tobogán. Siempre viene a este local
cuando tiene un bloqueo epistemológico. Al tercer coñac oye al fin la voz
amable de alguien a su lado con quien parece ser que conversa. La camarera
ecuatoriana embarazada, licenciada en historia y filosofía, responde a sus
preguntas con amabilidad. Le explica mientras barre antes de cerrar con el
uniforme de la franquicia, las violencias detrás de cualquier configuración de
la modernidad capitalista. Ante ellas se puede manejar, desde una estrategia
para alejar el horizonte de escasez, un ethos realista, clásico, romántico o
barroco. Otro día se los desarrolla. Da por terminada su exposición, lo invita
a pagar y marcharse a casa. Buenas noches, señor.
Moré
tiene diagnóstico, medicación, episodios en los que pierde el control. Le
gritan desde lugares en los que no hay nadie. En esos momentos lo ve todo como
una inmensa red neuronal, un universo interconectado en el que cada movimiento,
sonido o corriente de aire, se dirige a él con mala intención. Al callar las
alucinaciones no encuentra el sitio, lo ve todo desde fuera, flota en un
mecanismo de precisión fluido del que no forma parte. Entonces vuelven las voces.
Sigue la luz, traspasa el umbral y pide otra copa.
Moré sale
pedo del penúltimo bar dando vivas a gritos, con gratitud incondicional a las médicas y enfermeras del
hospital público universitario. Unas décadas atrás la enfermedad de su hermana
habría sido una sentencia de muerte.
Volver a
ver a Salmorejo no ha sido agradable. Un fantasma del pasado con acceso a
información restringida, las comisarías abiertas y fondos reservados, es
peligroso. Antes de viajar a la capital para ver a Antonio Carpintero y a Juan
Madrid, necesita saber en qué anda metido el policía más turbio que ha
conocido. Quiere hablar con el Rubio. El Rubio, rumboso y sarandunguero, el rey
del barrio y del Achilipú, tiene oídos en los rincones más insospechados. Le
puede echar un cable.
Luis “El
Rubio” sigue viviendo en Can Baró y alterna en los mismos bares, los que
aguantan, desde hace casi cuarenta años. Tiene la partida en el Bar Delicias,
su oficina a partir de las cinco, hora de la botifarra. Al ver entrar a Moré,
el Rubio se levanta y lo abraza fuerte. Se criaron juntos en la calle y en la
escuela. Al terminar Moré la puta mili el Rubio esperaba a la puerta del
cuartel en un Seat Panda de segunda mano. Lo financiaron con dinero de la farmacia
militar, en la que ponía el cazo todo el escalafón, del cabo al generalísimo.
Se fueron a Lisboa, “la ciudad de los espías y los héroes”. La Alfama y
Mouraira, los barrios más antiguos de una ciudad anterior a Roma fueron
testigos de su particular serenata en Portugal. Era la primera vez que salían
de Cataluña y para ellos aquel viaje de una semana fue lo más parecido a dar la
vuelta al mundo. Al volver, llegando a Cornellá, por la raja de una falda les
dio un piñazo un Ford Escort.
Los
empleados de Salmorejo en la colaboración público privada, Stewart y Litle
Nicholas, vigilan a Moré. En el parador de Gredos comisarios de pata negra y
agentes de inteligencia dudosa escuchan la conversación grabada en el
restaurante. Se pasan informes cuatro días después de que el gobierno publicara
la reforma del estatuto catalán. A la semana siguiente la oposición recurrió al
tribunal constitucional. Los cecilios, nombre en clave de coñac de los agentes
del CNI, y algunos mandos policiales compiten por la información. Salmorejo
explora las posibilidades de negocios, los porcentajes pactados, las privatizaciones.
Habla con el Bambi en un bar del aeropuerto.
—Los socialistas nos están tocando los cojones,
tronco. Habrá que hacer cosas chungas, lo que haga falta, el concepto de
legalidad es muy etéreo.
Coplas a la muerte de mi tía Daniela (IV)
“El Rubio” se llevó bien con su mundo desde
que era un chinorri diplomático educado para evitar conflictos. No participaba
en discusiones que pudieran acabar en bronca, sonreía a quien pudiera
considerarse enemigo, desarmaba a los mayores más agresivos con paciencia de
viejo. Alguna vez se llevó un par de hostias. Las encajaba sin aspavientos,
pequeño, macizo, rápido y escurridizo. Se trabajó la confianza del vecindario y
extendió sus relaciones a los alrededores. Su negocio consistía en hacer bien
cualquier trabajo eventual. Ayudar aquí y allá, recados, encargos, chapuzas.
Alguien cercano y de confianza, un valor escaso. Tiene una pequeña empresa
dedicada al mantenimiento de fincas urbanas. No se ha hecho rico, si fuera un
cabrón ganaría mucho más. Es un hijo de puta. Su madre, la Lita, era una
habitual del Chino. Se desvivió por él y lo sacó adelante como pudo. Las
violencias, los desprecios, los chulos, el asco, las carencias y la rabia, se
las comió solateras con la inmensa resistencia y el estómago de hierro que su
madre había educado.
—Pon
una fanta pal Vicent, nene, y unas bravas. Cago en todo tío, qué bien te veo.
¿Cómo estáis por ahí, abogado? ¿La Dolors?
—
Mejor, mucho mejor. Dicen que ya está fuera de peligro. La ciencia es la
hostia. ¿Tú qué?
—Como
siempre chaval, en forma. El otro día estuve de juerga en la bolera con
Pandiani, Kameni, Tamudo y las parientas, un descojone… Y campeones de copa. La
vieja con achaques, pero sana. Para Carnavales me la llevo a Cádiz de parranda
a comer pescadito.
—Ole
tú, a pasarlo bien. Te he traído esto. Me la regaló mi tía Daniela cuando
cumplí quince años.
El
Rubio sabía lo que era sin abrir la bolsa. La camiseta que llevaba Marañón el
día que le metieron cinco al Barça. Siempre se pedía Marañón cuando eran nanos.
—No,
eso no se puede regalar. Quédatela, no seas bobo.
—Es
para ti, no hay más que hablar. Venía a pedirte un favor y me da vergüenza,
joder. O la coges o me marcho.
—Qué
te vas a marchar, ni marchar. Anda, tira, acaba las bravas. Vamos a dar una
vuelta.
Salieron
a la carretera del Carmel al ralentí. No estaban pendientes del reloj. Bajaron
en dirección al Parque de las Aguas. Fumaban porros allí antes de que
existiera.
—Salmorejo
te puede amargar la vida, es su especialidad. Espera cualquier guarrada. Hay
unos cuantos comisarios que tienen un tinglao particular y hacen lo que se les
pone. No tienen que dar explicaciones.
—Lo
que quiero saber es a qué juega, si es mosquetero o del Cardenal, si esto es
cosa suya o un encargo.
—Es
un listo como sus amigos, ya lo conoces. Compra cotilleos y vende información,
verdadera si la encuentra, y si no, se la inventa. Saca tajada de todo. Su
punto débil son los enemigos, tiene muchos. Lo fuerte es su archivo, guarda
mierda de media España. Pero tú… ¿Qué pintas en esto?
—No
lo sé, creo que nada. En la agencia estaba de machaca. Con lo del Carvalho me
dan más cuartel, pero desde que apareció el Salmorejo no me fio de la jefa.
¿Por qué me lo encargan a mí?
—Porque
eres un tolili, Vicent. Espabila o te comen. Son gente chunga, manejan mucha
pasta, cuando tú vas, ellos han vuelto tres veces. Si te la vuelve a meter
doblada no te quejes. Pondré la oreja por ahí, si me entero de algo te aviso.
Se sentaron en el parque donde el Fanequita
se inventaba las aventis de naves espaciales cuando era un descampado.
Callados, fumaron un pitillo. Moré sabe que el Rubio se pone nervioso cuando
sale Dolors en la conversación, aunque sea sin palabras. Sigue con la copla de
su morena. Moré como intermediario es torpe, se le ve venir. Ni lo intenta,
menuda es la Dolors. Se levanta el Rubio a tirar la colilla en la papelera y le
sigue Moré. Cogen el sendero hacia la salida.
—
Gracias, Luís. Te llamo cuando vayamos a celebrar lo de mi hermana. Dale un
beso a tu madre de mi parte.
—Anda,
anda…que no andas nada. Las gracias pa los curas, otro beso pa Dolors y vete
por la sombra, gañán.
Dos preguntas rondan a Tonia mientras
espera en la bici a que se abra el semáforo. ¿Por qué es importante Pepe
Carvalho? ¿Qué es el pujolismo? El detective inventado por Montalbán, el
escritor mismo y el president de la Generalitat durante veintitrés años, por lo
visto, son personajes centrales de un tiempo en peligro inminente de extinción
del que no conoce nada. Desaparecen sus paisajes físicos y mentales. Le preocupa la continuidad, “todo pasa y todo
queda”.
La edad de Tonia y su vida relativamente
apacible, con un viaje de Chihiro al llegar a Barcelona con quince años, no le
permiten el ejercicio de la nostalgia. Reconoce en esa palabra una etimología
emparentada con el dolor. Según el diccionario tristeza y pena por ausencias o
pérdidas. Para Montalbán, la censura de la memoria. El ayer y el mañana no son
evocaciones. Ayer empezaron las fiestas de Gracia, mañana es el último día de
plazo para renovar el DNI.
Hoy,
un día de calima con Carvalho atosigando su espacio mental, Tonia decide entrar
en la librería de su calle. Se llama Negra y criminal, está en el número cinco
de la acera de enfrente.
Ha coincidido alguna vez en el Jai-Ca, un
bar de la calle Ginebra, a la vuelta de la esquina, con Montse Clavé, la
librera. El camarero le contó que era dibujante de comics. Paco Camarasa, el
librero, es para Tonia un señor con gafas, cara de inocente de todos los
cargos, sospechoso de ser sospechoso. Lo conoce, aunque no es clienta habitual.
Se han cruzado en la acera, se han saludado. Ha visto a los dos abrir y cerrar
la librería. Un día entró a curiosear buscando algo para regalar a la Nuri. La
novela negra, policial, criminal o como quieran llamarle, no es lo suyo, ignora
todo sobre Pepe Carvalho. Prefiere vampiros, fantasmas, casas góticas, zombis,
ciencia ficción, aventuras, viajes, terror y, sobre todo, poesía, a la que
llegó vía Serrat al sur y Brassens al norte, con parada en Colliure, la tumba
de Machado, a la que peregrina, sola o acompañada, cada vez que necesita los
consejos de Juan de Mairena.
Saluda a Paco, sentado en una mesa revuelta
con un lote de libros a su lado. Abstraído en cuentas imposibles de cuadrar,
tarda en procesar la presencia de Tonia. Levanta las cejas, responde amistoso
al saludo y le dedica toda su atención. La observa de arriba abajo, como si
tuviera que hacer una descripción aséptica en una declaración jurada ante
notario. La reconoce, es la violinista joven, vecina de enfrente, a la que ha
visto candar la bicicleta o bajar la basura. Intenta adivinar qué tipo de
asesinato atraparía su atención, adjudicarle un título. Según los cálculos de
Paco la clientela es de cinco mujeres por cada dos hombres. Sólo una de cada
ocho es menor de cuarenta años.
Tonia mira las fotografías de los escritores
criminales. Aparte de a Márkaris y Camilleri no conoce a ninguno. Busca
escritoras, hay pocas. Paco pone nombres a las caras: Camilla Lackberg, Andreu
Martín, Asa Larsson, Juan Madrid, Patricia Highsmith… A su espalda Tonia nota
una mirada de cosmonauta perdido en su ciudad. Al darse la vuelta se encuentra
con unos ojos en una foto grande. La observan emitiendo señales de complicidad
debajo de la frente arrugada del intelectual ante el enésimo empate de Osasuna
en el Camp Nou. Dos ojos burlones que la miran desde el razonable pesimismo
histórico y el necesario optimismo voluntarioso. Dos ojos que, unos segundos
antes, le estaban mirando el culo. No se molesta, también se considera voyeur y
culóloga. La fotografía en blanco y negro, ampliada y enmarcada, es de
Montalbán en la contraportada elegida para la primera edición de “La soledad
del mánager” en 1977.
Cuando Paco tenía la edad de Tonia, lectura
y militancia exigían compromisos forzosos con los clásicos marxistas. Se
trataba de llegar a los veinte duros de marxismo indispensables para abrir la
boca en las reuniones y no caer en lo que los filósofos ortodoxos del partido
llamaban “vaguedades especulativas”. Montalbán proporcionaba la coartada para
poder leer a Simenon primero, o a Chandler después, sin la acusación de estar
traicionando al Partido, a la revolución y a la famélica legión: “Antes que nada,
se trata de afirmar que los placeres de la vida no entran en contradicción con
un compromiso político de izquierda”. Un antídoto contra la beatería
revolucionaria. La novela negra aún no se había desteñido, no estaba de moda.
Demasiado crítica, demasiado roja. Roja y negra, en Barcelona. Peligro.
Para Paco el comodín iniciático a jugar con
las mujeres jóvenes contemporáneas, no adscritas a la hermandad negra, es Donna
León, el comisario Brunetti y sus andanzas venecianas. Empieza a desarrollar
una estrategia.
—¿Buscas
algo concreto? ¿Te puedo ayudar?
—Eh…sí.
Quería saber cuántos libros hay de Carvalho.
Ni
estrategia, ni nada, la chica va directa. Le entraron ganas de abrazarla,
llevarla en una alfombra voladora al carnaval de Rio, regalarle el María
Moliner con dedicatoria de Marsé o su mayor tesoro, el original, firmado por
doce autores, de la novela titulada como su librería, Negra y Criminal. Se
contuvo. Podría ser un truco, un trabajo universitario.
—¿Pepe
Carvalho?
—
Ese, sí. El de Vázquez Montalbán.
—Claro.
¿Ya has leído alguno o es para empezar? Si es la primera vez te recomiendo…
—Los
quiero todos.
—Hosti
tú, vas fuerte. ¿Son para una tesis?
—No,
curiosidad. Me han dicho que son divertidos.
Paco
quiere bailar a lo Michael Jackson, saltar en paracaídas, beber cava a morro,
cantar un corrido o cualquier cosa que se haga cuando te toca la lotería. Hace
memoria mientras recopila información, cierra los ojos y los abre deprisa, no
sea que desaparezca esa joven morena con los labios pintados de azul y peinada
con un kiki, sobre la que descansa su recién recuperada fe en el futuro de la
humanidad. Se vuelve formal.
—Pepe
Carvalho tiene dieciocho novelas, treinta relatos, una obra de teatro, cuatro
películas, dos series de televisión y una biografía que escribió Quim Aranda.
Están, además, los libros de cocina, unos cuantos. Ah, y existe una página con
mucha información sobre Montalbán y Carvalho, vespito.net.
—¿Usted
conoció a Montalbán?
Cuidado.
El profesional lector de miles de interrogatorios detecta en la pregunta un
interés extraliterario.
—Sí,
claro. Vino una vez. Decía que su primer trabajo fue aquí, en la Barceloneta,
un barrio tan pobre como el suyo, pero con mar. Creo que venía a vender seguros
de entierro para ayudar a su padre. Algunas veces lo hacía con amigos. Llamaban
a la puerta y cuando preguntaban ¿quién es? gritaban ¡los muertos ¡
—¿Y
a Pujol? ¿Conoce a Pujol?
—¿Pujol?...
¿Carlos Pujol el escritor de “Los secretos de San Gervasio”? Es un profesor de
literatura que situó a Sherlock Holmes en Barcelona en el año…
—No.
Jordi Pujol, el expresident. ¿Ha venido alguna vez? ¿Lee a Carvalho?
¿Cómo?
¿Una espía de Convergencia? ¿Una chiflada desorientada? ¿En qué mundo paralelo
vendría el Gran Maestro de la Orden Jedi a esta humilde tienda en un rincón
perdido de la vía láctea? ¿De dónde ha salido esta chica? ¿Qué quiere? Paco
recordó una frase de cabecera del buen manoloísta: “La cultura de la sospecha
es fundamental a la hora de enfrentarse al poder”. Se avergonzó de relacionar
al poder con una joven que compra libros. Divaga…
—Pues
no…espera. Escuché en una entrevista celebrando los veinticinco años de
Carvalho en canal sur, allá por el noventa y ocho, decir a Manolo en broma que
después de Milenio, la última de las novelas previstas desde el inicio del
proyecto, Carvalho estaría viejo para seguir siendo detective y podría ser el
coordinador del Cesid de Pujol o de su sucesor, si consiguiera la transferencia
de los servicios secretos y formara un Cesid catalán.
—¿Un
qué?
—Cesid.
Ya no existe. Ahora se llama CNI. Es el centro nacional de inteligencia. Los
del espionaje.
—Me
los llevo todos. Vivo enfrente, luego vengo a por ellos. ¿Cuánto es?
Manuel Vázquez Montalbán murió en 2003 en el aeropuerto de Bangkok.
Tenía sesenta y cuatro años. Era octubre. “Miente la historia, miente la vida”.
Uno de sus poemas más tristes se ha quedado a vivir en la memoria de
Tonia.
“EL CARTERO HA TRAÍDO EL
BANGKOK POST…
aunque he pedido mi carta
no estaba
o no me la
han dado los compasivos
con el extranjero
que espera vida o muerte
ignorado en un rincón de Asia”
Si te pusieran al trasluz... (V)
A veces,
sin saber por qué, a Tonia le coge un bajón. Al doblar una esquina, al ver una
casa en ruinas, un grafiti con mala baba, la ciudad se pone cuesta arriba. Un
cansancio la acompaña. Al llegar a casa huele a pasta con ajo y aceite. Está
caliente, tapada, sobre el fogón. Nana ha hecho la cena antes de irse al
hospital, Aldo está de noche. Ajo, aceite, guindilla. Nada más. Perfecto. Su
madre la lee el pensamiento. Hay muy pocas cosas realmente necesarias. El aire,
el agua, el sueño, la ausencia de violencias, los demás y la comida. Pan blanco,
aceitunas negras. Carvalho y Montalbán, niños del hambre, de la posguerra.
Tonia cena despacio, saboreando. En la tele está acabando una película. Anuncios.
En las
antípodas antagónicas de Barcelona Antonio Carpintero, cobrador de impagados
fijo discontinuo, expolicía con bigote y exboxeador, al que le jode que le
llamen Toni Romano porque Carpintero, un oficio, es su apellido, y Romano un
gentilicio falso y un alias, se acaba de levantar. Le duelen todos los huesos,
la mayor parte de los músculos y buena parte de las vísceras identificables sin
estudios de medicina. El timbre de la puerta interrumpe la preparación del
café. Todavía grogui y en calzoncillos abre. Espera una visita despachable por
la vía rápida.
—Buenos días, Toni.
Habla un
hombre que ronda los sesenta años, uno setenta, ochenta kilos. Viste de negro,
gafas ovaladas, barba de una semana, cabeza cubierta, cara de no me vengas con
chorradas y mueca de no soporto las metáforas.
—Si usted lo dice… ¿Nos conocemos? Me resulta
familiar.
—Soy tu padre.
Toni no
contesta esperando el final de la broma. Fija la mirada unos segundos en el
gracioso y examina el pasillo buscando posibles acompañantes. La cafetera
empieza a dar señales sonoras.
—huele bien, a Colombia.
—¿Vendedor de café a domicilio? ¿Representante de
gorras?
—Escritor. Escribo novelas de esas que llaman
negras. No me va mal. Mi personaje más conocido se llama Antonio Carpintero,
Toni Romano. Ahora mismo está en gayumbos hablando con un extraño. No intentes
una respuesta porque suelo escribirlas yo y no tengo tiempo para un duelo de
ingeniosos.
—Ya… Juan Madrid. He oído hablar de ti. No te
ponía cara. Pasa y pon dos desayunos en la mesa de la cocina mientras me ducho.
Abundantes.
—Tienes la nevera vacía, Toni.
—Eres escritor, invéntate unas madalenas.
Huele,
además de a café recién hecho, a colillas de ayer y a esencia de Malasaña. Juan
se sienta en la única silla disponible y enciende un transistor Grundig de la
época de Arturito Pomar. No hay ninguna emisora sintonizada y mueve el dial
hasta que suena algo. Un cagamento iba a soltar Juan Madrid a cuenta de una
noticia cuando Antonio Carpintero salió del baño descalzo con un albornoz
amarillo. Sonó el timbre.
—Pero… ¿Regalo trufas o qué cojones pasa?
Al abrir
la puerta Toni rebaja el mosqueo y relaja la mala hostia. Es su vecino y amigo
Juan Delforo, otro escritor. Mide casi lo mismo que Juan Madrid, pesa más o
menos igual, lleva unas gafas muy parecidas, similar despeinado, incluso en el
gesto coinciden. Los dos Juanes se saludaron. Juan Madrid se explicó.
—Tú vecino también es un personaje mío, Toni. Lo
utilizo para meter baza subjetiva en mis ficciones. Café para tres.
—Algo había notado. A ver si lo he entendido
bien. Tú eres el capullo que hace que mi vida sea una mierda…Te lo agradezco,
me gusta. Y Delforo escribe lo que tú dictas. Nosotros no existimos y tú sí.
Toni sirve las tazas y añade unas gotas de
ginebra. Delforo parece estar intentando colocar las piezas en su cerebro. Mira
de reojo a su otro yo y lo encara:
—Y ahora escribes una escena hablando con tus
propios personajes. Muy pobre, señor Madrid. Decepcionante.
—Te equivocas Delforo, yo no estoy escribiendo
esto. A dios también lo metieron en un libro y se inventaron sus aventuras.
Cualquiera puede escribir lo que le venga en gana siempre y cuando respete la
legalidad vigente, especialmente los derechos de autor.
Interviene Toni. No parece dispuesto a participar
en una tertulia literaria.
—Ahora mismo os vais a la puta calle los dos, a
desayunar al café Gijón. Tengo cosas mejores que hacer.
Juan Madrid y Juan Delforo se levantan al
unísono. El primero toma la palabra después de apurar de un sorbo el cafelito.
—No es tan fácil Toni, no he venido por gusto.
Quieren contratarte. Mi agente, Carmen Balcells, ofrece cincuenta mil euros por
encontrar a un detective de Barcelona desaparecido hace tres años.
Cincuenta mil pavos es mucho dinero. Toni se toca
la nariz con el pulgar y mueve el cuello hacia los dos lados. Agarra la botella
de ginebra y le pega un viaje a gollete.
—Explícate, catedrático.
—Pepe Carvalho.
—¿Carvalho? Venga no me jodas.
Toni coge el paquete de Ducados y enciende un
pito. Delforo saca su propio tabaco sorprendido y pide permiso a Toni con un
gesto, para servirse un buen chorro de ginebra en la misma taza del café. Juan
Madrid continúa sus explicaciones.
—Igual que Delforo es tu vecino, parece que
Vázquez Montalbán lo era de Carvalho. Y lo mismo que Delforo escribe sobre
historias que le cuentas tú, Manolo Vázquez, que era para mí como un hermano,
lo hacía con Carvalho. Al morir Manolo, Carvalho desapareció. Su agente quiere
saber por qué. ¿No tienes otra cosa aparte de esta ginebra?
—Tengo orujo en el frigorífico, sírvete.
Trescientos pavos diarios más gastos. Lo buscaré diez días. No lo encontraré y
me pagarás tres mil. Esas son las condiciones. Si Carvalho ha desaparecido será
por algo y si no quiere que lo encuentren buscarlo es tirar el tiempo y el
dinero.
—Hecho. No has contemplado una posibilidad, puede
que lo hayan desaparecido. Los comisarios Jaritos y Montalbano se encargan de
la búsqueda internacional. Kostas Jaritos es un buen policía, tan bueno que me
extraña. Un funcionario honrado que trabaja en Atenas. Me desconcierta que
empezara en la dictadura de los coroneles y nunca haya soltado una hostia.
Salvo Montalbano es un siciliano culto y le gustan los rompecabezas. Del Foro
los conoce bien y podrá darte más explicaciones. A ti te han asignado buscar aquí.
Puedes contratar ayuda. Tu contacto será uno de los abogados de la agencia, un
tal Moré. Toma su tarjeta.
—Te falta contarme algo, Juanito. Carvalho no es
una estrella del pop, ni de familia rica. ¿A qué viene tanto interés en
encontrarlo?
—Papeles. Parece que en algún momento trabajó
para los Pujol. Lo están buscando unos cuantos fontaneros, incluido tu amigo
Salmorejo.
Juan Delforo cerró la boca, tragó saliva e
insistió en la ginebra. Parecía atascado. Toni se dirigió a la puerta, la abrió
e invitó a los Juanes a marcharse.
—Salmorejo… Un montón de mierda. Le tengo ganas
desde sus tiempos en el sindicato de policía.
Meses
después del viaje a Barcelona, cumplida con Adriani la promesa de unas
vacaciones en Patmos, el comisario Kostas Jaritos recibe en su casa una carta
ilegible enviada desde Vigata, Sicilia. Necesitó para su descodificación un
traductor, un calígrafo y un espiritista.
Salvo
Montalbano recién bañado en el Tirreno, de buen humor por los salmonetes con
alcaparras de Adelina, la asistenta, escribió un mensaje corto en la terraza de
su casa frente al canal. Confía más en el correo tradicional y el fuego lento
que en la tecnología y la inmediatez. Vistas las inversiones millonarias en
ciberespionaje de las agencias globales considera más seguros el sobre, el
sello, el bolígrafo, la cuartilla y el buzón. No se hace idea de cuántos ordenadores
necesitarían los centros criptológicos interesados en descifrar su letra.
No ha
descubierto nada. Ha visitado el cementerio de Staglieno, en Génova. Carvalho y
Biscuter se encontraron allí con un comerciante conservero poscasado con una
vasca. Un militante del PCI de Togliatti y Berlinguer, del partido comunista de
Euzkadi en los amenes del franquismo. Un apóstol del compromiso histórico. Ha
pedido un informe. Aprovechó para comprar pesto. Es todo lo que tiene. Envía a
su colega ateniense un saludo, buenos deseos y una cita literaria: “Carvalho
recibió el impacto de un paisaje privilegiado, de una marina total perfecta
como sólo había podido contemplar en Formentor, Patmos, la costa norte de
Jamaica o Port Lligat”. Corresponde a “Los pájaros de Bangkok” de 1983. Señal
de que Montalbano está releyendo las novelas de Carvalho, cosa que Jaritos no
piensa hacer. Ni las ha leído, ni se le ocurre.
Adrianí
y Kostas Jaritos pasaron en Patmos una semana celebrando sus muchos años
exactos de casados. El comisario, hombre de orden, estuvo horas en el hotelito
de la playa frente a una de esas marinas perfectas de las que habla Carvalho
mientras su mujer revisitaba la capilla de la virgen en el monasterio de San
Juan. Adrianí pidió favores
e hizo promesas de sacrificio en pago por su cumplimiento, ayunos que
acabaron incluyendo al comisario.
Jaritos
se siente emparentado con el detective, aunque sus vidas hayan sido muy
diferentes. Ha reconstruido con informes policiales el paso documentado de
Carvalho y Biscuter, o Bouvard y Pecuchet, como se llamaban en aquel momento,
por Grecia, donde cometieron varios delitos. Fueron tiroteados, les colocaron
unos kilos de cocaína en el coche. Llegaron al puerto de Patras procedentes de
Bríndisi. Salieron por El Pireo rumbo a Alejandría con documentación falsa, perseguidos
por una secta ultraliberal, la policía, narcos y mafiosos. Haciendo amigos.
En la calle de la Sal, enfrente de Negra y
Criminal, la luz del segundo izquierda está encendida. Tonia ha terminado la
cena, ha fregado el plato. Siguen los anuncios. Apaga. Calienta un café con
leche, se acomoda en el sofá y abre una novela de 1972 “Yo maté a Kennedy.
Impresiones, observaciones y memorias de un guardaespaldas”. El nacimiento de
Carvalho.
Al despertar con el libro en el suelo y la luz
encendida, su madre acaba de llegar. Su padre está a punto de irse. Los dos son
inocentes, ninguno mató a Kennedy. Mientras pone la cafetera repasa el
inmediato porvenir. No sabe por dónde empezar, hace algunas preguntas
dispersas. Ni Nana, ni Aldo saben nada de Mariluz. Su padre la vio una vez
saliendo del portal, miró hacía los dos lados de la calle como si no supiera
donde ir. Cojeaba ligeramente y se dirigió al puerto. Tiene el día libre, Moré
se ha ido a Madrid. Va a ir al sindicato, quiere saber quién es la mujer del
Bambi. Algo se le ocurrirá por el
camino. Su madre le da un beso y se va a la cama. Su padre le da otro y
se va al camping.
El
contacto algo violento del avión con la pista de aterrizaje al llegar a Madrid
despertó a Moré sudoroso y con la boca estropajosa. La noche anterior en una
discoteca de Lloret del Mar, chunda-chunda y pum catapum chimpún, se alargó.
Una extrovertida viuda rotunda le había seguido el rollo en la conga final. Le
contó que se encontraba mal. Había fumado por primera vez un canuto y mezclado
copas de con una pastilla que encontró en el pantalón de su hija. Al salir y
ver la playa, la mujer recordó a su marido socorrista, ahogado el verano
anterior por un corte de digestión. Apoyados en un contenedor desbordado de
bolsas negras y botellas vacías, maldijeron la crueldad de algunos destinos. Al
pasar Moré el brazo por su cintura la mujer empezó a llorar. No se lo tomó como
algo personal.
El
precio del primer café con gotas en el aeropuerto y el frio de diciembre al
salir de la terminal, le devolvieron al hiperrealismo y al tráfico disparatado.
En el taxi, adormilado por el día gris y la calefacción, una canción de Shakira
y otra de Nena Daconte, a punto de coger la circunvalación, un estruendo y un
temblor lo sobresaltaron. El ruido venía de atrás. El taxista soltó un cago en
todo reconcentrado. Al volverse vieron una enorme columna de humo saliendo del
aeropuerto. Los coches en la M-40 se acercaron al arcén y algunos conductores
se bajaron a mirar. Al momento hubo un atasco descomunal. La humareda, ahora
más negra, ascendía dando una idea del tamaño de la explosión. Moré,
egocéntrico, descartó tener algo que ver con lo ocurrido.
— ¿Podremos salir de aquí?
—Tardaremos… No nos ha cogido de milagro. Llevaba
ahí, en la puerta de llegadas, desde las siete de la mañana. A algún compañero
le ha pillao, fijo. Se habrá estrellao un avión.
Alejandro Sanz desapareció al cambiar el taxista
la emisora. Sonaron sirenas acercándose, algún claxon empezó a sugerir que
había que moverse. Los de la radio hablaban de una explosión en la T4 de
Barajas, era todo lo que sabían. Moré no quitaba ojo del taxímetro. Recordó que
pagaba la agencia. De imaginar a la jefa con las facturas en la mano pasó a
Rigalt i Mataplana, el Quimet de Charo. Un notario cercano a Pujol con negocios
en Andorra sí podría conseguir el dinero necesario para sacar a Carvalho de la cárcel.
¿Para qué?
Los
insultos del taxista cada vez que hablaba alguien del gobierno lo devolvieron
al atasco y a la conciencia de estar en la corte. Moré no es monárquico, es
Juan Carlista, esa rama extraña del carlismo. Hacía años que no pisaba la
capital del reino. Al acercarse al centro empezó a identificar alguna
referencia, El Retiro, Atocha, Gran Vía. Había quedado con Carpintero, Toni
Romano, en un bar de la calle del Pez. La emisora decía que había explotado una
bomba en el aparcamiento de la terminal recién inaugurada. El ministro de
interior, Rubalcaba, daba explicaciones. Habló de una llamada para desalojar,
ETA. El taxista entró en éxtasis. La cabeza le giró 360 grados varias veces.
Miró por el retrovisor con ojos justicieros. Creía haber detectado un leve acento
en el pasajero. Un acento catalán.
Moré
había propuesto “El Palentino” porque era el único bar que recordaba de sus
escasos días madrileños. Solía estar lleno de gente joven. Un sitio clásico y
barato. La ley antitabaco empezaba a implantarse con la oposición de la
aznaridad en proceso de marianización. No impidió que Antonio Carpintero
entrara con un pitillo en la boca. Nunca se habían visto pero Toni no dudó. El
pureta del traje arrugado y bigote espeso, apoyado en la barra tomando una
copa, era Moré, el abogado de la agencia Balcells.
—¿Moré? Soy Antonio Carpintero. ¿Viene del
aeropuerto?
—Encantado de conocerle, me han hablado mucho de
usted. Sí, menuda bienvenida. No tenían que haberse molestado. Con un collar de
flores y un daiquiri ya valía.
—¿Eso es humor catalán? Me parto, me encantan las
bromas. Sobre todo, cuando no he dormido, me duelen los pies de andar toda la
puta noche y tengo ardor de estómago. Muchos amigos míos trabajan en Barajas.
Hay dos muertos. Muy divertido.
Moré vació la copa y se solidarizó con
Carpintero.
—Pruebe la sal de frutas, el bicarbonato es más
agresivo. Podemos volver a empezar. Encantado de conocerle.
—Aquí tiene el informe. Que le aproveche. Si
quiere esperar a que coma algo, cuando termine se lo resumo.
—Faltaría más. Lo mejor para la ulcera son las
patatas bravas.
Antonio Carpintero se volvió hacia el camarero,
dio la espalda a Moré y mirando el expositor, eligió su pedido.
—Abogado y gastroenterólogo, mis profesiones
favoritas.
El atentado de ETA rompió la tregua. Dos
emigrantes ecuatorianos dormían dentro de una furgoneta en el aparcamiento. Los
mediadores, pacificadores y negociadores fueron puestos en cuestión. Dos
muertos más, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, en la cuenta,
cercana al infinito, de las banderas y las naciones con o sin estado.
En la carpeta que Antonio Carpintero entregó a
Moré había un folio en blanco. El resumen era prometedor. Las croquetas y los
champiñones desaparecieron a buena velocidad deglutidas con la ayuda de una
caña espumosa. El abogado sin gesto visible esperaba las explicaciones con el
cheque en el bolsillo. Cuando Carpintero tiró la última servilleta de papel y
pidió un café, Moré aprovechó el hueco.
—¿Esto es humor madrileño o castellano? Los
polacos no entendemos ninguno de los dos.
—Mire, por acabar pronto, me deben cuatro mil
euros. Aquí tiene las facturas, he redondeado a la baja. Estuve diez días en
Barcelona. No existe ningún Carvalho. Es un personaje de Manuel Vázquez
Montalbán. Nunca tuvo un vecino detective. Nadie en Vallvidrera, ni en el
Raval, ha oído hablar de ese señor. No hay, ni hubo, ningún Biscuter, ni
Bromuro, ni Fuster. Dígale a la señora Balcells que esa historia es falsa.
—Joder, qué seguridad. Eso creía yo desde el
principio hasta que apareció la señora Rosario, con la que espero encontrarme
al volver a Barcelona. Verá Carpintero, antes me pasaba la vida entre el
despacho y el juzgado haciendo papeles, derechos de autor, contratos,
finiquitos y esas cosas. Desde que busco a Carvalho lo paso mucho mejor, tengo
carta blanca para ir y venir, talonario, horario flexible. Así que, si no le
molesta, prefiero que exista.
—Págueme y por mí se puede ir a comer con
Spiderman. El mundo está lleno de Charos y de impostores, abogado.
—No, no puedo, he quedado con su…el señor Madrid.
En cuanto lo de pagarle ¿Qué le parece doble o nada?
—El doble, bien, lo de nada ni lo intente. Soy
especialista en impagados, puedo ponerme muy desagradable.
—Lo dudo, es usted encantador. Aquí tengo un
cheque en blanco firmado por el contable de la agencia. Puedo poner la cifra
que quiera. Cuatro mil y hasta aquí hemos llegado o, segunda opción, ocho mil
por seguir investigando. Usted y yo no creemos que Carvalho ande por ahí. Pero
lo están buscando la interpol, varios gobiernos y gente que dice trabajar para
el CNI. ¿Me explica por qué?
—No veo la opción del nada, me tranquiliza.
—Si encuentran a Carvalho su informe no valdría
un euro ¿No le parece?
—La señora Balcells tiene amistades que se ponen
a su disposición para lo que quiera. Puede estar haciendo un favor a alguien.
Salmorejo dice que está buscando a Carvalho, pero sus objetivos son Pujol y el
rey con la excusa de la patria y esas gilipolleces. Lo único que le interesa es
la pasta. Esos supuestos papeles que nadie ha visto podrían aparecer cuando
hagan más daño a los nacionalistas catalanes. O desaparecer. Atribuírselos a un
detective privado les permitiría dejar fuera a la policía, extorsionar a todos
o vendérselos al que mejor pague.
Moré se acordó del Rubio. La versión de Antonio Carpintero cuadra bastante
bien con su visión de la jugada. Tiene lógica, es verosímil.
—Se lo compro Carpintero, pero necesito pruebas.
Si visten un muñeco deberían dejar pistas para demostrar la existencia de
Carvalho. Usted no ha encontrado ninguna. Voy a rellenar el cheque. Ocho mil.
Usted sigue la pista verdadera o falsa de Carvalho. Si sus gastos, o sus días
superan esa cifra, llámeme. Y le invito a otra caña, esto ya por mi cuenta.
Antonio Carpintero con el cheque en la mano
mejoró de sus dolencias estomacales. Caerá alguna juerga con el Moléculas y
puede que hasta sea divertido tocar los cojones a Salmorejo. El abogado Moré no
huele a colonia cara, no lleva ninguno de los seis peinados para camuflar
fascistas, ni habla como un pijoliberal. Acepta.
La mujer
del Bambi tiene nombre y apellidos rastreables. La lista de cargos y empresas
es interminable, la retórica revolucionaria del secretario general es
incompatible con ese historial. ¿A qué juegan? Tonia no tiene alma de
justiciera ni ganas de remover la mierda de otros. En el sindicato sabrán lo
que hacen. Pedalea hasta el puerto. Se sienta en un banco, come una manzana.
Por aquí paseaba Mariluz.
Es el primo Anselmo (VI)
Tonia
pasa muchas tardes en casa de la Nuri. Se hacen compañía, chafardean un rato,
cocinan y toman té verde. La Nuri lleva un año sin salir de casa. El asesor de
una ONG, Osorio, lleva su indocumentación, la orienta o, en este caso, la
occidenta. Podrían detenerla, llevarla a un centro de internamiento de
extranjeros. Tiene que cumplir dos años de estancia en el país, esperar que se
arreglen los papeles de sus padres, los permisos de residencia, el
reagrupamiento familiar. Vive en el limbo número catorce, cuarto E, en San
Roque, con sus tíos. Osorio rellena cuestionarios, hace preguntas y
estadísticas. Es informático de profesión y ejerce de gallego. Dice a la prensa
que se hizo voluntario después de un papeleo que acabó en juicio contra una red
de tráfico de personas. Siempre insiste en lo mismo, hay que denunciar a la
mínima, los inmigrantes son vulnerables.
La Nuri es
prima de Malik, tiene diecisiete años, habla francés, chapurrea castellano, le
gustan las telenovelas y Dragon Ball. Quiere ir a París, graduarse en
pediatría, volver a Nador con un pasaporte del primer mundo, poner un
consultorio y caminar por la orilla de la Marchica sin miedo al futuro, al rey
y a la policía.
—Carvalho es tonto. Si se casara con Charo le iría
mejor.
—Los detectives privados no se casan, Nuri, las
mujeres de la calle tampoco y entre ellos menos. Se parecen mucho.
—Charo no hacía la calle. Además, está retirada y
Carvalho se quiere jubilar. Harían buena pareja. Podrían cenar pato a la
naranja en la terraza y luego acurrucados en el sofá, ver una película.
—Las casadas tienen la terraza llena de trastos. Y no
se acurrucan.
—Qué aguafiestas eres, hija. Los detectives y las
mujeres de la vida hacen lo que quiera el escritor. O la escritora…Voy a
escribir una novela. Se van a casar y serán felices. Tendrán tres hijas, coche
nuevo y una casa en la Costa Azul.
—Pues no vas a vender ni una. Sin conflicto no hay
historia. Como mínimo necesitas que tengan goteras en la cocina o un cementerio
cerca.
Tonia lee
las novelas de Carvalho rompiendo el orden cronológico. Siguió la serie con “Asesinato
en el comité central” publicada en 1981. El Escritor provoca que Santiago
Carrillo, cadáver exquisito en el relato, secretario general del PCE, acusara
públicamente a Pepe Carvalho de tener cierta tendencia al proxenetismo. Tonia
dio la vuelta al mundo alrededor de “Milenio” siguiendo al detective y a
Biscuter en su viaje “roda el món i torna al born”. Descubrió en “Quinteto de
Buenos Aires”, 1997, una argentinidad peligrosa que convertía a los
desaparecidos en subversivos, a Maradona en capitán siniestro héroe de Malvinas, y al tango de
barrio, criollo y polaco, en cocaína. “El Balneario” hizo considerar a Tonia su
vegetarianía militante, ahora menos estricta. Se permite probar las albóndigas
con salsa tzatziki de su madre o los pappardelle con liebre de su padre. La
silueta borrosa de Carvalho ya le resulta familiar, aunque solo es descrito
físicamente en “Tatuaje”. Empieza a conocer sus costumbres, sus gustos, sus
calles y sus manías. Le agrada Biscuter, no tiene un mal gesto, vive en un
despacho churretoso, hace la cobertura a Charo y espera que algún día a “su
maestro, el señor Carvalho” se le escape un elogio a su comida. La siguiente
novela será “La soledad del mánager”.
En fiestas, con las calles petadas, ejerce
de vecino malasañero el escritor más negro de la capital, Juan Madrid. Está
harto del alcalde, yerno ideal del franquismo, de la presidenta de la comunidad,
compradora de diputados en oferta, dos por uno, y de la madre que los parió. Controlan
la ciudad. Madrid, dice Madrid, es el paraíso del pelotazo, del saqueo de lo
público. Pasaron. Y se han quedao. A bailar sobre el ladrillo.
En los
tugurios nocturnos, antros con luminosos en los que siempre parpadea alguna
letra, se mezclan aguas pestilentes. No vienen de la sierra. De día, Juan
Madrid y Moré, el abogado polaco, caminan entre Daoiz y Velarde. Hablan con
frases cortas hasta que doblan por San Andrés. En Casa Camacho huele a
boquerones en vinagre. Entran y piden vermú con seltz.
—Aquí somos muy realistas, muy de Galdós y Baroja. Me
gustaría contar en prosa poética, sin el sonajero del que hablaba Marsé, cómo
la caballería roja baja al galope por esta calle y Budionny señala con su sable
el barrio de Salamanca. Pero no soy cosaco, ni ruso, ni constructivista, ni
contemporáneo de Lenin. Cada uno cuenta lo que tiene delante. A mi alrededor
veo los bajos fondos de Madrid cervantinos, goyescos, llenos de pícaros, majas,
cabrones, flageladores y chulos. También me asomo lo que puedo a los palacios,
la corte, los borboneos y los cuarteles. Para Montalbán, un poeta, la
revolución empieza con el derrocamiento del zar y acaba con el suicidio de
Maiakovski. Para mí, con la ejecución de Babel.
—Suicidio y ejecución. Un final feliz.
—El final feliz es en los musicales, los detesto, me
dan alergia. El caso es que tengo prisa. ¿De qué periódico dice que es usted?
—Soy abogado. Vicent Moré. Me manda Carmen Balcells.
Vengo por lo de Carvalho. Acabo de estar con Toni. Dice que Carvalho no existe.
—¿Qué quiere?
—Yo otro vermú. Carmen Balcells saber de Carvalho.
¿Montalbán le contó algo sobre el detective? ¿Puede ser que se inspirará en una
persona real?
—Manolo era de pocas palabras. Una cosa sí recuerdo.
Me explicó que Carvalho es un apellido portugués, en gallego sería Carvallo.
Creo que se lo cambió su padre, harto de ser español.
—¿Conoce algún detective portugués?
—Vivo no. Pessoa escribía novelas negras, pero no
terminó ninguna. Su detective debía ser un inútil. Abilio Quaresma creo que se
llamaba. Para todo lo que tiene que ver con Portugal pregunto al Trini, un
inspector joven de la comisaría de Vallecas. Su madre es portuguesa. ¿Qué hora
tiene?
—No tengo. Serán cerca de las dos.
—Pues encantado de hablar con usted. Hasta la próxima.
Dé recuerdos a Carmen.
Moré con la frase en la boca y el vermú a medias
canturrea Cabaret. No acaba bien. Mañana pasará la nochevieja cantando y
bebiendo con Dolors y Vania. El vuelo de vuelta es a las diez de la noche.
Puede que esté paralizado el aeropuerto y coja el último tren. Hay tiempo para
comer algo y darse una vuelta por Vallecas.
Tonia va al
cine con Malik el día del espectador, Las tortugas también vuelan. A Tonia le
parece una película muy triste. Malik ya traía la tristeza puesta antes de
entrar. Habla muy bajo, como si no quisiera que Tonia escuchara. Un amigo
colombiano con el que compartió piso cogió el autobús en San Roque para ir al
centro, pero no se bajó allí. Llegó a la última parada, solo. El conductor fue
a avisarlo, tenía que bajarse. Estaba muerto. Tonia quiere bailar. Rebelarse.
La muerte va en serio, pero cada cosa a su tiempo. Necesitan alegría. Brindar
por el colombiano. Maldecir.
—Deja la bici, vamos con la moto.
Es un reflejo,
Malik quiere estar fuera y dentro, entre el cielo y el mar. Tonia sube y sabe a
dónde van, cerca, a la curva del Morrot. Está la noche clara. Tienen a sus pies
el mar, el puerto, los enormes barcos de los cruceros. Malik lía despacio.
Tonia lo enciende. No suele fumar, no le gusta el hachís. Un par de caladas y
lo devuelve. Malik aspira profundo y mantiene el humo en los pulmones unos
segundos antes de expulsarlo. Casi instantáneamente le brillan los ojos.
Canturrea en árabe, habla de Tanger.
—Algunas veces me gustaría que todo ardiera. Que se
fuera a la mierda el mundo.
— El mundo se va a la mierda todos los días. Luego
amanece y la gente desayuna.
Vázquez
Montalbán insistió a finales de los noventa en el olor a gamba que impregnaba
Barcelona. Los mocos invernales y un trancazo impiden a Moré captar los olores
madrileños, el dinero no huele. Busca Atocha. Según las pocas nociones que
tiene está cerca de Vallecas. Después de una caminata encuentra el Manzanares.
Reconoce que se ha perdido y su seguidor no. Sube a un taxi y se planta en la
puerta de la comisaría vallecana. A punto de entrar le parece poco serio
preguntar por “El Trini”. Estira la americana, se peina con las manos y ajusta
el nudo de la corbata. El cristal de la puerta le devuelve la imagen de alguien
que ha dormido en un cajero. Respira hondo y entra como si tuviera a un cliente
detenido.
—Buenas tardes. Soy abogado. Querría hablar, si es
posible, con un inspector llamado Trini.
El agente evalúa la situación durante unos segundos.
Observa con disgusto una gota brillando en la punta de la nariz del señor que
lo ha abordado en el pasillo. Huele a vermú.
—Su documentación por favor.
—Desde luego. Aquí tiene. Lo primero es lo primero.
Es un error limpiarse los mocos con la manga, pero el
pañuelo del bolsillo está momificado. El agente lo mira fijamente.
—¿Se encuentra bien?
—Estupendamente. El invierno que me ha cogido por
sorpresa.
—El inspector Trinidad Ramalho no está. Si me explica
lo que quiere puedo atenderle.
—Uff… Es muy largo de contar, le aburriría y no
creería una palabra. Puedo darle mi número, si fuera tan amable de pasárselo al
inspector le estaría muy agradecido. Dígale que me ha hablado de él Juan
Madrid, el escritor. A las diez cojo un avión. ¿Podría cargar el teléfono? Lo
tengo sin batería.
—Un poco más abajo hay un bar. Tómese algo caliente y
pregunte al camarero. Daré el aviso. Buenas tardes.
Obedece,
cruza la calle, pide un carajillo y permiso para cargar el móvil. No ha comido.
Hay un poster gigante del Madrid de los setenta. Debajo del As y del
servilletero, encuentra una carta descolorida con platos combinados. Pide un
cuatro. Las salchichas de Frankfurt verduzcas y las patatas fritas blandurrias
le resultan familiares. El huevo frito tiene amarillos que harían vomitar a un
sargento de la legión. Lo ahoga todo en kétchup y mostaza. Para quien cena sopa
de tetrabrik, empanadillas congeladas o tortilla precocinada a diario, aquello
es comida casera. Cuando el pan chicloso revienta la yema se hace la oscuridad.
Un pívot de tres cuerpos con la cabeza rapada, pendientes, botas camperas y
chupa de cuero negro cierra todo su ángulo de visión.
—Soy Trinidad Ramalho. Me han dicho que quería verme.
Usted dirá.
—Vicent Moré.
—No, por favor… No me de la mano.
—Disculpe. Me sabe mal… Juan Madrid me habló de usted.
Verá, vengo de Barcelona enviado por Carmen Balcells, una agente literaria muy
importante. El ministro Rubalcaba puede hablarle de ella.
—Claro.
—El caso es que la interpol, supongo que lo puede
comprobar, ha emitido una orden internacional de búsqueda de Pepe Carvalho, un
detective privado. Desapareció en 2004. Tiene una hija en Los Ángeles. Yo me
encargo de coordinar todo. El comisario Salmorejo anda detrás. Luego está
Rigalt i Mataplana, un notario amigo de Pujol ¿Me sigue?
—Lo intento. Me distrae el olor a carajillo. Hágase un
favor, no coma eso y váyase a dormirla.
—No se deje engañar por las apariencias, soy un
prestigioso abogado y me gano muy bien la vida. Noto cierta desconfianza,
joder. Compruebe, compruebe, consulte a sus superiores. Es un caso prioritario.
Puede estar en riesgo la unidad de España. No es que me importe, por mi si
España que españe, pero hay gente que... Mire, haré lo siguiente, voy a llamar
al director general, tengo su teléfono personal. Personal. ¿Entiende?
El Trini se pasa la mano por la nuca intentando
estimular su capacidad de decisión. El nota parece inofensivo. Lo estudia. Moré
marca en el teléfono con un dedazo como si entrara a matar. No puede negarlo,
le pica la curiosidad.
—Señor Mesquida, buenas tardes. Sí, efectivamente,
Moré…No, novedades ninguna. Verá estoy en Vallecas, en la comisaría, con el
inspector Trinidad. Un hombre amabilísimo. El caso es que, y yo lo entiendo, no
me da credibilidad. ¿Sería tan amable de…? Sí, sería de gran ayuda. Se lo
agradezco…No, no será necesario. Le paso.
Le alarga el teléfono y el Trini no lo coge. No parece
dispuesto a participar en una comedia.
—Una voz al otro lado del aparato. Podría ser el
obispo de Cuenca. Me está haciendo perder el tiempo.
Moré vuelve a colocarse el teléfono en la oreja.
—No quiere. Piensa que estoy haciendo broma…De
acuerdo. Gracias otra vez, a su disposición.
Guarda el teléfono. Ve a un inspector joven y
desconfiado, a punto de perder la paciencia. Le parece natural, la confianza no
es un atributo policial. Si fuera uno de los de antes ya le habría amenazado
con salpicarle un guantazo. Las generaciones nacidas en democracia tienen más
escrúpulos. No ha decidido todavía como clasificar al Trini. Ve en sus ojos el
hartazgo. El inspector le pone el brazo en el hombro y susurra.
—Vamos a dejarlo pa prao, tengo cosas que hacer.
Cuídese.
Ejemplar. Un comportamiento exquisito. Trinidad
Ramalho ha pasado a su lista de inspectores favoritos. En el plato ve formas y
colores. Unta y traga. El efecto es inmediato. La jornada en Madrid se le está
haciendo larga. Necesita ir al váter y meditar allí. Las condiciones higiénicas
del servicio son asumibles, aunque tiene que pedir papel en la barra. Los
clientes no lo miran bien con el rollo en la mano.
Sentado y
concentrado se pierde en el espacio/tiempo. Lleva una vida algo desordenada,
así no puede seguir. ¿Por qué no? No tiene contestación. Dolors está curada, no
depende de él, no le necesita para nada. Sin padres, ni hijos, no tiene
responsabilidades. Si dejara de beber y fumar viviría más tiempo. Enciende un
cigarro. Fumar sano, no es. La droga es peor. ¿Qué droga es peor? El pegamento.
No inhala pegamento. Es un tanto a su favor. Las guerras del opio fueron por
los puertos. A los chinos les encanta el té. El lunes tiene que ir al
psiquiatra. El lunes es fiesta. Tira el cigarro a la taza, se limpia ahorrando
papel, aprieta el botón de la cisterna, se sube los pantalones y se lava las
manos.
Al salir le miran peor que al entrar. Pide un té para
saber a qué sabe. Ramalho Da Costa, al lado de la máquina de tabaco, le observa
temeroso. Puede que vuelva a intentar darle la mano.
A Trinidad Ramalho Da Costa, el inspector de policía
que estudió filosofía, le asaltan las ideas de Wittgenstein, las cosas
lógicamente posibles. La llamada del director general de la policía el día que
ETA revienta el aeropuerto para pedirle que colabore en la búsqueda de un
personaje de ficción, le lleva al terreno de lo absurdo. Ahí no se desenvuelve
con naturalidad. En la universidad no le explicaron mucho sobre el pensamiento
irracional. Recuerda un dato perturbador, Wittgenstein y Hitler coincidieron en
la escuela secundaria de Linz.
—Cuénteme otra vez esa historia Moré y dígame que
puedo hacer por usted.
La explicación es prolija. El Trini escucha
imperturbable con un par de vistazos al reloj. Cuando Moré empieza a hablar en
círculos y menciona la enfermedad de su hermana, lo para.
—Carvalho es un apellido común en Portugal. Significa
roble. Los hay por todo el mundo. Miles en España y millones en Brasil. De ahí
no va a sacar nada, gallegos con raíces portuguesas hay a dolor y al revés
igual. Tengo leídas las novelas de Montalbán. Tendría que consultarlo, pero su
segundo apellido tiene más interés porque unas veces era Tourón y otras Larios.
Mire Moré, Toni Romano conoce su trabajo. Si no encontró nada es muy posible
que no haya nada. Tenemos Madrid boca abajo buscando a los que han volado el
aeropuerto. Gente con asesinatos de verdad y que pueden estar en este barrio.
No puedo ayudarle.
—Entiendo Ramalho, entiendo. No le molesto más, siento
haberle hecho perder el tiempo, muchas gracias…Ah, joder, ¿conoce al señor del
coche negro en la acera de enfrente?
Del Audi baja, al segundo intento, el comisario
Salmorejo. Dirige sus pasos disparejos hacía el bar. Entra con una sonrisa que
parece una disfunción. Se acomoda en la barra.
— Puede marcharse Ramalho. Yo me ocupo de Moré.
El Trini no se mueve. Salmorejo no es su jefe. No
tiene que darle permiso ni órdenes para irse o quedarse. No le gusta que
conozca su apellido.
—¿Le ha contado aquí el amigo que está buscando a un
personaje de novela y tal?
Moré enciende un pitillo. Da una calada honda y
bosteza. Se pasa la mano por la cara antes de hablar.
—Hablábamos del Madrid ye-yé. ¿Sabe el ministro que
estás aquí? ¿Le llamo?
—Creí que lo de Ramalho era el boxeo. Deja tranquilo
al ministro que bastante tendrá que hacer. Llevas un día muy entretenido,
abogado. No encuentras nada ¿eh? Te voy a dar una primicia, tu jefa te va a
despedir por inútil y por hacer el gilipollas. Llevas meses gastando pasta y lo
único que sabes es que Carvalho es un apellido portugués. Tengo unos cuantos
videos tuyos haciendo el ridículo, pom pom, pom pom. Con eso, las facturas que
pasas a la agencia por no hacer nada y el cheque que le has dao hoy al Toni, te
vas a tomar por culo.
Moré se dirige a Ramalho, que asiste a la conversación
como si fuera una partida de ajedrez.
—Éste presume de comisario, pero es técnico de sonido,
el rey del mambo. Lo graba todo para chantajes y cosas de esas. Hace informes a
la carta. Se inventará uno sobre Pujol y lo firmará Carvalho.
—Qué listo eres y qué bocazas. El caso es que no van
por ahí los tiros, abogado. ¿Has leído Masa y poder? No, tú sólo lees el Mundo
Deportivo y tal. Tengo amigos en la CIA, esos saben cómo funciona el poder y no
les cae bien Carvalho. Los informes que necesito me los darán ellos. Tienen
ficha de Carvalho.
—Amigos en la CIA. Venga, Salmorejo que nos conocemos,
joder. Mandas que me vigilen, ¿Para qué? Tienes menos que yo. Tus fuentes de
información son el Google y los seguratas de los puticlubs que habéis montado.
—Me subestimas Moré, no trabajo sólo. Lo digo por tu
bien, podemos colaborar, no seas cabezón. ¿A ti que más te da?
El Trini se
hace una composición de lugar. Salmorejo va por libre. La información, fuera de
los cauces oficiales, sirve para comerciar o extorsionar. Moré anda a tientas.
Busca a Carvalho por encargo y no parece que tenga mucho que ganar ni que
perder. Se reconcilia con Wittgenstein. El pensamiento es lenguaje y el
lenguaje tiene una gramática. Los enunciados del comisario son todos dudosos,
su gramática es parda. En una conversación de pocos minutos el comisario ha
desvelado varios delitos. Lo acaba de conocer y ya le cae gordo. Trinidad
Ramalho Da Costa se levanta. Desde la altura mira al comisario. Se despide de
Moré con un apretón de manos.
—Le mantendré informado de lo que me ha pedido. Le
llamaré.
Salmorejo rumia más que masca, algo que lleva en la
boca. Niega con la cabeza. Ramalhito, Ramalhito.
Esos ángeles (VII)
PARA ENTREGAR EN MANO AL COMISARIO MONTALBANO
Remitente: Nino Castellano.
Belmont, Bronx, NYC.
Queridísimo Salvo mi nombre no te dirá nada.
Quedan muy pocas personas vivas en Sicilia que puedan darte señas sobre mí y
todas tienen más de noventa años. Hace tiempo que me retiré, no me quedan
amigos ni enemigos, nadie puede hacerme mal. Mi vida en EE. UU. no ha sido
plácida, tampoco me quejo. Formé una familia, me gané bien la vida y he llegado
a viejo. Se lo debo a tu abuelo. Me escondió en su casa cuando era un huérfano
sentenciado a muerte por mi apellido. Hizo posible mi llegada a Nueva York con
ocho años, veinte dólares y una carta para la honorable familia genovesa que me
acogió y me dio un futuro. Nadie hizo nunca tanto por mí. No pude
agradecérselo. Conservé desde que salí de Catania una medalla de plata con la
imagen de Santa Águeda y la fecha grabada de mi partida. Me la puso al cuello
tu abuelo y se quedó con otra igual. Me dijo que si algún día volvíamos a
cruzar nuestros caminos serviría para identificarnos. La envío como prueba por
si te surgieran dudas de la autenticidad de esta carta. Estoy casi ciego, pero
no sordo. Oí tu apellido y quise saber quién eras. La sorpresa fue muy
agradable. Me alegra, no sabes cuánto, que seas un funcionario honesto y que
hayas podido evitar depender de las familias. En memoria de tu apellido y de tu
abuelo quiero hacer algo por ti. No será suficiente para pagar la deuda. Sé que
estuviste en Barcelona y lo que fuiste a hacer allí. Carvalho trabajó para la
CIA, eso ya lo sabes, en los años de Kennedy. Lo conocí en el Flamingo de Las
Vegas en 1962. Me lo presentó Sinatra como uno de los guardaespaldas del
presidente. Los de la CIA y los cubanos de Miami decían que un excomunista
gallego podía ser muy útil contra Fidel. Me encargaron pegarme a él para
descartar que fuera un topo de los soviéticos. Nos hicimos grandes amigos. Me
descubrió los secretos de la calderada gallega y el rabo de buey y te aseguro
que se le saltaban las lágrimas con mis arancini. Meyer Lansky, socio del
Flamingo, el primer gran hotel-casino de Nevada, el único estado donde el juego
era legal en Norteamérica, aún soñaba con recuperar el Habana Riviera de Cuba,
en el que había invertido millones de dólares, y los demás hoteles y casinos
cerrados por la revolución en los que tenía un porcentaje. Idearon un plan para
introducir en la isla a Pepe convirtiéndolo en cantante de boleros. Fue un
fracaso. Tenía muy mala relación con el ritmo. Al morir Kennedy algunas
sospechas se dirigieron contra él. Decidieron borrarlo del mapa, nunca había
existido. Diseñaron un pasado y una nueva identidad. Carvalho cogió los nuevos
documentos, certificados de estudios, fichas médicas, pasaporte suizo y
desertó. Cruzó la frontera por El Paso, Texas. En Ciudad Juárez perdieron su
pista. No le culpo, yo habría hecho lo mismo. Un consejo, busca a la mujer. Una
gitana portuguesa llamada María, Marieta. Estuvo en sierra Maestra con los
barbudos y se infiltró en un grupo anticastrista de Florida. A primeros de los
setenta viajó a España con el objetivo de matar a Batista, protegido por
Franco. Hay dos personas en La Habana que pueden ayudarte. Mario Conde, un
detective con vicios de escritor y Chinolope, amigo del Che Guevara, el hombre
que fotografió para “Life” el cadáver de Albert Anastasia en la barbería del
Hotel Park Sheraton de New York y a Santo Trafficante en el cabaret Sans Souci
de La Habana. Suerte. Que dios te bendiga.
Un rapaz
con berretes sentado en la playa junto a la toalla de Montalbano, le entregó al
salir del baño la carta de América sin decir una palabra. El comisario no lo
había visto llegar. Aseguró después de leves presiones llamarse Piero, tener
diez años, y confesó que un hombre en una motocicleta con el casco puesto, le
había dado diez euros por entregar el sobre. Señaló con el dedo la carretera.
El motorista se dejó ver a menos de cien metros, presenció la entrega y se
alejó sin prisa. El comisario no pudo identificar el modelo del vehículo, ni se
planteó un intento de persecución. Piero muy serio se marchó andando por la
arena sin prestar atención al señor mayor que le reñía. No vuelvas a coger
dinero de extraños o te detendré, llamaré a tus padres y acabarás en prisión el
resto de tu vida, entre asesinos y maestros. Piero volvió la cara sin detenerse
dedicándole su mejor repertorio de muecas.
Las
cuartillas escritas a mano con una caligrafía excelente le produjeron una
mezcla de inquietud, orgullo familiar y dudas. Examinó la medalla, la había
visto antes. Ni su padre ni su madre viven para contestar preguntas. El
apellido no es desconocido. Ha leído las novelas de Leonardo Padura y Mario
Conde, expolicía, es su otro yo. Viajar a Cuba en busca de Mario Conde y un
fotógrafo, que tal vez puedan ponerlo en la pista de una anciana relacionada
con Carvalho cuarenta años antes, es una estupidez. Puede rastrear el apellido
en la isla, preguntar a los viejos por Nino Castellano, lo demás queda fuera de
su alcance. Copia la carta eliminando la parte más personal y la envía a la
agencia de Carmen Balcells.
Tonia ya sabe que Carvalho le pegó por amor un
tiro mortal a un sociólogo psicópata en “El hombre de mi vida”. Es el asesinato
que lo lleva a la cárcel. Se entregó. Carvalho en el módulo, en el patio, en el
chabolo, en las duchas, en el comedor. Carvalho definitivamente alejado de
Charo, de Biscuter. Carvalho renunciando a ser el viajero que huye y a los
mares del sur. La cárcel cierra el círculo, fue una elección, un personaje puede
preferir no colaborar con la devastación. Tonia acude con preguntas a Machado
cuando se encuentra perdida. El profesor poeta pasó la primera noche del exilio
en un vagón sin uso, en una vía muerta de la estación de Cerbere.
A dos
horas de Barcelona, en su tumba, Tonia deja todos los años una nota. Esta vez
ha ido sola, busca silencio. Una pregunta escrita a Don Antonio: ¿Existen los
personajes? Mira la lápida conmemorativa, el buzón lleno. Al oír el canto de
los pájaros recuerda que veinte años después de la muerte del poeta, Pau Casals
llegó con su cello un día frío, a tocar para él.
En la
pequeña playa de Colliure, con los zapatos en la mano y los pies en el agua de
la orilla, suena el móvil. No es Don Antonio, es de la agencia. Tiene la
tentación de tirarlo al mar. Es Moré. Lo tira a la papelera.
Traducir
la carta enviada por Salvo Montalbano le llevó media hora. Abre un mundo nuevo
hacia el Atlántico. Ancianos italianos, cantantes, agentes de inteligencia,
mujeres preparadas para matar, revolucionarios, gánsteres, y santa Águeda, la
patrona de Catania.
El sábado
a primera hora Tonia entra en la librería. La librera prepara una salsa en un
fogón pequeño. Interrumpe el guiso y se quita el delantal mientras saluda,
intrigada por las gafas oscuras de la joven en un día con cielo color “panza de
burro”. Paco se levanta del escritorio y abre los brazos.
—Mi clienta favorita. Me alegro de verte. Los
sábados traemos mejillones del mercado. No están hechos todavía ¿Quieres un
vino? Es tinto sangriento.
—Hola, si es joven sí. Huele bien.
—¿Cómo vas con la lectura? ¿Te gusta lo de
Carvalho?
Tonia prueba el vino antes de contestar.
—Carvalho va perfecto para mi metabolismo
sentimental. Pondría alguna pega a la temperatura de este vino, demasiado alta.
Resalta lo dulce y el sabor a alcohol. El tinto no debe beberse frío, pero sí
más fresco cuanto más joven. De todas formas, no me gusta el vino. Salud.
Paco intenta procesar la frase. La joven parece
víctima de una sobredosis de detective gallego. La librera no quita ojo a la
joven que habla como un personaje de novela.
—¿Has leído todo?
—Sí. ¿Conoce a Mario Conde?
Paco termina su vaso de un trago. Tonia pregunta
por sorpresa como los policías veteranos.
—Claro, coincidí con Padura en Gijón al final de
los ochenta.
Enciende el disco duro mental. Leonardo Padura,
escritor, cubano, admirador de J.D Salinger, licenciado en literatura,
periodista, bebedor y fumador, aficionado a la pelota, el beisbol. Mario Conde,
personaje, expolicía, aspirante a escritor, cubano, admirador de J.D Salinger,
bebedor y fumador, aficionado a la pelota.
—Padura tiene en Tusquets tres novelas. Algunas
anteriores, diría que dos, publicadas en Cuba.
—Me las llevo. Se está pegando la salsa de los
mejillones.
Titubea Paco. Mira a Montse que reacciona y
retira la sartén. Busca los libros. Se gira con “Adiós Hemingway” en la mano.
Aparece otra, “Paisaje de Otoño”.
—No encuentro la que falta. Te la pido si
quieres.
—De acuerdo, gracias. Ah...tomillo, falta
tomillo. En la cocina con memoria es conveniente el olor antropológico.
El librero la ve salir sin reponerse, la
respuesta ocurrente se le ocurre tarde. Su compañera olisquea la salsa
valorando la proposición. Un atracón de Carvalho en plena juventud puede
afectar la digestión. No parece grave. Si la próxima vez viene hablando con
acento habanero, empezarán a preocuparse.
Malik
llama por el chivato del portal y Tonia baja. Sube de paquete en la moto, van a
San Roque. En el corro de vecinos, muchos de ellos amigos de Malik, circulan
cervezas, pastelillos de la panadería, algún peta. Se escucha cantar al Faliyo
por el parque. La Nuri, asomada a la ventana, saluda. Osorio, el voluntario,
también. Es parte del paisaje. Recorre los portales, habla con los que no
tienen papeles, da consejos legales. Antes de subir, Tonia escucha un rato la
conversación. Malik está preocupado, no lo puede disimular. El sábado debuta en
un garito de Badalona. Lleva tiempo escribiendo, rimando, observando, rapeando.
Le gustan las bases simples, cuanto más sencillas mejor. No le gusta el rollo
gallo. Habla de su calle, los curros de mierda, los vendehúmos, de lo que se
acuerda y de lo que olvida, de lo que quiere y lo que no. Ha montado el
concierto un colectivo de migrantes, el sindicato apoya, quieren recaudar pasta
para los juicios. Cada vez que Malik menciona el sindicato Tonia desconecta. Él
se da cuenta y cambia de tema, pregunta por alguien que está a punto de salir,
el Cholo, un preso habitual. Todos lo conocen. Sale en la conversación Messi,
el chavalín nuevo que la rompe. Ahí Tonia se da de baja y tira para donde la
Nuri, espera novedades sobre Charo y Pepe. Va a flipar con la carta de Nueva
York. Trae miel, mató y nueces. Ha leído la última: “Los mares del sur”.
—Ya nadie me llevará al sur.
La Nuri arruga la cara pidiendo explicaciones.
—Es un verso. El sur es una metáfora. Ese sitio
del que no querrías volver.
—Eso no existe y no sé qué es una metáfora.
—Los fugitivos necesitan un final, una ilusión.
Tu sur es París.
—Nadie me llevará a París, iré sola. Y no huyo,
busco.
—Eres africana, mujer y pobre. Todo el mundo te
persigue.
—No me amargues la tarde, Tonia. Ya veremos. Voy
a hacer un tecito.
La jefa
los ha llamado al despacho. Moré tardó cinco minutos en apuntarse al viaje a
Cuba. Por una corazonada, Tonia introdujo en el buscador de WikiLeaks a Carmen
Balcells. Encontró un cable de
1976.
MAY
BE POSSIBLE CONTACT DONOSO THROUGH HIS LITERARY AGENT, CARMEN BALCELLS, AGENCIA
LITERARIA, AVDA. GENERALISSIMO FRANCO 580, BARCELONA, PLEASE ADVISE.
KISSINGER
UNCLASSIFIED
Kissinger intentando contactar con José Donoso,
un escritor chileno, en pleno pinochetismo. ¿Qué interés podría tener para un
secretario de estado?
La jefa, a medio retirar, está de mal café. No
hay avances. Que Moré ponga en duda la existencia de Carvalho le enerva ¿Quién
mató al sociólogo Anfruns?
—Pepe tiene que aparecer. Seguís teniendo carta
blanca pero no quiero volver a recibir videos tuyos, Moré, ni facturas de
besugo y angulas. Mírame, ¿Tengo cara de idiota?
—No, Carmen. La próxima vez pido tortilla, no te
preocupes. O sopa. Me encanta la sopa. Te lo agradezco mucho y, si no es mala
pregunta... ¿Por qué me has elegido a mí para este lío?
Carmen dejó pasar unos segundos. Se transformo en
oráculo cardenalicio.
—Sé algo de editoriales. Tengo amigos en Uruguay
y en Panamá. Uno me dijo literalmente que Salmorejo te recagó. Una razón para
que no te dejes engatusar. ¿Por dónde te llegas?
—Estoy a punto de contactar con Doña Rosario,
Charo. De momento no coge el teléfono.
—Tenme informada. Quiero una llamada diaria. A la
vuelta vienes con las facturas, los mojitos te los pagas tú. A la próxima
estupidez, Moré, vuelves a las catacumbas. He llamado a Leonardo Padura, os
recibirá. Tonia, hija… ¿Desde cuándo fumas?
Moré respira al dejar de ser objetivo de la jefa.
Tonia hace girar un puro con los dedos mientras lo enciende.
—Es un Cerdán. Los hacen en Santo Domingo.
¿Quieres uno?
—Lo que me faltaba. ¿Estás bien, cariño?
—¿Preguntabas eso a Montalbán cuando encendía un
cigarro?
—Contestas con otra pregunta. ¿Te estás haciendo
gallega?
—Un pouquiño. Montalbán decía que hay que medir
los riesgos de fumar poco y bien como un servicio a la supervivencia de una
cultura.
Carmen arruga la frente, señala a la traductora
con el dedo.
—Te estás pasando. Cuando hayas escrito miles de
artículos, poemas, ensayos, novelas, prólogos, guías y recetarios, te tomaré en
serio y escuchare tus comentarios. De momento o dejas de citar a Manolo todo el
rato o te pido hora con el psiquiatra.
Tonia ignora el reproche, pone la espalda recta y
cambia de tema.
—¿Quién te llamó en 1976 para que le pusieras en
contacto con José Donoso?
—¿Me preguntas por una llamada de hace treinta
años?
—¿Eres de Pontevedra? ¿Has leído “El jardín de al
lado”? Es una novela de Donoso. En ella dice que el boom latinoamericano fue un
invento de alguna agente oportunista y los editores catalanes.
Esa crítica la ha oído antes muchas veces. No la
altera.
—No soy inventora, Tonia querida. Sí, leí esa
novela. Es sobre la envidia.
—Donoso te cambia el nombre, pero eres fácil de
identificar.
—No te preocupes por mí, no me busca el FBI.
Céntrate en Carvalho. Por cierto, a Donoso le alquilé una casa en Vallvidrera.
Fue vecino de Manolo y de Carvalho.
Moré no
expresa nada, ni verbal ni gestualmente. Tiene la sensación de estar
perdiéndose algo. Nunca ha oído hablar del tal Donoso.
Sin la
aparición de Charo para dar confirmación, la existencia de Biscuter sigue
siendo imaginaria. El personaje se ha pasado la mitad de su vida haciendo la
compra para el jefe en La Boquería. El mercado, nacido extramuros de la ciudad,
convertido en atracción turística, tiene, o debería tener, memoria. Malik va
dos veces por semana a recoger pedidos del restaurante. Lleva una descripción
borrosa de Biscuter y cien pavos en el bolso para gastos. Según las indicaciones
de Tonia, el tal Josep Plegamans, al que podrían conocer por cualquier alias,
incluido el de Biscuter, busca material de primera, es proclive a husmear, a
preguntar y al palique. Las paradas antiguas son el objetivo. Palmira i Neus
venden buen marisco y llevan muchos años con el puesto abierto. Decide ir a
última hora, cuando están recogiendo y los agobios son menores. No sabe por
dónde empezar. Improvisa, saca una libreta. Palmi se adelanta con una caja de
mejillones en las manos.
—Hola, vida, lo tuyo no está hasta mañana.
—Ya, venía por otra cosa. Quería preguntaros
algo. Será solo un minuto, si no os importa.
—Venga, empieza, que termino de guardar esto en
la cámara y cerramos. Te contesto yo que la Neus está con las cuentas.
—Gracias, no tardo nada. ¿Sabes quién era Manuel
Vázquez Montalbán?
—Claro, corazón, Manolo, el escritor. Vino alguna
vez. Miraba al pescado a los ojos. Un sol.
—¿Has leído alguno de sus libros?
Cierra el grifo de duchar nécoras, abre la cámara
y contesta.
—La duda ofende. Galíndez, el Pianista, el
Estrangulador…
—¿Sabes quién es Biscuter?
—No, Carvalho me cae mal, no se porta bien con
Charo. Prefiero las otras novelas y los ensayos. Me gusta “Contra los
gourmets”. No aguanto a los listos. No distinguen un bogavante de una sandía.
—Pero…entonces sí has oído hablar de Biscuter.
—Sí, hijo, sí. El ayudante del detective.
—¿Biscuter compraba aquí?
—No. Aquí venía a por cangrejos Elvis Presley.
¿Me estás vacilando?
—No, mujer. Verás…
Palmi se quita los guantes y se pone en jarras.
Podría arrancarse con una jota.
—Es que…Una amiga dice que Biscuter existe, que
es una persona real y que compraba en este mercado.
Se lava las manos resoplando. Dobla el delantal,
hace ademán de ir a preguntar a la Neus. Se planta.
—Un fetillo como nacido con fórceps, pequeñajo y
tirillas, poco pelo, rubiajo, ojos saltones, y el cráneo aplastado. Hostia,
nunca se me habría ocurrido…Sí, Pep, el Bacalao. Hace mucho que no viene. Era
cocinero, o eso decía. Educadísimo, un cielo.
Malik
pregunta en otros puestos. Pep el Bacalao era Pep el Bellota en La Llar Del
Pernil, Pep Cabrales en la Formatgería Forés, Pep el Moras en la frutería de
Laura i Marc Besora, Pep el Esparrago en Verdures Peña, Pep el Riñones en
Carnissería Tere, Pep el Embuchao en Tocinería Víctor i Paqui. Mínimo común de
las descripciones: exigente, amable, nervioso. Hace años que no han vuelto a
verlo. Lo que Tonia le había contado de Josep Plegamans, Biscuter, coincide al
cien por cien con el Pep más conocido de la Boquería. No pudieron dar ni un
dato concreto para localizarlo. Ni dirección, ni amistades. Salió a la Rambla.
—Eh, morito.
Malik se
giró molesto. Una anciana pintada a pistola chupaba un polo de limón sentada en
el capó de un coche. Puede que llevara ahí más tiempo que el Liceo.
—He oído que buscas a Pep, el Chochos.
No estaba seguro de querer conocer la historia.
Tonia la trataría de usted.
—Dígame, señora.
—Señorita. Me cuesta hablar, hijo.
La mirada
también es un lenguaje. Aquella era fácil de traducir a pesar de las gafas de
espejo.
—¿Cuánto?
—Cuanto más mejor.
Sacó
veinte lereles del bolsillo. Ella los cogió con manos de madera de olivo, los
dobló y los guardó en el bolso.
—Ahora nos sentamos en una terraza, me invitas a
un café con ensaimada y te cuento. Eres muy guapo, niño.
Se
sentaron en el bar más cercano y el camarero los miró como un mosso d’escuadra.
Mantuvo la distancia por si tuvieran algo contagioso. La mujer se transformó en
una niña con dudas entre lo que quedaba de polo y la llamada del bollo. Pegó el
último mordisco al hielo amarillo, tiró el palito y se echó en el café los
sobres de azúcar. Los suyos y los de Malik. Encendió un Fortuna y se fue a la
infancia.
—El Pep me trataba bien. Cuando estaba interno
con los curas, en el asilo Durán, en la Bonanova, mi madre trabajaba limpiando
para una familia de las de mucho dinero. A mí me dejaba toda la mañana
esperando en la calle con un cucurucho de chochos. Tenía doce años. Veía a los
niños en el patio detrás de la verja y un día el Pep me pidió unos pocos.
Pasaba más hambre que nosotras. A mi madre le dio pena y empezó a comprar dos
cucuruchos. Cogimos confianza y cuando salió seguimos viéndonos. Robaba coches.
Dimos algún paseo por el Tibidabo y nos traía tortilla de patatas. Mi madre le
llamaba “el chochos”. Entraba y salía de la cárcel. Cuando me quedé sola y vine
al chino a buscarme la vida, me ayudó. Me daba veinte duros cuando podía y me
invitaba a un aguachirri. Esto de ahora sí es café. A mí los tíos me dan asco.
Todos. Por mí como si revientan, pero al Pep le tenía cariño. Uno que conocía
de la cárcel le dio trabajo y se quedó a vivir en su oficina. Se volvió un
señor y todos los días venía al mercado. Cuando necesité mil pesetas me las dio
y me traía raciones de los platos que cocinaba. Un día me dijo que se iba. Al
jefe le habían metido en la trena y estaba en el paro. Tenía algo ahorrao y
quería ir a Francia, a París. No he vuelto a saber de él. Estará en algún
restaurante, cocinaba bien. Si lo ves, dale recuerdos de Margot.
Malik sacó otro billete azul. Al dar las
gracias y mirar a la señora subiendo la Rambla, le entró urgencia por fumarse
cuatro porros y desnucarse con el programa de televisión más estúpido que
pudiera encontrar. No pudo, nada más sentarse en el sofá compartido del piso
compartido, aparecieron Sofiane y Rubén. Necesitaban un portero solvente para
jugar contra los de Frutas Juli, líderes de la liga.
Malik pasó sus primeros meses en Barcelona
vendiendo un emplaste prensado de jena, leche condensada y cera, por la rambla
y alrededores. En una esquina de la calle Lancaster un policía de paisano le
pilló distraído, le enganchó del pescuezo y le puso contra la pared echándole
en la cara un aliento al ajillo. Llevaba un abrigo raído, zapatos gastados, un
periódico en el bolsillo y era viejo. Menos Malik todos en el Raval lo
conocían. Méndez.
Cuando
Barcelona hablaba latín el inspector Méndez ya era experto en madamas,
gonorreas, abortos clandestinos, sadomasoquismo, exhibicionistas, grifa y
cocaína. Conocía mejor el barrio chino que el reglamento. A Malik le pegó un
pescozón profesional, le quitó el material, lo tiró a una alcantarilla y le
explicó que, a la siguiente, se encargaría personalmente de que le dieran por
el culo todos los presos de la modelo, especialmente los sifilíticos. Se marchó
por la calle del Arco del Teatro en dirección a la Rambla. No había vuelto a
verlo hasta hoy. Le tocó el hombro por la espalda cuando salía del restaurante.
Se dirigió a él por su nombre. No recordaba habérselo dicho.
—Hombre, Malik. ¿Cuánto tiempo llevas ya en
Barcelona?
—Cuatro años.
—¿Por qué buscas a Plegamans?
Méndez.
Sólo oír su nombre vaciaba, y sigue vaciando, calles en las que el agua va más
rápida que la luz. Méndez no será comisario, ni pasará de la escala básica.
Nunca le cayó bien a sus jefes, ni a los de antes, ni a los de ahora. Vigila
los urinarios desde época romana para salvaguardar la ley, el orden y el
decoro. Lo suyo es pisar las calles de una Barcelona que desparece. La del
Campo de la Bota, por ejemplo, con pasado de ejecuciones y presente de
primavera sound y feria de Abril. Malik no cree que Tonia tuviera inconveniente
en que contara la verdad y eso hizo. Biscuter, Josep Plegamans, tenía ficha
policial y había pasado la mayor parte de su vida en territorio Méndez.
A Méndez,
lector e investigador, vestigio de otro siglo, lo quieren jubilar. Por viejo,
por testigo del pasado. Aguanta como puede a su manera; un pistolón de la
guerra de Filipinas, libros, fijarse en la ropa tendida, un oído fino y la
amenaza de una birria de pensión. Méndez leía a Montalbán y Montalbán a Méndez:
“Las centrales de policía ni se crean ni se destruyen, simplemente repintan sus
fachadas”.
Abandonados a las puertas de las
peores galaxias (VIII)
Joaquim
Rigalt i Mataplana, Quimet, el amigo financiero de Charo y de Pujol, estuvo
interesado en utilizar a Carvalho para construir una central de información
semiclandestina al servicio del gobierno catalán. Así lo cuenta Montalbán en
“El hombre de mi vida”. Si algo salía mal el charnego agradecido pagaría el
pato. Moré llama a su vecino, el malasombra del Amores, encargado por descarte
de las esquelas en “La Vanguardia”. Al Amores lo colocó en el periódico por
misericordia un amigo común, Francisco González Ledesma, antiguo redactor jefe,
premio planeta en 1984 con “Crónica sentimental en rojo”, una historia del
inspector Méndez. Moré pregunta sin preliminares después del saludo.
—¿Quién es la mano derecha de Pujol?
—A la vista y reconocido Maciá Alavedra. Es abogado.
Le adjudican la paternidad del estatuto de autonomía. Lleva más de veinte años
al lado de Pujol. Ya no está en política que se sepa. Dicen que fue el cerebro
del pacto del Majestic que hizo presidente del gobierno al Aznar. Negoció el
despliegue de los mossos y las competencias de seguridad. Ya eres mayor Vicent,
podrías leer algún periódico de vez en cuando, aunque no sea el mío. ¿Qué tal
está Dolors?
—Bien, mejora muy deprisa. ¿Sabes algo de Joaquim
Rigalt i Mataplana?
—El notario. Dicen que es un tipo extraordinario,
sobre todo los banqueros. En los monasterios lo llaman el Net, Don limpio. Pasa
mucho tiempo en Andorra y tiene un único tema de conversación, Cataluña. Es
íntimo de Pujol desde que hacían excursiones en pantalones cortos. Le convenció
para que se tratara el tic en los ojos con una vidente de Carballino. Le trató
con un huevo y una vela. Acabaron en su consulta la mujer de Pujol y media
Convergencia.
Es todo lo que
necesita saber, el horóscopo no le interesa. Quiere comprobar hasta dónde llega
la carta blanca y la influencia de Carmen Balcells. Con membrete de la agencia
y una propuesta de negocio, invita por escrito a Rigalt i Mataplana a una
comida en el Palace. A Carmen le va a encantar la cuenta. Encarga a la
secretaria de la agencia que localice la dirección y le pase la respuesta.
Si Biscuter
está en Francia, en París, Tonia sabe quién podría encontrarlo. Si se trata de
buscar cocina con acento catalán preparada por un expresidiario de Barcelona, o
de llamar por teléfono a todos los restaurantes del centro y la banlieue, Tonia
no ve ninguna razón, con un pequeño incentivo, para que Duluc se niegue.
Duluc visitó
Le Passage, el bistró familiar de La Camarga, cuando era un zangolotino y
trabajaba media jornada en el Midi Libre, un diario de Montpellier. Perdido en
carreteras secundarias, le llamó la atención el nombre de una herejía
gastronómica al leerlo escrito en la pizarra exterior. El plato estrella, una
creación de Nana, mezclaba uno de los platos sagrados de la región con una
palabra griega. Avgotaracho avec brandade de morue, câpres et miel de bruyère.
En castellano manchego, con algunas variaciones: huevas de salmonete secas y
saladas, atascaburras, alcaparras y miel de brezo. Desde entonces los martes,
jueves y sábados iba a comer a Le Passage. Los viernes a cenar, cantar y
emborracharse con Aldo. Era el mejor cliente de la casa. Se convirtió en parte
de la tripulación de una barca a la deriva. Los vítores a la cocinera hacían
falta, estaba al borde de la depresión. Nana veía como el colchón de ahorros
desaparecía, el negocio no arrancaba, la niña necesitaba cosas y por allí no
pasaban ni media docena de coches al día. Las botellas de vino con Aldo también
contribuyeron a mantener la moral en el hundimiento. Duluc siempre estaba de
buen humor y lo hacía contagioso. Su filosofía era sencilla y para la familia
oportuna, a las penas puñalás. En el idioma de Descartes suena más filosófico.
Duluc trabaja en el Instituto del Mundo Árabe de París. Tonia cree que su padre
puede localizar a Duluc y Duluc puede encontrar a Biscuter.
Aldo
Calógero, el padre de Tonia, lleva treinta años sin hablar con el suyo,
Gaetano, viudo desde joven, lector del L’Osservatore Romano, charcutero,
acérrimo de Berlusconi. Su vida consiste en gastos, ingresos, salchichas,
corderos, terneras, pollos y discos de Beniamino Gigli. Aldo no quiso continuar
el negocio familiar y le costó la excomunión. Gaetano no le convenció de que la
carnicería familiar era el futuro más deseable del mundo. Aldo se había negado
además a ser seminarista en San Miniato. Gaetano lo echó de casa con gritos,
arias y juramentos cuando se enteró de que había votado a los comunistas.
Aldo recorrió
Europa tocando la guitarra y cantando éxitos italianos en la calle. Se hartó de
Bella Ciao, Azurro, Pregherò, Volare y Tu vuò fa l’americano. Una noche, en una
cervecería del puerto de Hamburgo llena de “marinos dispuestos a la muerte por
Jean Harlow”, se encontró con Nana, la griega que le puso los pies en el suelo
y le pasó la sesera por la sartén, vuelta y vuelta. Acabaron en Berlín. La
ciudad no pertenecía a la república federal, tenía un estatuto especial. Se
llenó de jóvenes de toda Alemania que no querían hacer el servicio militar. Al
enterarse Gaetano de que Aldo trabajaba en una factoría de BMW y había nacido
una niña llamada Tonia, escribió a su hijo una carta llena de perdones
anunciando la intención de poner a su nombre la “Gran Carnicería Gaetano”. Aldo
se compró otra guitarra. Eléctrica.
Paco Camarasa,
el librero, conoce los horarios de Tonia. Hoy está esperando agitado, con un
libro en la mano, a la puerta de la librería. Tiene ojeras, está cansado, ha
pasado la noche entera leyendo el material. Se le ilumina la cara al verla,
grita su nombre. Tonia escucha a Amy Winehouse por los auriculares a la vez que
niega con la cabeza, no, no, no. Parece un personaje de Spike Lee que se
desliza con patines por la calle estrecha. Acaba la canción a diez metros de la
librería. Saluda, desconecta el cacharro. El librero emocionado pone el libro
en sus manos como si estuviera prohibido.
—Tienes que leer esto, acaba de llegar. Es lo último
de Andreu Martín. “El Blues del Detective Inmortal”. Aparecen Carvalho, Charo y
Biscuter, aunque les cambia el nombre. Te lo regalo.
—Me encanta que me regalen. Gracias, comisario
librero.
Tonia le planta dos besos. Paco rompe a bailar como si
fuera La Chunga por rumbas en el Somorrostro. Bueno, sí, es una hipérbole. Que
se pone contento, vaya.
—Es un homenaje a Carvalho y a Montalbán. Andreu viene
a veces, un día te lo presento, era muy amigo de Manolo. Si quieres que te mire
mal y te mate en el primer capítulo de su próximo libro, solo tienes que decir
que la realidad supera a la ficción.
—Me lo apunto.
El Amores le
ha comentado a Moré en el ascensor sus enfermedades venéreas y que la masía de
Rigalt i Mataplana tiene hectáreas de viñedos, acceso privado a la playa,
bodega climatizada y porche de madera del último árbol del último bosque. Los
empleados hablan inglés, francés y tagalo. En 48 horas ha llegado la respuesta
del notario a su invitación. El señor Rigalt i Mataplana se encuentra en el
extranjero. No tiene inconveniente en enviar a alguien con plenas facultades
para decidir por él.
El Palace hace
chaflán entre Roger de Llúria y la Gran Vía. En el restaurante de la azotea
Moré pide un cóctel de largo nombre en inglés. A la hora en punto llega el
representante de Rigalt i Mataplana. Exhibe saber estar, amabilidad y
bronceado. Viene de jugar al tenis, le apetece vichyssoise. Para beber, agua
mineral. Moré pide Chablis y sopa de trufa con pan de pistachos y aire de
mandarina.
—He llamado a Carmen. No sabía nada de su carta. Me
debe una explicación.
—No la hay. Quería contactar con alguien cercano a la
inteligencia catalana.
—¿Inteligencia catalana?
No entiende
Moré, con la vista en el plato, como sacan el aire a la mandarina. Tampoco
tiene claro qué coño es la vichyssoise. Huele a puerro. Como suena a francés,
llevará mantequilla.
—Los que preparan posibles transferencias del estado
en materia de inteligencia. Los servicios secretos catalanes, el CNI de Pujol.
El señor vichyssoise prueba el agua mineral. Es de su
gusto.
—No sé de qué me habla, ni de parte de quien. ¿Está
bebido?
—Carmen Balcells quiere encontrar a Pepe Carvalho.
—Conozco a Carmen desde hace años, acaba de decirme
que no se hace responsable de usted. Eso lo deja en mal lugar...Así que busca
agentes secretos catalanes y a Pepe Carvalho. Fantástico. Suerte con eso.
—¿Qué me dice de Charo? ¿Le parece fantástica?
—Soy especialista en derecho mercantil. En su carta
menciona un contrato, por eso estoy aquí. Para cualquier otra cosa se ha
equivocado de persona.
—Un comisario que trabaja con el CNI está muy
interesado en Pujol y en Carvalho. Entre los dos está el señor Rigalt i
Mataplana, Quimet, su jefe.
El tenista
mercantil pide de segundo tortilla de calabacín. Moré se conforma con una
becada asada con tosta de sus higaditos. Un Vega Sicilia le parece apropiado
para acompañar la carne, suponiendo como supone que la becada es carne. Si no
fuera carne los higaditos no serían suyos.
—¿Qué pretende Moré?
—Contactar con Carvalho.
—No se moleste, le he hecho una auditoría discreta. Es
usted un insolvente. No tiene nada que aportar. No sirve para nada en nuestro
modelo de negocio. No se preocupe, le diré a Carmen que ha sido una velada muy
agradable y que es usted un tio formidable.
La botella de
tinto está vacía. Moré se levanta para brindar con la copa en alto. Con la mano
libre se baja la bragueta y mea con buena puntería la tortilla. Salpica la
camisa y los pantalones del abogado. Le da para empaparle los zapatos antes de
que se levante dando gritos y llegue la seguridad del hotel.
Lo sacan a la
calle a empujones después de amenazarlo en el ascensor. Se lleva un puñetazo en
el esternón que lo deja sin aíre y dos rodillazos en el estómago. Lo retienen
hasta que llega la policía y se lo llevan esposado. En el coche patrulla
escucha la previa de un partido muy importante mañana, a las tres y media.
Conoce el procedimiento, el papeleo, hay denuncia del hotel. Pasa la noche en
comisaría encerrado con un cultivador de dos plantas de maría en un balcón y
una Drag queen que de un tortazo ha convertido al islam a un bocazas faltón que
le soltó una españolez. Sorprende a los compañeros de celda el delito de mear
una tortilla con el agravante del calabacín. Al salir por la mañana y llegar a
casa después de cruzarse con el Amores en el portal, le apetece desayunar
fuerte y una ducha antes de ir a contárselo a su hermana. No lo va a reñir si
lleva “El Jueves” y unos melocotones. Si Dolors ha conseguido por fin contactar
con Charo todo puede ser más fácil en la próxima reunión con la jefa. No contesta
al teléfono. El piso del Eixample está cerrado.
Tonia toca
concentrada un rondó de “La Trágica”. Vibra el teléfono. No es Moré, es la
jefa. Lo que cuenta despacio, envuelto en frases analgésicas, tarda en
procesarlo. A Moré lo han matado esta noche en su casa. El teléfono vuela por
la ventana.
Al tanatorio,
entre Sant Quintí y la ronda del Guinardó, llega Tonia con Malik a última hora.
Hay compañeros de la agencia, camareros, el Amores, Dolors en silla de ruedas
con Vania, su cuidadora. Tonia se presenta a la hermana de Moré y se ofrece
para lo que sea necesario. No se conocían. La mujer llora angustiada apretando
los dedos de Tonia, se abrazan. Frente al ataúd cerrado, de espaldas al llanto,
se muerde el labio inferior. Ya no vas a Cuba, Moré.
El Peloponeso
en plena ola de calor arde entero. Desde Atenas huele a quemado, hay más de
setenta muertos. Kostas Jaritos aparta las llamas de su cabeza al oír al
teléfono la voz de su jefe, el general de brigada Guikas. Recuerda bien al
abogado bigotudo atronando el restaurante, al comisario que no estaba invitado,
a la traductora joven parecida a su hija que pidió berenjena. Se lo contó a
Adrianí que le planchaba los pantalones, pobre hombre, dijo. Pobre hombre.
Tenía buen recuerdo de Barcelona. Ahora aparecía un lado siniestro, el cadáver
de alguien con quien había compartido mantel.
Tonia también
seguía, o sigue, desde una cierta distancia y con un papel de reparto, las
huellas de Carvalho. Moré ya no necesita traductora, ni asistente. La
posibilidad de convertirse en objetivo de alguien empieza a entrar en sus
cuentas. Ahora sabe más que Moré. La historia de Andreu Martín confirma que el
despacho de Carvalho y Biscuter estuvo en la plaza del teatro frente a la
estatua de Pitarra. Lleva años vacío en un edificio con pasado de burdel, la
casa de putas de Madame Petula, y presente de oficinas. Tonia intenta cuadrar
las nuevas noticias. Charo, acusada de matar a Carvalho, entra en la cárcel y
sale sin cargos. Biscuter autoinculpado, debería estar preso. Hay un pequeño
problema, no hay cadáver. Para el mundo, más allá de Charo y Biscuter, su
mínimo y estricto círculo de confianza, Carvalho no está ni vivo, ni muerto.
Mira el móvil. Moré dejó llamadas perdidas.
Salvo
Montalbano leyó dos veces la nota fúnebre que le envió la agencia. En Sicilia y
en el mundo cuando se escuchan tiros todo se complica. Vuelve a leer la carta
de Nino Catellano. Demasiado literaria para ser verdad, demasiados detalles
para ser mentira. Belmont, en el Bronx, tiene veinticinco mil habitantes, menos
del veinte por ciento son blancos. Mayores de noventa años, unos pocos centenares.
Nino Castellano es fácilmente rastreable. No es su problema. A la salud de Moré
descorchó un vino de Pantelleria, mirando al mar. Bebió despacio y compasivo,
harto de escopetas.
En la plaza
Dos de Mayo, Madrid, atento por si aparece la policía, un acordeonista cojo se
queja con música melancólica. Juan Madrid recuerda vagamente al abogado Moré.
Antonio Carpintero, Toni Romano, con nitidez, tenía un trato con él. No le hace
gracia que maten a sus clientes. Si son inofensivos abogados que pagan bien,
aunque tengan la gracia en el culo, menos. Pone diez pavos en el estuche del
acordeonista llamándolo por su nombre, Timur. Pide que toque a muerto. El
músico coge aire y se arranca a cantar en ruso ronco. Toni nota un gancho al
hígado y baja la calle asqueado. Le duele la cabeza. Cuando se le pase no
estará de mejor humor, no acostumbra a cobrar por no hacer nada. Alguien tiene
que pagar la cuenta y la putada.
La historia
sin confirmar de Andreu Martín, que no trabaja para Carmen Balcells, pone todo
patas arriba. Los hechos: Carvalho, involucrado por Charo en un asunto menor,
se complica la vida, su habilidad más contrastada, y ejecuta a unos asesinos
argentinos relacionados con un banquero español. Carvalho organiza el simulacro
de su muerte para evitar a la policía y desaparece. La policía culpa a Charo
hasta que Biscuter confiesa ser el asesino de su jefe. Tonia no se cree nada.
Cuando llega
el cante a la comisaría de Vallecas el Trini no se lo cree. La única vez que
vio a Moré, un paisano inofensivo, discutía con Salmorejo. Nota olor a mierda y
se le calienta la sangre. En Vallecas corren comentarios en voz baja sobre el
comisario. Unos jóvenes ocuparon un edificio en ruinas que llevaba décadas
abandonado. En una subasta compró el solar una empresa y los desalojó por la
vía rápida. Un macarra habitual en follones de encargo los amenazó pistola en
mano. Un inspector veterano se enteró del motivo. La empresa había pedido ayuda
a un comisario especialista en favores. Hace tiempo que Ramalho ha oído hablar
de los comisarios salvajes.
Variaciones sobre un 10 % de
descuento (IX)
A
las once y media de la noche el Cholo, con el casco puesto, sale del ascensor
en el séptimo piso, lo deja abierto, se dirige a la letra B y llama al timbre
una sola vez. Diez segundos después en pijama, Moré abre la puerta. El Cholo
levanta la recortada y le dispara a dos palmos de la cara. Vuelve al ascensor,
baja directo al garaje con la escopeta en la chamarra, arranca la moto, abre el
portón con el mando, sube la rampa y se mezcla en el tráfico. En media hora
está a la entrada de Barberá del Vallés, en un aparcamiento, a veinte
kilómetros de Barcelona. Le espera el Toto en un megane. El Toto, bajito,
rechoncho, con ojos de huevo y manos blandas, mete en una bolsa de deporte la
recortada, el casco, el mando a distancia, las deportivas, los guantes y la
chupa. El Cholo se cambia en el asiento de atrás. La moto se queda allí. Tardan
una hora y media en llegar al embalse de Rialb sin hablar, con música
machacante a todo volumen. Paran junto a una granja de cerdos y se deshacen del
contenido de la bolsa. Vuelven por otra carretera bajando hasta Calafell, para
entrar a Barcelona por el sur. El Toto hace un par de chistes retorcidos, se
ríe él solo y deja al Cholo en un cruce del centro a las tres de la mañana. Le
da dos mil euros en cuatro billetes y un pollo de farla extra.
El Cholo
sabe que el Toto trata con la pasma. Contrata gente como él, a la última
pregunta, para quemar casas con vecinos que no se quieren ir, dar palizas de
encargo, reventar algún acto político, montar bronca en negocios que no pagan o
cobrar a camellos tardones. Si tiene algún lío el Toto pone el abogado, paga
bien. El Cholo antes se dedicaba al escalo, los descuidos, el tironeo, a robar
coches. Acaba de salir. El cabrón del Toto sabe que no tiene donde caerse
muerto, ni respaldo de nadie. Puede ir a la pera o a la vendimia, como otras
veces. En un mes estará en las mismas, tieso pelao, sentado en la escalera del
portal esperando un palo, al padre de la Rebe o a quien sea. El Toto llamará.
Puede que ahora le dé cosas mejor pagadas, ya lo conoce. Sabe que es de fiar.
Si en una de estas le ligan, en el talego estará cubierto. El Toto maneja,
tiene que ver con los de corbata. Le ha hablado de una historia para levantarse
un carro de billetes.
Cuando
llega a casa al día siguiente después de intentar toda la noche borrar con
birras y pastillas la imagen de los sesos del abogado en la pared, su hermano
pequeño, Josito, el Lechuga, está, como siempre, en la cueva jugando al fifa
con la play y fumando porros. El frigorífico está desenchufado. Viven solos
desde hace años. El Lechuga trapichea con hierba lo justo para el día, no
quiere saber nada más. Alguna vez le llama algún vecino para ir a la chatarra o
a vender banderas a la puerta del estadio. El Cholo pide por teléfono a
Telepizza de todo y en grandes cantidades. El Lechuga para el partido. Los
repartidores se niegan a ir a según qué direcciones. Le extraña que no le mande
a por el encargo. El Cholo tiene pasta, habla poco, está raro. Se casa el mes
que viene y anda buscando la manera de pagar la boda y la fiesta. La Rebeca
está preñada y se vendrá a vivir con ellos. Habrá que hacer limpieza.
—Qué pasa loco, has dao un palo bueno.
—Dos mil euros me he sacao jugando al póquer,
pringao. Vamos a comer de lujo. Y tengo pa postre cremita.
—Jugando al póquer mis cojones. No sabes ni
tenerlas. Te has hecho una farmacia o una gasolinera. Como se entere la Rebe o
su padre te vas a cagar.
—Calla, enterao. Si dices algo te parto la
crisma. La farla es para celebrar lo de hoy. Me la ha dao el Toto.
—El Toto no da nada, ese jambo es un asqueroso.
Si el dinero es suyo es que has hecho alguna gorda.
—Sabrás tú del Toto. Es el que me da corte. Si no
nos comeríamos los mocos.
—Un plato, una cerve y un peta no faltan. El Toto
marca ruina. Cuando estés enmarronao y no sirvas, te va a dejar tirao. ¿Para
quién te crees que trabaja?
—Pa los ricos como todo el mundo. Yo le cumplo y
él me paga. A mí me respeta, más le vale.
—Pa que te suelte ese turrón es que has mangao la
de dios.
—Lo habría hecho por menos. Me he tumbao a un
abogao hijoputa que defiende violadores.
El
Lechuga cerró los ojos. Todo empezó a dar vueltas. El Cholo era capaz de eso y
más. Desde que murieron los viejos, con los ácidos, las pastillas, las
borracheras, las peleas, las horas muertas en el parking, y esa música
bacaladera de mierda, se había vuelto el más chulo del barrio. Los chinaos del
fútbol le hablaban de honor, gloria y esas mierdas. En despachos del centro les
pagaban por liarla. El Cholo puso de su parte, no es un chavalín indefenso. Le
gusta abucharar, sacar el pecho paloma, ponerse violento. Matar a alguien a
quien ni siquiera conoces por encargo de un mierda es una cagada imperdonable.
El Cholo no se para a pensar. Tiene veintitrés años, pero parece que tiene
quince, cree que es Toni Montana. Un muerto, a poco, son veinte años. Con la
facilidad que tiene para meter la pata y las movidas habituales del talego le
caerá una condena después de otra. Si entra, no sale. Un muerto no tiene marcha
atrás, el Toto lo sabe, el Lechuga también.
—Te respeta. ¿Por qué no se lo bajó él? ¿Por no
mancharse el traje de chuloputa?
—Un desgraciao menos. Que se joda.
—Ahora eres juez. Un abogado defiende a la gente
en los juicios, es su faena. Te respeta mis huevos. El Toto te paga por tasabar
gente. Si alguien le molesta te cuenta una milonga, te da la propina y tú se lo
limpias. Te has lucido, chaval.
El
abogado no era como esperaba. Debería haberle dado asco, llevar en la mirada su
mala entraña. Abrió la puerta en pijama, con el cepillo de dientes en la mano y
dentífrico en el bigote. Sonreía como si esperara decir alguna tontería a quien
llamara a esas horas de la noche. Estaba tranquilo, con la cara roja y los ojos
húmedos, como su viejo cuando volvía de la taberna cantando por Farina. La
vieja lo reñía y lo dejaba sin cenar. El dinero hacía falta en casa. El Lechuga
y él eran unos mocosos. El viejo se reía y se quedaba dormido, habían sido solo
dos vinos, no era para ponerse así. Al día siguiente vendería los hierros
amontonados en la carbonera. Le darían un buen dinero en la chatarrería. La
vieja, al final, le daba un vaso de leche. Jesús, qué cruz de hombre.
El Cholo
pensativo no es una estampa habitual. Se fía del Josito, sabe de lo que habla,
acabó la escuela. Se va a por el encargo enfurruñao y con alguna mosca
comiéndole el tarro. El Lechuga sale detrás y tira para lo del Lumbreras, dos
calles más abajo, en la parte vieja. El Lumbreras está donde siempre, en las
escaleras del portal. Acaba de pillar unas toallas a un asfixiao y busca
colocárselas a los que mañana tienen mercadillo. Si les gana treinta pavos, ha
hecho el día, si son diez, algo es algo. Josito, el Lechuga, le entra, como
todos, para un negocio.
—Cuanto me das por la play, Lumbre.
—La tengo que ver. Poco de todas maneras, acaba
de salir la nueva.
Un ratico
de charla, trócolo de yerba, sacar al Cholo en la conversación, la boda, la
fiesta que prepara, todo el barrio invitado, el bailongo. El Barca, Ronaldinho
y Messi. El Lechuga sabe que el Lumbre es de un pueblo en el que dan pol culo a
los preguntones. Hay que dejar correr el sedal a favor de la corriente, no arar
el río. Con paciencia los peces acaban picando. El Toto va mucho por el
Júpiter. Suficiente.
Josito
pasa por casa y come algo de fritanga con el Cholo sin hablar del tema. Su
hermano no dice una palabra, algo barrunta. Beben un par de latas a la canal.
Josito agarra el destornillador de la caja de herramientas, la bici y tira para
la calle. Encuentra el coche del Toto a dos calles del Júpiter. Se pone la
capucha de la sudadera y empieza a buscar en los contenedores. Es tarde, pasa
poca gente y a nadie le extraña que alguien rebusque en la basura. A los veinte
minutos el Toto se acerca andando con las llaves del coche en la mano. El
Josito se le va de frente. Al llegar a su altura le mira a la cara, saca el
destornillador y se lo clava en el corazón hasta el mango. El Toto ni tulle ni
mulle. El Josito se pira andando, dobla la primera esquina, corre. Recoge la
bici candada en la puerta del instituto y pedalea hasta que le revienta el
pecho. En el primer contenedor que encuentra hurga y tira el destornillador
envuelto en papeles, unas calles más abajo en un callejón lleno de potas y
meaos, se deshace de la sudadera.
Al volver
a casa el Cholo no está. Agotado, Josito el Lechuga se duerme con la tele
puesta, un porro a medio fumar en el cenicero y una cerveza caliente en la
mano. En la play estaba a punto de ganar la Champions con el Elche.
Tonia
llega al despacho de la agencia Balcells con las luces apagadas. La jefa,
retirada pero poco, no puede parar quieta. Ha vuelto a la dirección después de
que la agencia perdiera a Guillermo Cabrera Infante y a Roberto Bolaño,
fichados por Andrew Wilye, “el chacal”, el agente estadounidense más importante
del mundo. La muerte de Moré altera el equipo encargado del asunto Carvalho. La
traductora nota cierto paternalismo en la voz de Carmen Balcells cuando habla
de riesgos. En Cuba no es necesaria como traductora y ya no es asistente de
Moré. Quiere mandarla a la feria del libro de Frankfurt. Tonia conoce
Frankfurt. Traducir farragosas negociaciones no le apetece. Sugiere
incorporarse al frente alemán a la vuelta de Cuba, hacer un traspaso ordenado
del expediente Carvalho. Lo pide por favor. La jefa es benevolente.
Simón Mendiño, un filólogo experto de la casa
recién incorporado al departamento de asuntos extranjeros, medievalista,
crítico literario y uno de los mil mejores poetas de Pontevedra, será su
compañero en el Caribe. Simón puede ser conveniente, se sabe de memoria las
novelas de Carvalho e hizo su tesis doctoral sobre los personajes de Manuel
Vázquez Montalbán. Ha estudiado todos los pseudónimos del escritor: Sixto
Cámara, La Baronesa d'Orcy, Manolo V el Empecinado, Jack el decorador, Manolín
de Tarascón, El Bizco de Lepanto, Adolfo Pérez Sánchez de los Madroños Lisos...
La jefa
avisó, no quiere líos entre sus subordinados. Dijo que era motivo de despido
fulminante. Una aventura rápida, discreta y sin consecuencias, pase, pero nada
de relaciones más allá. Tonia no entendió a cuento de qué venía aquello, ni se
tomó en serio las admoniciones de Carmen. Su vida sentimental estaba tranquila
desde que terminó con Jota, un bandarra de la facultad. Estaba convencido de
que lo querían matar por escribir en su tesis doctoral de setecientas páginas,
que Jesús de Galíndez, un nacionalista vasco secuestrado en la Quinta Avenida
de Nueva York, trasladado en avioneta a la República Dominicana y asesinado por
orden del dictador Trujillo en 1956, vivió hasta finales de los ochenta en
Florida bajo un nombre supuesto. Tonia no sabía, ni le importaba cuando rompió
relaciones diplomáticas con Jota, que Montalbán había dedicado una novela a
Galíndez. Ahora sí le vio interés, la leyó. La protagonista se llama Muriel como
la exmujer de Carvalho.
El aviso
la puso en guardia sobre Simón Mendiño. Ten cuidado, insistió la jefa, su mujer
es amiga mía. Cuando se lo presentaron, a una semana del viaje a Cuba, no le
pareció gran cosa. Esperaba algún galán que justificara las amenazas de la
jefa. Simón Mendiño se parecía a Tintin con gafas, con veinte kilos más y sin
Milú. Hablaba sin parar. Un fumador compulsivo de caladas ansiosas, de las que
calientan el cigarrillo y dejan en el cenicero colillas requemadas.
Los
vecinos de Moré escucharon el estampido de la escopeta. El Amores salió al
pasillo, otros se asomaron a las ventanas. Vieron la moto salir del garaje y
perderse calle arriba. Lifante, el inspector, no sacó nada en claro, ningún
distintivo, nada llamativo. Una motocicleta corriente, ropa oscura, casco azul,
una marca de ruedas en el garaje. El forense apunta que quien apretó el gatillo
era, casi con toda seguridad, más alto que la víctima. Munición corriente de
caza. Nada más.
La
policía quiso hablar con Tonia. La citaron por teléfono en la comisaría de Vía
Laietana, donde estuvieron detenidos Vázquez Montalbán y su mujer, Anna Sallés,
en 1962. Llegó tarde por la lluvia y la desgana. Lifante esperaba impaciente, a
medio enfadar. La invitó a sentarse y a un café de máquina. Estaba al tanto del
empeño de Carmen Balcells en buscar a Carvalho. Él mismo había detenido al
detective por el asesinato del sociólogo sexual. Un crimen pasional, venganza.
Lo que había detrás, una novela entera en la que el inspector había
participado, “El hombre de mi vida”, no le interesaba. Si Lifante aseguraba
haber encarcelado a Carvalho, Tonia no entendía las dudas sobre su existencia.
El policía se lo aclaró:
—No hay ni un papel oficial a nombre de José
Carvalho, ni Larios ni Tourón. No hay partida de nacimiento, libro de familia o
DNI. Ha vivido siempre con documentación falsa. Legalmente no existe. Eso es
problema de ustedes que lo están buscando y de la interpol. El mío se llama
Vicent Moré, su compañero. ¿Desde cuándo lo conocía?
Tonia contestó a la vez que apartaba el vaso de
plástico. No pensaba probar el café. Agradeció que no la tuteara.
—Hace tres años.
El
inspector la radiografió a la vez que bebía de su taza. La mirada parecía
incluir una valoración poco relacionada con el caso. Se sentó de refilón en la
parte delantera de la mesa.
—¿Cuál era la tarea de Moré?
—Se ocupaba de papeles relacionados con derechos
de autor hasta que la agencia le encargó buscar a Carvalho.
—¿Sabe algo de su vida privada?
—No. Sé que tenía una hermana y vivía solo.
Lifante esperó en silencio unos segundos un
añadido, un comentario. No lo hubo.
—¿Le habló de algo que le preocupara?
—La enfermedad de su hermana. No hablábamos
mucho, le conocía superficialmente.
Tonia, lacónica y precisa, no se iba por las
ramas, no hacía suposiciones ni valoraciones.
—¿Tenía enemigos?
—Ni idea. Que yo sepa, no.
—Cuando empezaron a buscar a Carvalho ¿Qué hacía
usted?
—Al principio traducir en las reuniones con
autores extranjeros. Luego la jefa me puso al servicio de Moré.
El
inspector paseó la mirada sobre ella con alguna detención impertinente. Tonia
arrugó el entrecejo. Dijo en griego un par de cosas intraducibles antes de
fijarse en el reloj colgado en la pared y levantarse de la silla. Lifante no se
inmutó.
—¿Pasó algo raro en alguna de esas reuniones?
—Un comisario. Interrumpió una comida de trabajo
con otros comisarios, Kostas Jaritos y Salvo Montalbano en la Barceloneta.
—¿Recuerda su nombre?
—Sí. Salmorejo.
Lifante pestañeó y titubeó antes de retomar las
preguntas.
—¿Estaba al corriente de la cita de Moré en el
Palace?
—No, no me dijo nada. ¿Puedo irme ya? Tengo
prisa.
Lifante
la despidió con frialdad y se quedó primero pensativo y luego desconcertado
mirando por la ventana. Vio salir a Tonia Calógero de la comisaría como si
huyera. Se cruzó con alguien. No podía ser. Era. Se acercaba a paso lento con
las manos enlazadas en la espalda, el puro en la boca y un periódico en el
bolsillo de la gabardina. Méndez.
Movimientos
circunstanciales (X)
Lifante
se fijó a través del cristal en su compañero Contreras, parapetado detrás de
montones de papeles. No acababa de acostumbrarse a leer en el ordenador.
Escuchó su silbido repitiendo una ranchera. Decidió amargarle la mañana.
—Que sí, que sigues siendo el rey, Contreras.
Aprovecha, te queda poco, el año que viene tu trabajo lo harán los mossos. Hay
un señor mayor que va a venir a verte. Trátalo con cariño, es muy sensible.
—¿Quién?
Lifante, apoyado en el quicio de la puerta, giró
la cabeza.
—Ahí viene. Asómate tú mismo, te va a encantar.
La momia.
Contreras no se movió. No le gustaron las
gracietas ni el tonito de Lifante. Algo le dijo que su conocida jeta de cabrón
iba a ser necesaria y se la puso. Oyó toses cavernosas. Asomó el inspector más
viejo de Barcelona.
—Hostia, Méndez. No sabía que estuvieras vivo.
—Yo tampoco, pero si me siguen pagando debo
estarlo. A vosotros os veo bien, calentitos, en las mesitas, con el cafetito.
parecéis canónigos. Os van a salir almorranas.
—No empieces ¿Qué quieres?
—El comisario me ha cargado el muerto del
destornillador. Dice que no sabéis nada.
—Y tú sí. Cuenta maestro que voy a coger apuntes.
Méndez
sacó del bolsillo el periódico y lo tiró encima de la mesa. Se sirvió agua y
bebió para tragar unas pastillas.
—Dice La Vanguardia que al abogado ese que
lleváis vosotros le dispararon con una recortada y escapó en moto. Lo único
llamativo es que trabajaba para Balcells, buscaba al Pepe Carvalho y ofrecía
dinero por la información.
—Hasta ahí llegamos, Méndez. ¿Eso tiene que ver
con lo tuyo?
—Tú detuviste al Carvalho ¿No?
Lifante afirma con la cabeza.
—En el 2003, sí. Por asesinato. ¿Y?
—El Toto era confidente vuestro ¿No?
Contreras
se erizó. Eso es confidencial.
—¿De dónde sacas eso?
—En el Chino lo sabe todo el mundo. Me lo han
contado unos por las buenas y otros no. Se ha celebrado, dicen que era un bicho
malo.
—Ah...En el chino. Voces autorizadas ¿Qué más te
han dicho?
—Que no me fie de vosotros. No hacía falta, desconfiar
es para mí un sacramento. ¿De qué os informaba?
No contestaron. Contreras se levantó con señales
de fastidio y dejó caer sobre la mesa una carpeta. Méndez no la miró.
—Conozco la foto, sale muy guapo, tenía unas
orejas muy bonitas, y el historial es muy ameno. Quiero saber por qué os matan
a un informador y me lo pasáis a mí.
—Para que te entretengas. Haz tu trabajo y deja
de tocarnos los cojones.
—Varias señoritas profesionales, aparte de
hacerme una descripción hiriente de vuestros cojones, me han contado que
estuvisteis con él de juerga en un hotel y que había un comisario. ¿Quién era?
—Vete a la mierda.
El inspector Méndez sacó la marca de la casa, las
pupilas como ojos de alfiler. La mirada de serpiente vieja.
Baja
Tonia de casa de la Nuri tarareando una de Ruibal: “Debutó en París, la flor de
Estambul… ¿Y quién no da la vida por un sueño?”. La Nuri ha leído su proyecto
de novela haciendo las voces de los personajes. Charo y Carvalho se casan por
lo civil una tarde con olor a romero, llena de niños jugando y geranios en los
balcones. Cenan en la cubierta de un barco alquilado bajo la luna brava de Sa
Tuna. Fuster, vecino y gestor de Pepe, llega con un profesor, Sergio Beser,
catedrático de literatura, “setenta y ocho kilos de mala leche pelirroja”.
Biscuter se ha esmerado con un menú memorialístico: Consomé a la brunoise,
bullabesa de chatka, bacalao a la gallega, montaditos de pescado frito, frío,
con pimiento, berenjena y el pan con tomate, centollo con caracoles y rabo de
buey. Charo y sus amigas no paran de mojar pan y alabar a Biscuter, el rey de
la noche. Se lo rifan, la andaluza le guiña un ojo azabache. Vinos y licores
son cosa de Pepe: Blanco del Ródano, Oporto de doce años, tinto Valbuena,
clarete de Cigales, whisky de malta y ron cubano de quince años. A las cuatro
de la mañana, después de una conversación irónico-metafísica entre los señores,
con carcajadas y frases dinamiteras de las señoras, una lancha recoge a los
invitados borrachos. Charo y Pepe se quedan a dormir en el barco. Al día
siguiente zarpan rumbo a Cerdeña. Saben cuándo empieza el viaje. Cuando termina
no.
Tonia
aplaude a la Nuri la documentación gastronómica. Opina que faltan postres y
unos habanos. Echa en falta un libro ardiendo. Mejor una enciclopedia entera,
los más de cien tomos de la Espasa. Un día es un día.
La Nuri necesita salir, tomar el aire. Tiene
ojeras, está pálida. Lleva muchos meses sin pisar la calle. Sus tíos son buena
gente, en eso ha tenido suerte. Osorio intenta animar, repite otra vez la
cantinela. Aguanta, Nuri, ya queda menos. Un par de meses y podrá probar lo que
exige la ley, su permanencia continuada en España durante dos años y que sus
tíos cumplen los requisitos económicos.
En los CIE, centros de internamiento de
extranjeros, esperan para ser expulsados del país quienes no tienen permiso de
residencia. La Nuri no lo tiene. Los tíos que la cobijan, Malik, sus abuelos y
sus padres son rifeños. Huele a Harira, la Nuri cocina mirando nubes por la
ventana. Las especias le traen trozos de su infancia, tardes en la Corniche de
Nador con el Gurugú al fondo, el zoco y la playa, la mezquita en la avenida de
Tanger, la laguna.
—Tía… ¿Cómo era Nador cuando era chica?
—Pobre, hija, más que ahora. Los que podían se
iban a Francia o a Alemania. Las minas de hierro de los españoles cerraron y
cuando lo de la independencia se fueron todos a Melilla. Pon una pizquita de
canela. El rey Hassan nos castigó, el Rif no le gustaba.
—Me parece que los centros esos de internamiento que
dice Osorio son más para pobres que para extranjeros.
—Ese Osorio no me gusta, pregunta de más. Baja un
poco el fuego.
Osorio
entró en contacto con la policía por unas denuncias. Les interesó la
información que manejaba y su acceso a los inmigrantes. El siguiente paso fue
el CNI. Le propusieron una reunión y empezó a trabajar para ellos. De novato le
pagaban por la recolección de datos, según él, cuatrocientos euros. En un par
de años montó una red de informadores en África. Manejaba, según él, un
presupuesto de quince mil euros. Su sueldo, según él, era de cuatro mil. Pasó
de la inmigración al islamismo. Marruecos, Siria, los países del Sahel. En San
Roque le llegó un soplo de una mujer guineana. Un comisario español con
empresas privadas estaba investigando a un hijo del presidente por encargo de
una petrolera. Cobraba en cuentas panameñas. Estaba relacionado con el comisario
del aeropuerto de Barajas y las entradas ilegales de guineanos. Un tal
Salmorejo. El CNI tiene su expediente. La guardia civil está interesada.
A Tonia
le gusta hablar con su padre porque mezcla idiomas y acentos. Se equivoca cada
tres palabras y nadie lo entiende. Las cosas son interdidas, las forestas se
brulan o hay que tomar la diversión para salir a la autorruta. Habla todos mal
menos el italiano. El mejor trabajo que ha podido encontrar es el de conserje
en el camping “el Carlitos”. Ha pedido permiso para acompañar a Tonia al
aeropuerto. En el trayecto Aldo balbucea ideas sobre la aventura de Tonia y se
compromete a encontrar a Duluc. La última vez que supo de él vivía en Nanterre,
a media hora de París. No tiene móvil, ni dirección fija. A Aldo le preocupa
más el asesinato de Moré, su hija no debería estar mezclada en asuntos
peligrosos. No se lo dice, sabe que no quiere escucharlo. Nana ha preparado una
fiambrera para el viaje, empanadillas de pisto y un bocadillo de tomate seco,
berenjena y parmesano. Aldo se despide de Tonia lloroso en el aparcamiento del
aeropuerto con dos besos y un abrazo fuerte. Podría hablar italiano, pero se
empeña en mezclar.
—Haz atención. Prende cura de ti. Ciao.
En la
puerta de embarque espera Simón Mendiño excitadísimo, parece un explorador. Va
a conocer Cuba y a unos primos lejanos instalados en la isla desde hace un
siglo y en buena sintonía con el gobierno cubano. Tonia se sorprende y apena al
ver en silla de ruedas a la jefa. No sabía que estuviera enferma. Dicen que
quiere vender la agencia. Leonardo Padura no es un autor de la casa, la
Balcells le manda un regalo, sus mejores deseos y una carta prospectiva.
Mendiño escucha las indicaciones como un murmullo de fondo apagado por las olas
rompiendo contra el Malecón. A los gallegos se les ponen los ojos de color
Finisterre cuando oyen hablar de Cuba. Montalbán pudo haber nacido en La Habana,
su padre emigró allí a los quince años, fue mozo de clínica. Mendiño sabe por
su familia que la conexión entre la rías gallegas y el Caribe es antigua y
especial. Tan especial como la que tuvo, explica a Tonia ya sentados en el
avión, Don Ramón María del Valle Inclán. Tonia empieza a sospechar que el autor
produce cierto arrebato místico en su nuevo compañero. Mendiño continúa. En los
días calientes de 1898 Valle se enfrentó en Madrid a una manifestación bastón
en mano. Hubo pendencia y cayeron leñazos, patadas y coscorrones. Gracias a ese
incidente, real o inventado, Valle pudo decir, años después, una
valleinclanada:
—La guerra de Cuba la ganamos los cubanos en su
patria y yo en las calles de Madrid.
Simón
Mendiño sigue hablando, ya por encima de las nubes, de la influencia de Cuba en
Valle Inclán. Tonia está atrapada al lado de la ventanilla sopesando
posibilidades de evasión. El viaje empieza a hacerse largo. El ponente a falta
de tabaco, se muerde las uñas y traga pastillas.
—Perdona Mendiño, también soy filóloga, no me des
la tabarra.
—Llámame Simón. No puedo callarme, lo siento. Me
da pánico volar. Pánico, etimología griega, Panikós. Pan, un dios que tenía la
mala costumbre de aparecerse por las noches, y el sufijo ikós, “relativo a”. Si
dejo de hablar la angustia me puede provocar un ataque de ansiedad. Si quieres
cambio de tema, eso sí. ¿Te gusta la historia medieval? ¿Has oído hablar de los
burgundios?
—Acabáramos.
—Pretérito imperfecto o futuro hipotético del
subjuntivo. Acabar, como sabes, es regular y pronominal, o sea reflexivo.
—Perfecto, Simón, sigue hablando riquiño, me voy
a poner los cascos.
—No, perfecto no, imperfecto. Si fuera perfecto
sería hayamos acabado.
En la
comisaría de Vía Laietana Luís el Rubio también tuvo un encuentro con Lifante y
mencionó a Salmorejo. Tuvo que repetir lo mismo a los pocos días, cuando
Antonio Carpintero, Toni Romano, se presentó en su oficina a las nueve de la
mañana. La tercera vez, un inspector joven, Trinidad Ramalho, apareció en su
casa. Todos habían hablado con Dolors y se interesaron en Charo. Ninguno había
conseguido hablar con Rigalt i Mataplana, el directivo del FC Barcelona.
El Rubio
tiene amigos en el Barça. La Lita, su madre, llegó a ver partidos en el viejo
Campo de Las Corts. Cesar iba para máximo goleador en la historia del
Barcelona. Lo sigue siendo medio siglo después. El Rubio tropezó con Cesar
cuando era míster del Sant Andreu.
Cesar
tenía todas las puertas abiertas en el Barça. Sabía mejor que nadie cómo
funcionan los clubes, el Barcelona y los demás. Antes de morir en un atardecer
de los noventa, le presentó al avi Suñé, uno de los utilleros más antiguos del
equipo, un discreto informante de la directiva. La presidencia se enteraba por
él de los cotilleos de vestuario. El canal de comunicación establecido entre
Suñé y el palco tenía dos terminales, el presidente eventual, y Joaquim Rigalt
i Mataplana, directivo del club desde los años sesenta.
Suñé está más que jubilado. El Rubio lo ha sacado
de casa para invitarlo a un bocadillo de jamón y una caña en el Nuria de
Canaletas.
—No sé qué pensión te habrá quedado, Suñé. Igual
un extra te viene bien.
—¿Tú qué crees?
—Tengo unos amigos que necesitan hablar con
Rigalt i Mataplana y no hay manera. Dicen en su casa que está en el extranjero,
pero pasa el tiempo y no vuelve.
—Quimet. Muy difícil. Quimet es el amo. Medio
mundo quiere hablar con él. Hasta el último maula tiene jugadores para vender,
ofertas de negocios y propuestas. Es más fácil hablar con el Papa santo de
Roma.
—A ti te coge el teléfono. Seguro.
—Supongamos que sí. Lo llamo. ¿Para decirle qué?
—Que unos señores están interesados en descartar
que tenga algo que ver con un asesinato.
—Los asesinatos son cosa de la policía. ¿Tus
amigos son policías?
—Puede.
Suñé hace cálculos mercantiles.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—No te
prometo nada. ¿Qué interés puede tener Quimet en hablar con tus amigos?
—Son cosas políticas, Suñé. Le interesan.
Menciona a Pepe Carvalho. Mucha gente lo está buscando.
— El detective. Eso vale dinero.
—¿Cuánto?
—Más de lo que tú puedes pagar.
—¿Sabes algo de Carvalho?
—Algo sé, noi.
Tiene que
haber algún vínculo entre el Barça y Carvalho. Si Rigalt i Mataplana tiene
contacto con Carvalho y el Barça no entrara en la ecuación, Suñé no sabría
nada. Las palabras culpable, justicia, sentencia, pena o prisión no significan
nada para el Rubio, hace muchos años que perdió el respeto al lenguaje. Que
Carmen Balcells encuentre o no a Carvalho le da igual. Charo le llama la
atención, una puta. Esa palabra sí le afecta. Rigalt i Mataplana, Carvalho y
Charo no aparecen. Moré los buscaba y ahora está en un cenicero, en casa de su
hermana.
Salmorejo
viene de lejos, es policía desde 1972. Ingresó en la brigada político-social
del comisario Fonseca, el “alitas”, un colaborador de la Gestapo que hizo
cursos de sabotaje y anticomunismo. El número dos de la brigada era Manero, un
torturador condecorado. Salmorejo, entonces un joven rubiales cagapañales, se
convirtió para los detenidos en “el alemán”. Vivió la transición desde el
núcleo duro, la secretaría general de un sindicato de policía creado por él y
algunos futuros comisarios más.
En los
archivos de la policía italiana no figura ningún Nino Castellano. Montalbano
pregunta por ahí a los viejos que conocen las historias más antiguas. Nino
Castellano fue uno más entre los miles de emigrantes que fueron a América hace
casi un siglo. La inmensa mayoría trabajadores pobres. El viejo afirma haber
conocido a Pepe Carvalho. Entra dentro de lo posible. La CIA y las familias
siempre tuvieron relación, especialmente en los asuntos cubanos. Matar a
Castro, un sueño que duró décadas. En Nueva York un anciano se entera de la
búsqueda de Carvalho e interviene por razones sentimentales. A Montalbano se le
atraganta esa historia. Sabe que la agencia Balcells ha enviado gente a Cuba
para hablar con Mario Conde. Una carta suya les ha dirigido hasta allí.
En Atenas
Kostas Jaritos está pensando en comprarse un seat Ibiza por solidaridad
mediterránea. A Zisis le interesa el asunto Carvalho. Lambros Zisis, lector
empedernido y viejo comunista resistente, ha leído a Montalbán. La memoria de
las dictaduras militares, haber sufrido cárcel, torturas y palizas de policías
compañeros de Jaritos, le acercan a un detective tan deconstruido como Pepe Carvalho.
En su archivo tiene documentación, publicaciones sobre organizaciones
comunistas españolas, grupúsculos, el partido adherido a la internacional, sus
escisiones. Arqueología. Ha encontrado un cuaderno olvidado entre los libros de
ensayo publicados por Montalbán. Un manuscrito de poemas que llegó a sus manos
por una carambola: “Historia de amor de la dama ámbar”.
Definitivamente nada quedó de Abril
(XI)
Hace fresco en la estación de Sans, desapacible.
Antonio Carpintero sin equipaje, decide no coger un taxi, abrocharse el abrigo
y estirar las piernas. En media hora llega a la sede de la agencia Balcells en
la Diagonal. Le recibe una secretaria muy joven con flequillo a tazón y gafas
amarillas, a la que sigue por un flamante pasillo blanco recorrido durante años
por escritores famosos. Toni tenía un trato con Moré que paga la agencia. No
sabe muy bien si viene a dar explicaciones o a recibir instrucciones. La mujer
compacta sentada en el escritorio saluda, da recuerdos para Juan Madrid,
novelista de la casa, y observa a Toni calibrando la posible utilidad de su
trabajo. Parece más dispuesta a escuchar que a hablar.
—El asesinato de Moré me supone una incomodidad
digamos que ética. Cobré por buscar a Carvalho. Se lo dije a él y se lo digo a
usted, Carvalho es un personaje literario.
Mientras Toni habla Carmen Balcells no levanta la
vista. Mira a un punto fijo sobre la mesa, una tortuguita de porcelana que
ejerce de pisapapeles. Deja un silencio antes de clavarle los ojos y abrir los
brazos.
—Coincide con Moré. ¿Su muerte le parece de ficción?
—No sé nada de la muerte o la vida de Moré. Lo único
que tenía era lo que dice su hermana. Conoce a una prostituta telefónica que se
llama Charo. ¿Cuántas cree que puede haber en Barcelona?
La agente condecorada medio sonríe. Encuentra al Toni
Romano que tiene enfrente muy parecido al descrito por Juan Madrid.
—Le puedo decir cuántas librerías o editoriales hay.
Sobre prostitución no manejo estadísticas. Esa Charo conoce bien a Carvalho, se
lo aseguro. Escúcheme, sé lo que me digo, Manolo no hablaba por hablar.
No encaja bien Toni los imperativos. Se inclina hacia
adelante apoyándose en la mesa.
—Un escritor dedica la mayor parte de su tiempo a
fabular. Alguien me ha dicho que se consideraba sobre todo un poeta. Los poetas
no son de fiar, están todos majaras porque no comen, aunque este no sea el
caso. Hay tres nombres en esta historia, usted, Pujol y Salmorejo. Carvalho
parece una excusa. Puede que para vender libros.
—Una insinuación atrevida. Le confieso que en el
pasado estuve dispuesta a todo para aumentar las ventas de mis autores. Ya no
lo necesito, estoy jubilada, tengo el futuro arreglado para mí y algunas
generaciones. Estoy aquí por una cuestión personal, cerrar cuanto antes lo de
Pepe. Me gusta usted más al natural que en las novelas, Carpintero. Le advierto
que las he leído todas. Pero vamos a lo práctico. El asesinato de Moré es
trabajo de la policía. Usted ha cobrado por rastrear a Carvalho y hasta ahora
no ha aportado nada.
Toni inhala aire japonés y lo mantiene en los pulmones
unos segundos.
—Ponga una reclamación en el juzgado. Mire, mi tiempo
tiene precio. Con lo que he podido averiguar hago hipótesis. Cobro por
hacerlas. Una es que usted ha decidido sacar a pasear el fantasma de Carvalho.
Con qué intención no lo sé y me da igual. Otra es más retorcida. Mandos
policiales o políticos, deciden correr la voz de los dichosos papeles para
vigilar los movimientos de quienes puedan sentirse amenazados. La última es que
el mismo Pujol haya puesto un cebo a ver que pesca. Tengo también certezas, necesito
algunas para levantarme por las mañanas.
Silencio espeso. No hay moscas, si las hubiera se
escucharían sus pedos. Toni se arrellana en la silla.
—No espere a que le dé un pie para contármelas
Carpintero, me gusta el teatro sólo como espectadora.
—Vázquez Montalbán nunca le dijo nada. Todo esto es
publicidad. Ha vuelto de su retirada porque la agencia va mal. Otra certeza es
que Vargas Llosa es un perfecto idiota latinoamericano desde el prólogo hasta
el epílogo.
Carmen Balcells lo mira sin contestar. Aparece en su
cara un gesto de secano, de pueblo pequeño. Entrecierra los ojos mientras
arrastra las palabras. Una fotografía del escritor peruano ocupa un lugar de
honor en la pared.
—Su opinión sobre Mario es irrelevante para mí, para
él y para el mundo. Su auditoría sobre la agencia no cotiza en bolsa. Lo de
llamarme mentirosa puede salirle caro, tengo licencia para matar. Andreu Martín
acaba de publicar una novela. Un homenaje al detective inmortal. Él lo llama
Orballo y habla de conexiones que me pueden interesar.
Toni se lleva las manos a la cabeza y las entrelaza
sobre la nuca, echándose hacia atrás. Remolonea, recupera la rectitud y se
apoya en la mesa, tamborilea con los dedos.
—Ya...No lea más novelas. En la próxima puede aparecer
Pepe Carallo.
La joven secretaria abre la puerta sin llamar. Hay en
su voz urgencia y un ligero temblor.
—Está aquí Goytisolo, en la sala de espera, quiere
verla.
—¿Qué Goytisolo?
—No sé, no los distingo. El más verde.
—Eso puede ser motivo de despido, guapa. Luís
Goytisolo fue el primer escritor español de la agencia. Hazlo pasar en cinco
minutos.
Un cronómetro parece haberse puesto en marcha. Toni se
levanta y se dirige a la salida.
—Espere, tengo algo para usted, otro cheque. Si está
dispuesto a enterarse de lo que saben los escritores sobre Carvalho y hacer más
hipótesis, es suyo. Yo también tengo certezas. Por ejemplo, estoy convencida de
que puede serme provechoso. En la novela negra española los dos personajes más
veteranos son Carvalho y usted, Romano. Los dos son de la agencia. Quiero que
siga siendo así.
—Carpintero, Antonio Carpintero. ¿A qué estamos
jugando?
—Me ha demostrado algo. Usted existe. No veo por qué
Carvalho no.
Carpintero con el picaporte en la mano se vuelve.
—¿Quiere vender la agencia?
—¿Por qué? ¿Quiere comprarla?
La oferta es
generosa. Toni es consciente de ser una herramienta, en eso consiste su
trabajo. El que le haya seguido desde la estación un aprendiz, le extraña.
Descarta que tenga que ver con Balcells. De Pujol espera algo mejor. Coge el
cheque, mira la cantidad y aprueba con un movimiento de cabeza. No tiene nada
mejor que hacer. Al salir se cruza en el pasillo con Goytisolo. El novelista le
saluda amistoso como si fuera alguien del gremio. A Toni le parece ofensivo que
lo confunda con un escritor. Olvida el ascensor y baja una planta, por las
escaleras. Al llegar a la calle enciende un cigarrillo y no le asalta la tos,
está en forma. El imberbe con coleta disimula en la acera de enfrente,
Salmorejo quiere que se dé por enterado. Toni es gato, no le gusta ser ratón.
Un autobús sirve de pantalla durante unos segundos. El novato se pone nervioso,
su objetivo ha desaparecido. Lo tiene detrás.
El
principiante frustrado no va lejos, no sale del centro. El edificio exclusivo
de cristales oscuros tiene seguridad en la puerta y algunas placas. La del
Grupo Cresta es llamativa: asesoría mercantil y servicios de investigación.
Toni toma nota, apesta a Salmorejo. Son las dos y tiene hambre. No es un
sibarita, ni un gourmet, pero le ha dicho la Balcells que, para probar el rabo
de toro en Casa Leopoldo, no hace falta.
Lo que no le
ha dicho Carmen Balcells es que Kostas Jaritos le ha enviado “La historia de
amor de la dama ámbar”. Es un manuscrito auténtico y sin copia que Montalbán
perdió en Grecia en los años setenta, cuando fue feliz con su mujer, Anna, su
hijo Daniel y algunos amigos. Escribió versos eróticos y amorosos, en islas
eróticas y amorosas, rodeado de pulpos secándose al sol, campos de olivos y
tomates eróticos y amorosos. Zisis, el
viejo comunista, lo conservó todos estos años en uno de esos montones de
libros y papeles que van a la basura o al mercadillo el día que muere el archivero.
La memoria borrada en el contenedor de lo orgánico. Una joya editorial con
valor de cambio. Un valor que Zisis ignora.
Tonia echa de
más a Mendiño, sentado a su lado hablando sin parar, y de menos a Malik atento
y dubitativo cuando ella se pone a contestar preguntas que nadie le ha hecho.
El Bambi ha muerto, el sindicato está de luto. Ondear de banderas. Requiem. Un
periódico dice que el secretario general ha dejado una herencia de cinco
millones de euros a su mujer, consejera delegada de una multinacional.
Gananciales. En el cementerio la viuda recita por megafonía la vida es sueño.
¿Qué es la vida? Una sombra, una ficción. El mayor bien es pequeño. Los sueños,
sueños son. Ole. A las barricadas.
Simón Mendiño
se calla por fin al aterrizar en el aeropuerto José Martí. Agotado y
automedicado, se desinfla al pisar tierra cubana. Llueve, hay nubarrones
negros. Al recoger la maleta se desmaya y cae redondo. A Tonia no le extraña, a
los empleados y a la seguridad sí. Lo atienden rápido, no parece grave. La
gravedad, por pequeña que sea, altera la red espacio temporal. Reacciona pronto
Simón a las voces que le ofrecen agua y le dan palmadas en la cara. Abre
desmesuradamente los ojos, echa de menos un brazo y declama como si tuviera
capa, barba de chivo y bastón.
—“La real academia española de la lengua la preside
Maura y habla en chino, como su consejo de ministros. La guerra de Marruecos no
parará hasta que los tenientes sean coroneles”
—¿Qué cosa?
—¡Alfonso XIII es un cobarde vergonzoso¡¡Soy
bolchevique ¡
El corro de personas que se ha formado mira a Tonia
esperando alguna explicación.
—Lleva así desde que salimos de Barcelona. Tiene miedo
a volar, a saber que ha tomado. Me parece que está atascado en 1921.
—Entonces… ¿han viajado en barco? ¿Vienen a ver la
partida de Capablanca contra el alemán?
—Pues no. A visitar a Leonardo Padura, el escritor.
—Vuelvan dentro de treinta y cuatro años. El señor
Padura no nace hasta 1955.
—Ya. Esperaremos en el Hotel Ambos Mundos, si le
parece bien.
—Faltan dos años para que lo construyan. Pueden ir al
Florida. Entre la calle Obispo y Cuba, es muy cómodo.
—Gracias, muy amable.
Simón sale
descentrado del aeropuerto, le falta tiempo para encender un cigarrillo,
quemarlo de dos caladas y empaparse del ambiente. Tonia parece confusa, con los
pensamientos extraviados entre el cielo, el reloj y el calendario. Puede que
acaben de aterrizar en lo real maravilloso, lo irreal ordinario o en una
síntesis por determinar. Las contradicciones en la isla son de primer plano,
plano medio, plano general y plano detalle. Sopla bajito José Martí:
“Ruge el cielo: las nubes se aglomeran
Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan...”
El tiempo
cubano curvea, improvisa Mendiño catatónico dirigiéndose al taxista. Tiene
clave africana, compás caribeño, medida americana y aire gallego. Los pocos
esquimales, ángeles o poetas que viven en la isla, son esquivos y no se dejan
fotografiar. A veces el azar concurre y en las fotos aparecen poetas enormes,
esquimales flacos o fantasmas extemporáneos. El Che Guevara bautizó a Chinolope
y Santo Trafficante le perdonó la vida. En Cuba, para que usted lo sepa, señor
conductor, se hacen antologías de cuentistas contemporáneos, se fotografía a
los elegidos, se entrevista a bailarinas clásicas y acaba uno en reeducación.
Los visitantes no podemos evitar encontrarnos en las esquinas más insospechadas
de La Habana con Chinolope, sus gafas redondas y esa mirada que convierte todo
lo que avista en cronopio, signifique eso lo que signifique.
El taxista
para el carro enciende un tabaco del tamaño de un cartucho de dinamita, se
vuelve hacia el turista, expulsa un nubarrón de humo para que lo disfrute y
explica:
—Un cronopio es un dibujo fuera del margen, un poema
sin rimas. Cortázar era un cronopio. Los cronopios nunca se preocupan de lo que
pasó alguna vez. Esa es la definición canónica. Para el socialismo científico
los cronopios pueden ser de tres clases, enormísimos como Louis Armstrong,
grandísimos como Nijinsky o de tamaño natural, como los extintos mamíferos
driolestoideos. No se equivoque, Chinolope fotografía cronopios, pero también
esperanzas, famas y gánsteres recién asesinados. Tengan cuidado.
Leonardo Padura recibe en el vestíbulo del
hotel a la extraña pareja con saludos amables, curiosidad y algo de intriga.
Suben a la habitación de Tonia, tiene una terraza con vistas estupendas según
el conserje. Mendiño entrega a Padura regalos, traslada los saludos de Carmen
Balcells y busca un cenicero. Tonia encuentra vasos, abre una botella del
whisky de malta favorito de Carvalho y saca de la mochila un táper con
aceitunas negras, aliñadas por su madre. Llama Conde, no puede acudir, tal vez
mañana. Mendiño sin pilas, se queda dormido sentado, oyendo al viento recitar.
Resopla con un pitillo apagado en la boca. Quedan solos Padura, Tonia y el
whisky. El escritor puede facilitarles la llave de La Habana indescifrable. Si
hubo en Sierra Maestra una María gitana y portuguesa, Chinolope la encontrará
en su baúl de fotos y recuerdos. Él y su cámara estuvieron allí. Si hay un tema
que interese a Chinolope es el tiempo. La necesidad concurre también, menos
literaria que el azar, más alimenticia. Chinolope está marcado, no tiene
ingresos. El acuerdo es posible, hay presupuesto.
Tonia vuelve a
su infancia en los Berlínes opuestos. Gentes iguales y distintas a cincuenta
metros o noventa millas. Las calles siniestras de Postdam, el viejo cuartel
abandonado de los rusos, el frío histórico, los edificios desconchados, los
rastros de la barbarie unánime. Vio a la policía federal acarreando menores
turcos cazados al vuelo, niños vendedores de tabaco asustados en los furgones
verdes de la polizei. Con la botella mediada la terraza se oscurece, Mendiño
despierta, Padura se despide. Tonia y la luna.
La extraña
pareja no quiere pasar la primera noche en La Habana sin salir del hotel.
Mendiño se ducha para ir a cenar. Su abuelo explicaba en los velatorios del
pueblo que durante la travesía hubo una epidemia y tiraron los cadáveres al
mar. A todos los familiares que hicieron el viaje les asombraba el bullicio y
esplendor de la ciudad. En la puerta del hotel, al cruzarse con dos peatones de
lento caminar, decide Mendiño que son poetas y se le vuela la cabeza. Tonia
tuerce la boca.
—No empieces. ¿En qué año estás?
—En 1936.
— Si me estropeas la cena te saco los ojos, te arranco
el corazón y se lo doy a los perros.
Simón Mendiño
no oye, ni ve, ha vuelto al estado lunático. Se levanta por el aire y se dirige
a una platea imaginaria.
— “Pero la noche es interminable cuando se apoya en
los enfermos y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse
tranquilos”. Carvalho salvó dos veces libros de Lorca del fuego al releer
algunos versos. A estas horas Federico cenaría en el Hotel Unión. Después iría
a la playa de Marianao a escuchar al Chori, un timbalero, y a tocar con él.
Padura ha escrito sobre el Chori. Chinolope lo fotografió.
—¿Habías oído hablar de Chinolope?
—Claro, mi niña. Supe de él gracias a una fotógrafa,
Estrella Nicolás. Lo mencionan Cortázar, Galeano, Lezama Lima y otros. Vive
también en Marianao. Si su padre no fuera japonés podría ser mi primo.
Se acabó la choricera
Bongó camará
Un chorizo solo queda
Bongó camará
En la desangelada oficina barcelonesa del
grupo Cresta, los ayudantes Stewart y Litle Nicholas, uno medio rizoso y el
otro con coleta, esperan al comisario Salmorejo. Stewart Solovera en chándal, con
cadenas de oro y los pies encima de la mesa, escucha country en un viejo
cacharro de mano. Es sevillano. Buscaba oro con una mula y un cubo en la ruta del
Guadalquivir. Le robaron todo, le dieron hostias por un tubo, pero por un tubo...No
sabéis cómo sufrió. Lo recogió de la calle el comisario. Litle Nicholas, otro
que tal, juega al tetris en la computadora con un dedo en la nariz. No le interesa
nada más allá de hacerse fotos con barandas, pasar por listo y vender motos. El
comisario aparece moreno recién llegado de Florida. En Palm Beach ha tomado el
sol en la piscina del hotel con aire escéptico y un poco de alcohol, acompañado
de algunos cubanos encantados de monitorear la visita a Cuba de Tonia Calógero
y Simón Mendiño. En la central, consultada por los amigos de Miami, no tienen
claro el estatuto de Salmorejo. Saben que intentó venderles por un millón de
dólares un informe fulero sobre Sadam Hussein y que pregunta mucho por un
exagente de la casa, José Carvalho. El perfil de su carpeta lo define como un
comisario metido en negocios comprensibles solo por católicos mediterráneos.
Los conductos oficiales con el CNI informan de que su nombre está subrayado,
sus maniobras son sospechosas.
El comisario está de boda y aparece
furrufiento dando abrazos. Armani, Hermés, Hugo Boss, colonia cara, reloj de
cuarzo y un regalo de cuatro ceros. Está simpaticón con las señoras, cachondo
con los señores, jovial con la juventud, juguetón con los críos. Se casa el Mudo,
el convite es de primera. Hay gente importante, material del bueno, alcaldes,
diputados, periodistas y, lo más interesante, el embajador de España en La
Habana. Intentó que la pareja fuera a Cuba de luna de miel y aprovecharan el
viaje para un trabajito. Se negaron, el comisario no se lo tomó a mal, son
amiguetes. El novio es un abogado prometedor diez años más joven que el Mudo. Hubo
pata negra, gamba roja de Santa Pola, flamenquines, cordero a la miel, pestiños,
tinto de Burdeos, Pedro Ximénez, mucho whisky, mucho gin tonic y mucho de todo.
Cantó un famoso olvidado y un cómico viejo dijo versos. A pesar de que el
comisario grababa todo, nadie dijo nada convertible, el embajador no entró a
ninguna muleta, nasti de plasti. La noche acabó con Salmorejo adulando a una
marquesa de las que llevan en los blasones la tajá. En medio de la resaca, al
día siguiente, le llegó el primer soplo de Miami, la operación 77.
A Leonardo
Padura La Habana le huele a gas y a mar. Nació cuatro años antes de la
revolución. Su barrio, Mantilla, y su calle, el antiguo Camino Real del Sur
junto a la Calzada de Managua, su frontera infantil, está a unos quince
kilómetros del centro.
A primera hora
de una mañana huracanada aparecen en su puerta Tonia y Simón. Guayabera de
dril, pantalón de lino crudo, sombrero de yarey y sandalias él, camiseta,
vaquero y alpargatas, ella. Por los aires vuelan dirigentillos menores, hojas
de periódico con la última derrota de Industriales, vírgenes negras,
bibliotecarios cojos, cachivaches masónicos y gritos de Armandito, el
Tintorero, desde la tercera base del Latino. Leonardo, habanero periférico,
zurdo como su padre, los ve llegar desde la ventana sobre el fregadero. Fuma un
popular con filtro y toma café en taza grande. Lucía, su esposa, teclea absorta
en la computadora. Mario Conde, amigo interesado de Padura, “un tipo tan jodido
que, por haber sido, fue hasta policía, cornudo y aprendiz de escritor” no ha
llegado todavía. Un perro, el sinvergüenza del Chori, un sato blanco y
carmelita acostumbrado a las visitas, olfatea discretamente a la pareja de
jóvenes venidos del otro lado del océano. Padura los acomoda y sirve café. Le
divierte el lío identitario entre autores y personajes, se dispone a escuchar.
Del exterior llega la algarabía del vecindario. Agarra la voz cantante Simón
Mendiño, cuerdo una vez cumplidas las horas de sueño necesarias.
— ¿Le molesta que fume?
—No. Prueba uno de estos, es negro. Te veo integrado,
vas hecho un mambí. Para asaltar el cuartel de Moncada te falta el machete.
—Como buen crítico literario no quiero llamar la
atención. Son muchos los peligros que se corren en esta profesión. Conviene ser
discreto, pasar desapercibido.
Padura mueve una ceja, se pasa la mano por la barba,
da lumbre a Mendiño y se fija en los ojos atentos de Tonia.
—¿Cómo fue la primera noche en La Habana?
—Tranquila. Me quedé dormida leyendo “La neblina del
ayer”. Es una novela suya que todavía no ha escrito. Me gusta Conde, se parece
a usted.
—“La neblina del ayer”, me la quedo. El pasado y el
futuro son confusos. Veo pasar el tiempo desde esa esquina de ahí afuera. Miro
desde la altura de la calle y de mi generación. O eso intento. Conde hace lo
mismo, pero más agobiado, siempre está en la fuácata.
—¿La qué?
—Fuácata. Sin un peso, afónico. La vida está cara.
Desde que dejó la policía no tiene ingresos fijos. Es un superviviente. Él
puede ayudaros, yo no. Viene con Chinolope, se juntaron la peste y el mal olor.
Lo que ellos no puedan encontrar en La Habana, no existe.
La puerta del estudio de Padura llama la atención de
Mendiño. Una plancha en la que hay escrita una leyenda. Tiene que entrecerrar
los ojos para leer: “Le pido a Dios que nadie venga a quitarme el tiempo”.
Oportuno suena un claxon. Desde un auto alquilado, el Conde y Chinolope avisan
de su presencia. Padura ve a los visitantes entre tres y dos, se levanta, abre
la puerta y educadamente se despide.
—Montalbán dijo una vez algo que llevo a rajatabla. Ni
un día sin una línea. Volved cuando queráis.
En la calle el viento sigue fuerte. Parece que estén
soplando el Cumbanchero tubas, trombones y trompetas. Suben al carro Tonia y
Mendiño. Conde, al volante, informa.
—¿Cómo están? ...Tenemos algo que les puede interesar.
Un jubilado de la dirección general de inteligencia nos espera en el barrio
chino. nos habló de la operación 77, un dispositivo en España para secuestrar a
Batista. Duró tres años. Lo suspendieron cuando el objetivo cantó el manisero
en Marbella de muerte natural. Participaron seis agentes, cinco hombres y una
mujer. Pueden preguntar lo que quieran, es compadre. Habrá que darle algo por
las molestias.
En el barrio chino de La Habana ahorcaron a
Pedro Cuang. El entonces teniente Conde tuvo que investigar la dimensión
asiática de Cuba y América. Los chinos llegaron desde Hong Kong, Taiwan y Macao
para sustituir en las plantaciones azucareras a los africanos. Olas posteriores
de emigrantes llegaron huyendo de California y sus leyes racistas. La
percepción del Conde de esas calles degradadas y en decadencia, cambió al
entrar en contacto con los últimos resistentes. Soledad, desarraigo y violencia
son las secuelas históricas de un barrio en el que la presencia de emigrantes
chinos es testimonial y que vivió su esplendor muchas décadas atrás.
Conde acelera.
Chinolope recoge el testigo. Conoce bien el Bronx de New York. Anduvo por allí
con Tatica, un músico medio cubano, medio portorriqueño, con quien hacía fotos
por los cabarés en los años cincuenta.
—Nino Castellano es el último superviviente de los
agentes de la CIA que trabajaban con Albert Anastasia y Meyer Lansky. Le
encargaron la vigilancia de Carvalho. La carta al comisario Montalbano es
auténtica. Lo de Marieta, la portuguesa en Sierra Maestra no está claro. Pronto
sabremos algo.
Mendiño enciende un cigarrillo y pierde la mirada por
la ventanilla, detrás de un culo incomprensible. Tonia arruga el entrecejo
antes de preguntar.
—Oiga... ¿Por qué le llaman Chinolope si su padre era
japonés?
El libro de los antepasados (XII)
La Rebe
ha puesto orden en la leonera. Hay leche, huevos, embutido y yogures en el
frigo, pan en una bolsa detrás de la puerta de la cocina. Los cristales dejan
ver el exterior, la ropa tendida y la autovía. Está para salir de cuentas. Por
las mañanas mientras se peina con una pataíta, canta por la Niña Pastori. Pone
el puchero y la lavadora. Por las tardes vienen su madre y las primas, viven en
el mismo bloque, o se juntan en la plazuela. El padre de la Rebe vigila al
Cholo de cerca, lo lleva al mercado para ayudar a montar el puesto, echar un
ojo, ir a por los cafés. En cuanto puede, le suelta cincuenta pavos. Conoce el
paño, a su yerno le tiran la calle, la mierda y la panoja fácil. Eso se tiene
que acabar, como hay dios. Para la Rebe es un crio que no sabe manejar reglas
básicas. Ella tiene una misión, sacar adelante lo que venga, como hizo su
madre, su abuela y la madre de su abuela. Tradición.
El Lechuga no
molesta, no sale de la humareda instalada en su habitación. Le está cogiendo el
gusto al colacao caliente por las mañanas. Busca noticias de prensa en la red
sobre el abogado Moré, rastrea su historial con el cenicero lleno. La policía
puede llegar a su hermano sólo si se va de la boca. El Cholo está chinao pero
no es idiota. Aunque lo relacionen con el Toto, no sabe nada. Desde que la Rebe
vive en casa, anda más tranquilo, no se pone. Está bajo vigilancia familiar,
una condición para la boda. El Cholo no está enganchao a la farla, ni al
caballo. Se ha metido de todo, pero lo suyo son las pastillas y las cervezas.
Si la caga, se va todo a la mierda.
El Cholo
habla con un yayo en una esquina del Raval, a la espera de descargar una
furgoneta de bragas y calcetines. Carmen Balcells en la silla de ruedas, pasa a
su lado y para junto a una placa conmemorativa por descubrir. Hay un grupo de
autoridades. Maruja Torres llega con prisas a la inauguración de la plaza
recién terminada, un homenaje a su amigo. Le resulta desagradable, dura.
Asfalto, un hotel nuevo de doscientos euros la noche, cuatro árboles en
maceteros de hormigón. ¿Dónde se refugiarán las putas? Es estrafalario a Manolo
no le habría gustado.
El Cholo se aleja chino chano. Se pierde entre
vecinas, turistas, secretas y exploradores de safari social. En la calle del
Hospital se topa de morros con alguien familiar. Viven juntos, se ven poco. El
Lechuga rondando por ahí es raro. Está serio.
—Vamos a tomar unas frías, ahí a la vuelta.
—¿Qué pasa? ¿Se te ha acabao el fumeque?
—Te buscaba a ti, calamar.
Apoyados en la barra de un bar forman una estampa
anormal, no alternan juntos desde críos, cada uno es cada uno. El Lechuga no
marea, vacía medio tercio de un trago, acerca su cara a la de su hermano.
—El abogado ese no defendió nunca a ningún violador.
La reacción del Cholo es lenta. Se eriza, se
arremanga, mira al techo.
—¿Qué abogado?
Para el Lechuga es la respuesta correcta.
A diez minutos
Rambla arriba, en Canaletas, otra pareja y otro bar. Suñé mastica con cuidado,
tiene la dentadura mal puesta, ha pedido algo blandito, ensaladilla. Habla del
triplete, Guardiola y Messi. El Rubio no ha venido para eso.
—No tengo el dinero. Si no lo tengo no te lo puedo dar
y te quedas a verlas venir.
— No hay parné, no hay Carvalho, nene.
El Rubio bebe un trago de parcharán y chasca los
labios. Se le achinan los ojos.
—No me interesa Carvalho. Busco a Charo.
—¿Y a mi qué? No sé quién es esa.
—Sí sabes. Estuvo años viéndose con Rigalt i
Mataplana.
—No me líes. Carvalho y la puta son el mismo paquete.
A la edad del
Rubio es difícil cambiar. Desecha la idea de reventarle la cabeza contra la
barra. Ablanda el gesto.
—Si me cuentas algo te doy mil pavos.
Suñé ríe. No lo
toma en serio. El Rubio saca un sobre del bolsillo. Coloca la mano derecha
sobre el hombro del jubilado.
—Cógelo, te conviene.
Suñé abre el sobre tranquilo. Hay mil quinientos.
Calcula.
—Dóblalo y te cuento algo.
—Eres un perro muerto. Nadie te va a preguntar. Subo
mil y me planto.
Piden otra ronda. Suñe remolonea. Es un buen dinero.
Hecho.
—Conozco a todos los ojeadores del club. A los de
ahora y a los de antes. Ninguno conoce al tío ese. No viene del mundo del
futbol, no hay contrato suyo en las oficinas. Viaja mucho a México, a Grecia, a
Guinea, a Holanda…no para quieto y es de mi quinta. Hace veinte años Quimet
hablaba con Pujol en el palco de contratar al Carvalho para sus politiqueos.
Estoy seguro de que es él.
—Y... ¿Charo?
—Tuvo una tienda por el puerto, creo que cerró.
Ahora...Ni puta idea.
La vida de
Dolors mejora, ya no es dependiente. La recuperación ha ido bien, puede pasear,
ir al parque de los patos, leer en un banco. Para lo que da la pensión. No
necesita cuidadora ni se lo puede permitir, comparte el piso con Vania. La
guatemalteca habla una vez a la semana con su familia de Totonicapán, en la
Sierra Madre. Envía todos los meses el poco dinero que puede. De allá mandan
café. A Dolors, muerto su hermano, no le queda nadie. El Rubio está sentado
frente a ella en la cocina, le ha traído flores. Josep Guardiola revolucionó la
industria del café en el siglo XIX, al sur de Totonicapán. Regresó con una
fortuna a L'Aleixar y dejó a su viuda capital suficiente para financiar la
construcción de la Casa Milá, la Pedrera. El rubio, muy cafetero, lo toma
hirviendo. Esperaba sorprender a Dolors con su visita, la historia de Suñé
sobre Carvalho, la posibilidad de encontrar a Charo. Ha llegado tarde. Doña
Rosario, Charo, estuvo llorando sentada en la misma silla que él ahora, un mes
después de la muerte de Moré. Ha visto a Pepe dos veces en cinco años. Quimet
está senil en una residencia suiza. Biscuter la trata como a una reina, dice
que está a su disposición para lo que quiera. Le va muy bien, tiene un cochazo
y chófer. Llama todas las semanas para dar noticias de Pepiño y animarla un
poco.
El rubio se
despide deprimido con dos besos. Dolors lo coge de la mano y lo lleva a su
habitación. Primero un beso profundo con las manos en la nuca de un rubio
titubeante que flota como un astronauta de paseo. Segundo, desabrocharle la
camisa con calma. Tercero, una noche lenta. Cuarto, Dolors y el rubio felices,
dormidos, y derretidos como helados a la brasa. Al marchar el rubio se despidió
también de las cenizas de Moré.
La niña de la
Rebe no está bien, hubo problemas en el parto. El Cholo no quiso entrar al
paritorio, se quedó fuera con el Lechuga y la familia de la Rebe. Estaban de
guasa, vacilando al Cholo por cagón. La noticia se la dieron antes a él que a
ella. La médica dijo algo sobre falta de oxígeno, de secuelas cerebrales. No
podía hablar, miraba a los demás y los nervios lo agarraron fuerte. Se sentó
con la cabeza entre las piernas y la madre de la Rebe empezó a llorar.
Enseguida pasó a ver a su hija, la dejó dormir. La Rebe no sabía nada. Vieron a
la niña detrás de un cristal. Al Lechuga se le encogió el estómago y salió a la
calle frotándose los ojos. Encendió un pito, dio dos caladas, volvió a entrar.
Se acomodó al lado del Cholo con la mirada fija en la pared. La niña tenía la
vida jodida nada más nacer. La vida, una puta mierda. Se escuchó hablando al
Cholo.
—Hay que tirar palante como sea. No tenemos pa elegir.
No hubo contestación. El padre de la Rebe se arrancó.
—Mañana vente al mercao pronto. Vamos a necesitar
mucho dinero para la niña, habrá que gastar en médicos, tratamientos y
medicinas. A la Rebe déjala con la madre, ella sabe lo que hay que hacer. Vete
a dormir.
El Cholo no se
movió. Ya había decidido quedarse, esperar a que despertara la Rebe, volver a
ver a su hija, preguntar otra vez a la doctora.
—La Rebe está bien. La niña, viva. Habrá que
celebrarlo... ¿No, suegro? Tiene una nieta. Y tú, una sobrina.
Ciudad de México. Tonia ha pedido un atolito
caliente de chocolate para desayunar y olvidar la llamada de la jefa. Están
despedidos los dos. Por la expulsión de Cuba en setenta y dos horas y por lo
otro. La culpa fue del son, del ron y de Mendiño. Braulio, el agente retirado
de la inteligencia cubana hablaba mucho, comía más y bebía a la soviética. La
paladar estaba llena. Tonia aprendió que en el congrí vale todo, menos el
frijol negro. Eso es moros y cristianos. Nada más, no tuvo tiempo. Tiene que
volver, aunque sea en un pasado lejano o en un futuro barquito de vapor.
Según Braulio
la operación 77 de la Dirección de Inteligencia cubana en España, incluía a
María la portuguesa, Marieta. Un comando tenía orden de preparar el secuestro
del dictador Fulgencio Batista. Lo filmaron en Madrid y en Marbella. El momento
debía coincidir con el atraque en Málaga de un carguero de paso para La Habana.
Marieta se incorporó al operativo cuando el seguimiento estaba hecho y los
horarios controlados. Era la única con un encargo distinto, matar a Batista a
la primera oportunidad. No la tuvo, al dictador le dio un infarto en agosto de
1973. Chinolope puso en manos del viejo una caja con fotos de Sierra Maestra. Braulio
cogía cada fotografía con cuidado e interés, transportado a un tiempo perdido. Todas
despertaban mecanismos dormidos. Aparecían entre otras mujeres, las del pelotón
de combatientes, las Marianas. A la tercera cerveza la identificó sin ninguna
duda con un eureka y un trago largo. Marieta miraba a la cámara con dureza y
desconfianza, era la única del grupo que no sonreía. Tonia tradujo cansancio,
una juventud aplastada, ojeras, tensión acumulada en la postura y en el fusil.
Oyó disparos y gritos, olió dolor y sangre. Chinolope asentía grave, escondido detrás
de las gafas. La recordaba. Fuego y puro nervio, pólvora y rabia. Chinolope lo
recuerda todo recién revelado.
Mendiño
quiso celebrar el hallazgo como si acabara de descubrir el arroz con pollo.
Alguien sacó de la nada un tres para entretener turistas y empezó la
parrandera. El abuelo de inteligencia, Braulio, tenía voz montuna, sonsonete y un
repertorio infinito. Mendiño se las sabía todas. Fumaba un habano y berreaba
entusiasmado sin tono ni compás. Llegó el inevitable Lágrimas Negras, se unió
un bongosero de doce años, le metió candela y a Simón Mendiño le dio por
bailar. Bueno, bailar. Moverse espasmódico, como si le entrara tiritona. Con el
Chan-Chan juró amistad eterna al exagente, le soltó un billetal y pidió ron
para todos. Mendiño no tiene costumbre de beber, empezó a sudar y le entraron
ganas de meter la pata. Pasaba una musa murguera, agua de zanja, piel de vereda,
e imitó al guacamayo de Valle Inclán: ¡cubanita canela! ¡cubanita canela! Un claro
uso imprudente e incorrecto de la cita literaria, del diminutivo y de la
jodedera. Era una prieta de ochenta kilos y le sacaba dos cabezas.
—¿Qué tú vienes gritando comemierda?
Se organizó tremendo salpafuera. Chinolope y
el Conde se cagaron de risa al ver a Mendiño de puntillas
haciéndose el gallo. La terremoto le dio un tantarantán y las gafas salieron de
jonrón hasta la playa. Sentado en el suelo gritaba.
—¡Cuidado conmigo! ¡Que soy filólogo!
Se levantó
tambaleante antes de la cuenta y se puso en guardia con las manos altas para
proteger el mentón y los codos pegados al cuerpo. Sangraba como un gorrino.
Intentó un juego de piernas y otro papazo lo volvió a sentar. Tonia comía
chicharritas con una mano. Con la otra hacía visera para no ver el espectáculo.
Simón Mendiño, terco, insistía.
—¡Que soy medievalista! ¡no me hagas cabrear!
—¿Quieres más pan con lechón?
—¡Voluntades bélicas!
¡Coyundas angélicas!
¡Paces evangélicas!
Arbitraron Conde y Chinolope para evitar males
mayores. Sacaron a la calle a Mendiño ensangrentado y errático pero consciente.
Tenía un buen corte en el labio y la nariz rota. Pararon la hemorragia aplicándole
un pañuelo mojado con ron y lo pusieron a mirar las estrellas mano en alto.
Primero extendida, luego la cerró. Tonia recogió las gafas desguazadas de la
arena. El abuelo Braulio, impertérrito, seguía dando al tres. A mí me gusta que
baile Marieta. A Tonia se le ocurrió un solo de trompeta con sordina a
contrapelo, calculó que muchos cubanos podrían estar hartos de los turistas y del
son, y desechó la idea de Marieta y Carvalho bailando en Marianao la música del
Chori. Echó un ojo a las heridas de Mendiño. Nada grave, Simón, procura no
abrir la bocona.
Al salir de la
paladar en el destartalado barrio chino, Mendiño consideró oportuno ir a
conocer a la familia. El conductor de un almendrón pidió veinte pesos por
llevarlo a Miramar, Mendiño le dio el doble. Tonia no volvió a verlo hasta las
cuatro de la mañana en el hotel, esposado y acompañado por la policía. El supuesto
tío de Mendiño llevaba semanas preso. Trabajaba en un organismo del gobierno
vasco para la reconversión industrial y había hecho caer al vicepresidente
económico del gobierno y al ministro de exteriores. Su domicilio estaba bajo
vigilancia. Mendiño llegó a casa de sus primos, confundió los nombres y dio un
beso a la cocinera. Lo atendieron amables y cariñosos, desinfectaron los
cortes, lo vendaron, contaron historias familiares omitiendo la detención de su
padre, y tomaron café con pastelitos de guayaba encantados de haberse conocido.
Al despedirse le regalaron un álbum de fotos en el que aparecían un abuelo en
el centro gallego de La Habana, un bisabuelo de uniforme con galones, una tía
abuela de cien años y media docena de primos. Al salir lo detuvieron, en el
coche patrulla exigió que le leyeran sus derechos y un abogado. En la estación
de policía pidió ver al embajador, al ministro, al secretario general de las
naciones unidas y a Fidel. Despegaron las fotos del álbum y encontraron en el
reverso notas sobre los futuros cambios previstos en el gobierno cubano. El
funcionario aburrido y fumador que le interrogó tenía en su mano el pasaporte,
lo miró un buen rato. Mendiño pidió un cigarrillo. No se dio por aludido el inspector,
puso un folio en la máquina y empezó a teclear.
—¿Se llama Jose Alberto Daroca Sojuela?
—Sí, señor, a mi pesar.
—¿Quién es Simón Mendiño?
—Es mi nombre artístico, soy poeta.
—¿Los Mendiño son familia suya?
—Como si lo fueran, mi abuelo era gallego.
—Los Mendiño eran grandes propietarios antes de la
revolución. ¿A qué ha venido a Cuba?
—A buscar a Marieta. Una agente suya que podría
ayudarnos a encontrar a Pepe Carvalho, un detective privado que trabajo para la
CIA en los sesenta. Trabajo para la agencia literaria Balcells.
—¿A quién debía entregarle el álbum de fotos?
—A nadie, me lo regalaron mis primos.
—Entonces los Mendiño sí son familia suya… Todo parece
indicar que usted ha venido aquí para intentar recuperar sus propiedades en
caso de éxito de la contrarrevolución. Nacionalizamos todos los bienes de la
familia Mendiño.
—No, ya se lo he dicho. No soy familiar directo, no sé
nada de propiedades. Somos una familia sentimental, procedemos todos de la ría
de Vigo. Además yo vine antes de la revolución, en 1921 creo. Trabajé en una
clínica de la calle Jesús del Monte.
—¿Cómo dice?
—Llegué a Cuba ayer… “Ayer pasó el pasado con su
historia y su deshilachada incertidumbre, con su huella de espanto y de
reproche”. Si fuera izquierdista podría decir que soy dulcemente subversivo y
estoy en paz con mi conciencia. Lo primero es de Benedetti, lo segundo de Heberto
Padilla. Pero no puedo ser izquierdista, soy un trovador del siglo XIII. ¿Qué
le parece?
—¿Quiere que le rompan la cara dos veces en la misma
noche?
—Oiga, oiga… Yo no he elegido el curso sano y correcto
de la historia. Mire, con el tiempo que llevo en la isla ya tengo experiencia
suficiente para escribir un libro sobre el carácter cubano y su relación con el
socialismo. He traído una Leica apta para la luz del trópico y para el
subdesarrollo. He notado un puritanismo inevitable en la revolución, falta de
libertad sexual, un divorcio entre la realidad y la práctica.
Le dieron un par de burocráticas galúas,
bofetadas al cambio, sin mucho énfasis, y llegaron a algunas conclusiones; Un
viajero español majarón, ridículo y diletante, que solo puede traer problemas
con la embajada y el gobierno español. El superior de guardia dictó sentencia.
—¡Al poeta despídanlo! Ese no tiene aquí nada que
hacer. No entra en el juego. Denle puerta, detengan a los primos.
—Ha tenido mucha suerte, señor Simón, o José Alberto,
o como se llame, nos da igual. Los cambios en el gobierno que pretendieron
filtrar sus primos, o lo que sean, están publicados en el New York Times desde
ayer. Tiene que salir del país en 24 horas.
Los funcionarios lo llevaron al hotel para que
pagara la factura, recogiera sus cosas e informara a su acompañante. Después lo
llevaron al aeropuerto para embarcarlo en el primer vuelo. Tonia iba detrás,
insistiendo en que el destino fuera México, podrían entrar como turistas. Había conseguido de madrugada información
fiable del exagente Braulio. Con ochenta años pretendía camelarla con boleros y
exprimirla como turista con divisas. El tresero tuvo un detalle con ella y con
el gallego que le dio el guaniquiqui necesario para comprar un refrigerador de
segunda mano. Carvalho desertó de la CIA y salió de EE. UU. por El Paso con
Marieta en Ciudad Juárez, al otro lado de la frontera, trabajando para la
inteligencia cubana. Coincidieron en el tiempo, en el espacio y en la
profesión, pudo haber contacto. Lo que pudo haber sido, fue. Conde le dio a
Tonia un abrazo cálido de despedida y el número en el DF de Héctor Belascoarán
Shayne, el detective que se inventó Paco Ignacio Taibo en “Días de combate”.
Chinolope le hizo una instantánea azarosa y se la regaló. Un tesoro difuminado
y nocturno que Tonia conservaría. No veía su figura relajada, apoyada en la
mesa con gesto distraído. Veía el otro lado, al fotógrafo oriental empeñado en
sobrevivir a recuerdos, tierras, luces y fantasmas.
Las habitaciones de Tonia y Mendiño en el
hotel mexicano tienen plantas carnosas, vistas al Popocatéptl, una enorme
pantalla de televisión, wifi, mueble bar, jacuzzi y un regalo de bienvenida.
Una bala de plata en cada almohada.
Sin otra vida que el sentir del
tiempo (XIII)
Despertar
al patrón de la siesta con una mala noticia puede ser peligroso. Cuando tiene la pistola en
la mesita, al lado de una botella vacía de mezcal, es jugar a la ruleta rusa.
—Pinche cabrón, chingue a su madre...
En México el apocalipsis bíblico es una
pendejada, cuentos para niños. Ni en el antiguo ni en el nuevo testamento se
menciona a los españoles a caballo o a la embajada de los EE. UU. Hace siglos
que los mexicanos viven el postapocalipsis todas las mañanas.
—la parejita de españoles está en el DF, patroncito.
—Mátenlos.
—¿A Belascoarán también?
—A todos. Mátenlos a todos.
—No se puede, patrón.
—No sea culero, güey. No se va a poder. Mátenlos a
chingadazos esta misma noche.
—No, patroncito, ni modo.
—¿Por qué cabrón? ¿Para eso me despertaste?
—Su madre no quiere.
Mendiño está pletórico. Le ha llamado su
mujer, no quiere volver a verlo, se quiere divorciar. Él también. La jefa ha
descubierto su secreto. Intenta contárselo a Tonia que no tiene cuerpo, ni
presencia de ánimo, para soportar al filólogo poniendo ojitos mientras la
abrasa con el siglo de oro. Mendiño pretende encontrarse con Belascoarán. Tonia
se despide, ahí te quedas. Suerte Mendiño, hasta otra.
Ahora qué. Despedida. Y ahora qué. Llama a
casa para oír la voz de su madre, quiere tranquilizarla y que la tranquilice.
En Barcelona llueve, Nana va en el autobús. No le dice que les
han echado de Cuba, no cuenta la llamada de la jefa, no habla del bajón, no
menciona la amenaza. Todo está bien, sí, ha comido. No, ningún
problema. Hace muy bueno, la isla es preciosa. Sí, vuelve pronto. Besos.
Corte. El distrito federal. Sale a la calle, la vida explota.
Tonia habla con la Nuri, le cuenta
todo despacito. La Nuri tacha días, Osorio sigue con los
trámites, rellena cuestionarios, hace visitas. Eso ahora
no importa, quiere saber cómo está ella, qué planes
tiene. Escucha. Tonia se explica, tiene miedo y dudas, no
le gusta que la empujen. Irse o quedarse, moverse o ser movida. Podría
volver a casa, a la rutina agradable construida con esfuerzo y suerte, romperla
con sorpresas, andar en bici por Barcelona sin prisa, pasar la tarde con
ella de risas, picando algo y viendo pelis, tocar el
violín sin exámenes, divagar con Malik en la playa mientras
él fuma un petardo y el humo azul los envuelve. Desayunar con su
madre cuando llega cansada del hospital y despotrica. Preguntar a su
padre para que se haga un lio y se invente palabras. Tiene que buscar
trabajo, no va a encontrar un chollo como el de la
agencia. Podría no volver a casa, alargar el viaje, comprar un
mapa, ir hacia el sur, gastar el poco dinero que le queda. Le atrae el nombre
de un destino a seiscientos kilómetros: Puerto Escondido. La Nuri
aprueba la moción, ánimo Tonia, no lo pienses más. Ten cuidado con los piratas,
no comas pulpo crudo ni bebas agua del mar.
Puerto Escondido, Salina Cruz, Tuxtla
Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas. Esa es la ruta. Al sur primero, a
oriente después. Toma todas las precauciones posibles para salir del DF
sin dejar rastro, taxis, autobuses, tren, caminata. A las pocas horas de
llegar a Puerto Escondido vuelve a su ser, la calma inquieta. En
el hotel necesitan personal, estarían encantados de contratar a una joven
políglota y ofrecen buenas condiciones. La oferta apaga demonios
interiores que pronosticaban un futuro inestable. No le interesa, de
momento. Es traductora, lo seguirá siendo, siempre podrá encontrar a
alguien con la necesidad de interpretar códigos de otros.
En Puerto Escondido los
turistas pasean por las calles del centro. Surfistas
gringos a la búsqueda de olas gigantes, europeos avistadores de
ballenas, nacionales con pesos, amigos de la vida nocturna. Tonia se los
cruza en la Avenida del Morro, hay vuelos desde Houston y Los Ángeles. El
hotel Casa Negra, en la playa Zicatela, al otro lado de la bahía,
tiene tres estrellas y ronda los cuarenta euros la noche. No escuchar el
parloteo de Mendiño a todas horas, la soledad, no tiene precio. Compra en la
calle un taco y un refresco, pasea entre los puestos de comida y artesanía
frente a las olas del Pacífico. Oscurece. Vuelve al hotel para acostarse pronto
y salir temprano al día siguiente. La están esperando. El recepcionista alterado
añade confuso otra posibilidad a la oferta de trabajo. Una emisora
nacional de radio necesita con urgencia intérpretes de alemán e italiano.
Un alto directivo, el mero, mero, está en el bar, ha pagado
la habitación. La respuesta es no. En segundos aparece el ejecutivo
trajeado. Se dirige a ella con simpatía de plástico. Es, por lo
visto y sus explicaciones, un exlocutor dinámico, reconvertido en
experto modernizador de radio fórmulas caducadas. Engola la voz como si fuera a
presentar una balada bien pedorra.
—Qué gusto conocerte. Me llamo Vilasio Regulero, a tu
disposición para lo que necesites. Me han dicho los amigos del hotel que
también eres española. Yo soy de Valladolid.
—No, no soy española y no me interesa el trabajo.
—Mujer, no seas así, escúchame por lo menos. ¿De dónde
eres entonces?
—De un barrio turco.
A Tonia le parece que el engominado con
cara de culo exagera la sonrisa torcida de cartón y cocaína. Una
interpretación muy poco convincente. Parece acostumbrado a que
lo atiendan y a que las respuestas a sus preguntas sean afirmativas.
—Necesitamos una traductora. Han venido inversores
europeos al superdesafío mundial del surf. La paga es buena y el trabajo fácil.
Te va a encantar.
—Los inversores europeos hablan inglés. Tú
hablas inglés. Me voy a dormir.
Lleva un traje caro, mira un reloj caro, enciende
un cigarrillo caro con un mechero caro.
—Consúltalo con la almohada. Mañana me comentas.
Tonia
para en seco. Desde que llegó a México está muy susceptible a las
almohadas. En un minuto recoge la mochila de la habitación e intenta salir del
hotel a la carrera. Hay vigilancia en la puerta, Regulero y otro. En la
puerta de atrás otra pareja. Mantiene la calma, se coloca un andante
ma non troppo en el metrónomo cerebral y rebusca en la mochila. Sube al
último piso y en el pasillo pega fuego al libro que
tiene a mano rompiendo las primeras páginas. “En el camino”,
Kerouac. Lo coloca ardiendo entre el carrito de
sábanas y las cortinas y vuelve a la habitación. El humo
empieza a oler, salta la alarma. Gritos y carreras, evacuación. La
gente en la calle se arremolina, el fuego se extiende. Llega primero la
policía, enseguida los bomberos. Tonia se mezcla en el jaleo, dobla la
primera esquina y corre. No tarda en perderse por calles de
tierra en dirección opuesta a las luces. Deja a su espalda las últimas
casas. Sigue, pone distancia, sigue, más. Es noche cerrada, no hay
luna, ni almohadas, no oye ladrar los perros. El llano en llamas.
Palmeras, higuerillas y otras especies que no reconoce. Está en
Arroyo Seco.
Abrió una bolsa de cacahuetes sentada en el
suelo y colocó la mochila entre su espalda y los pinchos de un árbol que no
sabía nombrar, un pochote. Tiene miedo, debería coger un puto avión y salir del
país. No quiere aparecer en las noticias locales. Salir de Puerto
Escondido hacia Salina Cruz cuanto antes, sin ser identificada, plantea algunos
inconvenientes de logística. Bebió agua de un botellín de plástico y se
perdió en las estrellas.
Al raso, sin dormir, alterada, pasó una noche
húmeda y calurosa. Clareaba cuando tomó una brecha de tierra y anduvo algo más
de un kilómetro hasta el cerro de la Vieja, al final de la colonia San Miguel.
Se topó en un cruce de caminos solitario con un pequeño edificio de una planta,
pintado de azul maya: Abarrotes Baizabal. La joven que atendía la tiendita fue
una bendición de los dioses prehispánicos. Tonia preguntó, se dejó aconsejar.
La mamá estaba haciendo tejate, harina de maíz, granos de cacao, semillas de
mamey, flor del cacao, agua fría. Le dieron una probadita. Pidió una
jícara llena y unas galletas. Para el camino un itacate con botanas, aguacates
y plátanos. Pudo cargar la batería del celular y conversar, se explicó, tenía
problemas. Si podía confiar en alguien a miles de kilómetros de su casa, era en
aquella chica tranquila y amistosa que hablaba con voz dulce y acento
cantadito. Necesitaba pasar desapercibida, le andaban detrás. La chamuca lo vio
como soplar y hacer botellas para una turista morena con varo
disponible que habla español. Unos pocos cambios en el peinado y la
indumentaria, un par de consejos. Pasaría por local. Mezclada con la
gente no llamaría la atención.
—¿Los mataron ya?
—No, patroncito. No se puede.
—A la verga huevón. Pues... ¿Qué pasó?
—Les andan detrás unos comisarios españoles. Dice
Regulero que esa bronca es suya con la embajada.
—Me vale madre Regulero. Le cortan los cojones, me los
ponen molidos en un taco bien picoso de chapulínes con tasajo y se lo llevan
para el almuerzo al embajador. ¿Oyó lo que le digo?
—No se puede patroncito. No quedan chapulines.
En el
Distrito Federal Mendiño no se ubica, es enorme. La avenida Insurgentes que
recorre en taxi llegaría de Vigo a Pontevedra. Antes de llamar a Belascoarán y
ponerse bajo su protección, quiere conocer tres lugares emblemáticos de la
capital. Por motivos profesionales la histórica UNAM, Universidad Autónoma
de México, donde contempla matricularse en metaliteratura comparada y no volver
a España, los estudios Churubusco por fetichismo cinéfilo, y por amor al arte
y la tranquilidad Tepito, el barrio bohemio, donde busca hospedaje por
recomendación de los compañeros de la agencia. Solitario, despistado y apoyado
en una maleta de ruedas, plantado en medio de los concurridos puestos de un
mercadillo gigante, o tianguis en el habla local, salpicado de altarcitos del
culto a la Buena Muerte, tiene algunas dudas. Preguntó a los transeúntes por
cualquier forma de alojamiento, no encontró respuesta. En algunas
paredes pudo contemplar muestras callejeras del luminoso arte
muralista mexicano, de insigne tradición y una notable eficacia
expresiva. Encontró un muro con un homenaje multicolor a
las Siete
Cabronas, siete mujeres tepitenses relevantes y no pudo evitar
fotografiarlo con su flamante Leica de titanio. Un hombre de mediana
edad con estimables tatuajes de influencia neocarcelaria en la cara, el cráneo
rapado, el ojo derecho amoratado y una sola pierna, dijo llamarse Sixto y se
ofreció a ayudarlo.
Conocía
en un apartado callejón adyacente a una mujer viuda y necesitada que alquilaba
habitaciones a turistas confusos. Aseguró no tener inconveniente en
acompañarlo. En agradecimiento Mendiño decidió invitarlo a un
pitillo, a comer unos tacos de hígado que se olían cercanos y a brindar
con unos vasos de licuachela por su suerte y el feliz encuentro. Al
hombre le seguía un perro flaco tricolor con una mirada tan inteligente que asombró
a Simón Mendiño. Le recordaba a un eminente catedrático de teología de
Salamanca. No pudo evitar dar unas pinceladas históricas a su nuevo amigo Sixto
y a su mascota.
—habéis de saber Sixto y la compañía, que el último rey
azteca resistió más de noventa días el asedio de Hernán Cortés en Tepito.
Cuauhtémoc defendió Tenochtitlan sin saber que sería el lugar de Los olvidados,
Paquita la del Barrio, el Santo y…
—Estás bien chistoso
güero, requetesimpático. Pero ten
cuidado, hay unos vatos que te traen en la mira, parecen tiras.
Simón Mendiño tradujo al gallego la
sugerencia y se fijó en los bultos sospechosos que el chucho marcaba a treinta
pasos con las orejas y el rabo de punta. Puso veinte dólares en la mano de
Sixto y le dio las gracias por la prudente observación. El perro acentuó una
suplicante mirada al volver junto a su dueño, el filólogo cedió. Al taco de
hígado le quedaba un último bocado. Se agachó Simón, puso el pedazo en la boca
del animal y aprovechó el movimiento para escabullirse, agarrado a la maleta,
por debajo de un tablero con mercancía. El puesto se desmoronó, le cubrieron
pantalones, bolsos y camisetas. El perro académico ladró poseído a
los policías, otro chucho se sumó aullando al concierto. Sixto aprovechó
el momento para empujar a Mendinho junto a una caseta y sacarlo del campo de
visión. Apareció detrás de los puestos, en una callejuela
lateral desierta. Despacito, tirando de la maleta rodante dejó atrás el
jaleo, el perro académico le siguió. Pudieron llegar a una plaza de
intenso color proletario y esconderse entre una pared y un camión con varios
trabajadores medio dormidos, acomodados en la caja. Púsose Simón recitativo y
le acudieron al entendimiento unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz:
“En
perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te
ofendo, cuando sólo intento
poner
bellezas en mi entendimiento
y no mi
entendimiento en las bellezas”
El perro con su sabiduría natural le daba
la razón moviendo la cabeza. Entablaron conversación y Mendiño se explayó. No
conozco a nadie en estas tierras peludo amigo. Encendió un cigarrillo. Me
encuentro perdido y desamparado, privado de mi identidad. Mi mujer ha
descubierto la verdad. No soy gallego, soy de Logroño. Ahí ladró el animal. Todo
es mentira. No soy filólogo, ni medievalista, no me apellido Mendiño, ni
siquiera me llamo Simón. El perro olisqueó atento, levantó una pata en una rueda
y meó el camión. Soy ingeniero informático, que se dice pronto, pasé la carrera
dándole a “Dragones y Mazmorras” y otros juegos de rol con los compañeros de
piso y nunca volví a mi ser. Ser o no ser, ya ves tú que tontería. Empecé con
roles fáciles, me fui implicando y algunos personajes me absorbían.
Dejó
pasar el tiempo que creyó necesario, dos cigarrillos y un botellín de agua,
antes de incorporarse a la marea humana de la calle principal. Siguió la
corriente, compró cosas para él y para el perro. Le invitó a salchichas y
continuó la conversación. Pues eso, cayó en mis manos un libro de Manuel
Vázquez Montalbán, Erec y Enide, y de ahí salió todo. Mendiño es un trovador
gallego del siglo XIII que nació en la isla de San Simón, en la ría de Vigo.
Fue campo de concentración durante la guerra civil. Allí estuvo preso mi abuelo,
un republicano nacionalista que en cuanto pudo se exilió, mi padre nació en el
Perú y se instaló en Logroño al morir cerillita, luego me fui a vivir a
Barcelona. Falsifiqué mi currículum, me inventé familiares, estudié latín y
volví a las noches en vela leyendo y fumando. Cuando el tiempo me alcanzó,
Simón Mendiño tenía novia, trabajo, hipoteca y cuenta en el banco. El perro
ladeó la cabeza y, transmutado en gato, se frotó contra sus piernas. El
tepitense lo acompañó hasta la frontera del barrio. Mendiño le dio la última
salchicha, la última caricia y siguió su camino desorientado. Nota poco a poco
los cambios urbanísticos al adentrarse en el centro histórico. A los veinte
minutos de acarreo llegó, sorprendido por la cercanía, al Zócalo. Ahí sí
encontró hospedaje.
Instalado en su confortable habitación,
cenado, duchado, masturbado, bebido y fumado, Simón llamó a Héctor Belascoarán.
En mala hora, las cuatro de la mañana. Belascoarán leía en su oficina “El
arte de la fuga”, de Sergio Pitol, con el ojo útil lloroso por el humo
del penúltimo Delicados del paquete. Buscaba una salida al trabajo de
ser un solitario por correspondencia.
—¿Bueno?
—¿Don Héctor Belascoarán Shayne?
—Acento gallego... ¿Desde dónde llama? ¿Ha oído
hablar de la diferencia horaria?
—Sí, por supuesto. En 1884 se inventaron los husos
horarios, la zona entre dos meridianos. Al ir hacia el oeste retrocedemos una
hora por cada huso horario. ¿Por qué? ¿está interesado en la rotación de la
tierra?
—Mucho. Si no amaneciera aumentaría el caos en el DF y
no me queda cocacola.
—No se preocupe por eso, es imposible. La cocacola
llega a todos los lados.
—No ha visto las obras del metro…oiga ¿ha llamado para
platicar al pedo?
—No. Me dio su teléfono en Cuba Mario Conde. Dijo que
podría ayudarme. Me están persiguiendo.
Belascoarán envió el
cerebro en un vuelo de la Pan-Am a La Habana, recordó al expolicía, su nuevo
trabajo vendiendo libros usados, la nota que había recibido y la barba del Che.
Se pasó la mano por la suya.
—Quieren matarlo.
—Exacto. ¿Se lo ha dicho él? ¿Cómo lo sabe?
—La gente siempre quiere matar a los que llaman a las
cuatro de la mañana. Si me dice dónde está y es cerca, puedo matarlo yo
mismo.
—Estoy en el DF, pero tendrá que darme en la cabeza. En
Tepito me han vendido un chaleco antibalas de segunda mano de excelente
calidad. Al anterior propietario, un médico que casi no lo usaba,
lo envenenaron.
El veneno, como todo, es cuestión de dosis. Tonia
viaja dándole al chicozapote, una fruta dulce que sabe a caramelo y alternando la
lectura de una novela con el paisaje nuboso. Al llegar a San Cristóbal de Las
Casas baja del autobús cansada. ¿Qué ocurrió aquí? “Después de la Revolución sobrevino
otra revolución en minúscula”. Los indígenas. Los indios que no son indios
porque esto no es la India y no lo sabía Colón, ni el General Custer.
Paramilitares teledirigidos por el PRI
asesinaron a cuarenta y cinco indígenas en Acteal en 1997. El entonces
subcomandante Marcos ya había invitado a Montalbán a visitar Chiapas. No tardó
en presentarse en “La Realidad”, montando a caballo por primera vez en su vida,
a través de la selva. Escribió un libro que tituló “Marcos: el señor de los
espejos”. Don Vázquez Montalbán eligió a Marcos “porque forma parte de
un sujeto histórico de cambio realmente existente: el globalizado frente al
globalizador”. Tiene mensajes de Mendiño, no los ha leído. Tonia volverá a
Barcelona con el olor de la leña en el comal, el rico chilito y los muertos
vivos de Comala pululando en su cabeza. Un México literario y
realista con montañas azules, puertos escondidos, rebeldes
insurgentes. Protagonistas: Las mujeres morenas que cargan la
historia en su espalda para hacerla avanzar por los senderos de la selva o por
las calles olvidadas en las guías de las monedas fuertes. Tonia
solo quiere caminar. Vagar sin norte, mezclarse, compartir unos tacos,
algunas palabras y ya. Llama Mendiño, celular a la basura. Suenan marimbas en
el parque.
Si en
Tepito no le hubieran vendido un chaleco antibalas a Mendiño ahora tendría
siete agujeros. Lo cazaron a la puerta de la oficina compartida de
Belascoarán, que escuchó primero el frenazo de un auto, luego la balacera y al
final el acelerón de la escapada con ruido de quemar llanta. Bajó a la carrera
y ahí estaba Mendiño, hecho un ovillo en la banqueta. Se reía medio pendejo con
la respiración cortada, antes de vomitar y desmayarse. Al despertar en el
hospital le volvió la risa tonta contando los impactos, convertidos
en moratones, en el pecho y el abdomen. Ay que vida tan amarga. Quíteme dios
esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero. Héctor
Belascoarán Shayne estudiaba al espécimen encamado como un entomólogo. Ha sido
un don de los dioses, repetía el convaleciente. Belascoarán no estaba tan
optimista, es mexicano. Si el gallego era un objetivo lo seguía siendo, y en
cualquier momento podrían volver a intentarlo. Si las balas no habían servido
encontrarían la manera. Era urgente salir rápido y buscar un lugar seguro. Si
te andan detrás con artillería es aconsejable esconderse. Belascoarán decidió
como primera medida salir de la ciudad. Mendiño dolorido, sentado junto a la
puerta de una cantina en el barrio de La Merced, en el que se supone que el
bullicio les oculta, ha pedido vino y enchiladas de pollo. Belascoarán refresco
de cola, carnes frías y mole poblano. El gabinete de crisis intenta tomar una
decisión. El detective pretende enterarse de quienes son los perseguidores y el
motivo de su simpatía por el gallego. Las explicaciones de Mendiño son
confusas, sobre todo cuando habla con la boca llena. La historia que cuenta
incluye Cuba, balas de plata en el hotel y un chingo de gente, policías,
espías, escritores, agentes literarios, detectives desaparecidos, cubanitas
canela...Prefiere Belascoarán pedir tiempo muerto, ayuda y protección.
¿Quién podría evitar el
funeral al gallego y averiguar quiénes son sus amistades? El zurdo Mendieta.
Dos billetes a Culiacán, por favor. Paga el señor Mendiño.
Destruidas ventanas (XIV)
Tonia en San Cristóbal de Las
Casas es turista, está allí porque quiere. En el momento inicial del movimiento
zapatista los clientes del balneario europeo llamaron a eso turismo
revolucionario. Gobernaba el PRI, se firmaron tratados de libre comercio con EE.
UU y se privatizaron empresas estatales. La historia se había acabado, la
democracia y el capitalismo eran matrimonio, tenían un anillo con una
fecha por dentro. Derrotado el mal soviético, el futuro era un crecimiento
económico continuo gracias a los dioses del mercado. La memoria dejaba de tener
sentido. Se decretó la “libertad duradera” y la “justicia infinita”.
Perico, al que dicen el negro, acompaña a Tonia por la orilla del río
Amarillo. Es amable, buen escuchador y narrador. Le cuenta que los
federales lo buscaron por participar en la organización de una huelga en los
cafetales de Palenque. No lo encontraron y se fueron a por su hermana. La
mutilaron. No ha vuelto al pueblo. Vive de vender a los turistas artesanía
de madera. Ayer hubo tiros en San Cristóbal de Las Casas, hombres armados
tomaron el control de un cruce y mataron a un comerciante. En un puesto de
tacos Perico pregunta por Barcelona. Cómo es vivir en Europa, si tiene miedo
cuando sale a la calle. Tonia no sabe qué contestar. México es rudo, hay muchas
armas y pobreza. Europa es rica, deslocaliza la violencia. Los miedos son
otros. A Moré lo mataron en su casa. Perico vuelve a preguntar.
—¿Por qué lo
mataron?
Tonia se sorprende al contestar.
—No lo
sé. Buscaba a un desaparecido.
No lo sabe. Al morder el taco de huitlacoche,
un hongo del maíz, algo hace contacto entre el cerebro y el sabor a tierra
húmeda.
En un vuelo de Aeroméxico, Héctor Belascoarán no acaba de entender el
problema de su compañero de asiento, ni porqué recita versos de Amado
Nervo mirando rígido por la ventanilla. Mendiño está del lado del ojo chungo
del mexicano y no hay comunicación visual. Cuando pasa a José Emilio Pacheco,
le extraña todavía más.
—¿Qué onda,
gallego?
—Mi repertorio
de poetas mexicanos es muy limitado. Me temo que tendré que recitar a Jaime
Sabines. También puedo recitar entera la antología rota de León Felipe, que no
era mexicano pero casi. Lo que no puedo es callarme.
Belascoarán giró el cuello para
ampliar su campo de visión e intentar hacerse una composición de lugar sobre el
nerviosismo y la declamación deficiente de Mendiño. Levantó el brazo en un
ángulo de cuarenta y cinco grados y le atizó un golpe seco en la
mandíbula. Lo despertó de una colleja al llegar a Culiacán.
—¿Durmió bien
el recitador?
Territorio
Mendieta. En algún lugar de la capital sinaloense suena en el celular el
séptimo de caballería. Órale mi zurdo, le traigo a un gallego pendejo para que
me lo repare. Cómo no, carnal, a sus órdenes, mi detective, pues ni qué. Habrá
que darle de comer, viene de la ría de Vigo, compadre, allá no saben del
ceviche. Ah, pues bien, que conozca el pescado del pacífico. Media hora y los
espero en El Serru, en Constituyentes. Taxi con música. Mendiño recuperaba
la conciencia de divorciado mirando las morritas culichis por la ventanilla.
Intentaba recordar qué lo había llevado hasta allí. Carvalho. Un avión que se
apagó sin saber por qué. Belascoarán fumaba sin ofrecer. Encendió Simón un
cigarro y se mezclaron los humos. Pinche gallego, su tabaco apesta, qué calor,
cuarenta grados y lleva el chaleco puesto. Mendiño se censuró una conferencia
al taxista por el dolor mandibular. ¿Qué hacemos aquí, detective? Mire gallego,
si lo quieren escabechar y no sabe por qué, habrá que preguntar a los reyes del
escabeche, el zurdo Mendieta los conoce mejor que nadie. Pueden pasar dos
cosas, que nos expliquen o que lo tiren encobijado en la Costerita. No creo,
llevamos un rato en la ciudad. Si lo tuvieran en la agenda no habría pasado del
primer semáforo. Me calma, detective. Mucho. Haga el favor de no aplicarme más
tranquilizantes, ahorran la angustia del vuelo, pero humillan. Sepa que un
filólogo medievalista de mi estirpe tiene su corazoncito.
Ande a cagar, licenciado. Eso le pasa por recitar cuando no debe.
Acá llegamos.
En el Serru recomiendan los callos de robalo y el aguachile de camarón.
Robaliza para el galego y vino blanco. Local lleno. Con la cocacola de
Belascoarán llega el zurdo. Pues ¿Qué pasó? ¿Cómo le va a mi chilango
preferido? Todo bien mi zurdo, éste es el gallego, me lo balacearon en la
puerta del despacho, Simón Mendiño. Encantado señor, disfrute de la visita.
Gracias, seguro que sí. Suena la caballería, Mendieta apaga el celular. Taco de
camarón y agua de tamarindo. Pues no más queremos saber por qué lo quieren
matar y quienes, mi zurdo. Si es posible, mientras respire. Viene amenazado y
en el DF no lo achicharraron por ese chaleco que trae puesto el muy pendejo.
Llegó buscando al detective Pepe Carvalho. Lo expulsaron de Cuba y el
Conde me pidió el favor. Claro, un paro al Conde, güey, me apunto. Checaré por
ahí. La neta es que Pepe Carvalho pasó por la CIA, mi zurdo, y desapareció
en Ciudad Juarez. Perdonen caballeros, no es por interrumpir, pero querría
agregar algunos datos. Todo viene de la agencia Carmen Balcells. Puede tener su
importancia. Ah pues sí, tienen un chingo de dinero. Es la agencia de los
autores del boom y del mismo Rulfo. Bueno, pues si puedo les cumplo. Un par de
días.
Corrió el tiempo al vuelo. El Zurdo hizo una llamada, consultó
datos oficiales, pagó algo a cuenta del gallego y acabó en una
capillita fronteriza abandonada, de charla con
un gringo viejo que lo avisó; si alguien busca a Carvalho se está
metiendo en un charco. Nosotros lo buscamos también y no nos gustan los
competidores. Belascoarán y Mendiño la pasaron bien por ahí en el entretanto,
chupando huesos, levantando tortillas y visitando tabernas en barrios de obra
negra.
Pues sí, como les estaba diciendo,
Marieta Montoya era muy conocida en Ciudad Juárez, una cabrona y
media que trabajaba para los cubanos y los soviéticos. Esperaba en la
frontera a los que venían señaladitos y se los chingaba. A algunos los hubiera
matado gratis. Carvalho era de la CIA, capaz que estaba en su índice, lo tuvo
una semana atado a una silla a pan y agua. Acabaron revolcándose, cocinaron un
bacalao à Brás y a los postres decidieron matar a Franco. El pinche general
estaba ya para morirse sin ayuda y La Habana lo descartó, la prioridad era
Batista. Prueben los tamales barbones y el chilorio, ahora viene lo bueno. Más
cerveza, qué calor, órale. La cosa es así, dicen que la pareja acabó mal y se
despidieron a los tiros. Los dos vaciaron los cargadores a diez metros y ni
modo, no se tocaron un pelo. Hay amores pendejos. Y tanto, amigo Mendieta, qué
razón tiene. Estoy en trance de divorcio, sé lo que me digo. Podría recitarle
un soneto de Quevedo muy al caso, pero me abstendré, al amigo Belascoarán no le
agrada la poesía. No me recite gallego, no me recite y no me eche el humo de su
tabaco apestoso. Marieta Montoya necesitaba desaparecer cuando cayó
la URSS, los gringos pagaban cien mil dólares por su cabeza. Fue a Barcelona y
pidió ayuda a Carvalho. Se perdió en un pueblo de Alicante. Los
gringos los buscan a los dos. Es todo lo que sé. Exquisito el aguachile
señor Mendieta, muchas gracias por la información. ¿Gracias? No, gallego, me
vale verga su gratitud, aquí nadie habla gratis. El Conde y Belascoarán
son colegas, lo suyo va con factura, un sobre de color manila, bien gordo
y lleno. Si pretende salir de México le va a salir barato, lo quieren muertito.
Dos policías españoles llegaron al DF en el mismo avión que usted y la
chaparrita que se hizo humo, cómo la ve. Los tiene ahí fuera, cociéndose al sol
en ese carro de la esquina los muy pendejos. Hasta los plebes
saben qué son. Unos comisarios españoles jodieron a
Pemex en la compra de Repsol. Hay quien perdió mucha lana. Esto no va
a quedar así. Bueno, mi zurdo, ¿entonces qué? ¿lo sacamos del país? Ni se
muevan, mientras estén en Culiacán están seguros. Vayan a la playa,
diviértanse. Pronto tendré novedades.
El Mudo, el comisario más cercano a Salmorejo bebe tequila con sal y
limón. Regulero hace rayas procesionarias en la mesita del reservado, llega la
mañanita. La gitana les ha vuelto a tomar el pelo, no es la primera vez que
deja rastros falsos de Carvalho. Las apuestas policiales están igualadas, para
unos Carvalho se jubiló al salir de la cárcel, otros aseguran que hace encargos
para los chinos. La tercera opción da a Carvalho por muerto y señala a María la
portuguesa como heredera del archivo. El Mudo es el único disidente. Para él
Pepe Carvalho y María Larios son la misma persona, la rosa de Alejandría,
colorada de noche, blanca de día. En el reparto de funciones Regulero se
encarga de Tonia. Mendiño es cosa del Mudo. Es consciente de que no es bien
recibido en México, no hace falta ser un lince ibérico. Regulero lleva tiempo
en el país y ha tenido su esquinita de poder. Eso hace amigos y enemigos.
La
anciana envuelta en andrajos que se acercó a Tonia cuando salía de la pulquería
con Perico el negro, insistió en leerle la mano. La miró a los ojos y habló en
alemán. Tonia vio una catarata, oyó una perfecta pronunciación y olió claveles
y rosas. Era su última noche en San Cristóbal.
—Calla y escucha, Tonia. Soy la Mari, María, Marieta,
la gitana o la portuguesa, como más te guste. Veo tu futuro negro. No vayas al
hotel, sube a ese taxi, vete a Tuxtla Gutiérrez y sal en el primer
vuelo. No necesitas saber nada más.
La traductora no pestañeó. Empezó a caer
una lloviznita fresca. La frágil mujer hecha de
barro seco podría disolverse, fluir hacia el rio por la vereda y
desaparecer.
—Prefiero decidir yo, si no le parece mal. Tengo
planes para esta noche. Se lo agradezco igual, tomaré precauciones. La
están buscando. A usted y a Carvalho.
La portuguesa levantó la mano con esfuerzo y
el taxi se acercó al ralentí. Al volante una milpera cúbica con una
brillante cola de caballo se bajó despacio y abrió la puerta. Marieta
hizo un gesto con la cabeza y se pasó al español.
—No me hables de Carvalho. Adentro. Los dos.
La
pistola negra en la mano temblorosa de Marieta, una mirada atómica y
la conductora a los empujones, borraron las dudas.
A más
de dos mil kilómetros, en Culiacán, Sinaloa, el zurdo Mendieta escucha
molido y atrabancado al psiquiatra, su único flotador de emergencia
sin alcohol. Pasa la depresión con las uñas, le agrede en la memoria un cura
abusador. Han desaparecido para siempre su ciudad compartida y provinciana, la
invitación a un raspado por aprobar el curso, los domingos confiados en el
obregonazo, cerca de La Lomita. Le queda el cine con palomitas y Coca-cola, el
apartamento en la Col-Pop, la carne con papas que le deja preparada Ger para
calentar en el micro, la agente Gris Toledo y el rock setentero en el estéreo.
El resto de su vida es matazón, encobijados y fierros escupiendo plomazos. El
zurdo sabe que el psiquiatra no existe, ni su pasado. Son invenciones de Elmer
Mendoza, el escritor, ese sí está tumbado del burro. Cada vez que suena la
caballería en el celular se sobresalta. Es Belascoarán. Al pinche gallego le
encanta la machaca con salsa picante, estamos en el café Miró. Bueno. Pues sí,
tengo noticias. Ahorita nos vemos. En el Jetta vuelve a poner a la Credence,
los chicos del Cerrito, que lo acompañan desde hace semanas. Necesita
guitarras fuertes para salir del sopor, rolas contundentes para subir el ánimo.
Diez minutos y aparca. Cerveza, nada de comer. Quieren darlos de
baja desde España y tienen gente en México. Regulero, un español
fresa, los señaló y los pusieron en la diana. Pueden irse, no tienen nada
que temer, todo se aclaró, ahorita mismo lo están solucionando los
diplomáticos. Un enviado del obispo, la jefa y un candidato a gobernador
les garantiza. Estimado Mendieta, el sobre, aquí tiene. Además del
agradecimiento, si me permite. ¿Dónde se ha comprado esas botas? Me gustaría
llevarme un par. ¡Ah! y.… ¿Podría recomendarme algún poeta sinaloense? Ni
modo, mi zurdo, no le diga poetas al gallego que luego me los recita a mí a
traición. Pues si no es irrespeto les dejo, me esperan en Mazatlán. Un abrazo
detective y que tenga suerte gallego. A Mendieta no lo esperaba
nadie. Solo quería llegar a casa, apagar el celular, quitarse las botas y
escuchar a oscuras a Janis Joplin con una cerveza helada. Elmer
Mendoza, el profe, va por ahí preguntando con media sonrisa a una bola de
cabrones armados ¿Por qué?
En San Cristobal el taxi se detuvo muy cerca
del hotel, frente a una pizzería. Tonia vio sentado a Regulero con otro hombre.
La pistola en la mano de la vieja parecía una Parkinson.
—Lo reconoces ¿verdad? Han venido a por ti. Vámonos.
La conductora arrancó. Apuró las
marchas, pisó fuerte, salió hacia las montañas del norte. Ruido del
motor, curvas, oscuridad. El coche paró junto a un puente de piedra y la
anciana mandó bajar.
—¿Tu plan para esta noche
era con este chivato mugroso? Toma
su celular, mira los mensajes.
Perico se tensó. Lo destensó la
conductora de una patada en los huevos que hubiera hecho llorar al capitán
América. Tonia comprobó el teléfono. Lo del Perico, todito puro teatro. ¿La
pinche fuereña? ¿la española pendeja? Pendeja puede, española no. Marieta
le ofreció la pistola. Tonia tiró el teléfono de Perico al río.
—Mátalo, no tiene hermanas.
Perico se revolcaba. Tonia aceptó el
arma. Se acercó y apuntó entre las piernas. Sonó desde los montes
azules, desde el azul de las sierras, una voz que se interpuso. Sintió una mano
en la suya. Tonia mantuvo viva la esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!
Juntó todas las fuerzas que recordaba haber tenido alguna vez y no disparó. Repitió
el telegrama urgente que le llegó al cerebro, a la mano y al alma, desde
Colliure.
—Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi
verso brota de manantial sereno…
Perico
quedó olvidado en medio de la oscuridad. El trío se dirigió al oeste.
Marieta encendió un cigarrillo tosiendo con un recrujir de pulmones. Escupió
un gargajo por la ventana.
—Te ha salvado la vida Elías Contreras. Él me avisó.
Perico es un chota del gober y Contreras un zapatista de a
pie, peatón de la historia, ni dominador ni dominado. Se lo inventó el subcomandante
Marcos para escribir con Paco Taibo la novela que no pudo hacer con Montalbán.
En vez del imbécil de Carvalho intervino el idiota de Belascoarán.
—Amigos suyos, supongo.
—A Belascoarán no lo conozco, he leído sus
historias. A Pepe sí lo conozco y no he leído sus historias. Tal para
cual. Son hombres, no se les puede pedir más. Tarados.
La
conductora asentía dando cabezazos de confirmación. Una luna baja y
roja apareció detrás de las nubes acompañando el recorrido. Tonia sintió
un cansancio que no era suyo, prestado, histórico. Vio a la anciana frágil,
herida, derrotada, obstinada, eterna. Imaginó a una Marieta anterior, a un
Carvalho anterior, envueltos en amores cuando todavía era posible algún
misterio. Viajó sin darse cuenta a la Barceloneta, a los versos de
Montalbán, a un presente moribundo de Pepes y Marías...
más allá de
los labios besados, silenciosos
ahora como un mundo prohibido sin
lluvias,
Sin fronteras,
un vasto mundo de venas
heladas,
ramajes de bosques horrorosos
sin pájaros
ni estrellas
donde no cabe
el miedo ni el valor.
Marieta se inyectó insulina y abrió una lata
de cerveza. Viajaban calladas. Tonia tenía mil preguntas en la cabeza. La
Marieta de la fotografía en Sierra Maestra y la mujer que le ha salvado la vida
tienen la historia escrita en la cara. La abuela Penélope sabría qué decir y
qué callar. El abuelo Arís no diría nada. Su madre hablaría del tiempo. Su
padre no diría nada comprensible. Habló Marieta.
—Mariluz no llegó a la Barceloneta por casualidad. Estaba
allí para protegerte. Estaba cansada de huir, tenía derecho a rendirse. No puedo
hablar de eso, me duele. Son cuentas del pasado. Solo quiero decirte una cosa,
esta no es tu guerra.
Tonia se relajó sin saber por qué. Con la
cabeza apoyada en la ventanilla vio el pasado y el futuro a la vez. No pudo
pensar en Mariluz, le dolía. La dejaron en el aeropuerto, volvía a casa. Los
turistas siempre vuelven a Ítaca.
Marieta y Claudia,
la chofer, esperaron sentadas en el coche comiendo tamales de bola hasta que
vieron despegar el avión de Tonia. Tendría que hacer trasbordo en el DF.
Mandarían a alguien a cubrirla.
Héctor Belascoarán Shayne le pasó al gallego
“El Universal” antes de despegar. En portada con foto y pie: Vilasio
Regulero, un alto ejecutivo de radio apareció anoche colgado de una
grúa en el DF, frente a la embajada española. Le cortaron los genitales.
Mendiño no recitó nada, ni abrió la boca en todo el trayecto.
—¡Qué los maten! ¡Los quiero difuntos hoy
mismo!
—No, patrón. Dice su madre que ya se ocupó ella de
todo. Que recoja la habitación y saque al perro.
De París las ratas (XV)
La nena se
llama Lole como la abuela, lo eligió la Rebe. Van pasando los meses y el Josito
ya se atreve, con cara de susto, a cogerla en brazos. Tiene buen pronóstico, la
falta de oxígeno fue moderada. Hay que esperar. Sonríe cuando oye cantar a su
madre. El Cholo parece otro, se ha apañao una furgoneta. Es vieja de cojones,
pero el motor suena de puta madre. De milagro está en la calle, los maderos
siguen buscando. Uno de los que andaba con él liándola por ahí, le ha entrao un
par de veces para un palo. No ha tragao. Es la Rebe que tiene no se sabe qué.
Cuando le pone morro, el Cholo achanta. Ahora le ha dao por la mecánica,
desguaza motos viejas, vende alguna pieza y siempre está lleno de grasa.
Dineros, pocos. Dice que ya le vendrá un golpe de suerte. Algún día venderá los
hierros del viejo que están todavía en la carbonera. Josito el lechuga sigue
echando humo, el puto fósil del Méndez ha estado preguntando en el Júpiter, ha
hablado con el Lumbreras.
En Barcelona Tonia está descolocada, fuera del
juego, fuera de la agencia, a la intemperie. Habla Malik. No te preocupes.
Cuéntame otra vez el viaje. Encontrarás trabajo, es una maldición. No te
preocupes. La escollera, las olas. Humo. No te preocupes. Silencio. Vuelve a
casa preocupada, a pie, mirando al suelo sin música. Cambia de humor al doblar
la esquina de su calle, justo delante del portal su padre gesticula. Hay
alguien con él que ríe. Parece... ¡Duluc!
Duluc ha
llegado con la alegría puesta, Nana y Aldo lo celebran con vino griego y
tomates rellenos. Ha encontrado a Biscuter, ahora es Monsieur Plegamans y tiene
estrella Michelín. Ya no importa. Aldo enchufará la guitarra olvidada y
cantarán canciones memorables. Duluc trae noticias, de esas que cambian vidas.
Trabaja para Biscuter. Es un decir, Duluc y el trabajo no se llevan bien. Él
dice que son socios.
El francés no
es de los que se callan, la discreción y él no se llevan bien. Es una suerte de
mago, consigue que a su alrededor todo parezca poco serio, intrascendente,
divertido. Tonia no recuerda a su padre riéndose nunca tanto, retorcido, como
cuando Duluc cuenta sus historias. Son graciosas porque son verdad. A Duluc le
gusta hacer el ridículo para luego contárselo a los amigos y que se descojonen.
Las conversaciones entre Aldo y Duluc son intraducibles. Utilizan un idioma que
mezcla francés, patois, italiano, español de guiris y una síntesis particular
de argots y palabras inventadas. Tonia asiste a la explicación de como Biscuter
y Duluc se conocieron en París.
—Fue tres fácil. Fui a Belleville, el barrio de Edith
Piaf. Elle va a nacer de noche, en la rue. Busqué a restaurant de prestige y
pregunté por Biscuter. No tenían aucune idea, naturellement.
—¿Ma cómo? ¿Alors acualo es el encontramento?
—Doscientas sopas apres por todo París je le trouvé en
mi casa. A la tele. Dans un concurso.
—Fotré que churra, compañón.
Solo y
desarmado frente a un botillo con berza, patatas y una botella de vino, el
Trini espera a Asunción. Tarda en llegar, puede que no llegue, está enfadada.
Sabe que cada vez que él pide una baja se va de Madrid, le cuenta un cuento
sobre la necesidad de un nuevo salto en su relación y el beneficio para los dos
de un descanso. Asunción entenderá que, una vez más, y ya está harta, necesita
tiempo libre para irse a explorar y meterse en un lío peligroso.
Las historias sobre Salmorejo corren por las
comisarías. Trinidad Ramalho da Costa está dispuesto a jugarse lo poco que
tiene en la cuenta del banco contra un café, a que Salmorejo y sus comisarios
han cometido delitos suficientes como para pasar más años en la cárcel que el
inocente Conde de Monte cristo. Las paisanas y los paisanos de la cuenca minera
asturiana, en la que creció, son expertos en detectar trampas, en transmitir la
desconfianza hacia el poder, qué poder no importa. El Trini sabe que no es
nadie para enfrentar por su cuenta a los comisarios salvajes y toda esa
gandalla, respaldada con medios y dinero. Tiene conciencia de ser un humilde
peón. Los peones también juegan y suelen abrir la partida. Hasta luego,
Asunción, un día volveré.
Ramalho suele utilizar una práctica policial básica
cuando se llega a un punto muerto, menear la caja de los ratones. Está en
Barcelona, ha localizado una casa en Vallvidrera. Es discreta, blanca, de dos
plantas, con ventanas de aluminio y rodeada por una valla de carrizo. Tiene
fácil acceso. No hay vecinos cerca. Se alquila. El cartel amarillea y el
teléfono es de un particular. El carrer del Parc de la Budellera, una carretera
estrecha, larga y llena de curvas, tiene poco tráfico. Puede servir. Ramalho se
presenta como lo que es, un policía. En la rápida visita comprueba los accesos
a pie y en coche, revisa la franja de pinos trasera, se asegura de que la
electricidad está conectada, estudia las cerraduras y entra a la negociación.
Pone alguna pega. Sugiere pagar el alquiler de una semana y esperar
acontecimientos. La casera acepta. Al Trini no le sobra el dinero. Las perras
no son su prioridad, si lo fueran aceptaría sobornos. Quita la cadena de la
entrada, retira el cartel y mete el coche en la pequeña parcela dejándolo
visible. Se instala, deja las luces y la televisión encendidas, cambia la
tarjeta del buzón exterior. El nuevo inquilino se llama José Carvalho Tourón.
Aparta el reflejo de llamar a Asunción, ignora las ganas de escuchar su voz.
Consulta en el periódico los números de contactos. Charo, según sus cálculos,
debe estar por encima de los sesenta y cinco. Madura fogosa le cuadra. Marca.
—Hola cariño. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Algo especial. Necesito que te llames Charo, me
llames Pepe, seas morena, me acompañes a cenar en un restaurante y subas a
pasar la noche conmigo en Vallvidrera.
—Me llamo como tú quieras, Pepe. La noche completa son
doscientos, el taxi y el tinte aparte.
—De acuerdo, Charo.
El Trini es
cuarenta años más joven que Carvalho, Charo podría ser su madre. Necesita un
doble creíble del detective. Ha recorrido el parque del Turó buscando
jubilados. Enfrente, con los brazos cruzados sentado en un banco, tiene a la
víctima perfecta. El único problema es un perro pastor al que su dueño llama
Merkel. Decide ignorar los ladridos.
—Me encantan los perros. ¿Cuántos años tiene?
—¿Quién?
—El perro.
—Ni idea, no es mío. Es policía.
—¿El perro?
—Usted. Lo he visto merodeando.
El Trini enseña la placa.
—Hostia puta. Me ha caído mal nada más verlo. Estoy
limpio, déjeme en paz ¿Le envía Méndez?
—No se preocupe, no estoy de servicio. Quiero
proponerle algo.
El jubilado suspicaz le hace al Trini un escáner. Mira
a los lados, al suelo, al cielo, al animal, otra vez al Trini.
—Al perro ni tocarlo, es de un coronel. Tiene muy mala
hostia.
—¿El perro o el coronel?
—Usted. Busca ancianos indefensos.
El Trini se sienta en el banco. El perro gruñe.
Ramalho utiliza su tono más amigable y miente.
—Necesito ayuda, no conozco a nadie en Barcelona. Si
usted pudiera cenar con una señora esta noche y acompañarla en el taxi hasta su
casa yo pagaría los gastos y sobrarían cien euros.
—¿Un madero que no conoce a nadie en Barcelona? No
vuelvo a este parque. Váyase, no me moleste o llamo a la policía.
—Doscientos. Se llama usted Pepe Carvalho, ella Charo.
Cenan, toman algo, se dan un paseo por donde le indique, suben a Vallvidrera y
se va. Doscientos, cena y taxi.
—Trescientos. Pepe Carvalho...Me suena. Cobro por
adelantado.
El Pepe y la
Charo puestos en circulación por Ramalho Da Costa, el Trini, han pedido en Can
Lluís pierna de cordero rellena, han bebido martini seco en Boadas, donde
Montalbán celebró la muerte de Franco, y después de recorrer amarraditos los
dos, la rambla y el Raval, han cogido un taxi en Colón para subir a
Vallvidrera. Los espera Ramalho en el carrer del Parc de la Budellera. La
pareja despide al taxista y entra en la casa. El falso Pepe recoge a Merkel,
que no ha parado de ladrar en la parte trasera y desaparece. Charo desconfía.
El Trini la invita a sentarse y enciende la chimenea. Interpreta a su manera al
Carvalho real, ha elegido para la ceremonia o exorcismo, un libro de
españología, Gárgoris y Habidis de Sánchez Dragó. Hojea el ejemplar leído en un
tiempo lejano e inocente. “La memoria es selectiva, y a menudo construimos
nuestra propia versión de los acontecimientos basándonos en nuestros propios
intereses y perspectivas”. Arrima el Trini lumbre al libro. Charo se sorprende
por la desacostumbrada perversión de su cliente. Acepta un dedo de whisky y
espera. El Trini explica la situación.
—No va a ocurrir nada, no te preocupes. ¿Has oído
hablar de Pepe Carvalho?
—Nunca he oído hablar de nadie. Es la primera lección
en la academia de putas.
—Carvalho era detective privado. Tuvo una relación
sentimental con Charo. Están los dos desaparecidos. Ahora mucha gente los
busca, suponen que Pepe tiene algo interesante. A mí me interesa saber quiénes
son ellos, los buscadores. Carvalho vivía aquí, en Vallvidrera y Charo vino
muchas veces a pasar la noche con él. Espero que el taxista o alguien haya
tomado nota de vuestra presencia en los sitios que frecuentaban y vaya con el
cuento a quien corresponda. Eso es todo. Ponte cómoda, descansa, elige habitación
o el sofá si prefieres, pon la televisión, haz lo que te apetezca. En la cocina
hay algunas cosas por si las necesitas, aquí hay bebidas y fruta. Mañana
marchas a la hora que te venga bien y ya está. ¿Tienes alguna duda?
—Es la pregunta más estúpida que me han hecho en este
oficio. Tengo millones de dudas. Una cosa me ha quedado clara, soy un cebo. ¿Tú
dónde vas a dormir?
—No voy a dormir, estaré fuera. Entraré cuando
amanezca. No hay peligro. No va a venir nadie, es la primera noche, pasarán
algunos días antes de que se corra la voz, supongo. Y si viene alguien será
solo para husmear. Puedes estar tranquila.
—No estoy tranquila desde que tenía nueve años. ¿Dónde
dormía Charo?
—Carvalho no vivía en esta casa. Es lo más parecido
que he podido encontrar.
Ramalho ha
elegido un punto alto frente a la entrada desde el que domina el contorno y los
accesos. Se abrocha la cazadora apoyado en un pino con la sensación de estar
perdiendo el tiempo. Por la carretera pasan de largo un par de coches en la
primera hora. Luego ninguno.
Los primeros
que fueron a meter la nariz en Vallvidrera, una pareja, llamaron al timbre a
las once de la mañana. Nadie contestó, dejaron algo en el buzón y siguieron
camino. El Trini había visto antes el audi negro que aparcó en la puerta.
Salmorejo se plantó junto a la valla y empezó a dar pequeños paseos. A la media
hora, cuando se aburrió, entró al coche y siguió a la espera. No se ocultaba.
Por la parte de atrás un bulto lento hizo palanca en la puerta del patio que
daba a los pinos y entró a la casa. Salió al cuarto de hora por el mismo sitio,
sin que Salmorejo se diera por enterado. Un coche de la guardia civil pasó tres
veces disminuyendo la velocidad al llegar al lado del audi del comisario. Una
furgoneta blanca sin distintivos paró a cincuenta metros y dos operarios
empezaron a trabajar en una torre de la luz. Una patrulla de los mossos de
escuadra aparcó junto a la furgoneta y les pidió la documentación. Un coche con
el logotipo de google recorrió muy despacio el tramo haciendo fotos y un helicóptero
amarillo revoloteaba en círculo sobre la casa. Ramalho grabó videos de todo.
Saludó al comisario Salmorejo a la vez que recogía el correo.
—Buenos días, comisario. ¿Investigando el asesinato de
Moré?
—Hostia, Ramalho. ¿Ya no estás en la comisaría de
Vallecas?
—He preguntado yo primero. Aparte el coche, me vuelvo
a Madrid. ¿Un café en el pueblo?
—Claro, te sigo.
Entre la furgoneta, los mossos, la pareja, la guardia
civil y los coches de Salmorejo y el Trini, aparcar en el centro de Vallvidrera
estaba complicado. Dentro del único bar disponible Ramalho identificó al hombre
que había entrado en la casa por detrás, en un rincón de la barra con una copa
de anís. Salmorejo seguía con la comedia. Dos cafés cortados.
—O sea que aquí tenemos a Pepe Ramalho. Carvalho y
Ramalho, los dos medio portugueses y medio gilipollas. ¿A qué juegas,
Ramalhito?
—Al veo, veo, comisarín. Y lo que veo no me gusta.
—Ya. Y.… ¿a quién le importa lo que te guste a ti?
—A mi quiosquero. Lo que no me gusta es que maten
abogados.
—No jodas Ramalho, no te hagas el justiciero conmigo.
No tengo nada que ver con eso.
—Puede.
El bebedor de anís se ha ido acercando. Es muy mayor y
tiene la cara congestionada.
—Si no les molesta querría saludarles, soy compañero.
Me llamo Méndez. Creo que buscan a Carvalho y hay entre ustedes algún
resquemor. He oído sin querer, mencionar al abogado Moré. Un caso interesante.
Lo llevan los inspectores Contreras y Lifante ¿Los conocen? Grandes
profesionales, santos mártires. Lifante detuvo a Carvalho en su día.
Salmorejo sacó una libretita. Pasó las páginas y se
detuvo en una.
—¿Méndez? ¿Usted no investigó el asesinato de
Canalejas?
—Detuve en aquel caso a Pepe Isbert, fue una confusión,
hacían una película. No me lo tome en cuenta, estaba empezando. ¿El comisario
Salmorejo, ¿verdad? Se dicen muchas cosas de usted y su labor patriótica. Un
ejemplo para la juventud. ¿De qué conocía a Moré?
—¿Está trabajando inspector?
—No, confraternizo. Verá, usted conocía a Moré. Al día
siguiente de entrevistarse con el abogado de Rigalt i Mataplana a Moré lo matan
en su casa, y otra vez al día siguiente, asesinan a un confidente de Lifante y
Contreras, amigos suyos. Trepidante... ¿no le parece?
El Trini prefiere escuchar a intervenir. Abre el sobre
del buzón. Es una carta, escrita a mano, dirigida a Trinidad Ramalho Da Costa.
Lee las cuatro líneas. Firma Biscuter. Vuelve a guardarla. El comisario
Salmorejo remueve en la boca algún resto de comida.
—Acojonante, Méndez, ya no hay policías como los de
antes. Y su conclusión es…
—Que la frase “ya me encargaré yo de que se calle” le
sienta como un traje, comisario.
Hace Méndez ademán de dirigirse al camarero. El Trini
se adelanta.
—Acompáñeme Méndez, el comisario tendrá cosas que
hacer. Quiero enseñarle algo.
Las alturas de Vallvidrera afectan los pulmones de
Méndez. Tose y maldice a la vez. Ha subido en autobús y no pone inconveniente a
Ramalho para que lo devuelva a su hábitat de animal en peligro de extinción.
Ramalho le pasa el papel, Méndez enciende un puro y lee.
—¿Plegamans sabe escribir? ¿Port Bou? ¿el memorial de
Walter Benjamin? No quiero suicidarme, joven. Soy alérgico a las playas y a las
fronteras.
—¿Viene o no? Voy para allá.
—¿Ramalho ha dicho que se llama? Oiga, no viajo con
desconocidos...de acuerdo, haré una excepción. Hace ya más de media hora que lo
conozco. Una vieja amistad nos une. Pero no se propase, con esta pistola maté a
Liberty Valance.
Frente a la cala de Port Bou, en el memorial de Walter
Benjamin, espera un hombre de mediana edad, fumando algo que huele a hierba.
—Salud, inspector Ramalho y la compañía. Soy Patrick
Duluc. Me envía Monsieur Plegamans.
Méndez mueve el humo con la mano, tose y enciende un
puro mediado.
—Un petafumeiro. Mal empezamos.
—Ah, sí, excuse-moi, en cuanto acabe lo tiro. ¿Están
ustedes al tanto de la inclusión de cette memorial en la literatura
Carvalhiana? ¿no? C’est pas grave, no es necesario, el simbolismo es très
francés. Como saben los papiers de Pepe Carvalho son muy buscados. Una parte
está aquí, la carpeta de Salmorejo. A su disposición. À la prochaine.
Duluc entrega una memoria electrónica a Ramalho, se da
la vuelta y se va, silbando por Mompou la cortinilla de Radio Nacional de
España. De espaldas tira la colilla. Méndez no está conforme con la escena.
—¿Dónde cree que va? Oiga...haga el favor.
—¿Oui?
—Ni güí, ni güó. Documentación.
—Oh la la, les flics. Voilà.
—Francés ¿Eh? Mire, Mesié Duluc, o se explica en
condiciones o duerme en comisaría hasta que abramos la cosa esa. ¿Entiende?
—Puede detenerme. ¿Y qué gana con eso? Rien du tout.
Hay más carpetas. Si no le interesan…
—¿Dónde está Plegamans?
—He conocido a Monsieur Plegamans a París. Él me ha
donné esto para el inspector Ramalho. C’est tout.
—Déjelo Méndez, ya le he tomado la matrícula. Au
revoir Monsieur Duluc, à bientôt.
Ramalho y Méndez pasean por la escollera a modo de
despedida. El Trini vuelve a Vallecas, puede que Asunción conteste a sus
llamadas. Méndez también cree en los milagros.
—No pasará usted de inspector, Ramalho, no se meta en
hipotecas. Llámeme cuando sepa algo.
—No se preocupe, lo tendré en mis oraciones.
—¿Qué va a hacer ahora? Tiene futuro, pero no se lo
crea, todo consiste en pagar deudas y enterrar a los muertos, lo demás es una
estafa.
—Creo que voy a comprarme una cometa. ¿Seguirá con lo
de Moré y el confidente?
—Claro. Ya le digo, hay que enterrar a los muertos, si
no, se enfadan.
Inútil escrutar tan alto cielo XVI
Los
periódicos con olor a torrezno industrial que lee Méndez llevan meses hablando
de crisis, burbujas financieras, hipotecas y préstamos. Hoy dicen que ha
quebrado Lehman Brothers, uno de los más importantes bancos estadounidenses. El
inspector ve venir bombas. Subirán el tabaco y el café. Habrá más de todo;
desahucios, chulos, muertos en los portales, niños sin desayuno, emigrantes
perseguidos, mujeres asesinadas. Méndez ya era viejo en el crack del 29, ha
visto triles inverosímiles. Es lunes y está cansado. Visita en su despacho a la
inspectora jefe Margarita García. Cómo cambian los tiempos, Méndez, qué te
parece. Qué te parece, Méndez, cómo cambian los tiempos.
— Méndez, es
usted una institución. ¿No han puesto una estatua suya con peana en el museo de
la policía?
—Ya me
gustaría, ya. Me dolerían menos los pies. ¿Tiene un minuto?
—Sea breve.
—El caso del
abogado Moré. Lo llevan Lifante y Contreras. La víctima tenía relación con el
comisario Salmorejo y los inspectores son sus amigos. No encuentran nada, ni lo
van a encontrar.
La inspectora
jefe se incomoda. Palabras de guerra. Coge papel y bolígrafo.
—Desarrolle,
concreto y sintético.
—Me han
adjudicado la muerte de un confidente de Lifante y Contreras. Tenía respaldo,
abogados del centro, recursos económicos y protección policial. Me gustaría
saber por qué. El Chino se ha llenado de gente preguntando por Carvalho. Ha
habido muchas quejas, no puede uno prostituirse tranquilo.
Ha tomado nota
la inspectora Jefa García. Deja caer el bolígrafo en la mesa y el papel en la
papelera.
—No trabajo en
asuntos internos, siga el cauce reglamentario.
—No puedo.
Cada vez que lo intento se me sale la hernia.
—Se me ocurren
dos preguntas, Méndez. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y ¿Por qué a mí?
—Verá...Soy
lector de Alicia Giménez Bartlett. Su personaje principal, Petra Delicado, es
policía y su modelo es usted, Margarita García, inspectora jefe. Lo dice La
Vanguardia. Giménez Bartlett trabaja con la agencia Balcells.
Margarita
García, inspectora jefe, se levanta, abre la puerta del despacho y pega un
bocinazo.
—¡Petra!
Uno de los
teléfonos que han encontrado en la agenda del Toto corresponde a Núñez y Muñoz,
un despacho de abogados en el Eixample. Enfrente, en Calçats Torregrossa, una
zapatería con minúsculos escaparates polvorientos, la discreta anciana a cargo
del establecimiento informó a Méndez de sus dolores lumbares, lo desagradecida
que es su hija mayor y de los vaivenes del negocio desde que lo heredó en 1971.
Aportó algunos datos útiles: Muñoz es chileno, bajo, parlanchín, divorciado,
maleducado y follarín. Se encarga de asuntos financieros. Núñez: español,
cocainómano, larguirucho, chuleta, aficionado a las motos y soltero. Éste le
interesó más a Méndez. Defiende a policías.
Esperó a la
salida del despacho en la calle Mallorca y siguió al largo. Núñez andaba
deprisa. Salió al paseo de Gracia y a los treinta metros dobló por la calle
Provenza. Ahí Méndez perdió su pista, el resuello y la autoestima. Al día
siguiente lo esperaba en la calle Provenza. En una semana consiguió el trayecto
entero, setecientos metros, diez minutos andando. Núñez al salir del trabajo se
dirige a diario al restaurante La Camarga, en la calle d’Aribau. Méndez decidió
husmear, tirar la casa por la ventana e invitar al menú de treinta euros a la
inspectora Petra Delicado.
Comer en un restaurante del centro con una
mujer de aspecto saludable podría destruir su reputación. El inspector es un
abnegado profesional, está dispuesto a jugarse la vida por el bien común y
probar el envoltini de queso brie, el rissoto, el cogote de merluza y los
profiteroles. Convence a Petra Delicado de que lo acompañe y se ocupe de
estudiar el local, cocina, despensas, servicios, reservados, oficina. Él se
centrará en el personal. Llegan pronto, hay poca gente. Se acomodan en el
enorme comedor principal y empiezan con un vermú. Hay varias salas privadas,
una de ellas con proyector, una terraza con mesa para doce. Predomina el color
blanco, abundan flores y plantas, madera, lamparitas, cuadros con paisajes de
Absurdistán y platos de colorines. Poco personal. Petra se levanta y se dirige
al servicio. La clientela es selecta. Méndez da muestras de una reacción
alérgica, le sudan las manos, le falta aire, le duele la garganta. Núñez llega
a la hora calculada. Petra Delicado se sienta y con un dedo en los labios manda
silencio. Señala el centro floral y el candelabro. El inspector se da por
enterado con un movimiento de cejas, duples altos.
—Es precioso
papi, me tienes que traer más veces. Me encantan los sitios discretos y
elegantes.
—Claro hija,
claro. Cuando quieras. Con gente tan educada da gusto, parece un cónclave. Y
mira pa ahí, qué tulipanes más hermosos.
Núñez ha
entrado en un reservado. Méndez asoma la cabeza, el abogado está acompañado de
un caballero.
—Disculpen.
¿Son ustedes los de pompas fúnebres?
Petra es,
comparada con Méndez, joven y dinámica, puede encargarse de seguir al
interlocutor. El inspector intercepta a un camarero que lo mira con pánico.
—¿A ti no te
detuve una vez por robar una moto? Si dices algo te encalomo.
—Oiga, Méndez
que no fui yo, que fue el Richi…
—Ni una
palabra. Conozco a tu madre desde el concilio vaticano segundo.
La descubierta
en el restaurante La Camarga ha sido un éxito descontando la diarrea del
inspector. Petra Delicado ha identificado a un constructor en libertad
vigilada, un narco a la espera de juicio, y un delantero centro defraudador. El
elemento que ha comido con el abogado Núñez, al que ha seguido la inspectora,
es un detective de la agencia Norma cuatro. Se dedican a grabar conversaciones
en los reservados. En La Camarga hay más micrófonos que clientes.
La inspectora Petra Delicado investiga a la
agencia Norma Cuatro y su conexión con la policía. Grabar en La Camarga produce
toneladas de información. Ella y el subinspector Fermín Garzón estudian los
movimientos de los detectives. Descartando los encargos comunes, asuntos de
cuernos y divorcios, estafas a seguros, desaparecidos o espionaje industrial,
lo más habitual en su rutina son los encuentros con policías. Compran
información ilegal sobre matrículas, movimientos de cuentas, domicilios o
antecedentes. Incluye escuchas telefónicas sin autorización judicial.
—¿El inspector
Méndez?
—Un
momento...doce cincuenta, al café invita la casa. Niño, avisa al señor
Méndez... Haga el favor de esperar, el inspector está dormido. Hay que
despertarlo con una mascletá.
La descripción
sonora de lo que escucha Petra Delicado no necesita mucha perspicacia. Se oye
el tráfico, gritos, cafetera, cucharas, vasos, risas y tacos. Un bar de los que
ya no quedan, mitad monte de piedad, mitad casa de socorro, mitad comida casera
de casa-cuartel. Demasiadas mitades.
—Dígame.
—Inspectora
Delicado. ¿Puede dormir ahí? ¿No tiene casa?
—Vivo aquí, es
un remanso de paz, un monasterio. Usted dirá.
—He trabajado
algo por mi cuenta, Méndez. Los de Norma cuatro graban a políticos y pasan la
información a algunos policías. Es muy probable que estuvieran al tanto del
encuentro en el Palace de Moré con el abogado de Rigalt i Mataplana.
—¿Qué
policías?
—Los clientes
de Núñez y alrededores.
—¿Contreras y
Lifante?
—Podría ser.
Estamos en ello.
Méndez cuelga y llama al Trini. Se ponen al
día. El inspector ha tardado meses en descifrar la información entregada por
Duluc sobre Salmorejo y en revisar el material de Vallvidrera, matrículas,
signos exteriores, posibles conexiones. El resultado es un esquema complejo y
recurrente, la ruta de la pasta. Nombres, países y toneladas de mierda cruda.
Una banda de comisarios jugando a espías metidos a empresarios con aspiraciones
políticas. Moriarty. Para evitar la esquizofrenia y pensar en Asunción, el Trini
llama a Toni Romano y se acerca a Lavapiés.
Lo primero que se les ocurre a los dos
exboxeadores, es subir al ring del último gimnasio sin letreros en inglés, y
hacer unos guantes pedagógicos, amistosos. Una conversación a puñetazos
contenidos. Es temprano, huele a linimento, lejía y Ducados. El encargado del
local, un politólogo experto en relaciones diplomáticas conoce a los dos. Esto
no me lo pierdo, el abuelo fajador contra el nieto estilista. Toni está vivo,
mantiene los reflejos. No aguanta el baile del Trini que le saca dos cabezas y quince
kilos. Un asalto corto, ceremonioso, un vals. El premio, unos valdepeñas en un
bar sin ruido y un purito para Toni.
—Mira Ramalho,
estoy harto. De Salmorejo, de Carvalho y de la madre que parió a los
escritores.
—No te hagas
el viejo. Me enganchaste una en el hígado que me va a doler una semana.
—Te tapas
mucho la cara. Es lo que soléis hacer los policías.
El Trini arma
una guardia baja. Marca la distancia.
—Hace mucho
que dejaste el cuerpo. Ya no echan a los polis rojos.
—No me
echaron, me fui. Los polis sois siempre iguales. Garantes del orden de mierda.
—Del desorden,
Toni, olvídate del siglo veinte.
—No me olvido
de nada, nunca. La memoria sirve para que no te hagan dos veces el mismo truco.
¿Qué quieres?
—Ayuda.
El
restorán La Camarga es la ostia, Méndez. Limpiar está muy mal pagado, el
convenio es una birria, siete euros la hora con suerte. Y una se tiene que
hacer la tonta, ni ve, ni oye, ni entiende. Mi hijo será lo que sea, pero es un
cacho de pan, se lo juro. No, el paquete no era suyo, era de un amigo, si lo
sabré yo. El Richi que siempre ha sido un sinvergüenza. No me entienda mal,
comisario...Bueno pues inspector. Usted es buena persona, un poco cabrón, sí,
pero eso va en el oficio, qué quiere que le diga. Hágame un favor, yo se lo
pago. Se entera una de muchas cosas y ya sé que a usted le gusta que se las
cuenten. No, gracias, más anís no. No necesita que me mame para que hable, ya
voy yo solita. No, beba usted, comisario, no me molesta. Eso, inspector, perdone.
¿Sabe quién estuvo cenando el otro día? El ministro del interior. Sí,
Rubalcaba. Con jefazos de la policía y políticos de mucho mando. ¿Me va a
ayudar entonces? Se lo agradeceré toda la vida, comisario. No, ya verá como de
esta lo ascienden. ¿Sabe de qué hablaron? Claro, como lo va a saber. Pues de
cosas feas de Pujol, alguien quiere detener a su hijo, por lo visto tiene
trapicheos. En la cocina se comentó mucho. Ah, y también hablaron de ese que
está tan de moda en el barrio, Carvalho. Sí, ese, Pepe Carvalho.
No se
atrevieron a matar al Trini. Entraron en su casa, se lo llevaron todo, le
dieron un palizón. No puede hablar, ni abrir los ojos hinchados. Está ingresado
en el Gregorio Marañón. Tiene al lado a Asunción, la mandíbula rota, collarín
para las cervicales y los pulmones encharcados. La enfermera cambia la vía y el
gotero. Tiene visita. Toni no sabe qué decir, no dice nada. Solo saluda. Quiere
dejar constancia de que está allí. Lleva en el bolso la Gabilondo.
Tonia no ha podido olvidar a Carvalho. Él o
alguien, se ha encargado de eso. El día que cumplió veinticinco años recibió un
paquete con matasellos de San Juan Chamula, Chiapas, México. Un libro en blanco
y un mechero. Le hizo gracia. Le hubiera gustado poder contestar: Señor
Carvalho, la cultura es el cultivo, y sin cultivo no hay alcachofas. Las
alcachofas no tienen contenido hipócrita. Se cultivan las formas de hacer las
cosas. Las diferentes formas de reproducir, en cada momento y lugar, la vida en
común. Estaba embarazada.
Venden sentido común XVII
Kostas Jaritos, comisario del orden, del
desorden, o de lo que toque, sale de casa con un humor mejorable después de
discutir con Adrianí lo que ha dicho la televisión sobre su último caso. La
bolsa en Atenas se ha desplomado, el tráfico está peor que nunca, es invierno.
La prensa afín al club de fútbol Panathinaikos denuncia la venta fraudulenta de
un jugador del AEK, el equipo rival, al F.C Barcelona. Un reportero del
Athlitiki Icho ha escrito: “Nada tendría de particular el fichaje de Georgios
Habilidosiou por el equipo catalán si la astronómica cantidad pagada por el
delantero centro juvenil no estuviera avalada por una entidad financiera
panameña investigada en catorce países”. Georgios, un muchacho de quince años,
es el primer sorprendido después de marcar un gol en cuarenta partidos. Era
reserva en el equipo de su pueblo, en Anatolia central. Todo quedaría en un lio
entre los dos equipos de la capital si no hubiera llamado un ministro al
general de brigada Guikas. El intermediario, Mr Cooplan, un estadounidense con
residencia en Amsterdam, ya ha cobrado un diez por ciento del traspaso.
Intervienen bancos de Londres, Las Bahamas, Guam, Gibraltar, Andorra,
Luxemburgo, Hong Kong, Macao y Delaware. El AEK ha anunciado su intención de
gastar el dinero recibido del Barcelona en reforzar el equipo con un jugador
del Real Madrid. Tres detalles no cuadran, el jugador tiene cuarenta años, está
recién operado de la rodilla y su representante es el mismo, Cooplan. El Real
Madrid pretende pagar con ese dinero la cláusula de rescisión que el Barcelona
ha estipulado en el contrato de Georgios Habilidosiou. Nadie entiende nada. El
comisario Kostas Jaritos tampoco. Un dinero sale de Barcelona y vuelve a
Barcelona. Por el camino desaparecen millones de euros. Por un momento Jaritos piensa
en hablar con Petros Márkaris. Además de escritor de policiales es economista. Petros
Márkaris prefiere que Jaritos lo descarte y siga leyendo periódicos deportivos.
Georgios Habilidosiou declara que nunca había soñado con jugar en el Barcelona,
ni muchísimo menos en el Madrid. Quería ser médico. El ojeador del Barça que
contactó a su representante, Cooplan, se inscribió en el hotel Titania con un
DNI a nombre de Bouvard Larios. Salió de Atenas en un vuelo rumbo a México.
Kostas Jaritos, consta en los ordenadores del gobierno, pidió en su momento
información sobre alguien llamado Bouvard. Éste individuo, en compañía de otro,
Pecuchet, cometió varios delitos en Grecia en 2002.
—Pepe
Carvalho. Bouvard es la identidad falsa que utilizó al cruzar el país.
En el
expediente Carvalho, que Jaritos estudió en su día, figura la prolongada
estancia en Amsterdam del entonces agente activo de la CIA.
Tonia
está de gira, hoy toca Jaén. La música, el lenguaje más internacional, no
necesita traducción. Tonia montada en el violín no ha parado de viajar. Es
caprichoso el azar. Al volver de México pasó unos meses malos, traducciones al
peso mal pagadas, la idea desasosegante de preparar una oposición, ensayos desagradables
con músicos soberbios. Uixi Amargós, la violinista titular en la banda de Joan
Manuel Serrat, la llamó un día, necesitaba una sustituta para ocasiones
especiales. Tonia conocía el repertorio. Par coeur, diría Duluc. De memoria, de
corazón. Hizo una prueba, el pianista se arrancó con el “Romance de Curro el
Palmo” y Tonia la bordó. Al terminar se le saltaban las lágrimas. Serrat
susurró pot valer con sonrisa de marinero y brillo de resina en los ojos. La
incorporaron de segunda violinista. Gracias a la vida, to life. A la Nuri le
encanta Serrat y llora en los conciertos a los que va invitada con la elegía a
Ramón Sijé de Miguel Hernández. Tonia le contagió el vicio de la poesía y la
convenció para que se matriculara en la universidad a distancia. El día que
Osorio llegó con los papeles y pudo salir a la calle, la Nuri también lloró. Lo
primero que hicieron fue recorrer el parque. Los críos daban voces, la gente
mayor parlamentaba sentada en los bancos, transeúntes de paseo recogían las cacas
de sus perros. La Nuri estuvo feliz, un minutito, un instante. Oyeron de lejos,
otra vez, cantar al Faliyo. Se levantó el levante y volaron un par de bolsas de
plástico.
Esa
noche Malik compró el mejor faláfel de Badalona y cenaron en los columpios de
la playa. Contento por su prima, más callado que de costumbre, había dejado el
sindicato. Dio una sola explicación, la fiesta era de la Nuri. La viuda del
Bambi ha ascendido, ahora es directora de la multinacional y pareja del nuevo
secretario general, el que sucedió a su marido muerto. Más que amor, frenesí. Malik
rapeo con rabia sincopada unos pocos versos. Se le pasó el desencanto, volvió a
su natural de calma paciente y llevó con la moto a la Nuri a recorrer la Barcelona
de las luces, los arquitectos y los restaurantes, en una noche de abril.
Un Salmorejo
expansivo y cordial expone a los reunidos los pasos a seguir. Coches oscuros de
alta gama en el aparcamiento. Canapés, jamón, lechazo y ribera del Duero. Hay
que anular al mierda seca del Carvalho, trabaja para los catalinos y tiene
material inflamable. Asisten un senador, un subsecretario, un juez de la
audiencia nacional. Programan la recluta de aliados. Por arriba necesitarán más
jueces, empresarios, fiscales, militares. Por abajo periodistas, policías,
soplones, y matones.
Nota de inteligencia: elaborar un listado
completo de figuras públicas, fundaciones, asociaciones y empresas relacionadas
con los nacionalistas para vigilancia o infiltración. El círculo de Pujol,
Esquerra Republicana, extrema izquierda y sindicatos son objetivos
prioritarios. Se deben contrarrestar los medios de comunicación públicos
catalanes. El Fútbol Club Barcelona tiene un alto valor simbólico, desgastarlo
tendría un efecto desmovilizador. Es necesaria una provisión de fondos.
Se lo juro Mémdez, ha sido él niño el que me
ha dicho, madre, dígale al comisario...qué más dará, no se ponga así, que se le
van a salir las tripas, bueno eso, dígale al inspector que la novia del hijo de
Pujol le estuvo contando a una política famosa que llevaban a Andorra mochilas
llenas de billetes de quinientos.
Por
mayo, como en el resto del año, los pájaros de Barcelona trinaban, cagaban las
palomas, las gaviotas robaban a los turistas y divinas ratitas surcaban las
aguas subterráneas. La Nuri acababa de limpiar el portal de los jueves en el
centro y no entendía el jaleo en la plaza de Cataluña. Preguntó al vendedor de
cupones. No sé, dijo, no sé, una manifestación. Había mucha policía, pancartas
y tiendas de campaña. El metro la llevó a San Roque en media hora, hacía calor.
Mientras preparaba la cena, pasta con atún, la televisión hablaba de protestas
e indignados. Todos los políticos son iguales, gritaban los acampados, que se
vayan todos. A la Nuri no le parecían todos iguales. Por noviembre hubo
elecciones que ganó la derecha. Los pájaros de Barcelona no dijeron ni pio y la
Nuri vio festejar a los que decían que había venido a quitarles el trabajo.
Como se lo cuento Méndez, el ministro del
interior nuevo, el Fernández ese, el del opus, almorzó ayer en el restorán con
el jefazo de la policía y un montón de comisarios. Está Barcelona con eso de la
reunión de no sé qué banco europeo que no se puede ni andar. Méndez está al
tanto. Hay manifestaciones, arden contenedores. Los comisarios más amargados
están de los nervios. Petra Delicado se ha vuelto a divorciar. Conociéndola no
le extraña. Tampoco le extrañaría que se volviera a casar. Méndez la visita en
su casa del Poble Nou. La policía judicial ha entrado en la sede de Norma
cuatro y se han llevado todas las grabaciones de la Camarga.
El
Lechuga entró en el portal de madrugada. Una voz le dio las buenas noches a
oscuras. Lo reconoció cuando su cara se iluminó al encender el mechero y el
puro. Méndez, claro.
—Hola, chaval.
Josito,
el Lechuga, no supo qué contestar. Encendió un medio porro que llevaba en el
bolsillo. Echo el humo por la nariz y se limitó a esperar. Intercambiaron humos
unos segundos y Méndez disparó.
—¿Quién pagó
la boda de tu hermano?
—No sé. No me
acuerdo. ¿Por?
—Es que hay
quien dice por ahí que la pagó el Toto.
—No sé quién
es.
—Algo habrás
oído. Uno que mataron a la puerta del Jupiter.
—Ni idea.
Salgo poco.
—Lo mataron
con un destornillador. Llevaba pasta encima y no se la quitaron. ¿Quién haría
eso?
—No sé. Un
electricista.
—¿Vendiste la
Play?
—No. Se jodió.
—Tu hermano sí
conocía al Toto.
El Lechuga se
metió la mano en el bolso. Méndez apretó el interruptor de la luz.
—No seas
idiota. Matar a un policía es lo que te faltaba.
El Lechuga
sacó la mano del bolsillo con el paquete de tabaco. Fumar mata.
—No, no soy
idiota. Y usted tampoco. Ha venido solo y no me ha detenido. ¿Qué quiere?
—Avisarte,
chaval. No os salgáis del carril. Dile a tu hermano que el abogado tenía una
hermana. A la mínima que metáis la pata vais para dentro los dos.
—El Toto era
un hijo de la gran puta.
—Las putas no
tienen culpa de nada, déjalas en paz. A mí me preocupan los asesinos. Que no se
te olvide; vive y deja vivir.
El
inspector salió del portal, respiró un aire familiar y le salió un gesto de
fastidio al leer en la pared de ladrillo un pareado adolescente, un anuncio.
Coca y keta, voltereta.
A la misma hora en los Madriles, Antonio
Carpintero, más Toni Romano que nunca, recapitula comiendo un bocadillo en la
calle del Acuerdo después de una partida de póquer y antes de dar el siguiente
paso: El comisario Salmorejo bajo una identidad falsa y Litle Nicholas, se
entrevistaron con Javier De la Rosa. Los datos son concretos: Banco Lombarde de
Ginebra, rue de la Corraterie. Los Pujol tienen 137 millones de euros en Suiza
según la policía. Ese fue el titular del periódico elegido por Salmorejo y el
ministerio del interior que desató la guerra. Salmorejo llamaría a eso “cambiar
la historia de Cataluña”. El director adjunto operativo de la policía, DAO,
pasa a la prensa un informe de la UDEF, unidad de delitos fiscales, sin firma y
sin sello. Unos días después el director general de la policía y el banco
desmienten el informe. El expresidente Pujol salió en televisión para hacer una
pregunta:
—¿Pero qué
coño es esto de la UDEF?
Un
agente del CNI, Osorio, envió un sobre anónimo al juzgado con extractos de las
cuentas de Salmorejo en Panamá. El comisario recibía dinero de un gobierno
extranjero, el guineano. La policía no parecía interesada en la historia que
involucraba a Salmorejo, la guardia civil sí. La presencia de Carvalho en
Malabo, la capital de Guinea, ojeando al portero bizco del Atlético Semu y sus
encuentros con Osorio, movilizaron a la benemérita.
Tonia con el carrito de la niña, vuelve los
sábados a casa de sus padres en la calle de la sal. La librería de Paco
Camarasa y Montse Clavé, cerró. Tonia infla un globo e imagina el caso. El
mercado, un asesino de mano invisible, acabó con “Negra y criminal”. Las
multinacionales ametrallaron el pequeño local en la calle de la Sal el día de
San Valentín. No parecía un accidente. Se acabaron los sábados alegres con
mejillones en la librería, nada quedó de aquello, se acabaron las charlas, “los
geranios se agostaron en cenizas amarillas”.
La jefa, Carmen Balcells, que le cambió la
vida a Tonia dos veces, al contratarla y al despedirla, murió sin encontrar a
Carvalho, sin llegar a un acuerdo con Wilye el chacal y sin vender la agencia
que pasó a dirigir su hijo. La mayoría de los autores la lloran. Manuel Vázquez
Montalbán, Daniel Vázquez Sallés y Carvalho no, los tres dejaron la agencia. Kissinger
sobrevivió a la superagente, vivió cien años. La niña de Tonia pide brazos
cansada del carrito.
“ha sido entonces.
ha sonado la trompeta y se ha echado a
llorar”,
Nunca
creyó que vería lo que está viendo en directo en el informativo mientras Aldo
prepara el biberón y Nana fríe patatas. Se cortó de cantar “Mi Jaca” a gritos,
le había costado sus buenos paseos por el pasillo dormir a la niña. No había
coñac en casa para brindar por Moré, se apañó un vino frío con gas. Era
noviembre de 2017, un mes después del referéndum de independencia de Cataluña, Salmorejo
entró en prisión. Tres presos lo esperaban, eso no lo televisaron. Habían
recibido un cargamento de ibéricos, cartones de tabaco, golosinas y una
transferencia. Bebieron alcohol casero de fruta fresca a la salud de Toni
Romano. El comisario tenía pendientes decenas de juicios, los fiscales pedían
centenares de años. El New York Times le dedicó un artículo en el que repasaba
sus aventuras. Llenó portadas, programas de radio y televisión, compareció en
el senado y en el congreso. Lo utilizaron todos, explicaba una cosa y la
contraria, metía citas literarias con calzador en sus declaraciones y dijo que
en el talego intentaron envenenarlo. Toni Romano, recuperado del ictus, se
descojona en el sillón de la terraza al sol de Málaga. No le dura mucho, sabe
de primera mano cómo funciona el cambalache, el mercado amigo y enemigo. Se caga
en todo. Cargado de asco y hartazgo murmura; “España es un país siniestro de
ladrones”.
En Roma, Andrea Camilleri enfermo y casi ciego,
recuerda a Jordi Pujol. El expresident que aparecía en los papeles de Carvalho había
vuelto a escena para abroncar al parlament y avisar a quien se diera por
aludido, en otra sesión histórica: “si se toca una rama, caen todas y todos los
nidos”. Oído cocina, mensaje a todos los pájaros de Barcelona y de Madrid. Diez
años después, en Atenas, Petros Márkaris reconoce en la foto al anciano Pujol.
Tiene noventa y tres años y alzhéimer. La fiscalía le pide nueve años de
prisión que nunca cumplirá. No se acuerda de nada, señor juez.
En la Barcelona negra de 2018 murió Paco
Camarasa y Carvalho, el detective más o menos anarquista, de seguir vivo,
rondaría los ochenta años. Un jubilado achacoso cocinando pescado hervido, no
es lo que quiere la editorial Planeta. Tuvieron una idea, “Carvalho: Problemas
de identidad”. La novela que publicó Carlos Zanón por encargo estaba contada en
primera persona, el narrador era Pepe Carvalho. Una noche de lluvia y Tom
Waits, a las dos de la mañana, a punto de quedarse sofrito en el sofá bebiendo
una película con Heineken, llamaron a su puerta. No había abierto el portal, el
volumen de la televisión no estaba alto. Esperaba una cara conocida, un vecino.
Tenía enfrente a un repartidor de comida con un chubasquero rojo y una caja de
cartón. No había pedido nada.
—Bona noche.
Aquí tiene. Adiós.
—No, no. Se ha
equivocado.
—No, no.
Zanón, aquí. Adiós.
—¿Qué es esto?
—Esto para
Zanón, tú Zanón. Zanón nunca abre buzón. Adiós.
No pidió dinero y salió corriendo. Carlos
Zanón olfateó con la puerta en la mano. Olía a tortilla de patatas. Al abrir la
caja no se sorprendió, tortilla de patatas, jugosa y recién hecha. Ser famoso,
lo famoso que puede llegar a ser un escritor de novela negra, tiene estás
cosas. Un programa de radio nocturno, un cibergilipollas, un humorista o
cualquier cretino, le había elegido para pasar el rato. En la cocina tiró la
caja a la basura. El timbre otra vez, el repartidor.
—Come.
—Oiga…
—Come
tortilla. Hace Biscuter. Bona noche.
Hace Biscuter,
dice, no te jode. Los de la editorial. En la caja, debajo de la tortilla, un
móvil y un mensaje escrito con letra infantil: mira en el buzón. Puso hielo en
un vaso y añadió un chorro abundante de algo fuerte. En la película una monja
con llagas se convertía en murciélago, las paredes sangraban y una niña rubia
daba cabezazos al suelo en un desván, al lado de una oveja. Se puso la bata y
las zapatillas, cogió las llaves y siguió las instrucciones absurdas. Encontró
un paquete con una etiqueta; “Carvalho: problemas de identidad”. Doscientos
folios escritos a mano. Leyó de un tirón, tres cuartos de botella, intentando
reconocer el estilo, poner nombre al autor. La habitación empezó a salirse de
su eje, el sofá le llamó por su nombre, la luz del día le cerró los ojos, los
párpados pesaban dieciséis toneladas. Sonó una melodía ridícula, el Huawei.
—¿Carlos
Zanón?
—...Puede.
¿Quién es?
—¿Le ha
gustado?
—Mucho. Pero
la prefiero sin cebolla.
—Pensé que
siendo usted poeta, le gustaría. La cebolla es escarcha...la cebolla es
escarcha...La cebolla es escarcha.
—Cerrada y
pobre. La cebolla es escarcha, cerrada y pobre. ¿Le importaría decirme quién
es?
—Da igual.
Quiero la mitad de los beneficios, sin contrato, en efectivo, un solo pago. Le
avisaré del cuándo y dónde.
—Necesito
dormir. Llame en otro momento.
Carlos Zanón
puso la cabeza en el cojín, encontró una patria mullida y el universo se lo
tragó.
Carlos
Zanón observa la puerta tomando una cerveza sentado en el Oz Blues Bar, un
local de música en directo entre el restaurante pakistaní Punjab y un bazar de
todo a euro, en el carrer Nou. Es temprano, poca gente. Un grupito alterna las
visitas al lavabo. Canta Ray Charles por la mañana, en el calor de la noche. El
escritor sigue sin tener claro qué pinta allí, la voz del teléfono le ha dado
indicaciones. El tío que se dirige a su mesa, después de mirar a través del
cristal, tiene pinta de guiri. Es francés. Le ha dado tres besos y ha pedido
pastís. Se presenta como Patrick Duluc, su castellano suena a varios veranos en
Alicante y asegura ser un negociador.
—¿En nombre de
quien negocia usted?
—Del señor
Plegamans, naturellement. Un caballero exceptionnel gran amigo mío y un chef
mágico.
—¿Plegamans?
... ¿Biscuter?
—Don Josep
Plegamans Betriú, un catalán universel. Antes conocido como Biscuter, en effet.
Duluc puede
ser un actor, un chiflado, un fan de Carvalho, miembro de una secta catara, un
mafioso marsellés o un cocinero con ocho estrellas Michelín. Ha recibido un
texto, luego puede ser escritor. Los escritores pueden convertirse en todos
esos personajes a la vez.
—¿La novela es
suya?
—Oh, no, no,
no, bien sur que no. El autor es el famoso exdetective Carvalho. Monsieur
Plegamans es su agente littéraire. Yo soy un delegado. ¿Le ha gustado la obra?
—Mucho. Tiene
ritmo, es creíble, cumple con el género sin tópicos y mantiene el interés hasta
el final. Es el trabajo de un profesional, no parece una primera novela. Mire,
Duluc o como sea su nombre, no creo nada de lo que dice.
—La verdad,
cher ami, está sobrevalorada. Lo que digo va plus loin de la verdad, hablo de
un milagro. Pepe Carvalho es un excelente narrateur y se ha dado cuenta de algo
douloureux para él, ha estado muchos años trompé. Los libros sí ayudan a vivir,
surtout al escritor. Contar parte de sa vida ha sido fácil para él, la contó
muchas veces al Escritor. Es una histoire antigua, c'est clair, pero lista para
publicar. No le negaré quelque chose, también es una venganza personnel del
señor Carvalho contra Vázquez Montalbán.
A Zanón le da pereza entrar en una charla
sobre verdades, milagros y venganzas. Prefiere acercarse a la barra. Pide más
cerveza y otra palomita para Duluc. La anterior se la ha bebido de dos tragos,
dividiendo el vaso en mitades exactas. En el aire B.B. King se queda a vivir en
una nota. Al volver con las consumiciones Duluc le invita a fumar en la calle.
El francés enciende un cigarrillo perfectamente liado y un olor picante a polen
bueno hace volverse a los transeúntes.
—La novela
negra, la série noire, la inventamos nous los franceses al terminar la deuxième
guerre mundial. Literatura de quiosco, Black Mask, autores norteamericanos,
cultura populaire. También la expresión film noir es francesa. El western
representaba la tradición, la épique del nacimiento de una nación, John Wayne,
les republicaines. La novela urbana était social, nocturna y crítica, Bogart,
les demócrates. El cinema, una invención francesa, al llegar a Hollywood,
descubrió a los americains la izquierda y la derecha, otro invento francés.
—Estamos en
Barcelona, señor Duluc, en lo que fue el barrio chino, esto no es un café de
París. Si intenta colar esa parrafada a cualquiera de por aquí le apuñalan, le
quitan los porros y le tiran a un contenedor. ¿Qué quiere?
—La mitad de
tout. Ya se lo dijo el señor Plegamans por telefón.
— Si me
presenta a Biscuter y a Carvalho le doy lo que quiera.
Un hombre con
sombrero de ala ancha, abrigo azul, corbata amarilla, gafas y bigote canoso se
acerca. Abre los brazos como forma de saludo y arruga la nariz.
—¡Coño, Carlos
¡¿Qué haces aquí?
—Andreu...me
alegro de verte. Ya ves, tomando algo con este amigo. Os presento, Andreu,
Duluc. Duluc, este es Andreu Martín, un escritor.
—El autor de
Cabaret Pompeya, Prótesis, Barcelona conecction y el blues del detective
inmortal, un honneur y un placer, monsieur Martín. Su obra es tres estimé en
Francia. Le ruego acepte una invitación ¿Qué quiere tomar?
—No, no
gracias, invito yo. El bar es mío. Lo inventé para una novela. Era de un
traficante, un personaje. Se quedó vacío y me lo quedé. Pedid lo que queráis
está todo pagado.
Duluc hace
intención de pasar el petardo a Andreu Martín y le interpela como si fueran
viejos conocidos, cómplices en un delito. Andreu Martín niega con un gesto.
—Plegamans y
Carvalho disfrutaron mucho de su libro, monsieur Martín. Se sienten tout a fait
identificados con sus personajes, aunque haya changé los nombres. Diré, para su
información, que mi queridísimo amigo el chef Plegamans a eté declarado
inocente de todos los cargos por el asesinato, simulado como usted sabe, de
Pepe Carvalho.
—Hace quince
años que escribí esa novela. Era un homenaje a Montalbán, sin paliativos. Pepe
Orvallo y Cuatro Latas intervenían en un caso de María de la O Zabala, la
pianista de jazz que entonces tenía este local alquilado al tío Reyes, un capo
local de la cocaína.
Zanón rechaza
el ofrecimiento del francés, una chusta inaprovechable, e interviene.
—¿Zabala la de
“El signo de los cuatro”? Eran buenos, los vi en la semana negra de Gijón. ¿Qué
historia es esa del asesinato de Carvalho?
—Lee la
novela, ya no me acuerdo. No puedo quedarme. Vais a decir que estoy loco, pero
tengo un soplo, un atraco dos calles más abajo, en cinco minutos. Encantado de
conocerle señor Duluc, nos vemos Carlos, salud.
Desaparece
Andreu Martín y Zanón vuelve al negocio.
—Usted decide,
Duluc.
—D’accord.
Haremos una video conférence. ¿Mañana a midi?
—Si midi son
las doce, me viene bien.
—Pues
brindemos, cher amí. Pour la vie.
Podría ser Biscuter. Vázquez Montalbán lo
describe tal cual lo está viendo Carlos Zanón en la pantalla del Huawei,
descontando las arrugas. Han pasado dos décadas desde su última aparición en
“Milenio”. Carvalho no quiere ser visto. Se escucha su presunta voz. No existen
descripciones suyas, alguna muy somera, y dado que no hay posibilidad de
comparación, no se muestra a la cámara. Zanón ha pasado la noche preparando un
cuestionario al que solo podría contestar Biscuter. No falla una y se extiende
en las respuestas sin titubeos. Zanón ha releído la novela y le extraña un
episodio.
—¿La novela es
verídica, verosímil o de ficción?
Contesta
Carvalho al que se escucha encender un mechero y aspirar el humo de algo
fumable, cigarrillo, puro o pipa.
—Es como las
de Vázquez Montalbán, pero en primera persona. En vez de contarle una historia
para que él la maquille y me las haga pasar putas, cuento lo que pasó. Me
permito alguna licencia, pequeña, para proteger algunas identidades. Eso es
todo.
—Biscuter gana
Máster Chef. Eso es creíble, aunque sea mentira.
Biscuter
protesta, se declara ganador de la última edición del programa.
—Claro que
gané. En la edición de un país más grande y con más cultura gastronómica que
España. No diré cual, ni dónde. No quiero una legión de seguidores con mandil
llamando a mi puerta. No nos despistemos. O le interesa la novela, o no le
interesa. No hay vuelta de hoja.
—No tiene
sentido que acepte, estaría siempre en sus manos, podrían extorsionarme.
Entregaré el borrador en Planeta y diré quién es el autor. Una novela escrita
por Pepe Carvalho tiene un valor incalculable. No quiero nada.
—Que no, coño,
nosotros no existimos. ¿Cree que Pepe Carvalho puede poner una denuncia por
violación de los derechos de autor? Lo único que queremos es una retribución
para Pepe sin campañas de promoción, fotos, periodistas, firmas en ferias o
charlas en auditorios. El jefe siempre tuvo miedo a la vejez. Es viejo desde
hace años ya y tiene sus achaques. Eso no le ha cambiado tanto como creía.
Sigue siendo un empecinado. Con mis negocios puedo mantenerle a cuerpo de rey,
aunque viva cien años, pero no quiere, es muy orgulloso y todavía tiene
ingresos, no crea. Además, está la señorita Charo que se merece lo mejor y se
ha ganado el cielo, la galaxia y el universo. Mire, usted publica el libro con
su nombre y le pasan a recoger en helicóptero, le vendan los ojos, le traen a
nuestro castillo alquilado todo el verano en montañas cercanas y le cocino
cojones de periquito con salsa bechamel. Ahora recuerde su promesa, no puede
volverse atrás. Dijo que si éramos presentados usted cedía todos los derechos y
apoquinaba la totalidad de las ganancias. Cumpla su palabra o le mando a Duluc
para que le explique la revolución francesa y le lea la enciclopedia.
Abrumado,
Zanón recuerda su primera juventud. Las novelas de Carvalho eran un referente
mestizo de cultura popular y cultura universitaria. Describían un mundo y un
país, una evolución de la sociedad. Detecta en el presente una amnesia
inducida, una revisión de las lecciones históricas, la manipulación de los
hechos realmente ocurridos.
—No, por
favor, Duluc no. Acepto.
Mañana madrileña, septiembre. Maruja
desayuna en la cocina. El fisio no puede venir. Pretende leer tranquila la
prensa, no hay manera. Cierra la red, las redes, y abre el correo, tiene una
invitación de los organizadores de la Semana Negra de Gijón. Adora esa
literatura. Una característica de los escritores de novela negra en la lectura
marujiana de Manolo, el italiano, el griego o Paco González Ledesma, es “la
necesidad de estar deprimidos, de ver ¡oh! El horror de la vida. A los
personajes todo les sale mal. Carvalho no está enamorado de la puta sino de una
rubia estúpida que le pone cuernos. La única que consigue animar a su
detective, Brunetti, es una mujer, Donna León”. Cree que las mujeres son
mejores conocedoras de la naturaleza humana. Irá a Gijón. Tiene un mensaje de
Tonia Calógero. Contesta. Sí, pueden verse antes de ir a Gijón. Sí, estará
Marieta, Charo también.
Verano y humo (XVIII)
El comisario jefe de la policía de Gijón,
Alejandro M. Gallo, maragato, es licenciado en filosofía, ciencias políticas y
ciencias de la información. Oficial del ejército, escritor, creador de Trinidad
Ramalho y medalla al mérito policial. Cada verano desde que se desarrolló la
iniciativa de Paco Ignacio Taibo II en 1987, se celebra en la ciudad bajo su
jurisdicción un festival de asesinatos, extorsiones, secuestros y redadas: La
Semana Negra. Los escritores herederos de Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Patricia
Highsmith, Chester Himes o Simenon, se juntan al borde del Cantábrico a comer
sin discernimiento, presentar libros e intercambiar nuevas técnicas para
investigaciones imaginarias. Paco Ignacio Taibo II nació en Gijón y llegó a
México con diez años. Sus pinches compañeros de escuela le decían que hablaba
como Marisol. Este año cumple cincuenta el primer libro de Carvalho. Hace
veinte que Montalbán dejó de escribir. Los organizadores han invitado a decenas
de escritoras y escritores, periodistas, músicos, pintores, fotógrafos,
cineastas, cocineros, feriantes, artesanos y autoridades. Se venderán los
cachopos por metros cuadrados, la sidra por barriles, les fabes a calderaes,
habrá libros a euro, noria gigante junto al Cantábrico, tren de la bruja y tren
negro para ir a Mieres. Juego, arte y fiesta una semana entera. Una mímesis de
la revolución.
Salmorejo a sus setenta y cinco años, ha
pasado tres en prisión preventiva sin fianza. Está en la calle. Tiene
pendientes unas cuantas macrocausas. La fiscalía pide condenas que suman
siglos. Pretende recuperar su archivo, defenderse haciendo lo que sabe hacer.
Él lo llama negociar, para los jueces tiene otro nombre. Le han quitado el
pasaporte y debe presentarse en el juzgado todos los meses. Lo vigilan. La
mayoría de los comisarios salvajes están jubilados, condenados, presos o
muertos. El ministro que les daba cobertura y los subordinados que sujetaban el
paraguas esperan también sus condenas. Le quedan algunos incondicionales a la
espera de volver a los buenos viejos tiempos de la barra libre. El excomisario
ha pregonado su enfrentamiento con el director del Centro Nacional de
Inteligencia. Envía mensajes en titulares de periódicos, amenaza. Habla de
órdagos en un lenguaje de otro tiempo, ya casi nadie juega al mus. Necesita a
cualquier precio recuperar su arma favorita, las grabaciones, los documentos. Por
eso ha instalado el cuartel general en el Hotel La Reconquista de Oviedo, días
antes de la inauguración de la Semana Negra. Se aloja con otros tres
excomisarios dispuestos a todo por la pasta. Les ha prometido una fortuna si
cazan al hijoputa del Carvalho. Lo culpa, sin pruebas, de todos sus males. A
Stewart y Litle Nicholas les ha buscado un hostal en Lugones y recomendado el
menú del día en La Panoya. Tienen la función subalterna de grabar los actos
públicos de la semana. Acaban de enterarse de que se transmiten en directo y
pueden ver todo desde la habitación del hostal, bebiendo cervecitas. Más
complicado será grabar todas las comunicaciones posibles de la lista de
asistentes bajo vigilancia: Ramalho Da Costa, Petra Delicado, Antonio
Carpintero, Kostas Jaritos, Salvo Montalbano, Conde, Belascoarán y el zurdo
Mendieta. El inspector Méndez, a punto de cumplir más años que Kissinger, se ha
disculpado alegando alergia a los congresos. Los comisarios han introducido informantes
con orden de vigilar a los escritores invitados: Maruja Torres, Juan Madrid,
Alicia Giménez Bartlett, Carlos Zanón, Andreu Martín, Leonardo Padura y Elmer
Mendoza. Para Tonia Calógero y Simón Mendiño han elegido a lo mejorcito de la
hornada recién salida de la academia. Provocadores mezclados con el público
tienen la misión de entorpecer los actos. Harán preguntas farragosas en las
charlas para evitar que hable el ponente, sabotearán los equipos de sonido y montarán
peleas.
Alejandro M. Gallo controla Gijón desde la
moderna sala de pantallas en el centro de la Policía Local. Asume la
excepcionalidad de la ocasión, ha sido informado de movimientos sospechosos
alrededor del festival. El homenajeado, Pepe Carvalho, lleva desaparecido
veinte años. Se considera su asistencia un suceso de alto impacto y bajísima probabilidad,
un cisne negro. Hay en todo el recinto grandes fotografías de Manuel Vázquez
Montalbán, de las portadas de las novelas carvalhianas. Todo está preparado
para que la alcaldesa inaugure la nueva edición de La Semana Negra.
Carvalho se burlaba de los encuentros de
escritores en los que disertaban sobre novela negra. Hoy empieza su semana y él
es el tema central. La ciudad está llena. Duluc ha pedido una tabla de quesos
en la plaza mayor y se tiene que callar: Gamoneu del puerto, La Peral,
Cabrales, de Pría picante, Casín y de Urbiés. Ni el mismísimo De Gaulle pondría
un pero. En el bar de enfrente el Mudo fartuco rebaña el plato de chorizo a la
sidra sin quitarle el ojo de encima. Alejandro Gallo desde la sala de control
lo ve todo. Hasta la propina generosa que deja Elmer Mendoza en la terraza de
La Galana por el Pixin con ajo y limón. Los que han optado por la fabada en
julio a treinta grados, andan más despacio, pasean por la playa de San Lorenzo
pidiendo siesta. Gallo no se altera cuando entran en la sala Bevilacqua y
Chamorro, el delegado del gobierno le había avisado de la petición de la unidad
central operativa de la guardia civil. Se saludan amistosos, han coincidido
antes.
—¿Habéis
comido?
Contesta Rubén
Bevilacqua a la vez que la sargento Chamorro niega con la cabeza.
—No, acabamos
de llegar. Recomiéndanos un sitio cerca.
—El bar de
abajo. Hoy tienen en el menú pitu caleya.
Virginia
Chamorro pone cara de extrañeza. Necesita traducción.
—Pollo criao
suelto sin pienso. Hay que cocerlo mucho porque es correoso, pero está cojonudo
con unas patatinas.
Bevilacqua
asiente. Le apetece probarlo. La sargento no manifiesta ninguna intención.
—¿Está todo
tranquilo?
—De momento
sí. Ya veremos cuando abran el ferial.
—De acuerdo,
estaremos abajo. Si aparece Salmorejo nos avisas.
—Por lo que sé
sigue en Oviedo. El Mudo está en la plaza mayor. Id tranquilos.
Con el brazo
metido hasta el codo en el plato de callos, en un chigre de Roces al sur de
Gijón, donde nació Alfonso Camín, Simón Mendiño se interroga:
“Si soy el roble con el viento en
guerra,
¿Cómo viví con la raíz ausente?
¿Cómo se puede florecer sin tierra?”
El chigrero se
da por enterado e interviene brusco en las cavilaciones del gallego.
—Pues con el
hidropónicu, manín. Sin tierra ye la única manera. ¿Quiés más pan?
—Son versos de
un poeta de este barrio. Es una metáfora. Sí, por favor, un poco de pan. Y otro
vino.
—Sí ho, Camín.
Préstame pola vida. Soy de Arenas.
“Arriba, siempre hacia
arriba,
como el naranjo
de Bulnes:
abajo pasan los osos
y arriba pasan
las nubes”
Entra
a contraluz un tuerto parcheado. El ojo único recorre el local. Los paisanos de
las mesas miran al desconocido. Mendiño no se entera, explica a la concurrencia
la fundación del barrio en el siglo XVI, a partir de la torre de los Valdés y
los Bandujo, con el chusco de pan untado en la mano.
—Gallego
pendejo. ¿No puede callarse ni comiendo?
—¡Don Héctor
Belascoarán! ¡Venga un abrazo! ¡Descorche una cocacola, señor chigrero, la
mejor que tenga!
El mexicano se acerca a la barra pisando
cáscaras de cacahuates. Soporta el abrazo exagerado de Mendiño y queda
hipnotizado frente al expositor. Una bola deforme de carne seca y penetrante
olor ahumado, atrae todo su interés. Señala con el dedo. Lo iluminan: Chosco de
Tineo.
—¿Cómo le va
Mendiño? ¿Encontraron a Carvalho?
—Esta vez no
se escapa. Vendrá, ya lo creo que vendrá. No se perdería esto por nada del
mundo. A su edad no tiene nada que perder.
Belascoarán
señala el chosco.
—¿Tiene
lengua?
Tercia un
paisano agarrao a un porrón.
—Ye gochu.
Tién llengua y cabeceru de llombu.
La pareja sale
a fumar con la tripa llena. Su charla, de título digestivo, empieza a las
cinco: Carvalho y los embutidos. Mendiño insiste.
—Vendrá. No se
lo puede perder.
El sol está cariñoso. El gallego y el
chilango caminan hasta llegar al seat León de Mendiño. Tiene una multa en el
parabrisas, echa pestes. La recoge interesado en la cantidad. No, no es una
multa. Es una nota escrita a mano.
“Se cuece el chosco a fuego bajo sin tocarlo
para que no se rompa, durante una hora o más, dependiendo del tamaño. Las
patatas se cuecen aparte con un manojo de berzas picadas finas, un chorro de
aceite y sal al gusto. En el centro se colocan las patatas y la berza. Se sirve
el chosco cortado en rodajas, se espolvorea todo con pimentón dulce y añadimos un
buen chorro de aceite de oliva. Que aproveche”.
El chigre está más allá de los límites de la
ciudad, más allá de las cámaras de la policía municipal. Alejandro Gallo y los
suyos no han visto nada. Ahora sí están seguros, Belascoarán y Mendiño, de que
Carvalho estará en el público.
Vigilado o no, Salmorejo ha llegado de los
primeros. Es perfectamente consciente de que lo vigilan. La última cabronada de
Carvalho en 2017 había llevado a Córcega a los comisarios detrás del huído
presidente de la Cortísima República Catalana. El 31 de octubre los comisarios
entraron a detenerlo en la habitación 121 del hotel Cala Di Sole de Ajaccio. Un
tipo con el pelo a lo beatle y gafas miraba la televisión desde la cama
acompañado de una ciudadana japonesa. En ese momento Puigdemont i Casamajó, el
fugitivo, estaba dando una conferencia de prensa en directo desde Bruselas. Los
policías patriotas se habían tragado una información de la dirección general de
seguridad exterior francesa, la DGSE. Tres días después Salmorejo entró en la
prisión de Estremera. Los gendarmes franceses se disculparon con sus colegas
españoles, no habían contrastado el soplo de un informante corso, Bouvard. Otra
vez Bouvard. Puto Carvalho. El Mudo se acercó al comisario. La violinista acaba
de llegar con la Torres.
—Pégate a su
culo.
Los comisarios
tienen una descripción de Carvalho, un retrato robot, huellas dactilares.
Lifante lo detuvo, Contreras lo interrogó.
Antonio Carpintero está hasta los cojones de
la semana negra antes de empezar. Diez años atrás hizo un informe para Carmen
Balcells. No soporta más charlas literarias de esos jodidos vanidosos. Que le
den a Carvalho, a Hamlet, a Don Quijote y a Madame Bovary. A Juan Madrid le ha
hecho una entrevista un pintor. Toni va a cumplir setenta años y no tiene ganas
de templar gaitas. De esta se jubila, ya está bien. A Málaga. Con el pico que
tiene ahorrado le da para un pasar. Está todo lleno de policías, los huele. A
algunos hasta los conoce. Tener ética profesional es una jodienda, podría
repetir el informe de hace diez años, se iba a ahorrar mucha tontería. En fin, al
primero que me suelte una perífrasis le calzo una hostia.
En el café Dindurra, al lado del teatro
Jovellanos, están a cervecitas Carlos Zanón y Andreu Martín. Los dos han
utilizado en sus novelas a Carvalho o a Orvalho, a Biscuter o a Cuatro Latas.
Zanón lleva la risa puesta, probablemente con algún aditivo, un rescoldo de sus
tiempos rockeros. Es de otra generación, no llegó a la Piquer, ni a Antonio
Machín. En su crónica sentimental las canciones para después de una dictadura
suenan más a Siniestro Total o a Brighton 64.
Escalón a escalón va rodando
una
botella vacía de cerveza.
Verde, alemana, rodando, sí.
Zanón no ha vuelto a saber de Biscuter y
Carvalho. Ha recibido mensajes de Duluc. Uno escrito en la pared de un váter,
en la última gasolinera de la autopista. El lugar, la fecha y la hora de
contacto con el helicóptero. Faltan cuarenta y cinco minutos. Si todo va bien
conocerá en persona a Bouvard y Pecuchet, a Pepe y a Pep, a Carvalho y a
Biscuter. La
intermediación de Duluc le agobia, el francés es un liante y sus instrucciones
son absurdas. Andreu Martín con las gafas en la punta de la nariz, pasea la
mirada por el histórico café tomando apuntes del natural y un cortado. Todo
menos natural le pareció oír canturrear al camarero “A las barricadas”. Se
fijó. Lo había visto antes. Se dirigió a él.
—Perdone...
¿Nos conocemos?
—No, señor
Martín. Mire la palma de mi mano. Cuando la cierre olvidará este encuentro.
Nada habrá ocurrido.
—¡Dani
Barcelona!¡El encantador del Paralelo! ¿Qué haces aquí?
—Dejé el arte
y el ilusionismo, me he pasado a la restauración. Ahora hago cócteles. Acabo de
servirle uno al Pepe Carvalho.
—No jodas.
—Vodka con
helado de limón y cava. Y al Biscuter un orujo de hierbas con gotas de café y
regaliz de palo. Acaban de salir por la puerta.
—...Lo normal.
—Normal
tampoco. Es la primera vez que vienen. ¿Quiere algo? El señor Duluc insistió en
que no les faltara de nada.
—¿Estás oyendo
Carlitos?
Carlos
Zanón oía y bebía distraído. Asintió, miró al móvil y se levantó. El
helicóptero espera en el puerto del Musel, tiene un taxi en la puerta. Se despide
de Andreu y atraviesa un Gijón apacible y prestoso. El azafato a pie del aparato
sostiene una bandeja con oricios y champán. Duluc da el parte, el tiempo es
agradable, no hay viento. Desde la sala central de la policía observan las
operaciones. Una empresa de turismo es la propietaria del vehículo. Las cámaras
registran la entrada en el recinto portuario de Carlos Zanón, la recepción de
Duluc, el brindis previo al abordaje y el despegue remolón con destino sureste.
Duluc eleva la voz sobre el ruido del motor.
—Nos dirigimos
al parque naturelle de Las Ubiñas. En veinte minutos arribaremos a la base
secreta de Catering Plegamans SA, la empresa de eventos gastronómicos líder en
el mercado mundial. Importamos productos de la mejor calité y hacemos la mejor
sopa du monde.
—Qué
emocionante.
—No es una
sopa cualquiera cher amí. Con una cucharada generosa de notre consomé...lo verá
usted mismo.
Carlos Zanón observa el impresionante paisaje
mientras el aparato se posa. Rodeados de azul, verde y gris, descienden, ponen los
pies en tierra y una tufarada alarma a Zanón. A dos mil quinientos metros de
altura, entre hayas, fresnos y tejos, no debería oler a ajo. El helicóptero
desaparece de vuelta y reina el silencio hasta que lo rompe Duluc, frente a una
bocamina abandonada. Tres mastines en posición, con el pelo del lomo erizado,
vigilan los movimientos.
—Pasa por
favor. Par icí.
Al dar el
primer paso en el interior se ilumina una galería estrecha que conduce a una
puerta metálica. Un ascensor. Duluc enciende un liado y el olor del hachís se
mezcla con el ajo. El descenso dura casi un minuto. Zanón se queja.
—Me estoy
mareando. Tengo los oídos taponados. Aquí hace frío. Me meo.
Al salir del montacargas hay cajas
amontonadas a los lados de un pasillo. Carcasas de pollo, bacalao seco,
verduras, caracoles, frutas, longanizas y costillares. Media docena de mujeres
y hombres se afanan en colocar y seleccionar. La cavidad se ensancha
desmesuradamente al cruzar la portilla y una potente luz artificial ciega al
escritor.
—Joder, qué
escenografía. ¿Hacen la sopa con uranio enriquecido? ¿El servicio?
—Silence. Los
ingredientes son secretos. No debe robar el conocimiento a los dioses. Miré
aquí. En esta sección resucitamos bacalaos. El bacalao es la clave de todo. Un
bacalao seco perfectamente simetrique es…
—Cállese
Duluc. Carlos no ha venido para conocer los misterios de los peces migratorios.
Es ella. Sentada en un sillón flotante,
iluminada por una luz cenital, ríe Maruja Torres. A su lado Paco Taibo fuma, tose
y se atusa el bigote.
—Ha llegado el
momento. Cuando aceptaste escribir la novela de Carvalho se produjo una
alteración en la fuerza.
Bajo
los pies de Carlos Zanón se abrió una trampilla. Aterrizó con una elegante
costalada en una pequeña cámara oscura de tres metros de alto. A su lado
bostezaba un león famélico.
—No te
preocupes todavía, querido. El Rey acaba de comer una ensalada. ¿Te gustan los
documentales?
—Maruja...me
he hecho daño, joder. Creo que me he roto algo.
—Paco te dará
los ingredientes. Tienes quince minutos para hacer un bacalao al ajo arriero.
Esmérate. Si fracasas serás liofilizado, envasado al vacío y almacenado en el
Arcón. Si superas la prueba formarás parte de la fraternidad universal
patrocinada por SP, Sopas Plegamans.
La sonrisita de Paco Taibo y sus ojos de
carbón auguraban un juicio severo. Hizo descender una cuerda con un hatillo
envuelto en un pañuelo de fer farcells. El león se acercó a olfatear.
—Si quemas el
ajo el Rey se enfadará. Si quemas el pimentón...Te quedan catorce minutos.
—Pero es que
me estoy...meando.
—Utiliza la
arena del Rey.
En una esquina del habitáculo un hornillo de
gas, una sartén, una espumadera, una tabla, un cuchillo, dos platos, cuchara y
tenedor. El Rey mira alternativamente al presunto cocinero y a las herramientas
de trabajo sacudiendo moscas con el rabo. Zanón desata el paquete y saca un
botellín de aceite de oliva de Jaén. Enciende el fuego con cierta parsimonia y
lo vierte en la sartén. Machaca cuatro dientes de ajo con un golpe de mano
certero, los pela, los corta y los echa en el aceite caliente. Espera a que se
doren removiendo con la espumadera. Cuando ve los trocitos amarillear prepara
media cucharada de pimentón. Elige el momento preciso atendiendo a la tonalidad
del ajo, vuelca el pimentón, lo extiende rápidamente por la sartén y añade un
chorro de vinagre. Coloca las piezas de lomo de bacalao sobre el sofrito, con
la piel hacia arriba, y baja el fuego al mínimo. Menea ligeramente la sartén
para que no se pegue el bacalao y a los dos minutos da la vuelta a las piezas.
Listo. El león se acerca. Taibo pregunta.
—¿Guarnición?
—Patatas
fritas.
—Un derroche
de imaginación. La elaboración ha sido algo tosca. Deja un plato sobre esa
bandeja, vamos a probarlo. El otro sírveselo al Rey, él juzgará.
El rey
se relame antes de probar pasándose la lengua por la cara. Acerca el hocico,
sopla. Maruja y Taibo deliberan con una pinchadita y un pedazo de pan. El
mexicano enseña un pulgar hacia abajo, ha olvidado la sal. Maruja empata, no
está soso. El rey mastica despacio, se sienta y eructa. Duluc arroja una
escalera de cuerda.
Morirá esta
historia en la Historia XIX
El tren negro ha llegado a Mieres del Camín,
en la cuenca del Caudal. A la puerta de la estación una pintada apolítica, “La
putón se va a Gijón”, recibe sin acritud a escritoras y escritores,
acompañantes y curiosos. Forman una manifestación que cruza perezosa el puente
de Seana. El valle está esplendoroso con mil verdes distintos, el río baja del
puerto limpio, amoroso y saltarín, hay garzas y cormoranes. El cielo da gloria
verlo, azulón y transparente, el sol escanciáu a la altura justa, como tién que
ser. La ciudad apacible recibe a los visitantes metida en sus quehaceres. Huele
a monte bravo, a historia carbonífera, a comedia negra en los chigres y a cultura
de la resistencia. A la izquierda el parque Jovellanos, un milagro público, a
la derecha la Mayacina, vanguardia arquitectónica, de frente, al fondo, Requejo,
la plaza más asturiana de Asturias. A los poetas le gusta Requexo, o Requejo, o
la plaza de la sidra, un rincón del mundo que hace esquina entre Manhattan y el
Trastevere.
Nadie en Mieres del Camín conoce mejor a la
clientela de la plaza que Santos Palacio. No nació en una parva de cucho ni tuvo
un fraile escondido en casa, se pagó la carrera escanciando sidra, más o menos
cantarina, montando terrazas, educando borrachos, más o menos cantarines, y
tomando nota de los pequeños detalles. Ahora es politólogo en paro y hace
encargos para un abogado algo irregular. En Casa Flora lo conocen desde nenu,
no han puesto pega ninguna a su extraña petición, trabajar un día, hoy. José
Andrés dirige las operaciones desde el centro de la plaza. Como Santos, José
Andrés, el cocinero más famoso del mundo, nació en Mieres, es hijo predilecto.
Santos sabe que la llegada del tren negro y la celebración de la jornada
mundial del Bacalao, han provocado la llegada masiva de medios de comunicación
y turistas. El homenaje en la Semana Negra y un festival gastronómico con el
bacalao de protagonista, deberían atraer al detective ibérico más internacional.
Según Santos se cazan más moscas con miel que con vinagre. El dispositivo de
Salmorejo, disimulado como un control rutinario, preparado desde primera hora
de la mañana y vigilado por la guardia civil, ha detenido a Carvalho en la
Villa. Joao Carvalho, un taxista de Braga. La descripción se ajusta al retrato
robot de Lifante, una imagen imprecisa y poco fiable, han pasado veinte años
desde que lo detuvo. Las huellas no coinciden. Diez minutos después Carvalho es
arrestado por dos policías de paisano en el mercado mientras probaba cecina de chivo.
Aleixo Carvalho, profesor de literatura en Coimbra, también descartado por
Lifante y las huellas dactilares. Salmorejo empieza a jurar con el tercer
Carvalho sospechoso, un psiquiatra de Oporto que compraba callos donde Sagrario.
En Oñón están aparcando autobuses. Alguien en Portugal tuvo la feliz idea de
organizar viajes económicos a Mieres, a las jornadas del bacalao. El anuncio en
redes sociales, octavillas, radios y periódicos, especifica el precio y la
gratuidad para todos los apellidados Carvalho. Salmorejo se caga en la puta que
los parió a todos sentado en el Rinconín, dándole a los chipirones y al prieto
picudo. Santos vuelve a escanciar con un ojo en el comisario y otro en la
parroquia. Sigue el despliegue de fogones en la plaza dirigido por José Andrés.
Acaba de llegar a saludarlo Aníbal, el alcalde, un minero comunista jubilado
recolector de sucesivas mayorías absolutas. Ha renunciado al sueldo y vive de
su pensión. Se ha corrido por Mieres la voz de la invasión de los Carvalhos.
Tonia graba la estatua del sidreru con la niña en el carrito, desde el quiosco
de la Churre, colgado sobre el río San Juan. Encuadra una panorámica de la
plaza, las casas con corredores, los nenos jugando, las terrazas de las
sidrerías. Salmorejo sentado al sol, el Mudo yendo y viniendo, el alcalde y
José Andrés departiendo, la guardia civil patrullando la carretera general.
Envía el video a Maruja que le habla por los cascos.
—Estupendo
plano Tonia, huele a escalopines al cabrales. Vete a “Los Valles Mineros” y pide
un pincho de carne guisada, Zanón llegará en unos minutos. Y pon la capota al
carrito, mujera, que con esta solana vas a freír a la niña.
Santos
ve bajar a Tonia por la rampa de la plaza, se acerca a “Los Valles Mineros”
reburdiando que es vegetariana. Detrás de ella llega Cadu, Carlos Barrio, historiador
y escritor, saludando a todo el mundo. Santos es un personaje suyo. Viene a
echarle la bronca, el politólogo hace lo que le da la gana, va por libre,
cambia la música programada, se pasa el día escuchando a Stiv Bators. Cadu
quiere saber de dónde ha sacado Santos la idea de esconder en la cámara de
cervezas una escopeta. A las doce de la mañana las campanas de la iglesia de
San Juan dan por inaugurada la jornada gastronómica con la ciudad repleta y la
plaza a reventar. En los montes de alrededor arrancan las desbrozadoras.
Antonio
Carpintero, Toni Romano, enciende un cigarrillo en la Pasera sentado en un
banco, frente a la estatua del poeta Teodoro Cuesta. Los poetas, en asturianu o
en cualquier idioma, le dan igual. Le hierve la sangre, ha visto a Salmorejo y
al Mudo. Está viejo, cansado y harto. Que si Carvalho esto o lo otro, que si
Biscuter y Charo. No soporta ni un comentario más sobre el personaje y sus
andanzas. Se han vuelto todos imbéciles. Anoche, en el hotel, engrasó la
Gabilondo. ¿De quién tenía que protegerse? ¿A quién espera sentado allí? Ah,
claro. Se lo dijo el Trini. Va a haber hostias. No le extraña.
Paco
Taibo, internacionalista, comunista y franciscano, ha organizado la división
del Norte. La forman estibadores y mariachis. Esperan en el Padrún órdenes del comité
central, Marieta, Maruja y Charo, instaladas en el mirador del picu Siana. Al
sur, en Santullano, tienen su cuartel general Héctor Belascoarán, el Zurdo
Mendieta y los guajes de la cuenca con gomeros y volaores. Todos esperan la
señal de Santos. Como buen politólogo, Santos estudia la realidad concreta. Santos
se acerca oferente al comisario con la primera bandeja de pinchos, bacalao al
pil-pil. Salmorejo coge uno displicente, lo mastica despacio y traga. Santos cuenta
los segundos. Salmorejo se desploma a su lado. Se abalanza sobre él y le levanta
el móvil y la cartera antes de que se forme un corrillo y pidan un médico a
gritos. El Mudo llega a la carrera. Interviene la cruz roja, presente en la
plaza. Suena la sirena de la ambulancia y se llevan al comisario caminito del
hospital. El Mudo llama al bunker, informa y pide instrucciones. Stewart y Litle
Nicholas reinician el ordenador, se dirigen al hospital a ver qué pasa y a esperar
órdenes de no saben quién. El alcalde y José Andrés olisquean y prueban con
precaución los pinchos de la bandeja, dan fe de su perfecto estado. Santos le
pasa a Tonia el celular y la documentación del comisario.
A Leonardo Padura el bacalao no le hace ni
fu ni fa. A miles de kilómetros Industriales ha vuelto a perder. A pesar de su
fe inquebrantable le entran achaques de cansancio histórico. Busca juntarse con
amigos, beber una botella con algo para picar y hablar mierda sin tener que
medir las palabras. Pasea al lado del río a la búsqueda de un chigre con Mario
Conde, lo más parecido a un amigo que tiene a mano. El expolicía, exlibrero de
viejo, y vigilante en un restaurante, no se imaginaba Asturias así. La cuenca
minera le resulta familiar, Carvalho, un primo lejano. Ahora está en medio de
una conspiración. Su trabajo, pagado en dólares, ha sido fácil, solo tenía que
hacer una cosa, mentir. Un poco, una mentira inocente. Por una vez no le sacan
del cuero los beneficios. Su presencia en la Semana Negra hizo inevitables las
entrevistas, Marieta contaba con ello. Cuando le preguntaron por Montalbán se
lo pusieron fácil. Carvalho y él eran amigos desde hace años, mantenían el
contacto. Iban a verse en Gijón, tenían pendientes unos panchinos y unas
botellinas. Un falso bisabuelo de Turón garantizaba un espacio en la portada de
“La Nueva España”. Por la otra orilla, en dirección contraria, discuten Kostas
Jaritos y Salvo Montalbano. Son funcionarios, no deben entrar en asuntos
internos de otro país. Les asalta la ausencia de Andrea Camilleri. Aplauden con
ardor el valiente reconocimiento de su indiferencia ante el fútbol y de su
incapacidad para cocinar. Desde el puente de La Perra, con una caña de pescar
en la mano, Petros Márkaris sigue el trayecto de los comisarios. Decide
introducir en la situación una llamada de Adrianí. Recuerda a Jaritos, dando
por hecho que lo ha olvidado, el cumpleaños de Lambros, su nieto.
Salmorejo
despierta en el hospital con dolor de cabeza, la lengua azul y medio cuerpo
paralizado. Balbucea, intenta hablar. Stewart y Litle Nicholas salen a fumar a
la puerta del hospital discutiendo entre ellos. Li, un agente chino de la
guardia civil, toma declaración en un folio con un boli rojo.
— ¿Qué quiere
denunciar?
—Me han robado
la cartera con la documentación, las tarjetas y el móvil. Y han intentado
envenenarme.
—¿Quién?
—No lo sé.
Estaba en Mieres, en la plaza de Requexo, me ofrecieron bacalao y no me acuerdo
de más. Me desperté aquí.
—¿Bebió sidra?
—No, vino.
—¿Cuánto?
—Dos o tres.
—¿Cuál es su
profesión?
—Estoy
jubilado. Era policía y empresario.
—El comisario
Salmorejo. ¿Correcto?
—Sí.
—¿Qué hacía en
Requejo?
—Me gusta
mucho el bacalao. Vine a las jornadas.
—¿Cómo le
gusta el bacalao?
—¿Cómo dice?
—Es para el
informe. Luego el sargento me pregunta.
—¿Pero qué
relevancia tiene eso?
—¿No tiene
relevancia el informe?
—¿Un informe
sobre mis gustos?
—¿Sus gustos
son irrelevantes?
—¿Qué tienen
que ver mis gustos con el robo?
—¿Qué robo?
—¿No ha oído
lo que le he contado?
—¿Ha visto a
alguien robarle?
—¿Pero no acabo
de decirle que me desmayé?
—Aquí las
preguntas las hago yo, comisario. Usted responde. ¿Cómo le gusta el bacalao?
—Hervido. Con limón
y mayonesa.
—¿Está usted
seguro? ¿Limón y mayonesa o mayonesa con limón?
—Es lo mismo.
—El dicente afirma
que es lo mismo. ¿Cuándo se dio cuenta de que le faltaban la cartera y el
móvil?
—Aquí, cuando
desperté le pedí a mis ayudantes el móvil para hacer una llamada y no estaba en
mi chaqueta, ni en los pantalones.
—Ayudantes…
¿de qué? ¿No está jubilado?
—Sí, pero
necesito ayuda.
—¿Para qué?
—Para mis
asuntos privados.
—¿Qué asuntos?
—Privados, se
lo acabo de decir.
—¿Dónde vive?
—En Madrid.
—¿Conoce a
Jose?
—¿Qué Jose?
—El de Madrid.
Fue conmigo a la academia.
—En Madrid
debe haber cien mil Joses.
—¿Cómo lo
sabe?
—Oiga… ¿Puedo
hablar con su superior?
—¿Con el
sargento? No, no puede. ¿Por qué quiere hablar con él?
—Quiero que se
respeten mis derechos.
—Bienvenido al
país más garantista de Europa. ¿Quiere un traductor?
En el cielo
despejado Carlos Zanón le ha cogido gusto al helicóptero. Vigila las partidas
diseminadas por el monte. Va a haber follón. Da información por radio de las
maniobras al triunvirato. Charo se queja.
—Ay Jesús, qué
recoña…
—No te quejes
tanto, cariño. A Pepe que le den. Bastante te ha amargado la vida.
—Que no,
Maruja, que no. Que no va a venir. He visto el folleto, cien formas de cocinar
el bacalao. No va a venir, falta la fundamental, el pan de bacalao de las
Reparadoras, con su bechamel, su zumo de limón, su manteca de vaca y sus
langostinos. Me lo dijo Biscuter. Nunca había visto a Pepe con los ojos en
blanco.
—joder con las
monjitas...
—A ver si
estamos a lo que estamos. Primero tomamos Mieres y luego tomamos Madrid.
—Pero vamos a
ver, Marieta. ¿Tú crees que se dan las condiciones?
—¿Qué
condiciones? ¿Con ochenta años me van a importar a mí las condiciones? Estuve
en Sierra Maestra, en Angola, en Vietnam, en Palestina y en Afganistán.
¿Quieres que te cuente las condiciones? Payo cabrón que vea, payo cabrón que me
cepillo. Así hasta la Puerta del Sol.
—Mujer, si no
digo que no. Lo que pasa es que lo de Madrid no lo veo. Mira Zanón ¿Se ha ido a
vivir a Madrid? No, se ha instalado en Málaga. Por algo será. Maruja, hija,
díselo tú.
—Yo soy más
reformista pero esta revolución me gusta. Ahora, también te digo, nos van a
mandar a la legión. Y a la OTAN si hace falta.
—¿Qué diría
Manolo?
—Que esto de
echarse al monte es una frivolidad. Pero después de Messi Manolo estaría
dispuesto a todo.
A cincuenta metros acaba de aterrizar el
helicóptero. El ganado se asusta y se dispersa. Zanón se acerca a la carrera
hasta el mirador. Viene gritando.
—¡Ha venido!
¡Ha venido! ¡Está en el ayuntamiento!
—Ay, mi
Pepiño…
—No, joder,
Pepe no. Ha venido el Rey. Acaba de llegar, está con el alcalde.
—¿El padre o
el hijo?
—Ninguno de
los dos. El de Inglaterra. Lo está transmitiendo en directo la BBC. Le acompaña
Simeón de Bulgaria.
Las tres mujeres intercambian miradas
incrédulas. Es un imprevisto. Charo se pronuncia la primera.
—Yo lo de
Diana no se lo perdono.
Responde
Maruja escéptica.
—Hace años que
perdí la fe en la BBC. Desde la guerra del golfo.
Marieta se
subleva y saca la pistola.
—Ni rey ni
nada. Es una maniobra de distracción. Tú, al helicóptero. Vosotras a callar.
—No seas
autoritaria, Mari. A mí no me callan ni los marines.
—Dimito.
Hacéis la revolución vosotras solas. Me vuelvo a la residencia.
—De eso nada,
guapa. No hemos preparado este circo para hacer el ridículo. Carlos...pon un
mensaje a Tonia. Que empiece la fiesta.
—Vale. ¿Qué
hacemos con la guardia civil?
—Nada, déjalos,
no quieren líos.
En medio de Requexo Tonia abre el maletín del
violín y saca un pistolón de señales. Dispara al cielo una bengala. Las
partidas cortan las carreteras. En el ayuntamiento se retiran las banderas
oficiales. Los revolucionarios despliegan una pancarta que cubre la fachada:
“Bacalao sostenible o muerte o soja”. En el salón de actos están retenidas las
autoridades, el rey de Inglaterra y los periodistas. Una patrulla vegana
instalada en la casa de cultura se ocupa de las redes sociales. Aníbal, el
alcalde, con respeto, habla desde el balcón del ayuntamiento a las masas.
—Yasta bien de
tanta comedia. A partir de esti momentu queda declará la semana del madreñazu.
Tamos faciendo historia. Los jubilaos de les bicicletes a repartir sopa. Las
paisanas a quemar los mandilines. Ta to pago. A tomar pol culo el desorden
internacional, home ya...
El paisanaje
parece de acuerdo con el manifiesto. Un joven pide la palabra.
—¿Y la
contradicción de primer plano?
El alcalde no
duda. Señala al interior.
—Eso ye cosa
del concejal de cultura, a mí no me líes guaje. ¿Alguna pregunta más?
—La revolución
o ye mundial o no tien futuro ¿Pa cuando quitamos las fronteras?
—Eso yastá
hablao. El jueves.
—El jueves
juega el Caudalín.
—¿Qué tendrá
que ver? No hay más preguntas. A cascala.
Llegan noticias preocupantes. Un grupo de
enfadicas se ha hecho fuerte en la calle de los bares. Piden entrevistarse con
el comité revolucionario, no son muy de cuchara, no les gusta la sopa. Mendiño
se hace cargo de las negociaciones y ha ofrecido tropezones. Explica los
beneficios de la sopa y su consumo desde el paleolítico. Al llegar a la edad
media los sublevados quieren colgarlo de una farola. Duluc intercede; si no
quieren sopa que coman queso. Se aprueba la llamada “excepción de Urbiés” a
mano alzada. En el puerto de Santo Emiliano se concentran fuerzas de la otra
cuenca, la del Nalón. Quieren un helicóptero para ellos y ñoras en la sopa. Se
produce la entrega y el acuerdo de usar el helicóptero días alternos. El abrazo
de la Collaona sella la unidad entre la alcaldesa de Langreo y los
sindicalistas alleranos. Un comando intercuencas, Tonia entre ellos, se dirige
a Villabona a sacar a los presos, qué presos no importa.
En Requejo los Carvalhos portugueses y el
coro minero de Turón interpretan “Grandola vila morena” mientras el jurado
delibera sobre los bacalaos finalistas. José Andrés solicita al piloto del
helicóptero que abra el espacio aéreo y permita el paso de una avioneta amiga
que ha pedido permiso para aterrizar en el Polígono de Gonzalín. Son fuerzas
internacionales, un amigo estadounidense de José Andrés; Barack Obama. Trae un
mensaje de la OTAN: Estáis rodeados, rendíos. Barack Obama se ofrece como
mediador, ha hablado con Zapatero en Villamanín y trae las medicinas del Rey de
Inglaterra. La policía local de Gijón, comandada por Alejandro Gallo y Trinidad
Ramalho, está a las puertas de Oviedo. El triunvirato hace cálculos. Han
interceptado comunicaciones del enemigo.
—Charlie uno a
Charlie dos. Charlie uno a Charlie dos. Cambio.
—Aquí Charlie
dos. ¿Qué quieres, Charlie uno? Cambio.
—Aquí Charlie
uno. Han llegado las hamburguesas congeladas. Cambio.
Las redes de Maruja bullen. Llegan novedades
de todos los rincones. Se ha lesionado en la ducha Giorgios Habilidousou. Ha
sacado un disco un grupo muy famoso. El presidente de no sé dónde ha dicho no
sé qué.
—Hay apagón
informativo. Esto ya pasó en la guerra de los seis días. Pon la SER a ver qué
dicen.
—Llevan veinte
minutos de publicidad.
Todo va bien a juicio de Marieta. Tiene
experiencia. La llegada de Barack Obama solo puede significar una cosa, la sopa
hace efecto. Los arsenales de la OTAN no pueden neutralizarla. En Oviedo no
aguantaran mucho. Los ordenanzas del ayuntamiento de Mieres, abolidas las
clases, sirven té al rey de Inglaterra y un chupito a Simeón de Bulgaria por
conmiseración. Un Borbón alto habla por televisión. No se le entiende. Los
alleranos piden fabes, tocín y morcielles, son reivindicaciones irrenunciables.
Después de les fabes, más tolerantes, prueban la sopina. La magia de Biscuter
hace efecto y salen escopetaos dando voces por el puerto de Vegarada. Cruzan la
linde de León, enganchan la ruta del Curueño, el río del olvido, sublevan a los
vaqueros de los Argüellos y se suben al hullero en la estación de Matallana. En
León les espera el batallón de Genarín recitando en la muralla versos
chufleteros. Toman sin resistencia el barrio húmedo entre vivas a la sopa de
bacalao, copinas de orujo y mueras a la comida chatarra. El gobierno
provisional se instala en el Besugo. Los de Cistierna declaran la guerra a
Alemania otra vez. Se les pide por escrito mesura y pragmatismo. En Sabero
cortan la vía y aíslan la región. En La Gitana, enfrente del Besugo, los más
exaltados quieren ir a Valladolid a por vino de Serrada para echar un chorrín
en la sopa.
Pajares y San Isidro están bajo control
revolucionario. Trenes, barcos, aviones y camiones transportan toneladas de
sopa enlatada procedente de la fábrica de Plegamans en las Oubiñas. La
logística funciona a pleno rendimiento.
Una pescadora de Nazaré ha ganado el
campeonato mundial de Bacalao. Le da derecho a incorporarse al triunviriato
dirigente. Los mozos la suben al Picu Siana en volandas. La reciben
circunspectas Marieta, Maruja y Charo. No hay tiempo que perder. France Presse
acaba de anunciar la presencia detectada en Asturias de Bouvard y Pecuchet.
Navegan por la costa a la altura de Llanes en un yate privado. Los rumores
señalan un posible desembarco en la playa de La Ñora.
El Rosario V navega a la altura de Punta
Escalera. Biscuter cocina taramá con huevas de bacalao para acompañar una de
las tres botellas de The Dalmore Trinities que se fabricaron hace 140 años.
Carvalho dormita al sol en la popa, tumbado en una hamaca. El que fuera su
ayudante está a punto de aparecer en la lista de los personajes más influyentes
de Europa. Coincidió con José Andrés en la Escuela de restauración y hostelería
de Barcelona. El asturiano trabajó en el Bulli y acabaría emigrando a los Estados
Unidos. Después de la vuelta al mundo, con Carvalho preso, Biscuter cocinó para
una secta partidaria de negociar la inmortalidad con los extraterrestres a los
que esperaban en un valle del Mountain West con una acampada de bienvenida.
José Andrés ayudó con la logística del catering y el éxito fue total. Las naves
no aparecieron. Eso no impidió el delirio de los adeptos por los pimientos
rellenos, las setas con piñones y el bacalao al horno de Biscuter. Los
frustrados inmortales esperaron en Utah treinta días con sus desayunos, comidas
y cenas, por si la fecha dada por la organización tenía algún error de
traslación al calendario alienígena o hubieran surgido imponderables. La espera
y la impaciencia volvieron descreído a Biscuter en lo tocante a contactos, no
importa en qué fase. Como efecto secundario el evento proporcionó ingresos
suficientes a la sociedad de Biscuter y José Andrés, Bisjoan Inc, para
consolidar una franquicia implantada hoy en más de treinta países. Josep
Plegamans Betriú factura cientos de millones anuales, ha invertido en negocios
recomendados por Charo, accionista principal, asesorada por Rigalt i Mataplana,
recién enterrado.
Carvalho no tiene interés en los
acontecimientos. Reconoce que la sopa enlatada por Biscuter está lograda, no ha
perdido el paladar. Recuerda bien a Salmorejo, a Lifante y a Contreras, su paso por la dirección general
de seguridad, cuando era un joven revolucionario y los policías se reían de él,
sentado en la celda: “cuando lleguen los tuyos, nosotros seguiremos aquí y tú
seguirás ahí”.
Sí, Rigalt i Mataplana le encargó la creación
de los servicios secretos catalanes. Al ver la cifra del ingreso en el Banco no
encontró motivos para negarse. Contrató asesores de confianza: Marieta,
superviviente de la guerra fría, Maruja, superviviente de guerras en general, y
Charo, superviviente a secas. Ninguna de las tres habría aceptado sin la oferta
de Biscuter. Serían agentes dobles, formarían un servicio paralelo con sus
propios objetivos. Biscuter escuchó por fin lo que tanto había esperado.
—Biscuter, la
taramá es perfecta, ni siquiera se nota el acenocumarol. Ya puedo morir
tranquilo.
—Nada de
morirse, jefe, está hecho un chaval. Aceno... ¿qué?
—El principio
activo del Sintrom. ¿Crees que no te he visto echarlo en el sofrito?
—No se le
escapa una. Es para que la sangre no se haga morcilla. ¿Me explica ya a qué
hemos venido?
—Todavía no lo
sé. Dicen que los ordenadores tienen memoria. Qué tontería, la memoria es otra
cosa. Nunca sabrán de sabores, olores, tactos, dolores.
“Solo
las viejas ruinas lo
dicen todo
y no dicen nada
al cibernético
le sobran los tirabuzones, el
vuelo
del organdí
las lágrimas, los recuerdos”.
—Hostia, jefe,
qué bueno.
—¿Ves esto?
Una memoria electrónica. La conectas a un ordenador y ahí tienes lo que
quieren, información. Hay números de cuentas de reyes y presidentes con todos
sus movimientos, códigos de acceso a las redes militares más secretas, dosieres
sin desclasificar de los últimos cien años. Los trapos sucios de la élite
mundial. Abre el Dalmore y pon unas gotas en el hielo. Pruébalo. El resto
échalo por la borda. Mete esto en la botella y tírala al mar.
—No somos
náufragos, jefe. Y ese whisky me ha costado ciento cuarenta mil euros, era para
su cumpleaños...Vale, tiene razón. Somos quienes somos, venimos de dónde
venimos. Al agua va. Blup.
“Descubrió
que finalmente
morimos de uno en uno
y se echó a
llorar
a orillas del mar
la, lá, la, lá
la, lá, la, lá”.
—Te queda por
dar unas explicaciones a lectoras y lectores. Están en la penúltima página y
tendrán cosas que hacer.
—Siempre me
toca a mí, jefe. ¿Qué quiere que explique?
—El sentido de
la vida.
—Eso es fácil.
La gente no es tonta. Ahí va: Rμν - 1/2 R gμν = 8π G/c^4 Tμν
—Y ahora
quédese aquí tranquilo. Tengo que hacer unas llamadas a la fábrica. En Requexo
ya se ha liao, ya está armada. Muy mal se nos tiene que dar para que esta vez
no sea la buena.
No todo es jarana en la plaza de Requexo. En
el Correor un paisano muy mayor apura la copa de anís. Está serio, no participa
del jaleo general. Es foriato, está solo. Se levanta de la terraza y se aleja
hacia la carretera de Sama. Con el puro en la boca, tose al subir la cuesta de
la caleya. Va fijándose en las flores; claveles, dalias, hortensias, cosmos,
hibiscos, geranios y rosas. Alguna casa en ruinas comida por el monte,
manzanos, cerezos y una higuera. Un caseto con pites, huerta. Empieza a
orbayar. Llama a una puerta con los nudillos, no hay timbre. Abre en pijama y
zapatillas alguien desconocido para él.
—Buenos días.
¿El señor Rodríguez?
—Sí, soy yo.
—¿Es usted el
que me ha traído hasta aquí?
—Sí, Méndez.
Pase. ¿Quiere un café?
—Se lo
agradezco, con gotas si es posible. Voy a cumplir noventa años. Subir cuestas
me mata.
—Usted y
Carvalho son inmortales. ¿Unas galletas?
—No...Pues
usted dirá.
—Quiero
confesarle algo inspector. Yo maté a Mari Luz, a Moré, al Toto y a Regulero.
—Virgen Santa.
¿Puede probarlo?
—Claro, claro.
Con su permiso robaré otra frase a Manuel Vázquez Montalbán: “el asesino de mi
novela es el escritor. Es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que
siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura”.
Cantó el Gran Gato. Cuadraron al carrer la
filla de Cuba i d´un gitanet, la sopa, la memoria y el deseo, la geometría y la
compasión. Inspiración y locura:
Quisiera ser poeta...
Para no ver de cerca,
A mis amigos tristes,
A nuestros hijos grandes
Y a nuestros viejos lejos...
Tonia Calógero subrayó una última cita de Montalbán: “Un escritor posromántico
todavía podía imaginar o soñar que con un poema podía cambiar el orden de las
cosas; ahora sabemos que la historia no cambia ni bajo los efectos de toda la
programación de la televisión americana”. Antes de irse a dormir enchufó en el
portátil la memoria remitida por Gustave Flaubert, el autor de Bouvard y
Pecuchet.
Un escritor ultraliberal, más o menos de
Chicago, todavía podía imaginar o soñar que con un tratado de economía podía
cambiar el orden de las cosas; ahora sabemos que la poesía no cambia ni bajo
los efectos de toda la caterva de encantadores.
—“Bacía,
yelmo, halo, / éste es el orden Sancho”.
Apoyado en la
barra de "El Pirata", Makinavaja, el último choriso, el penúltimo
poeta, cierra el libro que le han obligado a leer. Enciende un pito y
sentencia.
—“Po fueno, po
fale, po malegro”.
El último que
apague la luz.
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