CALDO DE CARVALHO

 

Caldo de Carvalho

 

Nada quedó de abril (I)

 

    En tiempos del rey Peret I, entre el Tibidabo, el mar, el Besós y el Llobregat, el güiro del Gato Pérez, poeta de la fiesta y el sabor, marcó la clave de Barcelona. Tonia recupera para la ocasión un verso intemporal de aquella panda sonora. “A las tres de la mañana nadie cree ni una palabra”. En el más allá, Badalona, a las cinco y sin verbena, ni media. Tonia se estira y bosteza con los ojos irritados mientras el Bambi, llegado esa misma tarde desde Madrid, secretario general del sindicato, aburre al comité de delegados y a unos pocos militantes. No presta atención. El Bambi es un millonario disfrazado de anarquista. Tonia deja pasar las últimas cajas de pizzas frías esperando la ocasión más discreta para salir del local lleno de humo y certezas. Su trabajo ha terminado. Sin despedirse gana la calle, el frío, el parque Nelson Mandela. Arranca, sumándose a medio gas al tráfico escaso y atraviesa hacia el sur, en paralelo a la playa, una madrugada con olor a mar, anís y petróleo.

  Hay personas durmiendo debajo del puente de la autovía, entre cartones y carritos de mano. Tonia pasa zumbando con el ciclomotor prestado de Malik. Va a la Barceloneta a cero grados, un martes de abril. Un abril distinto al de los poemas de Montalbán, “cuando había alegría y rastro de mejillones en la escollera”. Quiere estar en casa antes de que llegue Nana, su madre, después de cocinar toda la noche para la subcontrata del hospital. Irán juntas al aeropuerto, llegan de Grecia los abuelos. Ahora la familia se puede permitir, de vez en cuando, unos billetes de avión. 

   La noche fue desagradable. Los del sindicato la liaron para traducir al francés y al inglés, como si alguien fuera a leerlo, un comunicado lleno de nada y urgencia. No pudo negarse. Se lo había pedido Malik y le debía muchos favores, la mayoría confesables. A Malik le cuesta admitir que el Bambi sea un impostor. Tonia no insiste en convencerlo. Que la mujer del secretario general sea directora ejecutiva de una multinacional le parece un ruido. Para los informados del sindicato es normal, amor libre. Malik se afilió al firmar su primer contrato en un bar de San Roque. Escuchó en el barrio, lo que mejor sabe hacer, historias y leyendas, a los Chunguitos y al Camarón. Le llamaron la atención las pintadas ácratas en los bloques de cemento aluminoso, la mayoría ya derribados, construidos en el siglo pasado para alojar a gitanos y emigrantes. 

   Si en vez de hacer caso a Malik hubiera cogido un taxi para volver a casa no estaría congelada con los labios morados, tiritirititando de frío. Tonia es medio italiana, sabe que trabajar cansa. Lleva en España tiempo suficiente como para haber aprendido que, además, si es gratis, cría mala hostia. Cambia de humor al doblar la esquina de su calle, en unas horas verá a los abuelos. Traerán besos, achuchones y regalos; libros, blusas cosidas por la tía Eleni, alguna botellita de ouzo.

  El suelo húmedo refleja la luz de las farolas fijadas en las fachadas de la calle de la Sal. Tonia oye el eco de sus pasos, reconoce el aroma de la basura recién recogida. No ha empezado a clarear. Cincuenta metros más allá, justo delante de su portal, hay algo, un bulto. Tarda unos segundos en reaccionar, acelera. Unos gemidos roncos la alarman, corre asustada. En el suelo convulsiona una mujer mayor. Con los nervios disparatados se agacha a su lado. Horror. No hay sangre. No sabe qué hacer. Recuerda los temblores de una compañera epiléptica en el patio de la escuela con espuma en la boca y los ojos en blanco. Un gemido gutural y los espasmos la provocan escalofríos, no se atreve a tocarla. Al incorporarse para sacar el teléfono y llamar a alguien, sin saber a quién, ¿qué número es el de emergencias?, ve un chico pegado a la pared de enfrente. No puede moverse, ni pensar, ni gritar. El chaval se dirige a ella con voz tranquila.

—He llamado a la policía. La vi poco antes de que llegaras tú.

   No tiene ninguna razón para creer nada. Piensa en una ambulancia como algo más útil. Sostienen las miradas separados por unos pocos metros. A sus pies la mujer tiembla a medio vestir. Rota, no parece consciente. Al fondo de la calle asoma un coche patrulla y el desconocido levanta la mano. Tonia entra al portal, espera que llegue la policía. Ve al chico dar explicaciones, sube al piso. Su madre está a punto de llegar. Prepara el desayuno. Zumo, galletas, café. Se le cae un vaso, explota contra el suelo. Su padre, Aldo, duerme. Entra a trabajar a las ocho en el camping. No piensa despertarlo si no lo ha hecho el estallido del cristal en la cocina. De la calle llega el rumor del puerto, el tráfico, los primeros camiones de reparto, alguna persiana. Recoge el estropicio, se sienta frente a la tele apagada. Suena la cerradura de la puerta. Nana aparece pálida y cansada, abrazada a sí misma, sacudiéndose el relente. Se quita el plumas y se derrumba en el sofá, a su lado. Tardaron en hablar. La mujer murió antes de que llegara la ambulancia. Había caído desde el cuarto.   

   La mujer muerta acababa de llegar a Barcelona. Ningún vecino la conocía. Tonia supo su nombre mirando el buzón, Mariluz. Nadie preguntó por ella, nadie se ocupó de la parte burocrática de la muerte. Una empresa de alojamientos turísticos compró el piso a la semana siguiente. Tonia nunca se cruzó con ella.

   No ha dormido todavía. Prepara la comida a los abuelos, sentados en la camilla junto al ventanal. No les han contado lo de la vecina. Tonia cocina poco, hoy es una excepción voluntaria. Con una profesional de los menús y un hijo de charcutero en casa, sabores y olores están garantizados. Corta cebolla con los ojos llorosos, chile verde y tomate. Muele que muele en el mortero un aguacate, añade limón, cilantro, sal y la picada. Sirve tostadas con el guacamole, huevos fritos con pimentón, café de puchero. El pasado remoto de los abuelos provoca en su nieta la pesquisa a veces impertinente de la curiosidad. Tonia discurre por bulerías: “De los buenos manantiales se forman los buenos ríos, abuelos, padres y tíos”. Penélope pasó hambre, tuvo que comer de todo. Alaba el plato de su nieta con la desmesura habitual de las abuelas mediterráneas. No la hay como su Tonia.

     En las investigaciones genealógicas de Tonia la abuela Penélope es una testigo del siglo veinte, de los años treinta, del “Gran Desastre”. Se lo ha contado mil veces. Las refugiadas como ella llenaron los suburbios de las ciudades griegas. Sufrieron cárceles, persecuciones, adicciones, prostitución y miseria. Su música duele. El rebétiko; la crónica sentimental de dos millones de personas expulsadas de Turquía. Se cantaba acompañado de buzukis, violines, acordeones o guitarras, en las tabernas y los cafés de peor condición, entre humo de hachís, opio y vino barato. La dictadura militar mandó callar.

  Nunca vio leer a la abuela. Condenada a trabajos forzados desde que tiene memoria, su tiempo pasó en el trajín de lavar, fregar, planchar, cuidar parientes, criar hijas, cocinar, acarrear, hacer cuentas con límites y derivadas, calcular probabilidades, ahorrar, detectar enfermedades, coser y hacer camas, matar liendres, enjaretar parches, desplumar pollos, desnucar conejos, pedir favores. Encontró ratos para cantar, mimar flores y nietas, participar en debates vecinales a gritos desde la ventana, preparar fiestas familiares o del barrio, tener conversaciones teológicas y discusiones sobre cine y televisión en los puestos del mercado. Habla mucho, cuenta historias. Intuye la importancia de la oralidad en la transmisión de saberes perseguidos. A su alrededor viven también demonios familiares, odios, heridas abiertas, supersticiones. Tiene mala leche, buena memoria y defectos ambientales contagiosos. A su nieta le parece perfecta. 

 A Tonia le cambiaron la vida Mariluz y Carmen Balcells. La agente literaria, una de las más importantes del mundo, no contrató a Tonia por la primera impresión, una joven extravagante que provocó su irritación cuando llegó tarde al Hotel Casa Fuster, despistada y en bicicleta, para tocar el violín en la presentación de un libro sobre la Bohemia de Kafka, el escritor praguense y austrohúngaro. Lo hizo después por razones prácticas. El texto casual que las unió, escrito por una desconocida, citado de refilón por un crítico de la revista Deskontrakultur, había llamado la atención a los lectores de la agencia.

   Junto a la escritora acudieron al acto promocional su padre, el cónsul honorario checo y el alcalde liberal de Praga, estafado en su ciudad por tres taxistas al intentar demostrar disfrazado de turista que las denuncias de malas prácticas en el sector eran falsas. No faltaron mandarines, críticos y los habituales de la industria cultural, arrascándose los huevos. Entre tanto chaqué y tiros largos Tonia llamaba la atención. Nadie le había hablado de etiquetas o protocolos. En mallas, zapatillas y camiseta, levantó la barbilla, se colocó la braga tirando de la goma, fijó la mirada en el borroso atril lejano y cruzó el salón dorado con aire de ir a navegar.  

     Un antiguo profesor de Tonia, el cura Don Epifanio, el Epi, esperaba impaciente. Había escogido para el evento a sugerencia del abad, algunos fragmentos de Dvorak, contemporáneo de Kafka. Como intérprete eligió entre sus alumnos a un virtuoso de catorce años, tumbado por unas paperas el mismo día. No encontró sustitutos disponibles. Tonia era el último recurso, necesitaba el dinero y aceptó el marrón. Pasó un mal rato con el profesor clavando en ella una mirada lateral. Ajena a las primaveras de la memoria, de los pueblos y de Praga, intentó convocar al espectro de Kafka cuando el cura, en trance, marcó el comienzo. El checo judío que escribía en alemán, la metáfora poética del charnego, no se apareció. Al segundo compás Tonia concluyó que para tocar cualquier pieza es conveniente satisfacer primero las necesidades fisiológicas más elementales.

  La ejecución salió atropellada. Tuvo varias pifias. Tocó con un ritmo inquieto, los labios tensos y las rodillas juntas, apretando los muslos mientras sentía presión en el suelo pélvico. Con las primeras semicorcheas pensó que iba a estallar, al llegar a las fusas levitó. Tardó en posarse los veinte minutos más largos de su vida. Al terminar salió disparada entre aplausos indulgentes.

   Don Epifanio relacionó las contorsiones con drogas o posesiones diabólicas. Al recoger la partitura se vio reflejado en la madera blanca del piano. Engominado, con el alzacuellos perfectamente colocado, la ira le tentó. Unas gruesas gotas de sudor habían dejado en su cara un rastro visible de tinte oscuro desde las sienes hasta el mentón. Al Epi le saca de quicio la realidad objetiva. Huyó a la francesa, sin hablar con nadie, maldiciendo entre bufidos a Tonia, a Kafka, a Praga y a Bohemia.

   Relajada después de evacuar, Tonia volvió ligera al escenario. Mientras guardaba el instrumento con parsimonia escrutó a la concurrencia. Quería cobrar lo prometido y desaparecer. Conjeturó ante la fuga del Epi que la robusta mujer de pelo blanco, gafas con cordones sobre la frente y un largo vestido amarillo pálido, a la que había visto pendiente del reloj supervisando los preparativos, era la autoridad competente. Buscó un hueco entre los invitados y se dirigió a ella tratándola con lo que a Carmen Balcells le pareció indiferencia, algo a lo que no estaba acostumbrada. La anfitriona se escabulló del cónsul y del alcalde con una frase de cortesía y la acercó al bufet. Al segundo vaso de sidra en copa de cristal soplado, la violinista dejó los monosílabos y las frases escuetas para contestar, sin entrar en detalles, a un interrogatorio guiado por el olfato empresarial. Cobró. Nunca había visto un cheque.

   La agente literaria más defendida por casi todos sus autores, a los que hizo ganar mucho más dinero del que conseguían bajo el “régimen de producción esclavista de las editoriales”, la más importante de la lengua castellana, ascendida por Manuel Vázquez Montalbán a “009 superagente con licencia para matar”, estaba interesada en la violinista y en el útil resultado de su corta biografía. Antes de invitarla a comer y contratarla, encargó a su vidente italiana una carta astral para conocer el grado de compatibilidad.

  Tonia Calógero Makris nació de madre griega y padre italiano en Berlín, en 1984. Carmen recuerda aquel año. Recuerda casi todo la “mamá grande” de los escritores. La policía federal esparcía rumores sobre la construcción de un nuevo tramo del muro, frente a la puerta de Brandemburgo. La violinista se crio en Kreuzberg, el barrio turco del sector estadounidense, a tiro de piedra del check point Charlie. Carmen se levanta del escritorio a comprobar algo en los almanaques de la biblioteca. Sí, confirmado. Kreuzberg fue bloqueado por la visita a la ciudad de Ronald Reagan en 1987. El actor dijo una de sus líneas más famosas: “Derribe ese muro Mr. Gorbachov”. Tonia tenía tres años.

  Carmen Balcells lo tuvo claro, la joven políglota y filóloga era un hallazgo. Montalbán habría dicho que Tonia, emigrante y mestiza, podría callarse en siete idiomas. 

  Tonia Calógero es ideal para el trabajo de traductora en reuniones con autores, editores, agentes literarios, piratas del copyright o cualquier empresario dispuesto a invertir guita en el negocio editorial. No parece impresionable y tiene la sangre joven que Balcells buscaba incorporar a la agencia antes de su retirada, anunciada a la prensa al recibir la medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes.

    La infancia que Tonia vivió con mocos y frío leyendo tebeos en edificios destartalados, jugando entre mujeres de cabeza más o menos cubierta y obreros precarios, cantando con buscavidas, okupas y fugitivos es intransferible, no cabe en los informes de la agencia. Son estrictamente personales los olores y los tactos de Sète, Francia, en un instituto de horizonte con pinos y atardeceres rojos. En su memoria azul guarda el tesoro de los años en la Camarga, rodeada de flamencos y somormujos. Sus padres pusieron un negocio con el dinero ahorrado en las fábricas alemanas. Un bistró a la orilla de una carretera en desuso: Le Passage. La familia aguantó cuatro cortos veranos antes de otra huida más al sur, Barcelona. Tocó volver a empezar con lo puesto. El Poble-sec, la calle poeta Cabanyes, entre Montjuic y el Paralelo, el instituto, la universidad. Barcelona; “albergue de los extranjeros”. 

    Dos años después del primer encuentro con la jefa, recién cumplidos los veintidós, Tonia ganaba en la agencia más que sus padres y se mudaron a la Barceloneta. Más allá del trabajo su atención se fijó en la existencia festiva, el valor del tiempo, las tardes con la Nuri, las ocasionales salidas nocturnas con Malik y sus amigos, las musarañas y los poetas. Malditos o benditos. 

   El violín de Tonia suena después de días borrascosos cumpliendo un luto inconsciente por Mariluz. Es un viejo instrumento regalo de la abuela. Sonó en las tabernas del exilio, pasó por manos de amargura y acompañó penas en casas sin luz ni agua. El primer baile de Tonia, antes de saber hablar, fue en una boda con desplazados sin calle ni barrio. Un hombre borracho que escupía al suelo de tierra tocaba ese violín, la abuela cantaba. El abuelo escuchaba sin intervenir, bebía en silencio.

   Tonia sabe que Aris no soporta a los coroneles en concreto ni a los mandones en general. En su mundo no hay gritos, su vida es en voz baja. Ya aguantó bastantes broncas y conflictos profesionales con los de la mano dura. Maestro, hijo de campesinos, insistió desde que era niña en llevarla a librerías, cines y conciertos. Decía que los libros son mágicos, las películas milagros y las bibliotecas la memoria de la humanidad. En las noches veraniegas de El Pireo iban al cine al aire libre. Sus películas favoritas eran musicales y comedias. El abuelo daba una cabezada, abría un ojo, reía un gag, aprobaba un baile y volvía a roncar. Por ella iría en chanclas a la guerra de Troya.

    Nana también creció con la música del exilio. Rezonga por el calor de un verano anormal mientras escucha estudiar a su hija. Limpia las estanterías con un plumero empapada en sudor. Se extraña por el corte brusco de la música. Ha parado Tonia al sentir la vibración del móvil justo en el pasaje que más le gusta. Tira el teléfono por la ventana del patio. Es el segundo en menos de un año. Sabe quién llama y qué quiere. Siempre hace lo mismo el pelma de Moré, asegurarse de que no ha olvidado una reunión importante. Tiene tiempo de ducharse, elegir ropa y maquillarse bailando con Rubén Blades. Compra en el bazar de la esquina el móvil más barato del mercado augurándole una corta esperanza de vida. Media hora después espera a Moré y los famosos escritores Andrea Camilleri y Petros Márkaris, a los que no ha leído todavía, en una mesa con vistas al mar. Malik trabaja allí, tiene ojeras y cara de cansado. Después de intercambiar chuflas y meterle alguna puyita sobre el Bambi, pide un corto y unos pistachos.

   En la playa del Albir junto al mar, con la brisa y el olor a tostadas, Pepe lo tiene todo hecho. Mató en momentos de amor y barro. Ha vivido con miedo a una vejez sórdida, a la muerte no. Quiso jubilarse con dinero suficiente como para que, llegado el caso, le limpiaran el culo con una sonrisa. No quiere morir rodeado de comisionistas, ni acabar congelado junto a los turistas ingleses, en el almacén de cadáveres sin reclamar. Le quedan algunas personas, pocas, y un deseo, no perder la memoria; “La memoria y el deseo, alcahuetas de la ocultación del rostro verdadero de la muerte”. Volver, reordenar el pasado, es su última ocupación. Busca cuentas sin cuadrar antes de pagar la factura de los muertos y apagar la luz. El primer recuerdo de su infancia, en el distrito V de Barcelona, el barrio Chino, es un bulto en el suelo entre la calle Botella y la calle de la Cera: 

“—¿Borracho?  

—No, muerto.

El cadáver del hijo de los verduleros, a los que a veces apaleaban por vender sin permiso. Se cagaba en Franco a gritos al salir del campo de concentración.

—Con cien años no pagarán el mal que han hecho.

—¿Quién?

—Los fachas.”

   No olvidará el cuerpo en la calle, ni a los vecinos del barrio asediado. Escuchó al Musclaire cantar por las monedas que tiraban desde los balcones. Vio en los terrados entrenar a Young Serra, el peso mosca que no consiguió comprarle un abrigo de visón a su madre. Conoció a Manolo, Manuel Vázquez Montalbán, el escritor que no llegó a ser primera bailarina del Bolshoi, ni delantero centro del Barça, ni Papa, ni secretario general del partido comunista de la URSS.

   El señor Carvalho ha terminado su medio vermú. Pide merluza a la plancha con limón. Más tarde, cuando lleguen las mujeres de su vida y Biscuter, tomarán café juntos y hablarán un buen rato.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El octavo día de la semana (II)

 

   El comisario Kostas Jaritos gruñe intentando arrancar el supermirafiori seminuevo que debería llevarlo al aeropuerto. Petros Márkaris, el escritor que inventó su biografía y circunstancia observa su agobio desde un café. Calcula la ruta más práctica sin perder de vista el contexto; julio, viernes, hora punta, Atenas. Decide que Jaritos, su personaje más célebre, pedirá un taxi, única posibilidad de llegar a tiempo para coger el vuelo a Barcelona. El escritor, sin perder el distanciamiento, viajará unos asientos más atrás en el mismo avión.

  Jaritos estuvo a punto de llegar a la lucha grecorromana con Adrianí, su mujer, empeñada en acompañarlo al viaje oficial que retrasa la promesa de ir a Patmos, la isla donde empieza el apocalipsis en el nuevo testamento. En una gruta de Patmos se la meneaba San Juan Evangelista. Eso dice el Montalbán más culterano en un verso de “El viajero que huye”. Pepe Carvalho cree que “no debería haber vuelto” a Patmos después de pasar allí la luna de miel con Muriel, su exmujer, una atleta del marxismo. “Se está con Muriel o se está con la CIA”. 

   Barcelona atraía a Adrianí. Podría escapar de Atenas en verano, visitar a la virgen de Montserrat, probar el misterioso pan con tomate. Las inopinadas llamadas de un ministro al que conocía por la tele y de Montalbano, el comisario siciliano protagonista de una serie de que no se perdía, habían cambiado los hábitos de su marido. Estaba mustio. Consultaba menos los diccionarios, pasaba las tardes pensativo y comía distraído por mucho que ella se esmerara en la cocina. 

    La despedida no fue agria. Petros Márkaris decidió que Adrianí se quedaría en Atenas. Prefirió no hurgar en la herida de sus personajes, acostumbrados a discutir. Adjudicó al comisario Jaritos un traje como el que recordaba de su padre y puso a Adrianí a planchar. Inventó para la ocasión un cruce de miradas equivalente a un alto el fuego. La última frase que escribió para Jaritos dejaba abierta la comunicación.

—El apocalipsis puede esperar. Patmos seguirá ahí la semana que viene.

    Salvo Montalbano llegó a Barcelona desde Palermo con una novela a medio leer y una dirección en un papel. Tiene tiempo libre hasta la cita en la Barceloneta y Andrea Camilleri, el novelista que le imaginó alma, corazón y vida, lo deja callejear por los rescoldos del barrio chino, reconvertido desde los noventa en un Raval olímpico, agónico, más rápido, más alto, más fuerte. Montalbano recorre el carrer d’en Botella despacio, como un turista jubilado sin billete de vuelta. El comisario busca los fogonazos de la historia, el posdespués del viejo barrio. En 1848 explotó la primavera de los pueblos con su abril correspondiente, se publicó en Londres el manifiesto del partido comunista de Karl Marx y Friedrich Engels y se construyó la casa en la que nacería “en la cola del ejército huído”, en 1939, Manuel Vázquez Montalbán.  

  Muy cerca se crio una nena que escribiría la novela que el comisario Montalbano lleva en el bolsillo. Acaba de recibir la medalla de oro a las bellas artes y se auto diagnostica misantropía aguda intermitente. Maruja Torres.

    Kostas Jaritos cogió el vuelo de milagro sintiéndose imbécil por haber confiado en el supermirafiori y desconfiado del taxista, un pontio poeta que le recitó versos de asesinatos y descuartizamientos con la sensibilidad trágica del mar Negro. Condujo tranquilo, declamó furioso y llegó a tiempo. El comisario dejó propina. El presupuesto incluía el billete de avión, la factura del hotel Sallés y un coche de alquiler que recogió en el aeropuerto. Intentó interpretar el alfabeto latino, las señales y dirigirse a Barcelona siguiendo la corriente principal. Acabó perdido en medio de un polígono alrededor de un almacén abandonado. La cuarta vez que vio la misma fachada aparcó enfurruñado junto a una destartalada parada de autobús y esperó anotando referencias para recuperar el coche.

    Salvo Montalbano hojea la novela de Maruja sentado en un banco de las calles que la vieron crecer; el Chino. Al huir de lo que otros querían que fuera se convirtió en una mujer en guerra. Una devoradora de libros mientras caminaba hacia el trabajo regateando peatones. Una reportera interesada en hacer comprensible al público la tramoya de conflictos, golpes de estado, asesinatos, destrucciones, traiciones, invasiones, élites; eso que pasa mientras vivimos. Una valiosa brújula en el barrio que pisa el comisario de Vigata.

   El calor pegajoso había perseguido desde Atenas a Kostas Jaritos. Por la cartelería y los gráficos de los vehículos, supuso que estaba en un lugar llamado Cornellá. Después de cuarenta minutos de espera entre contenedores, gatos peleones y furgonetas del fin del mundo, subió al autobús con la maleta en la mano. Señaló hacía donde calculaba que debería estar la ciudad de los prodigios. Probó una palabra del precario latín del instituto:

—Centrum… ¿Centrum?

El conductor puso su mejor voluntad para ayudar al único usuario que subía en aquella parada inhóspita. Le pareció rumano.

—¿Centrum? ¿Centrum comercial? ¿Caprabo, Eroski, Carrefour?

—Barcelona…Barceloneta

—Barcelona… Hombre, centrum, centrum, no, pero más cerca sí le llevo.

    Un exjoven rizoso en chándal con auriculares, cargado de cadenas doradas, era el único pasajero. Jaritos lo había visto pasar en coche diez minutos antes. Al avanzar empezó a intuir, detrás del reguero de edificios, la silueta de una ciudad. En la primera parada el conductor se dirigió a él señalando una hilera de taxis.

—Míster, aquí Hospitalet, taxi, centrum, Barcelona, Barceloneta. Metro, a la vuelta, derecha, right. Autobús, veinte minutos, esperar, Bus.

Jaritos captó el mensaje, o una parte al menos, renegó en voz baja y se bajó junto al deportista. El olímpico se acercó moviendo las manos como si tradujeran sus palabras. Intentaba comunicarse.

—Jefe, taxi a medias, yo también voy al centro.

  El comisario entendió, o eso creía, la idea. Negó con la cabeza, registró la cara del sospechoso y le pasó a la taxista la dirección del hotel. Podría ponerse bajo un chorro de agua fría antes de acudir a la comida con los de la agencia Balcells y conocer en persona al comisario Montalbano. Recordó a Adrianí de morros, distante e indiferente, recogiendo las tazas del desayuno. Si le hubiera acompañado ya estarían en el hotel. Detrás dejó al rizos, parado en la acera. Hablaba por el móvil.

—El poli griego acaba de coger un taxi en Hospitalet, comisario. Va a la Barceloneta. ¿Le sigo?

    La taxista apagó la radio, bajó la ventanilla, apoyó el codo y empezó a silbar un swing de cuero y madera conduciendo con una mano mientras pisaba el acelerador. Enfiló la misma autovía que había recorrido con el autobús en dirección contraria. El sudor de Jaritos se congeló. Cuando paró a los cinco minutos, estaba en la puerta de su hotel, al lado del aeropuerto. No se lo contará a Adrianí. Márkaris encendió la pipa y levantó la mirada en el momento exacto. Lo vio llegar desde la terraza de su habitación.

  En la Barceloneta Tonia cierra el periódico cuando llega Moré, abogado de la agencia, con su habitual complacencia sonriente, bigotón antifranquista de los setenta, zapatos casi italianos, casi limpios, camisa abierta de colores chillones, gafas de sol y una chaqueta blanca arrugada. Saluda efusivamente con una broma recurrente y el gracejo de un entierro invernal. Tonia cree que Moré, aunque lo intente, malo del todo no es. Por el color grisáceo de la piel le imagina un hígado problemático. Por las toses dos paquetes al día. Mala vida.

 Malik se acerca a la mesa y guiña a Tonia. Sabe que el señor, como acostumbra, pedirá coñac. Moré hace como si pensara. Pide lo de siempre. Cuando le sirven la copa y pega el primer sorbo, pone cara de asco y dice que no le gusta el coñac.

—Tonita, qué bien vives. Te he llamado tres veces. Podrías contestar.

—Perdona. Mis padres acaban de morir en la estación de esquí de Saint Moritz. Un alud. Estaba haciendo los papeles para repatriar los cadáveres.

   El restaurante decorado con motivos marineros huele a desinfectante de limón y a salmorreta. Un chiringo caro, sin llegar al dolor, con fama de no estropear el pescado. Malik vuelve a la mesa después de una señal de Moré para que rellene la copa.

   Petros Márkaris y Andrea Camilleri llegan puntuales por separado, se saludan con alegría, piden tinto de la casa. La intérprete comprueba que se apañan en inglés y estrena el móvil con una llamada a sus padres para preguntarles por la traducción de rodaballo, cabracho y espardeñas, las recomendaciones de Malik. No tienen ni idea en ningún idioma. Moré intenta ponerse serio para dar unas explicaciones confusas. Lo que tiene que decir no ayuda:

—La agencia está buscando a Pepe Carvalho...Montalbán le dijo a la señora Balcells            que Carvalho era vecino suyo en Vallvidrera. Ella lo creyó, o eso dice. Quiere que lo encuentren.

Márkaris se rascó el cogote. Camilleri se colocó las gafas con el dedo. Para Tonia es la primera noticia. Aunque el inglés de Moré es bastante apache su intervención ha sido mínima. Habla el griego con el tenedor en alto.

—¿Encontrar a Carvalho? ¿Nosotros? 

—Ustedes son escritores, conocen las aventuras de Carvalho, los trucos del oficio. Puede que también tengan modelos reales. Mi tarea es rogarles que contacten con sus colegas, los que conocieron a Montalbán. Si le contó a Carmen Balcells esa historia alguien más de la profesión debería saber algo.

Camilleri interrumpe la disertación para alabar las espardeñas y añadir un comentario.

—Suena a broma de Manolo. Nunca me habló de nada parecido. Es poco probable. Los personajes pueden estar inspirados en personas reales pero lo normal es que sean instrumentos del escritor para decir lo que quiere. Salvo Montalbano no es mi vecino, es una invención, y dudo que Kostas Jaritos lo sea de Petros.

  Márkaris niega dubitativo, utiliza detalles de su padre para atribuírselos a Kostas Jaritos. Camilleri continúa:

—Los personajes parecen reales, es lógico, la verosimilitud es importante en las novelas. Si están bien construidos vuelan solos y tienen su propio criterio. Además, cualquiera puede utilizarlos. Si se dejan. Algunos hasta buscan autor.

Márkaris sonríe con los ojos entreabiertos. Moré bizquea, intuye un chiste interno.

—No soy escritor, solo leo la prensa deportiva. La agencia quiere que sus comisarios investiguen el rastro que dejaron Carvalho y Biscuter al pasar por sus países en Milenio, la última novela de la serie.

Camilleri bebe un trago generoso, sonríe sorprendido, se atraganta. Márkaris no conoció personalmente a Montalbán ni cree que el abogado esté hablando en serio. Cuando el siciliano recupera el aliento da una palmadita en el hombro al abogado.

—Lo que usted diga, no se preocupe. Llamaremos a Lecarré para que pregunte a sus personajes. Si Smiley del MI6 o Karla del KGB no saben dónde está Carvalho, no hay nada que hacer.

—No se tome la molestia, el señor Lecarré no quiere hablar con nadie. En el MI6 no cogen el teléfono y el KGB desapareció en 1991.

   Tonia sabe que el observador transforma lo observado. Los tres hombres mayores con los que comparte mesa actúan haciendo como que no está. No sabe de qué se ríen. No le interesa Carvalho, las excentricidades de la jefa, ni los balbuceos de Moré. Tiene la mente en los barcos del horizonte, en comprar unas granadas para llevar a la Nuri, en las fiestas de Gracia. El abogado insiste en la propuesta.

—Puede que Carvalho ande por ahí. Carmen Balcells quiere una autobiografía del detective. Lo está buscando mucha gente. Dicen que tiene información confidencial sobre personas y familias importantes, entre otras los Borbones y los Pujol. Si deciden colaborar está dispuesta a negociar la publicación de sus obras completas en una edición de lujo con los mejores traductores de treinta países, ilustraciones de Banksy, portada de Miquel Barceló y prólogo de James Ellroy.

 Márkaris se queda en blanco. Camilleri se encoge de hombros y pregunta.

—¿Quién es Pujol?

   Montalbano se cruza en el Raval con peatones de todas las procedencias. El barrio chino de Maruja y Montalbán fue la reserva del subproletariado inmigrante y catalán. Ahora habla mil lenguas. En la plaza Terenci Moix el comisario detecta cemento crudo, menudeo y algún descuidero. Identifica a varios policías de paisano que no se deciden a pedirle la documentación. Uno de ellos, el más pícnico, tropieza con un vendedor de globos al girarse bruscamente y choca al corregir el rumbo, con una niña que iba en bicicleta. Un guardia torpe, un Catarella ibérico.

   El comisario deambula distraído de plaza en plaza. Llega a la Salvador Seguí. Paseantes, críos, ancianos, mujeres, hombres, todo lo contrario, árboles, terrazas. Montalbano no sabe quién fue el Noi del Sucre, Salvador Seguí. A quien sí conoce, y también tendrá plaza cuando terminen las obras, saliendo ya a la rambla, es a Manuel Vázquez Montalbán, el narrador de las andanzas del improbable detective Pepe Carvalho, motivo de su extraño viaje. Salvo Montalbano leyó el paseo con lógica de maestro siciliano: El Raval es el mundo, el mundo es el Raval.

  Carvalho creció en el Chino. La militancia clandestina comunista y el trabajo en la CIA borraron su pasado. Pujol promocionó el suyo desde que fue al colegio alemán de Barcelona durante la segunda guerra mundial. Los dos pasaron por la cárcel y se graduaron en antifranquismo, punto de cruce entre el nacionalismo centrífugo y la militancia comunista. Los comisarios tuvieron sus fichas.

   Para evitar líos identitarios estaba prudentemente escrito que Andrea Camilleri y Petros Márkaris no se cruzaran con sus comisarios a la salida del restaurante. Satisfechos después de comer y un paseo mínimo, se sentaron en una terraza de la playa. Café y licor, pipa y cigarrillos. Fumareda. Comentaron la propuesta de la agencia con asombro, sorna y desdén. Hablaron de Montalbán y sus poetas favoritos. Pavese, Kavafis, Gil de Biedma y Cernuda pidieron cerveza. Iluminados y líricos vieron pasar las garotas caminho do mar. Pagaron los novelistas.

   Sus personajes, Jaritos y Montalbano, acaban de conocerse. Tonia y Moré, ya con hambre, asistieron a la repetición de la ceremonia. Presentación, carta, elección de platos. Los comisarios no encontraron un idioma común y la traductora tuvo que esforzarse. Jaritos pidió arroz con calamares y sobrasada. Montalbano dudó. Hizo a Malik preguntas de tercer grado y se decidió por un suquet de rape y gambas. Moré eligió el plato más caro y blanco del Penedés. Pagaba la agencia, le podía costar una bronca. No parecía intimidado. Tonia se apuntó a unas berenjenas con miel.

—¿Quién es Pujol?

  Moré, ocupado con el besugo y las angulas, farfulló mientras masticaba; President de la Generalitat de Cataluña entre 1980 y 2003. Barcelonés, hijo de banquero. Cumplió dos años y medio de cárcel durante el franquismo por escribir panfletos.  

   A Tonia Pujol le da igual, no le interesan sus aventuras. Ha oído hablar de él, no es sorda, el expresident pulula en el ambiente.  Cuando Maruja Torres presentó una novela “sobre la búsqueda de la madurez y contra el olvido”, Tonia leyó la entrevista en El Periódico, "Viví Barcelona los años en que existía una cosa que estaba muy bien: éramos catalanistas, de izquierdas, anticensura, libertarios y todo lo cosmopolitas que podíamos. Cuando ganó Pujol eso se fue al carajo".

  Salvo Montalbano suele comer solo y concentrado para no distraerse de lo importante, los sabores. Sabor y saber, la misma etimología. Eso no le impide dirigirse a Tonia. Se interesó por el tatuaje que asomaba bajo la manga de la traductora en la parte interior del brazo.

—Si vas a cometer un crimen tapa eso, podríamos identificarte fácilmente.

—Es de cuando estuve presa en Sing-Sing. Para matar me pongo el chándal.

Kostas Jaritos, más circunspecto, enternecido, también estudiaba a Tonia. Encontró cierto parecido con su hija Katerina. Calculó que era algo más joven, menos idealista y con una actitud muy parecida ante las berenjenas.

  Un hombre grueso de andares torpones, pasados los sesenta, con gafas ahumadas, ropa cara y visera, se acercó a la mesa. Llevaba un whisky en la mano y una carpeta en el sobaco, palabra que los censores del franquismo encontraron inapropiada en un poema de Montalbán. Propusieron sustituirla por axila. 

—Coño, Moré. Que aproveche, señores. Encantado de conocerlos.  

  Tonia no devolvió el saludo, no es un señor. Jaritos y Montalbano miraron al caballero. Hicieron una ficha rápida para sus archivos mentales. Moré con la boca llena, tragó el bocado y se limpió el bigote antes de hablar.

—Joder, otro comisario. ¿Qué haces aquí, Salmorejo?

—Una casualidad, abogado. Pero continúa, no te cortes, no quiero molestar. He venido a saludar a estos colegas extraordinarios, es un honor. Puedo ayudaros humildemente. He oído que buscáis a Carvalho, nosotros también. Queremos darle una medalla, agradecerle los servicios prestados y tal.

—¿Quiénes sois vosotros? ¿Los visigodos? ¿El comando alioli?

 Tonia tradujo hasta llegar al alioli y se enredó con la explicación. Aunque es ajo y aceite, hay quien pone huevo. Montalbano se mostró interesado. Jaritos interpretó que hablaban de mayonesa. Salmorejo se sentó sin que nadie se lo pidiera. Tonia notó algo en el metrónomo, el comisario español entró cruzado.

  Moré carraspeó, pegó un trago, miró cruzado a Salmorejo y retomó la conversación. La agencia había conseguido incluir a Carvalho en la lista de desaparecidos buscados por la Interpol. Salmorejo lo sabe. Localizaron a su hija en Los Ángeles. Para ella su padre siempre había sido un desaparecido, una ausencia. Tenía tres años la última vez que lo vio. Ni recuerdos, ni fotografías, ni odio. Indiferencia. Accedió a colaborar porque solo tenía que firmar. En Milenio, su última novela, Carvalho recorrió el mundo para despedirse de los grandes viajes y gastarse los escasos ahorros que no iban a mejorar su vejez. Huyó hacia el este con Josep Plegamans Betriu, Biscuter. Hizo escalas en Italia, Grecia, Egipto, Turquía, Afganistán y muchos países más, antes de volver a Barcelona y acabar en la cárcel por el asesinato de un viejo cliente. Luego se evaporó.

—Ustedes podrían ayudar con la búsqueda en sus países. El ministro de exteriores ha hecho gestiones, tiene mucho interés en este caso. Carvalho es ciudadano español y su desaparición podría no ser voluntaria. Los escritores Petros Márkaris y Andrea Camilleri han aceptado colaborar. Para el gobierno de la Generalitat también es asunto de estado.

  Interviene Salmorejo. Tonia no traduce, no le da la gana. El comisario borde no es de su competencia. Su presencia es una disonancia.

—Bueno, estado, estado…Eso es un decir, un purparlé. Cosas del Pujol. Estado solo hay uno y estamos interesados en encontrar a Carvalho porque puede que tenga material valioso para el centro nacional de inteligencia y tal. No creo, Carvalho es un piernas. Yo soy un subordinado, Moré, si me piden un servicio cumplo. Asuntos de estado, ya sabes, con la madre y la patria con razón o sin ella.

—Los dos gobiernos son estado. ¿Tú no te habías pasado a la empresa privada? ¿Ya no trabajas para Estafosa? Me da igual, no interrumpas. Esto es una reunión particular. Nadie te ha invitado. ¿Dónde estaba?... Ah sí, La administración tiene unos cauces, la literatura otros…

Salmorejo dejó caer una risita con aceite.

—No jodas Moré, ahora sabes de literatura y tal y cual. Pide otra copa y nos das una conferencia. ¿Cuántas llevas?

—¿Estás grabando? ¿Quieres dedicar alguna canción a nuestros oyentes? Un, dos, tres, probando. En el número uno de nuestra lista “Mi jaca”.

    Moré rompió a cantar afinando sorprendentemente bien, con voz de tenor borracho en “La tabernera del puerto”. Los clientes del piso superior, asomados a las barandillas, se transformaron en público. Tonia dudó entre hacer coro, excusarse con los comisarios o salir al ambigú. Se abstuvo, ni se sabía la letra de aquella copla de “sentimentalidad agraria”, ni tenía por qué hacerse responsable de los disparates de Moré. Se centró en el helado. Los comisarios extranjeros se volvieron figurantes. El autóctono se levantó, dejó un billete encima de la mesa, dirigió a Moré un gesto ofensivo con el dedo, e hizo mutis limpiándose el sudor con un pañuelo. En los palcos hubo aplausos del respetable. Jaritos y Montalbano indulgentes con Moré, molestos por la irrupción y las formas de Salmorejo, decidieron dar por terminada la reunión. El abogado balbuceó con voz pastosa proponiendo un nuevo encuentro. Tonia se despidió de Moré con un cabeceo cómplice y de los comisarios con dos besos. Antes de irse pasó por la barra.

—¿A qué hora sales, Malik?

El camarero se giró al escuchar la voz.

—A la una. He quedado en San Roque. ¿Vienes?

—Sí, pero no me quedo hasta tarde, mañana madrugo.

—¿Y eso?

—Cosas mías, ya te contaré. Ciao.

 

  La soledad de la noche sin luna acompaña el parsimonioso caminar de los comisarios mediterráneos por el corazón aristocrático de Barcelona. Rodean la catedral, se dan de bruces con el Palau de la Generalitat. Es tarde, es lunes, hay poca gente. Han regado las calles, huele a desinfección y azahar amargo.

—Me apellido Montalbano porque mi escritor quiso mostrar respeto a Montalbán, el inventor de Pepe Carvalho. Así que Pepe y yo somos medio familia. He leído todas sus historias, se cómo piensa, cómo come, qué quiere y a quien. Conozco su pasado y sus secretos.

—Unos secretos publicados son un poco raros. Los dos somos comisarios, Salvo. Por lo poco que sé de él no nos tendría en mucha estima. Eso sí, los suvlaki de Atenas le harían efecto. Un detective de Barcelona al que le gustaba comer bien y tenía costumbres raras. Eso es todo, no sé qué pinto en esto.

—Quemar libros o cocinar de madrugada pueden ser costumbres raras. Ser militante comunista en el franquismo y agente de la CIA en la guerra fría es otra cosa. Una contradicción.

—Se supone que soy un pequeño burgués, las contradicciones no son lo mío. Me interesa mi familia, que mi hija termine la carrera, hacer bien mi trabajo, que no vuelvan los coroneles y poco más. Me molesta el tráfico, el racismo y el desastre económico. Lo que haga o deje de hacer Carvalho no me interesa.

—Él nos ha traído hasta aquí. Es una noche agradable, hemos cenado bien. Carvalho es una de las memoria de esta ciudad y su historia ha navegado hasta tu puerto y el mío. Buscan a Carvalho… ¿Para qué?

—Le tienen miedo, es un fantasma. Dicen que guarda secretos de los dos lados del muro, de reyes y gobiernos, pero los secretos son humo. Dejan de serlo en cuanto los utilizas.

—Un limpiabotas exlegionario, los oídos de Carvalho en el Chino, decía que el régimen ponía bromuro en el agua y en el pan para que no anduviera la gente follando como loca. Bromuro fue un pionero del “nos fumigan”. La verdad y los secretos o son por consenso o no operan en la realidad. Tirar de la manta es muy viejo, pero no cambia nada. El asesinato de Kennedy cambió el mundo. Carvalho dice que el participó. Es un francotirador. Todos temen ser su próxima víctima. Y todos tienen razón.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Movimientos sin éxito (III)

 

   Moré relee el informe entregado a Carmen Balcells por un periodista que confirmó a su mujer el olor a perfume japonés de la agente 009. Una firma de abogados suiza sacó de la cárcel a Carvalho. Enterraron al juez en demandas y alegaciones, el sumario desapareció. En el otoño de 2004 un coche blanco con matrícula de Andorra recogió a Carvalho en la puerta de la cárcel. Nadie, que se sepa, ha vuelto a saber de él.

    Para empezar a buscar Moré pensó, como habían indicado los montalbanólogos y carvalhófilos consultados, en Charo, la mujer con la que compartió los momentos más creíbles de su vida. Cansada de esperar que su Pepiño dejara de compadecerla, cogió la maleta y se marchó a Andorra. Dejó atrás el mar, puteros que en otro tiempo habría llamado clientes, Barcelona y al detective. Siete años después volvió. Era improbable que su trabajo en un hotel de Andorra o la boutique de dietética y cosmética abierta en el Port Nou, financiada por Rigalt i Mataplana, dieran para pagar abogados suizos. Mezclar Suiza, Andorra y bufetes caros en la misma frase, despierta sospechas en ministerios de medio mundo, en algunas consejerías autonómicas y en todo tipo de servicios de información. Moré hace girar el vaso sobre la barra. ¿Cuándo se había vuelto tan importante Carvalho? ¿El Centro Nacional de Inteligencia estaba interesado en alguien tan insignificante como él? ¿Era el detective, como había insinuado Montalbán, el barcelonés más popular desde la muerte de Copito de Nieve?

   En la plaza Roja de San Roque por las noches, cuando hace bueno, se arremolina en los bancos la humanidad. Tonia reconoce a los que acaban de llegar por los gestos y la prudencia. Otros han nacido aquí, algunos la saludan. Los emigrantes del tiempo y el espacio, la sal de la tierra. Nada nuevo, siempre fue así. Salieron expulsados de sus pueblos para construir ciudades, llenar puertos, fábricas, minas, cárceles, ejércitos, calles y cementerios. Las ramblas ya estaban llenas hace siglos: “Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos, andalusos i algerins, i mallorquins i aragonesos”. Malik habla con una compañera quemada del sindicato. Está harta, de baja por depresión. Montó una huelga en la fábrica de coches con su federación. La ganó, hubo subidas y mejoras, fue portada de periódicos, un éxito. Los pretorianos del Bambi la pusieron en la diana; acoso, ninguneo, desprecio. Se tuvo que ir.

—Están jodiendo el sindicato Malik, y lo hacen aposta.

   Tonia lleva el ritmo en la cabeza. Si la vida es un contratiempo hay que medir. Entrar y salir en el momento justo, improvisando o siguiendo la partitura. Por eso baila siempre que puede, por eso el cuerpo reacciona a los ruidos colectivos, a la sincronía. Por eso mueve el pie, siguiendo la conversación en silencio, intentando acompasar las pausas y las palabras. Baila todo, la alegría y la rabia, la pena y la conciencia. El Bambi es un cabrón.

   Con la mirada perdida y la mente sepia, a las cuatro de la mañana, hora inusual para Moré un día de diario, en un bar cerca de la estación de Sans, cometió un error garrafal. Dejó el coñac y se pasó al whisky. Vomitó el coñac en Sarriá y el whisky en Sant Gervasi. A eso de las seis, sentado en un bordillo a la puerta de una cafetería cerrada en la Avenida de la República Argentina, tardó diez minutos en sacar de la americana el paquete de tabaco, otros diez en encontrar el mechero y cuarto de hora en conseguir que coincidieran lumbre y cigarrillo. Lo encendió al revés. A punto de cumplir los cincuenta era una hazaña repetir la operación, conseguir introducir el humo en los pulmones sin un ataque de esa jodida tos que revolvía bilis, flemas, lágrimas y mocos. Por eso se divorció Norma, su mujer, no soportaba estas escenas. Diez años después sigue siendo un abogado ajeno a ese gran mundo con más dimensiones de las que tiene interés en percibir. Su única ambición es la tranquilidad. Ya se lo dice el psiquiatra; “Ante todo mucha calma”.

  Necesita encontrar a alguno de los “familiares” de Carvalho, darle algo a la jefa. Seguir pasando facturas sin avanzar no tiene futuro. Charo, Biscuter, Fuster, o Carvalho no existen. Daniel Vázquez Sallés, escritor aburrido de los aduladores de su padre y de la agencia Balcells, se lo deja claro después de rogarle que no llamara más: “Carvalho no era más que un alter ego imprescindible para no tener que pedir perdón constantemente”. La jefa insiste en lo contrario. Si ella lo dice, no hay nada que discutir.

  Moré suele retirarse a una hora prudente y mantiene el alcoholismo dentro de un orden funcional. Cumple en el trabajo sin entusiasmo. No empieza a beber antes de las dos, al salir del despacho. A las once de la noche llega a casa y calienta algo precocinado o abre una lata para cenar con un vaso de leche. Se derrumba en la cama con el programa futbolero en la radio. Nunca mencionan a su equipo. Le despiertan los anuncios gritones.

 De niño quiso ser un pirata malo, pero no tenía madera. En la adolescencia aspiró a deportista. Corría los cuatrocientos metros en una marca prometedora. El atletismo resultó incompatible con la panda, el parque, el tabaco y los litros de cerveza. Ya entonces tenía problemas reales y filosóficos con el futuro, sobre todo con el no futuro. Estudió derecho sin querer, para que lo dejaran en paz. Toda la parentela insistía, podrás salir del barrio, Vicent, tendrás un mañana, Vicent, el bar ya no renta, Vicent. Aprovecha, Vicent, puedes ir a la universidad. Le volvió, entre sollozos, el lamento habitual por la muerte de su tía, veinte años atrás. Lo había llevado de niño al campo del Español. De golpe abrieron la persiana metálica de la cafetería. El ruido le voló la cabeza como si se la pisara a la salida de un córner en el último minuto, el central más veterano de la Ponferradina.

—¿Otra vez Moré?

—Oh la lá, mesié Vanplís. Penalti y expulsión.

—Anda, siéntate ahí en lo que se calienta la cafetera.

Dos cafés solos, un botellín de agua y tres cuartos de hora después, el local está concurrido. Los cerebros empiezan a espabilar, de la cocina salen olores, ha ganado el Barça. Moré pide un carajillo. Le sirven un pincho, zumo de naranja y gelocatil. La tortilla está en su punto de sal, de temperatura, de consistencia, el pan cruje, el zumo es natural. Juan, camarero desde los quince, vecino de su hermana, fresco, con la camisa blanca reluciente, recoge tazas y limpia la barra.

—Aunque me alegro de verte, malo, a estas horas sólo vienes cuando estás jodido. ¿Qué pasa?

Tarda en contestar. Tose, se acomoda para respirar. Se rasca la cabeza. Bebe agua. Resopla.

—Nada. Anoche quería subir a Vallvidrera y me lie antes de llegar.

—¿Qué se te ha perdido en Vallvidrera?

—Un escritor y un detective. Vivían allí. Uno ha muerto y el otro no aparece. De nota la tortilla, Juanito. ¿Has visto a Dolors?

—Sí. Va mejor, ya se incorpora. Si vas a ir hoy compra El Jueves, ayer se me olvidó.

—Pasaré esta tarde, me voy a dormir.

  Deja un puñado de monedas encima de la barra sin esperar la vuelta. De espaldas levanta una mano a modo de despedida. Camina hasta la salida como si le esperara a la puerta el caballo. Puede que interprete una de vaqueros, pero Juan, al verlo alejarse con un equilibrio dudoso ve otra película; Cazafantasmas. Moré es un optimista, ahora está espabilado. La resaca está en retirada, hace un día soleado, su hermana se recupera bien, los árboles de la calle están exuberantes y no hay sioux en las ventanas.

  Tonia había escuchado a Carmen Balcells hablar de Montalbán. No llegó a conocerlo. Está leyendo sus poemas, “memoria y deseo”. El escritor decía de sí mismo que era sobre todo poeta. Algunos versos están subrayados, hay páginas marcadas, anotaciones. Lee poemas enteros en alto para medir la respiración. En su cabeza les pone música, el piano ciego de Tete Montoliú. Encuentra un ritmo de barrio, de acuarela, olores de vanguardia. Descubre palabras, esquinas y carteles, mares sentimentales, hundimientos de invierno. Trabajo de búsqueda, hallazgos, trabajo de asombros y ruinas. Se va metiendo en la propuesta dejándose llevar. Hace café y rumia imágenes que la conectan con el presente.

  Por orden de la jefa, al servicio de Moré se dedica en exclusiva a Pepe Carvalho. ¿Quién es Carvalho? Lo dice él: “Soy un personaje literario. Mejor dicho, subliterario, porque protagonizo novelas más o menos policíacas. Digo más o menos policíacas porque así las califica el autor, al que en el fondo no le gusta que le consideren un novelista policíaco. Más… o menos policíaco”. Carvalho de madrugada quema libros en la chimenea y rellena patitos de toda confianza para compartirlos con Fuster, su vecino y gestor. “Bebe para recordar y come para olvidar”. Carvalho no es un poeta. Moré tampoco.

   La hermana convaleciente de Moré, Dolors, está feliz, fuera de peligro. Libró por los pelos. Ya se levanta sola de la cama con paciencia, esfuerzo y muletas. Lleva ocho meses de congoja, quimioterapia, radioterapia, operaciones, pastillas, fisioterapia, manchas en el techo, codeína, noches en blanco, pérdida del pelo y dieta blanda. Moré para ella es Vicent. Viene de visita todas las semanas. Hoy trae horchata de Figueres, “El Jueves” y la paga de Vania, la cuidadora guatemalteca.

   Dolors cuido niños en los barrios más exclusivos del Londres punki y tatcheriano, vanguardia y retaguardia de la cámara de los lores. Fue “alien” en fábricas holandesas de estricta ética protestante. Atendió ancianos en Pedralbes cuando el pujolismo aspiraba a ser eterno y ella a todo lo contrario.  Conoce bien la vida diaria de emigrantes y mestizajes. En los países de las mujeres cuidadoras un candidato a presidente repite en campaña electoral una frase que explica la emigración. En su boca es una amenaza: “La peor comida es la poquita”.   

Vicent Moré conoce las debilidades de su melliza. Le trae un secreto que está deseando contar. Trabajar para la agencia Balcells, aunque sus responsabilidades sean menores, le supuso mil puntos de interés ante su hermana. Desde su niñez de lectora encamada por enfermedades ficticias admira autoras y autores de los libros que han acompañado              su vida. Cuando Vicent tuvo la oportunidad de conocer a algunas de esas figuras se emocionó. 

   Moré inventa encuentros con escritores famosos a los que rara vez vio. Una cena con García Márquez, un paseo por el Gòtic con Carmen Laforet, una anécdota graciosísima con Ana María Matute. Su despacho ni siquiera está en el mismo edificio y a él solo lo llaman cuando los principales administradores de derechos de autor están ocupados. Su hermana sabe que miente, él sabe que su hermana sabe que miente. Es un juego. No entiende por qué lo han elegido para buscar a Carvalho. Conoce a Salmorejo, será por eso. En los años noventa el comisario, retirado del servicio, montó una pequeña editorial con sede en Uruguay y le ofreció ser abogado de la marca. Le hablaron de una operación policial encubierta en la que todo era legal y acabó firmando contratos. Testaferro. Iban a pagarle cincuenta mil euros de fondos reservados sin moverse de Barcelona. No vio un euro, ni había vuelto a ver al comisario desde que en una cena le agradecieron los servicios prestados y se lamentaron por la falta de liquidez. El dinero acababa en una cuenta en Panamá. Como esa había decenas de empresas, cuentas, soleadas o sombreadas, y países.

   Su hermana conoce hasta el más pequeño detalle de las vidas publicadas de Salvo Montalbano y Kostas Jaritos. Quiere pormenores sobre Camilleri y Márkaris. Moré se explaya al contar a Dolors su actuación en el restaurante de la Barceloneta, hace pausas dramáticas, estira el suspense. Diserta dándose importancia, sobre los entresijos del asunto Carvalho. Se le salió la horchata por la nariz cuando Dolors dijo:

—Verás cuando le cuente a Doña Rosario que estás buscando a su Pepiño.

   En una etapa hasta hoy desconocida por Moré, Dolors cuidó al ancianísimo padre de Joaquim Rigalt i Mataplana, un notario tan cercano a Pujol como para susurrarle estrategias al oído. Joaquim Rigalt i Mataplana, Quimet, fue cliente habitual de Charo desde sus tiempos de puta telefónica hasta que la hizo socia del hotelito en Andorra (te conviene, dijo Carvalho) y pudo dejar el oficio. Se convirtió en Doña Rosario al jubilarse, cerrar la boutique del puerto e instalarse en el Eixample. Fue la única persona que se dirigió a Dolors en el entierro del patriarca. Se preocupó por su situación al perder el trabajo.

—¿Qué vas a hacer ahora hija? ¿Cómo te quedas?

—Bien, no se preocupe, gracias. Me han ofrecido vender libros por las casas.

—Ven a verme. Tengo una estantería con chinerías y escayolas que podemos rellenar con novelas.

—¿Es lectora?

—No, es venganza.

  Muchos meses repasaron juntas la revista para elegir los títulos. Dolors hizo al principio recomendaciones de amor. Doña Rosario se reía. Me cago en el amor, Dolors. Otras veces lloraba. Acabó hablando de Pepiño, de su manía de quemar libros, de cuando fueron juntos a París. Era el hombre de su vida. Ella le convenció de que hiciera el cursillo de espionaje que organizó Quimet.

 Al dejar atrás el piso familiar y pisar el primer bar, Moré pide un Torres quince, prende un Chiston y se deja caer por el tobogán. Siempre viene a este local cuando tiene un bloqueo epistemológico. Al tercer coñac oye al fin la voz amable de alguien a su lado con quien parece ser que conversa. La camarera ecuatoriana embarazada, licenciada en historia y filosofía, responde a sus preguntas con amabilidad. Le explica mientras barre antes de cerrar con el uniforme de la franquicia, las violencias detrás de cualquier configuración de la modernidad capitalista. Ante ellas se puede manejar, desde una estrategia para alejar el horizonte de escasez, un ethos realista, clásico, romántico o barroco. Otro día se los desarrolla. Da por terminada su exposición, lo invita a pagar y marcharse a casa. Buenas noches, señor.

   Moré tiene diagnóstico, medicación, episodios en los que pierde el control. Le gritan desde lugares en los que no hay nadie. En esos momentos lo ve todo como una inmensa red neuronal, un universo interconectado en el que cada movimiento, sonido o corriente de aire, se dirige a él con mala intención. Al callar las alucinaciones no encuentra el sitio, lo ve todo desde fuera, flota en un mecanismo de precisión fluido del que no forma parte. Entonces vuelven las voces. Sigue la luz, traspasa el umbral y pide otra copa.

  Moré sale pedo del penúltimo bar dando vivas a gritos, con gratitud incondicional a              las médicas y enfermeras del hospital público universitario. Unas décadas atrás la enfermedad de su hermana habría sido una sentencia de muerte.

   Volver a ver a Salmorejo no ha sido agradable. Un fantasma del pasado con acceso a información restringida, las comisarías abiertas y fondos reservados, es peligroso. Antes de viajar a la capital para ver a Antonio Carpintero y a Juan Madrid, necesita saber en qué anda metido el policía más turbio que ha conocido. Quiere hablar con el Rubio. El Rubio, rumboso y sarandunguero, el rey del barrio y del Achilipú, tiene oídos en los rincones más insospechados. Le puede echar un cable.

  Luis “El Rubio” sigue viviendo en Can Baró y alterna en los mismos bares, los que aguantan, desde hace casi cuarenta años. Tiene la partida en el Bar Delicias, su oficina a partir de las cinco, hora de la botifarra. Al ver entrar a Moré, el Rubio se levanta y lo abraza fuerte. Se criaron juntos en la calle y en la escuela. Al terminar Moré la puta mili el Rubio esperaba a la puerta del cuartel en un Seat Panda de segunda mano. Lo financiaron con dinero de la farmacia militar, en la que ponía el cazo todo el escalafón, del cabo al generalísimo. Se fueron a Lisboa, “la ciudad de los espías y los héroes”. La Alfama y Mouraira, los barrios más antiguos de una ciudad anterior a Roma fueron testigos de su particular serenata en Portugal. Era la primera vez que salían de Cataluña y para ellos aquel viaje de una semana fue lo más parecido a dar la vuelta al mundo. Al volver, llegando a Cornellá, por la raja de una falda les dio un piñazo un Ford Escort.

   Los empleados de Salmorejo en la colaboración público privada, Stewart y Litle Nicholas, vigilan a Moré. En el parador de Gredos comisarios de pata negra y agentes de inteligencia dudosa escuchan la conversación grabada en el restaurante. Se pasan informes cuatro días después de que el gobierno publicara la reforma del estatuto catalán. A la semana siguiente la oposición recurrió al tribunal constitucional. Los cecilios, nombre en clave de coñac de los agentes del CNI, y algunos mandos policiales compiten por la información. Salmorejo explora las posibilidades de negocios, los porcentajes pactados, las privatizaciones. Habla con el Bambi en un bar del aeropuerto.                                                                            

—Los socialistas nos están tocando los cojones, tronco. Habrá que hacer cosas chungas, lo que haga falta, el concepto de legalidad es muy etéreo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Coplas a la muerte de mi tía Daniela (IV)

 

  “El Rubio” se llevó bien con su mundo desde que era un chinorri diplomático educado para evitar conflictos. No participaba en discusiones que pudieran acabar en bronca, sonreía a quien pudiera considerarse enemigo, desarmaba a los mayores más agresivos con paciencia de viejo. Alguna vez se llevó un par de hostias. Las encajaba sin aspavientos, pequeño, macizo, rápido y escurridizo. Se trabajó la confianza del vecindario y extendió sus relaciones a los alrededores. Su negocio consistía en hacer bien cualquier trabajo eventual. Ayudar aquí y allá, recados, encargos, chapuzas. Alguien cercano y de confianza, un valor escaso. Tiene una pequeña empresa dedicada al mantenimiento de fincas urbanas. No se ha hecho rico, si fuera un cabrón ganaría mucho más. Es un hijo de puta. Su madre, la Lita, era una habitual del Chino. Se desvivió por él y lo sacó adelante como pudo. Las violencias, los desprecios, los chulos, el asco, las carencias y la rabia, se las comió solateras con la inmensa resistencia y el estómago de hierro que su madre había educado.

—Pon una fanta pal Vicent, nene, y unas bravas. Cago en todo tío, qué bien te veo. ¿Cómo estáis por ahí, abogado? ¿La Dolors?

— Mejor, mucho mejor. Dicen que ya está fuera de peligro. La ciencia es la hostia. ¿Tú qué?

—Como siempre chaval, en forma. El otro día estuve de juerga en la bolera con Pandiani, Kameni, Tamudo y las parientas, un descojone… Y campeones de copa. La vieja con achaques, pero sana. Para Carnavales me la llevo a Cádiz de parranda a comer pescadito.

—Ole tú, a pasarlo bien. Te he traído esto. Me la regaló mi tía Daniela cuando cumplí quince años.

El Rubio sabía lo que era sin abrir la bolsa. La camiseta que llevaba Marañón el día que le metieron cinco al Barça. Siempre se pedía Marañón cuando eran nanos.

—No, eso no se puede regalar. Quédatela, no seas bobo.

—Es para ti, no hay más que hablar. Venía a pedirte un favor y me da vergüenza, joder. O la coges o me marcho.

—Qué te vas a marchar, ni marchar. Anda, tira, acaba las bravas. Vamos a dar una vuelta.

Salieron a la carretera del Carmel al ralentí. No estaban pendientes del reloj. Bajaron en dirección al Parque de las Aguas. Fumaban porros allí antes de que existiera.

—Salmorejo te puede amargar la vida, es su especialidad. Espera cualquier guarrada. Hay unos cuantos comisarios que tienen un tinglao particular y hacen lo que se les pone. No tienen que dar explicaciones.

—Lo que quiero saber es a qué juega, si es mosquetero o del Cardenal, si esto es cosa suya o un encargo.

—Es un listo como sus amigos, ya lo conoces. Compra cotilleos y vende información, verdadera si la encuentra, y si no, se la inventa. Saca tajada de todo. Su punto débil son los enemigos, tiene muchos. Lo fuerte es su archivo, guarda mierda de media España. Pero tú… ¿Qué pintas en esto?

—No lo sé, creo que nada. En la agencia estaba de machaca. Con lo del Carvalho me dan más cuartel, pero desde que apareció el Salmorejo no me fio de la jefa. ¿Por qué me lo encargan a mí?

—Porque eres un tolili, Vicent. Espabila o te comen. Son gente chunga, manejan mucha pasta, cuando tú vas, ellos han vuelto tres veces. Si te la vuelve a meter doblada no te quejes. Pondré la oreja por ahí, si me entero de algo te aviso.

   Se sentaron en el parque donde el Fanequita se inventaba las aventis de naves espaciales cuando era un descampado. Callados, fumaron un pitillo. Moré sabe que el Rubio se pone nervioso cuando sale Dolors en la conversación, aunque sea sin palabras. Sigue con la copla de su morena. Moré como intermediario es torpe, se le ve venir. Ni lo intenta, menuda es la Dolors. Se levanta el Rubio a tirar la colilla en la papelera y le sigue Moré. Cogen el sendero hacia la salida.

— Gracias, Luís. Te llamo cuando vayamos a celebrar lo de mi hermana. Dale un beso a tu madre de mi parte.

—Anda, anda…que no andas nada. Las gracias pa los curas, otro beso pa Dolors y vete por la sombra, gañán.

    Dos preguntas rondan a Tonia mientras espera en la bici a que se abra el semáforo. ¿Por qué es importante Pepe Carvalho? ¿Qué es el pujolismo? El detective inventado por Montalbán, el escritor mismo y el president de la Generalitat durante veintitrés años, por lo visto, son personajes centrales de un tiempo en peligro inminente de extinción del que no conoce nada. Desaparecen sus paisajes físicos y mentales.  Le preocupa la continuidad, “todo pasa y todo queda”.

   La edad de Tonia y su vida relativamente apacible, con un viaje de Chihiro al llegar a Barcelona con quince años, no le permiten el ejercicio de la nostalgia. Reconoce en esa palabra una etimología emparentada con el dolor. Según el diccionario tristeza y pena por ausencias o pérdidas. Para Montalbán, la censura de la memoria. El ayer y el mañana no son evocaciones. Ayer empezaron las fiestas de Gracia, mañana es el último día de plazo para renovar el DNI.

Hoy, un día de calima con Carvalho atosigando su espacio mental, Tonia decide entrar en la librería de su calle. Se llama Negra y criminal, está en el número cinco de la acera de enfrente.

   Ha coincidido alguna vez en el Jai-Ca, un bar de la calle Ginebra, a la vuelta de la esquina, con Montse Clavé, la librera. El camarero le contó que era dibujante de comics. Paco Camarasa, el librero, es para Tonia un señor con gafas, cara de inocente de todos los cargos, sospechoso de ser sospechoso. Lo conoce, aunque no es clienta habitual. Se han cruzado en la acera, se han saludado. Ha visto a los dos abrir y cerrar la librería. Un día entró a curiosear buscando algo para regalar a la Nuri. La novela negra, policial, criminal o como quieran llamarle, no es lo suyo, ignora todo sobre Pepe Carvalho. Prefiere vampiros, fantasmas, casas góticas, zombis, ciencia ficción, aventuras, viajes, terror y, sobre todo, poesía, a la que llegó vía Serrat al sur y Brassens al norte, con parada en Colliure, la tumba de Machado, a la que peregrina, sola o acompañada, cada vez que necesita los consejos de Juan de Mairena.

  Saluda a Paco, sentado en una mesa revuelta con un lote de libros a su lado. Abstraído en cuentas imposibles de cuadrar, tarda en procesar la presencia de Tonia. Levanta las cejas, responde amistoso al saludo y le dedica toda su atención. La observa de arriba abajo, como si tuviera que hacer una descripción aséptica en una declaración jurada ante notario. La reconoce, es la violinista joven, vecina de enfrente, a la que ha visto candar la bicicleta o bajar la basura. Intenta adivinar qué tipo de asesinato atraparía su atención, adjudicarle un título. Según los cálculos de Paco la clientela es de cinco mujeres por cada dos hombres. Sólo una de cada ocho es menor de cuarenta años.

   Tonia mira las fotografías de los escritores criminales. Aparte de a Márkaris y Camilleri no conoce a ninguno. Busca escritoras, hay pocas. Paco pone nombres a las caras: Camilla Lackberg, Andreu Martín, Asa Larsson, Juan Madrid, Patricia Highsmith… A su espalda Tonia nota una mirada de cosmonauta perdido en su ciudad. Al darse la vuelta se encuentra con unos ojos en una foto grande. La observan emitiendo señales de complicidad debajo de la frente arrugada del intelectual ante el enésimo empate de Osasuna en el Camp Nou. Dos ojos burlones que la miran desde el razonable pesimismo histórico y el necesario optimismo voluntarioso. Dos ojos que, unos segundos antes, le estaban mirando el culo. No se molesta, también se considera voyeur y culóloga. La fotografía en blanco y negro, ampliada y enmarcada, es de Montalbán en la contraportada elegida para la primera edición de “La soledad del mánager” en 1977.

   Cuando Paco tenía la edad de Tonia, lectura y militancia exigían compromisos forzosos con los clásicos marxistas. Se trataba de llegar a los veinte duros de marxismo indispensables para abrir la boca en las reuniones y no caer en lo que los filósofos ortodoxos del partido llamaban “vaguedades especulativas”. Montalbán proporcionaba la coartada para poder leer a Simenon primero, o a Chandler después, sin la acusación de estar traicionando al Partido, a la revolución y a la famélica legión: “Antes que nada, se trata de afirmar que los placeres de la vida no entran en contradicción con un compromiso político de izquierda”. Un antídoto contra la beatería revolucionaria. La novela negra aún no se había desteñido, no estaba de moda. Demasiado crítica, demasiado roja. Roja y negra, en Barcelona. Peligro.

 Para Paco el comodín iniciático a jugar con las mujeres jóvenes contemporáneas, no adscritas a la hermandad negra, es Donna León, el comisario Brunetti y sus andanzas venecianas. Empieza a desarrollar una estrategia.

—¿Buscas algo concreto? ¿Te puedo ayudar?

—Eh…sí. Quería saber cuántos libros hay de Carvalho.

Ni estrategia, ni nada, la chica va directa. Le entraron ganas de abrazarla, llevarla en una alfombra voladora al carnaval de Rio, regalarle el María Moliner con dedicatoria de Marsé o su mayor tesoro, el original, firmado por doce autores, de la novela titulada como su librería, Negra y Criminal. Se contuvo. Podría ser un truco, un trabajo universitario.

—¿Pepe Carvalho?

— Ese, sí. El de Vázquez Montalbán.

—Claro. ¿Ya has leído alguno o es para empezar? Si es la primera vez te recomiendo…

—Los quiero todos.

—Hosti tú, vas fuerte. ¿Son para una tesis?

—No, curiosidad. Me han dicho que son divertidos.

Paco quiere bailar a lo Michael Jackson, saltar en paracaídas, beber cava a morro, cantar un corrido o cualquier cosa que se haga cuando te toca la lotería. Hace memoria mientras recopila información, cierra los ojos y los abre deprisa, no sea que desaparezca esa joven morena con los labios pintados de azul y peinada con un kiki, sobre la que descansa su recién recuperada fe en el futuro de la humanidad. Se vuelve formal.

—Pepe Carvalho tiene dieciocho novelas, treinta relatos, una obra de teatro, cuatro películas, dos series de televisión y una biografía que escribió Quim Aranda. Están, además, los libros de cocina, unos cuantos. Ah, y existe una página con mucha información sobre Montalbán y Carvalho, vespito.net.

—¿Usted conoció a Montalbán?

Cuidado. El profesional lector de miles de interrogatorios detecta en la pregunta un interés extraliterario.

—Sí, claro. Vino una vez. Decía que su primer trabajo fue aquí, en la Barceloneta, un barrio tan pobre como el suyo, pero con mar. Creo que venía a vender seguros de entierro para ayudar a su padre. Algunas veces lo hacía con amigos. Llamaban a la puerta y cuando preguntaban ¿quién es? gritaban ¡los muertos ¡

—¿Y a Pujol? ¿Conoce a Pujol?

—¿Pujol?... ¿Carlos Pujol el escritor de “Los secretos de San Gervasio”? Es un profesor de literatura que situó a Sherlock Holmes en Barcelona en el año…

—No. Jordi Pujol, el expresident. ¿Ha venido alguna vez? ¿Lee a Carvalho?

¿Cómo? ¿Una espía de Convergencia? ¿Una chiflada desorientada? ¿En qué mundo paralelo vendría el Gran Maestro de la Orden Jedi a esta humilde tienda en un rincón perdido de la vía láctea? ¿De dónde ha salido esta chica? ¿Qué quiere? Paco recordó una frase de cabecera del buen manoloísta: “La cultura de la sospecha es fundamental a la hora de enfrentarse al poder”. Se avergonzó de relacionar al poder con una joven que compra libros. Divaga…

—Pues no…espera. Escuché en una entrevista celebrando los veinticinco años de Carvalho en canal sur, allá por el noventa y ocho, decir a Manolo en broma que después de Milenio, la última de las novelas previstas desde el inicio del proyecto, Carvalho estaría viejo para seguir siendo detective y podría ser el coordinador del Cesid de Pujol o de su sucesor, si consiguiera la transferencia de los servicios secretos y formara un Cesid catalán.

—¿Un qué?

—Cesid. Ya no existe. Ahora se llama CNI. Es el centro nacional de inteligencia. Los del espionaje.

—Me los llevo todos. Vivo enfrente, luego vengo a por ellos. ¿Cuánto es?

 

   Manuel Vázquez Montalbán murió en 2003 en el aeropuerto de Bangkok. Tenía sesenta y cuatro años. Era octubre. “Miente la historia, miente la vida”. Uno de sus poemas más tristes se ha quedado a vivir en la memoria de Tonia.       

                     “EL CARTERO HA TRAÍDO EL BANGKOK POST…

                                        aunque he pedido mi carta

                                                         no estaba

                                o no me la han dado los compasivos                                                                         

                              con el extranjero que espera vida o muerte

                                     ignorado en un rincón de Asia” 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si te pusieran al trasluz... (V)

 

   A veces, sin saber por qué, a Tonia le coge un bajón. Al doblar una esquina, al ver una casa en ruinas, un grafiti con mala baba, la ciudad se pone cuesta arriba. Un cansancio la acompaña. Al llegar a casa huele a pasta con ajo y aceite. Está caliente, tapada, sobre el fogón. Nana ha hecho la cena antes de irse al hospital, Aldo está de noche. Ajo, aceite, guindilla. Nada más. Perfecto. Su madre la lee el pensamiento. Hay muy pocas cosas realmente necesarias. El aire, el agua, el sueño, la ausencia de violencias, los demás                      y la comida. Pan blanco, aceitunas negras. Carvalho y Montalbán, niños del hambre, de la posguerra. Tonia cena despacio, saboreando. En la tele está acabando una película. Anuncios. 

    En las antípodas antagónicas de Barcelona Antonio Carpintero, cobrador de impagados fijo discontinuo, expolicía con bigote y exboxeador, al que le jode que le llamen Toni Romano porque Carpintero, un oficio, es su apellido, y Romano un gentilicio falso y un alias, se acaba de levantar. Le duelen todos los huesos, la mayor parte de los músculos y buena parte de las vísceras identificables sin estudios de medicina. El timbre de la puerta interrumpe la preparación del café. Todavía grogui y en calzoncillos abre. Espera una visita despachable por la vía rápida.

—Buenos días, Toni.

  Habla un hombre que ronda los sesenta años, uno setenta, ochenta kilos. Viste de negro, gafas ovaladas, barba de una semana, cabeza cubierta, cara de no me vengas con chorradas y mueca de no soporto las metáforas.

—Si usted lo dice… ¿Nos conocemos? Me resulta familiar.

—Soy tu padre.

  Toni no contesta esperando el final de la broma. Fija la mirada unos segundos en el gracioso y examina el pasillo buscando posibles acompañantes. La cafetera empieza a dar señales sonoras.

—huele bien, a Colombia.

—¿Vendedor de café a domicilio? ¿Representante de gorras?

—Escritor. Escribo novelas de esas que llaman negras. No me va mal. Mi personaje más conocido se llama Antonio Carpintero, Toni Romano. Ahora mismo está en gayumbos hablando con un extraño. No intentes una respuesta porque suelo escribirlas yo y no tengo tiempo para un duelo de ingeniosos.

—Ya… Juan Madrid. He oído hablar de ti. No te ponía cara. Pasa y pon dos desayunos en la mesa de la cocina mientras me ducho. Abundantes.

—Tienes la nevera vacía, Toni.

—Eres escritor, invéntate unas madalenas.

  Huele, además de a café recién hecho, a colillas de ayer y a esencia de Malasaña. Juan se sienta en la única silla disponible y enciende un transistor Grundig de la época de Arturito Pomar. No hay ninguna emisora sintonizada y mueve el dial hasta que suena algo. Un cagamento iba a soltar Juan Madrid a cuenta de una noticia cuando Antonio Carpintero salió del baño descalzo con un albornoz amarillo. Sonó el timbre.

—Pero… ¿Regalo trufas o qué cojones pasa?

  Al abrir la puerta Toni rebaja el mosqueo y relaja la mala hostia. Es su vecino y amigo Juan Delforo, otro escritor. Mide casi lo mismo que Juan Madrid, pesa más o menos igual, lleva unas gafas muy parecidas, similar despeinado, incluso en el gesto coinciden. Los dos Juanes se saludaron. Juan Madrid se explicó.

—Tú vecino también es un personaje mío, Toni. Lo utilizo para meter baza subjetiva en mis ficciones. Café para tres.

—Algo había notado. A ver si lo he entendido bien. Tú eres el capullo que hace que mi vida sea una mierda…Te lo agradezco, me gusta. Y Delforo escribe lo que tú dictas. Nosotros no existimos y tú sí.

Toni sirve las tazas y añade unas gotas de ginebra. Delforo parece estar intentando colocar las piezas en su cerebro. Mira de reojo a su otro yo y lo encara:

—Y ahora escribes una escena hablando con tus propios personajes. Muy pobre, señor Madrid. Decepcionante.

—Te equivocas Delforo, yo no estoy escribiendo esto. A dios también lo metieron en un libro y se inventaron sus aventuras. Cualquiera puede escribir lo que le venga en gana siempre y cuando respete la legalidad vigente, especialmente los derechos de autor.

Interviene Toni. No parece dispuesto a participar en una tertulia literaria.

—Ahora mismo os vais a la puta calle los dos, a desayunar al café Gijón. Tengo cosas mejores que hacer.

Juan Madrid y Juan Delforo se levantan al unísono. El primero toma la palabra después de apurar de un sorbo el cafelito.

—No es tan fácil Toni, no he venido por gusto. Quieren contratarte. Mi agente, Carmen Balcells, ofrece cincuenta mil euros por encontrar a un detective de Barcelona desaparecido hace tres años.

Cincuenta mil pavos es mucho dinero. Toni se toca la nariz con el pulgar y mueve el cuello hacia los dos lados. Agarra la botella de ginebra y le pega un viaje a gollete.

—Explícate, catedrático.

—Pepe Carvalho.

—¿Carvalho? Venga no me jodas.

Toni coge el paquete de Ducados y enciende un pito. Delforo saca su propio tabaco sorprendido y pide permiso a Toni con un gesto, para servirse un buen chorro de ginebra en la misma taza del café. Juan Madrid continúa sus explicaciones.

—Igual que Delforo es tu vecino, parece que Vázquez Montalbán lo era de Carvalho. Y lo mismo que Delforo escribe sobre historias que le cuentas tú, Manolo Vázquez, que era para mí como un hermano, lo hacía con Carvalho. Al morir Manolo, Carvalho desapareció. Su agente quiere saber por qué. ¿No tienes otra cosa aparte de esta ginebra?

—Tengo orujo en el frigorífico, sírvete. Trescientos pavos diarios más gastos. Lo buscaré diez días. No lo encontraré y me pagarás tres mil. Esas son las condiciones. Si Carvalho ha desaparecido será por algo y si no quiere que lo encuentren buscarlo es tirar el tiempo y el dinero.

—Hecho. No has contemplado una posibilidad, puede que lo hayan desaparecido. Los comisarios Jaritos y Montalbano se encargan de la búsqueda internacional. Kostas Jaritos es un buen policía, tan bueno que me extraña. Un funcionario honrado que trabaja en Atenas. Me desconcierta que empezara en la dictadura de los coroneles y nunca haya soltado una hostia. Salvo Montalbano es un siciliano culto y le gustan los rompecabezas. Del Foro los conoce bien y podrá darte más explicaciones. A ti te han asignado buscar aquí. Puedes contratar ayuda. Tu contacto será uno de los abogados de la agencia, un tal Moré. Toma su tarjeta.

—Te falta contarme algo, Juanito. Carvalho no es una estrella del pop, ni de familia rica. ¿A qué viene tanto interés en encontrarlo?

—Papeles. Parece que en algún momento trabajó para los Pujol. Lo están buscando unos cuantos fontaneros, incluido tu amigo Salmorejo.

Juan Delforo cerró la boca, tragó saliva e insistió en la ginebra. Parecía atascado. Toni se dirigió a la puerta, la abrió e invitó a los Juanes a marcharse.

—Salmorejo… Un montón de mierda. Le tengo ganas desde sus tiempos en el sindicato de policía.

   Meses después del viaje a Barcelona, cumplida con Adriani la promesa de unas vacaciones en Patmos, el comisario Kostas Jaritos recibe en su casa una carta ilegible enviada desde Vigata, Sicilia. Necesitó para su descodificación un traductor, un calígrafo y un espiritista.

  Salvo Montalbano recién bañado en el Tirreno, de buen humor por los salmonetes con alcaparras de Adelina, la asistenta, escribió un mensaje corto en la terraza de su casa frente al canal. Confía más en el correo tradicional y el fuego lento que en la tecnología y la inmediatez. Vistas las inversiones millonarias en ciberespionaje de las agencias globales considera más seguros el sobre, el sello, el bolígrafo, la cuartilla y el buzón. No se hace idea de cuántos ordenadores necesitarían los centros criptológicos interesados en descifrar su letra.

  No ha descubierto nada. Ha visitado el cementerio de Staglieno, en Génova. Carvalho y Biscuter se encontraron allí con un comerciante conservero poscasado con una vasca. Un militante del PCI de Togliatti y Berlinguer, del partido comunista de Euzkadi en los amenes del franquismo. Un apóstol del compromiso histórico. Ha pedido un informe. Aprovechó para comprar pesto. Es todo lo que tiene. Envía a su colega ateniense un saludo, buenos deseos y una cita literaria: “Carvalho recibió el impacto de un paisaje privilegiado, de una marina total perfecta como sólo había podido contemplar en Formentor, Patmos, la costa norte de Jamaica o Port Lligat”. Corresponde a “Los pájaros de Bangkok” de 1983. Señal de que Montalbano está releyendo las novelas de Carvalho, cosa que Jaritos no piensa hacer. Ni las ha leído, ni se le ocurre.

   Adrianí y Kostas Jaritos pasaron en Patmos una semana celebrando sus muchos años exactos de casados. El comisario, hombre de orden, estuvo horas en el hotelito de la playa frente a una de esas marinas perfectas de las que habla Carvalho mientras su mujer revisitaba la capilla de la virgen en el monasterio de San Juan. Adrianí pidió favores              e hizo promesas de sacrificio en pago por su cumplimiento, ayunos que acabaron incluyendo al comisario.

   Jaritos se siente emparentado con el detective, aunque sus vidas hayan sido muy diferentes. Ha reconstruido con informes policiales el paso documentado de Carvalho y Biscuter, o Bouvard y Pecuchet, como se llamaban en aquel momento, por Grecia, donde cometieron varios delitos. Fueron tiroteados, les colocaron unos kilos de cocaína en el coche. Llegaron al puerto de Patras procedentes de Bríndisi. Salieron por El Pireo rumbo a Alejandría con documentación falsa, perseguidos por una secta ultraliberal, la policía, narcos y mafiosos. Haciendo amigos.

En la calle de la Sal, enfrente de Negra y Criminal, la luz del segundo izquierda está encendida. Tonia ha terminado la cena, ha fregado el plato. Siguen los anuncios. Apaga. Calienta un café con leche, se acomoda en el sofá y abre una novela de 1972 “Yo maté a Kennedy. Impresiones, observaciones y memorias de un guardaespaldas”. El nacimiento de Carvalho.

  Al despertar con el libro en el suelo y la luz encendida, su madre acaba de llegar. Su padre está a punto de irse. Los dos son inocentes, ninguno mató a Kennedy. Mientras pone la cafetera repasa el inmediato porvenir. No sabe por dónde empezar, hace algunas preguntas dispersas. Ni Nana, ni Aldo saben nada de Mariluz. Su padre la vio una vez saliendo del portal, miró hacía los dos lados de la calle como si no supiera donde ir. Cojeaba ligeramente y se dirigió al puerto. Tiene el día libre, Moré se ha ido a Madrid. Va a ir al sindicato, quiere saber quién es la mujer del Bambi. Algo se le ocurrirá por el    camino. Su madre le da un beso y se va a la cama. Su padre le da otro y se va al camping.

   El contacto algo violento del avión con la pista de aterrizaje al llegar a Madrid despertó a Moré sudoroso y con la boca estropajosa. La noche anterior en una discoteca de Lloret del Mar, chunda-chunda y pum catapum chimpún, se alargó. Una extrovertida viuda rotunda le había seguido el rollo en la conga final. Le contó que se encontraba mal. Había fumado por primera vez un canuto y mezclado copas de con una pastilla que encontró en el pantalón de su hija. Al salir y ver la playa, la mujer recordó a su marido socorrista, ahogado el verano anterior por un corte de digestión. Apoyados en un contenedor desbordado de bolsas negras y botellas vacías, maldijeron la crueldad de algunos destinos. Al pasar Moré el brazo por su cintura la mujer empezó a llorar. No se lo tomó como algo personal.

    El precio del primer café con gotas en el aeropuerto y el frio de diciembre al salir de la terminal, le devolvieron al hiperrealismo y al tráfico disparatado. En el taxi, adormilado por el día gris y la calefacción, una canción de Shakira y otra de Nena Daconte, a punto de coger la circunvalación, un estruendo y un temblor lo sobresaltaron. El ruido venía de atrás. El taxista soltó un cago en todo reconcentrado. Al volverse vieron una enorme columna de humo saliendo del aeropuerto. Los coches en la M-40 se acercaron al arcén y algunos conductores se bajaron a mirar. Al momento hubo un atasco descomunal. La humareda, ahora más negra, ascendía dando una idea del tamaño de la explosión. Moré, egocéntrico, descartó tener algo que ver con lo ocurrido.

— ¿Podremos salir de aquí?

—Tardaremos… No nos ha cogido de milagro. Llevaba ahí, en la puerta de llegadas, desde las siete de la mañana. A algún compañero le ha pillao, fijo. Se habrá estrellao un avión.

Alejandro Sanz desapareció al cambiar el taxista la emisora. Sonaron sirenas acercándose, algún claxon empezó a sugerir que había que moverse. Los de la radio hablaban de una explosión en la T4 de Barajas, era todo lo que sabían. Moré no quitaba ojo del taxímetro. Recordó que pagaba la agencia. De imaginar a la jefa con las facturas en la mano pasó a Rigalt i Mataplana, el Quimet de Charo. Un notario cercano a Pujol con negocios en Andorra sí podría conseguir el dinero necesario para sacar a Carvalho de la cárcel. ¿Para qué?

  Los insultos del taxista cada vez que hablaba alguien del gobierno lo devolvieron al atasco y a la conciencia de estar en la corte. Moré no es monárquico, es Juan Carlista, esa rama extraña del carlismo. Hacía años que no pisaba la capital del reino. Al acercarse al centro empezó a identificar alguna referencia, El Retiro, Atocha, Gran Vía. Había quedado con Carpintero, Toni Romano, en un bar de la calle del Pez. La emisora decía que había explotado una bomba en el aparcamiento de la terminal recién inaugurada. El ministro de interior, Rubalcaba, daba explicaciones. Habló de una llamada para desalojar, ETA. El taxista entró en éxtasis. La cabeza le giró 360 grados varias veces. Miró por el retrovisor con ojos justicieros. Creía haber detectado un leve acento en el pasajero. Un acento catalán.

  Moré había propuesto “El Palentino” porque era el único bar que recordaba de sus escasos días madrileños. Solía estar lleno de gente joven. Un sitio clásico y barato. La ley antitabaco empezaba a implantarse con la oposición de la aznaridad en proceso de marianización. No impidió que Antonio Carpintero entrara con un pitillo en la boca. Nunca se habían visto pero Toni no dudó. El pureta del traje arrugado y bigote espeso, apoyado en la barra tomando una copa, era Moré, el abogado de la agencia Balcells.

—¿Moré? Soy Antonio Carpintero. ¿Viene del aeropuerto?

—Encantado de conocerle, me han hablado mucho de usted. Sí, menuda bienvenida. No tenían que haberse molestado. Con un collar de flores y un daiquiri ya valía.

—¿Eso es humor catalán? Me parto, me encantan las bromas. Sobre todo, cuando no he dormido, me duelen los pies de andar toda la puta noche y tengo ardor de estómago. Muchos amigos míos trabajan en Barajas. Hay dos muertos. Muy divertido.

Moré vació la copa y se solidarizó con Carpintero.

—Pruebe la sal de frutas, el bicarbonato es más agresivo. Podemos volver a empezar. Encantado de conocerle.

—Aquí tiene el informe. Que le aproveche. Si quiere esperar a que coma algo, cuando termine se lo resumo.

—Faltaría más. Lo mejor para la ulcera son las patatas bravas.

Antonio Carpintero se volvió hacia el camarero, dio la espalda a Moré y mirando el expositor, eligió su pedido.

—Abogado y gastroenterólogo, mis profesiones favoritas.

El atentado de ETA rompió la tregua. Dos emigrantes ecuatorianos dormían dentro de una furgoneta en el aparcamiento. Los mediadores, pacificadores y negociadores fueron puestos en cuestión. Dos muertos más, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, en la cuenta, cercana al infinito, de las banderas y las naciones con o sin estado.

En la carpeta que Antonio Carpintero entregó a Moré había un folio en blanco. El resumen era prometedor. Las croquetas y los champiñones desaparecieron a buena velocidad deglutidas con la ayuda de una caña espumosa. El abogado sin gesto visible esperaba las explicaciones con el cheque en el bolsillo. Cuando Carpintero tiró la última servilleta de papel y pidió un café, Moré aprovechó el hueco.

—¿Esto es humor madrileño o castellano? Los polacos no entendemos ninguno de los dos.

—Mire, por acabar pronto, me deben cuatro mil euros. Aquí tiene las facturas, he redondeado a la baja. Estuve diez días en Barcelona. No existe ningún Carvalho. Es un personaje de Manuel Vázquez Montalbán. Nunca tuvo un vecino detective. Nadie en Vallvidrera, ni en el Raval, ha oído hablar de ese señor. No hay, ni hubo, ningún Biscuter, ni Bromuro, ni Fuster. Dígale a la señora Balcells que esa historia es falsa.

—Joder, qué seguridad. Eso creía yo desde el principio hasta que apareció la señora Rosario, con la que espero encontrarme al volver a Barcelona. Verá Carpintero, antes me pasaba la vida entre el despacho y el juzgado haciendo papeles, derechos de autor, contratos, finiquitos y esas cosas. Desde que busco a Carvalho lo paso mucho mejor, tengo carta blanca para ir y venir, talonario, horario flexible. Así que, si no le molesta, prefiero que exista.

—Págueme y por mí se puede ir a comer con Spiderman. El mundo está lleno de Charos y de impostores, abogado.

—No, no puedo, he quedado con su…el señor Madrid. En cuanto lo de pagarle ¿Qué le parece doble o nada?

—El doble, bien, lo de nada ni lo intente. Soy especialista en impagados, puedo ponerme muy desagradable.

—Lo dudo, es usted encantador. Aquí tengo un cheque en blanco firmado por el contable de la agencia. Puedo poner la cifra que quiera. Cuatro mil y hasta aquí hemos llegado o, segunda opción, ocho mil por seguir investigando. Usted y yo no creemos que Carvalho ande por ahí. Pero lo están buscando la interpol, varios gobiernos y gente que dice trabajar para el CNI. ¿Me explica por qué?

—No veo la opción del nada, me tranquiliza.

—Si encuentran a Carvalho su informe no valdría un euro ¿No le parece?

—La señora Balcells tiene amistades que se ponen a su disposición para lo que quiera. Puede estar haciendo un favor a alguien. Salmorejo dice que está buscando a Carvalho, pero sus objetivos son Pujol y el rey con la excusa de la patria y esas gilipolleces. Lo único que le interesa es la pasta. Esos supuestos papeles que nadie ha visto podrían aparecer cuando hagan más daño a los nacionalistas catalanes. O desaparecer. Atribuírselos a un detective privado les permitiría dejar fuera a la policía, extorsionar a todos o vendérselos al que mejor pague.

Moré se acordó del Rubio. La versión de Antonio Carpintero cuadra bastante bien con su visión de la jugada. Tiene lógica, es verosímil.

—Se lo compro Carpintero, pero necesito pruebas. Si visten un muñeco deberían dejar pistas para demostrar la existencia de Carvalho. Usted no ha encontrado ninguna. Voy a rellenar el cheque. Ocho mil. Usted sigue la pista verdadera o falsa de Carvalho. Si sus gastos, o sus días superan esa cifra, llámeme. Y le invito a otra caña, esto ya por mi cuenta.

Antonio Carpintero con el cheque en la mano mejoró de sus dolencias estomacales. Caerá alguna juerga con el Moléculas y puede que hasta sea divertido tocar los cojones a Salmorejo. El abogado Moré no huele a colonia cara, no lleva ninguno de los seis peinados para camuflar fascistas, ni habla como un pijoliberal. Acepta.

   La mujer del Bambi tiene nombre y apellidos rastreables. La lista de cargos y empresas es interminable, la retórica revolucionaria del secretario general es incompatible con ese historial. ¿A qué juegan? Tonia no tiene alma de justiciera ni ganas de remover la mierda de otros. En el sindicato sabrán lo que hacen. Pedalea hasta el puerto. Se sienta en un banco, come una manzana. Por aquí paseaba Mariluz.

 

 

 

 

 

Es el primo Anselmo (VI)

 

      Tonia pasa muchas tardes en casa de la Nuri. Se hacen compañía, chafardean un rato, cocinan y toman té verde. La Nuri lleva un año sin salir de casa. El asesor de una ONG, Osorio, lleva su indocumentación, la orienta o, en este caso, la occidenta. Podrían detenerla, llevarla a un centro de internamiento de extranjeros. Tiene que cumplir dos años de estancia en el país, esperar que se arreglen los papeles de sus padres, los permisos de residencia, el reagrupamiento familiar. Vive en el limbo número catorce, cuarto E, en San Roque, con sus tíos. Osorio rellena cuestionarios, hace preguntas y estadísticas. Es informático de profesión y ejerce de gallego. Dice a la prensa que se hizo voluntario después de un papeleo que acabó en juicio contra una red de tráfico de personas. Siempre insiste en lo mismo, hay que denunciar a la mínima, los inmigrantes son vulnerables.

   La Nuri es prima de Malik, tiene diecisiete años, habla francés, chapurrea castellano, le gustan las telenovelas y Dragon Ball. Quiere ir a París, graduarse en pediatría, volver a Nador con un pasaporte del primer mundo, poner un consultorio y caminar por la orilla de la Marchica sin miedo al futuro, al rey y a la policía.

—Carvalho es tonto. Si se casara con Charo le iría mejor.

—Los detectives privados no se casan, Nuri, las mujeres de la calle tampoco y entre ellos menos. Se parecen mucho.

—Charo no hacía la calle. Además, está retirada y Carvalho se quiere jubilar. Harían buena pareja. Podrían cenar pato a la naranja en la terraza y luego acurrucados en el sofá, ver una película.

—Las casadas tienen la terraza llena de trastos. Y no se acurrucan.

—Qué aguafiestas eres, hija. Los detectives y las mujeres de la vida hacen lo que quiera el escritor. O la escritora…Voy a escribir una novela. Se van a casar y serán felices. Tendrán tres hijas, coche nuevo y una casa en la Costa Azul.

—Pues no vas a vender ni una. Sin conflicto no hay historia. Como mínimo necesitas que tengan goteras en la cocina o un cementerio cerca.        

    Tonia lee las novelas de Carvalho rompiendo el orden cronológico. Siguió la serie con “Asesinato en el comité central” publicada en 1981. El Escritor provoca que Santiago Carrillo, cadáver exquisito en el relato, secretario general del PCE, acusara públicamente a Pepe Carvalho de tener cierta tendencia al proxenetismo. Tonia dio la vuelta al mundo alrededor de “Milenio” siguiendo al detective y a Biscuter en su viaje “roda el món i torna al born”. Descubrió en “Quinteto de Buenos Aires”, 1997, una argentinidad peligrosa que convertía a los desaparecidos en subversivos, a Maradona en capitán siniestro héroe               de Malvinas, y al tango de barrio, criollo y polaco, en cocaína. “El Balneario” hizo considerar a Tonia su vegetarianía militante, ahora menos estricta. Se permite probar las albóndigas con salsa tzatziki de su madre o los pappardelle con liebre de su padre. La silueta borrosa de Carvalho ya le resulta familiar, aunque solo es descrito físicamente en “Tatuaje”. Empieza a conocer sus costumbres, sus gustos, sus calles y sus manías. Le agrada Biscuter, no tiene un mal gesto, vive en un despacho churretoso, hace la cobertura a Charo y espera que algún día a “su maestro, el señor Carvalho” se le escape un elogio a su comida. La siguiente novela será “La soledad del mánager”.

    En fiestas, con las calles petadas, ejerce de vecino malasañero el escritor más negro de la capital, Juan Madrid. Está harto del alcalde, yerno ideal del franquismo, de la presidenta de la comunidad, compradora de diputados en oferta, dos por uno, y de la madre que los parió. Controlan la ciudad. Madrid, dice Madrid, es el paraíso del pelotazo, del saqueo de lo público. Pasaron. Y se han quedao. A bailar sobre el ladrillo.

  En los tugurios nocturnos, antros con luminosos en los que siempre parpadea alguna letra, se mezclan aguas pestilentes. No vienen de la sierra. De día, Juan Madrid y Moré, el abogado polaco, caminan entre Daoiz y Velarde. Hablan con frases cortas hasta que doblan por San Andrés. En Casa Camacho huele a boquerones en vinagre. Entran y piden vermú con seltz.

—Aquí somos muy realistas, muy de Galdós y Baroja. Me gustaría contar en prosa poética, sin el sonajero del que hablaba Marsé, cómo la caballería roja baja al galope por esta calle y Budionny señala con su sable el barrio de Salamanca. Pero no soy cosaco, ni ruso, ni constructivista, ni contemporáneo de Lenin. Cada uno cuenta lo que tiene delante. A mi alrededor veo los bajos fondos de Madrid cervantinos, goyescos, llenos de pícaros, majas, cabrones, flageladores y chulos. También me asomo lo que puedo a los palacios, la corte, los borboneos y los cuarteles. Para Montalbán, un poeta, la revolución empieza con el derrocamiento del zar y acaba con el suicidio de Maiakovski. Para mí, con la ejecución de Babel.

—Suicidio y ejecución. Un final feliz.

—El final feliz es en los musicales, los detesto, me dan alergia. El caso es que tengo prisa. ¿De qué periódico dice que es usted?

—Soy abogado. Vicent Moré. Me manda Carmen Balcells. Vengo por lo de Carvalho. Acabo de estar con Toni. Dice que Carvalho no existe.

—¿Qué quiere?

—Yo otro vermú. Carmen Balcells saber de Carvalho. ¿Montalbán le contó algo sobre el detective? ¿Puede ser que se inspirará en una persona real?

—Manolo era de pocas palabras. Una cosa sí recuerdo. Me explicó que Carvalho es un apellido portugués, en gallego sería Carvallo. Creo que se lo cambió su padre, harto de ser español.

—¿Conoce algún detective portugués?

—Vivo no. Pessoa escribía novelas negras, pero no terminó ninguna. Su detective debía ser un inútil. Abilio Quaresma creo que se llamaba. Para todo lo que tiene que ver con Portugal pregunto al Trini, un inspector joven de la comisaría de Vallecas. Su madre es portuguesa. ¿Qué hora tiene?

—No tengo. Serán cerca de las dos.

—Pues encantado de hablar con usted. Hasta la próxima. Dé recuerdos a Carmen.

Moré con la frase en la boca y el vermú a medias canturrea Cabaret. No acaba bien. Mañana pasará la nochevieja cantando y bebiendo con Dolors y Vania. El vuelo de vuelta es a las diez de la noche. Puede que esté paralizado el aeropuerto y coja el último tren. Hay tiempo para comer algo y darse una vuelta por Vallecas.

  Tonia va al cine con Malik el día del espectador, Las tortugas también vuelan. A Tonia le parece una película muy triste. Malik ya traía la tristeza puesta antes de entrar. Habla muy bajo, como si no quisiera que Tonia escuchara. Un amigo colombiano con el que compartió piso cogió el autobús en San Roque para ir al centro, pero no se bajó allí. Llegó a la última parada, solo. El conductor fue a avisarlo, tenía que bajarse. Estaba muerto. Tonia quiere bailar. Rebelarse. La muerte va en serio, pero cada cosa a su tiempo. Necesitan alegría. Brindar por el colombiano. Maldecir.

—Deja la bici, vamos con la moto.

  Es un reflejo, Malik quiere estar fuera y dentro, entre el cielo y el mar. Tonia sube y sabe a dónde van, cerca, a la curva del Morrot. Está la noche clara. Tienen a sus pies el mar, el puerto, los enormes barcos de los cruceros. Malik lía despacio. Tonia lo enciende. No suele fumar, no le gusta el hachís. Un par de caladas y lo devuelve. Malik aspira profundo y mantiene el humo en los pulmones unos segundos antes de expulsarlo. Casi instantáneamente le brillan los ojos. Canturrea en árabe, habla de Tanger.

—Algunas veces me gustaría que todo ardiera. Que se fuera a la mierda el mundo.

— El mundo se va a la mierda todos los días. Luego amanece y la gente desayuna.

 

   Vázquez Montalbán insistió a finales de los noventa en el olor a gamba que impregnaba Barcelona. Los mocos invernales y un trancazo impiden a Moré captar los olores madrileños, el dinero no huele. Busca Atocha. Según las pocas nociones que tiene está cerca de Vallecas. Después de una caminata encuentra el Manzanares. Reconoce que se ha perdido y su seguidor no. Sube a un taxi y se planta en la puerta de la comisaría vallecana. A punto de entrar le parece poco serio preguntar por “El Trini”. Estira la americana, se peina con las manos y ajusta el nudo de la corbata. El cristal de la puerta le devuelve la imagen de alguien que ha dormido en un cajero. Respira hondo y entra como si tuviera a un cliente detenido.

—Buenas tardes. Soy abogado. Querría hablar, si es posible, con un inspector llamado Trini.

El agente evalúa la situación durante unos segundos. Observa con disgusto una gota brillando en la punta de la nariz del señor que lo ha abordado en el pasillo. Huele a vermú.

—Su documentación por favor.

—Desde luego. Aquí tiene. Lo primero es lo primero.

Es un error limpiarse los mocos con la manga, pero el pañuelo del bolsillo está momificado. El agente lo mira fijamente.

—¿Se encuentra bien?

—Estupendamente. El invierno que me ha cogido por sorpresa.

—El inspector Trinidad Ramalho no está. Si me explica lo que quiere puedo atenderle.

—Uff… Es muy largo de contar, le aburriría y no creería una palabra. Puedo darle mi número, si fuera tan amable de pasárselo al inspector le estaría muy agradecido. Dígale que me ha hablado de él Juan Madrid, el escritor. A las diez cojo un avión. ¿Podría cargar el teléfono? Lo tengo sin batería.

—Un poco más abajo hay un bar. Tómese algo caliente y pregunte al camarero. Daré el aviso. Buenas tardes.

   Obedece, cruza la calle, pide un carajillo y permiso para cargar el móvil. No ha comido. Hay un poster gigante del Madrid de los setenta. Debajo del As y del servilletero, encuentra una carta descolorida con platos combinados. Pide un cuatro. Las salchichas de Frankfurt verduzcas y las patatas fritas blandurrias le resultan familiares. El huevo frito tiene amarillos que harían vomitar a un sargento de la legión. Lo ahoga todo en kétchup y mostaza. Para quien cena sopa de tetrabrik, empanadillas congeladas o tortilla precocinada a diario, aquello es comida casera. Cuando el pan chicloso revienta la yema se hace la oscuridad. Un pívot de tres cuerpos con la cabeza rapada, pendientes, botas camperas y chupa de cuero negro cierra todo su ángulo de visión.

—Soy Trinidad Ramalho. Me han dicho que quería verme. Usted dirá.

—Vicent Moré.

—No, por favor… No me de la mano.

—Disculpe. Me sabe mal… Juan Madrid me habló de usted. Verá, vengo de Barcelona enviado por Carmen Balcells, una agente literaria muy importante. El ministro Rubalcaba puede hablarle de ella.

—Claro.

—El caso es que la interpol, supongo que lo puede comprobar, ha emitido una orden internacional de búsqueda de Pepe Carvalho, un detective privado. Desapareció en 2004. Tiene una hija en Los Ángeles. Yo me encargo de coordinar todo. El comisario Salmorejo anda detrás. Luego está Rigalt i Mataplana, un notario amigo de Pujol ¿Me sigue?

—Lo intento. Me distrae el olor a carajillo. Hágase un favor, no coma eso y váyase a dormirla.

—No se deje engañar por las apariencias, soy un prestigioso abogado y me gano muy bien la vida. Noto cierta desconfianza, joder. Compruebe, compruebe, consulte a sus superiores. Es un caso prioritario. Puede estar en riesgo la unidad de España. No es que me importe, por mi si España que españe, pero hay gente que... Mire, haré lo siguiente, voy a llamar al director general, tengo su teléfono personal. Personal. ¿Entiende?

El Trini se pasa la mano por la nuca intentando estimular su capacidad de decisión. El nota parece inofensivo. Lo estudia. Moré marca en el teléfono con un dedazo como si entrara a matar. No puede negarlo, le pica la curiosidad.

—Señor Mesquida, buenas tardes. Sí, efectivamente, Moré…No, novedades ninguna. Verá estoy en Vallecas, en la comisaría, con el inspector Trinidad. Un hombre amabilísimo. El caso es que, y yo lo entiendo, no me da credibilidad. ¿Sería tan amable de…? Sí, sería de gran ayuda. Se lo agradezco…No, no será necesario. Le paso.

Le alarga el teléfono y el Trini no lo coge. No parece dispuesto a participar en una comedia.

—Una voz al otro lado del aparato. Podría ser el obispo de Cuenca. Me está haciendo perder el tiempo.

Moré vuelve a colocarse el teléfono en la oreja.

—No quiere. Piensa que estoy haciendo broma…De acuerdo. Gracias otra vez, a su disposición.

Guarda el teléfono. Ve a un inspector joven y desconfiado, a punto de perder la paciencia. Le parece natural, la confianza no es un atributo policial. Si fuera uno de los de antes ya le habría amenazado con salpicarle un guantazo. Las generaciones nacidas en democracia tienen más escrúpulos. No ha decidido todavía como clasificar al Trini. Ve en sus ojos el hartazgo. El inspector le pone el brazo en el hombro y susurra.

—Vamos a dejarlo pa prao, tengo cosas que hacer. Cuídese.

Ejemplar. Un comportamiento exquisito. Trinidad Ramalho ha pasado a su lista de inspectores favoritos. En el plato ve formas y colores. Unta y traga. El efecto es inmediato. La jornada en Madrid se le está haciendo larga. Necesita ir al váter y meditar allí. Las condiciones higiénicas del servicio son asumibles, aunque tiene que pedir papel en la barra. Los clientes no lo miran bien con el rollo en la mano.

  Sentado y concentrado se pierde en el espacio/tiempo. Lleva una vida algo desordenada, así no puede seguir. ¿Por qué no? No tiene contestación. Dolors está curada, no depende de él, no le necesita para nada. Sin padres, ni hijos, no tiene responsabilidades. Si dejara de beber y fumar viviría más tiempo. Enciende un cigarro. Fumar sano, no es. La droga es peor. ¿Qué droga es peor? El pegamento. No inhala pegamento. Es un tanto a su favor. Las guerras del opio fueron por los puertos. A los chinos les encanta el té. El lunes tiene que ir al psiquiatra. El lunes es fiesta. Tira el cigarro a la taza, se limpia ahorrando papel, aprieta el botón de la cisterna, se sube los pantalones y se lava las manos.

Al salir le miran peor que al entrar. Pide un té para saber a qué sabe. Ramalho Da Costa, al lado de la máquina de tabaco, le observa temeroso. Puede que vuelva a intentar darle la mano.

A Trinidad Ramalho Da Costa, el inspector de policía que estudió filosofía, le asaltan las ideas de Wittgenstein, las cosas lógicamente posibles. La llamada del director general de la policía el día que ETA revienta el aeropuerto para pedirle que colabore en la búsqueda de un personaje de ficción, le lleva al terreno de lo absurdo. Ahí no se desenvuelve con naturalidad. En la universidad no le explicaron mucho sobre el pensamiento irracional. Recuerda un dato perturbador, Wittgenstein y Hitler coincidieron en la escuela secundaria de Linz.

—Cuénteme otra vez esa historia Moré y dígame que puedo hacer por usted.

La explicación es prolija. El Trini escucha imperturbable con un par de vistazos al reloj. Cuando Moré empieza a hablar en círculos y menciona la enfermedad de su hermana, lo para.

—Carvalho es un apellido común en Portugal. Significa roble. Los hay por todo el mundo. Miles en España y millones en Brasil. De ahí no va a sacar nada, gallegos con raíces portuguesas hay a dolor y al revés igual. Tengo leídas las novelas de Montalbán. Tendría que consultarlo, pero su segundo apellido tiene más interés porque unas veces era Tourón y otras Larios. Mire Moré, Toni Romano conoce su trabajo. Si no encontró nada es muy posible que no haya nada. Tenemos Madrid boca abajo buscando a los que han volado el aeropuerto. Gente con asesinatos de verdad y que pueden estar en este barrio. No puedo ayudarle.

—Entiendo Ramalho, entiendo. No le molesto más, siento haberle hecho perder el tiempo, muchas gracias…Ah, joder, ¿conoce al señor del coche negro en la acera de enfrente?

Del Audi baja, al segundo intento, el comisario Salmorejo. Dirige sus pasos disparejos hacía el bar. Entra con una sonrisa que parece una disfunción. Se acomoda en la barra.

— Puede marcharse Ramalho. Yo me ocupo de Moré.

El Trini no se mueve. Salmorejo no es su jefe. No tiene que darle permiso ni órdenes para irse o quedarse. No le gusta que conozca su apellido.

—¿Le ha contado aquí el amigo que está buscando a un personaje de novela y tal?

Moré enciende un pitillo. Da una calada honda y bosteza. Se pasa la mano por la cara antes de hablar.

—Hablábamos del Madrid ye-yé. ¿Sabe el ministro que estás aquí? ¿Le llamo?

—Creí que lo de Ramalho era el boxeo. Deja tranquilo al ministro que bastante tendrá que hacer. Llevas un día muy entretenido, abogado. No encuentras nada ¿eh? Te voy a dar una primicia, tu jefa te va a despedir por inútil y por hacer el gilipollas. Llevas meses gastando pasta y lo único que sabes es que Carvalho es un apellido portugués. Tengo unos cuantos videos tuyos haciendo el ridículo, pom pom, pom pom. Con eso, las facturas que pasas a la agencia por no hacer nada y el cheque que le has dao hoy al Toni, te vas a tomar por culo.

Moré se dirige a Ramalho, que asiste a la conversación como si fuera una partida de ajedrez.

—Éste presume de comisario, pero es técnico de sonido, el rey del mambo. Lo graba todo para chantajes y cosas de esas. Hace informes a la carta. Se inventará uno sobre Pujol y lo firmará Carvalho.

—Qué listo eres y qué bocazas. El caso es que no van por ahí los tiros, abogado. ¿Has leído Masa y poder? No, tú sólo lees el Mundo Deportivo y tal. Tengo amigos en la CIA, esos saben cómo funciona el poder y no les cae bien Carvalho. Los informes que necesito me los darán ellos. Tienen ficha de Carvalho.

—Amigos en la CIA. Venga, Salmorejo que nos conocemos, joder. Mandas que me vigilen, ¿Para qué? Tienes menos que yo. Tus fuentes de información son el Google y los seguratas de los puticlubs que habéis montado.

—Me subestimas Moré, no trabajo sólo. Lo digo por tu bien, podemos colaborar, no seas cabezón. ¿A ti que más te da?

   El Trini se hace una composición de lugar. Salmorejo va por libre. La información, fuera de los cauces oficiales, sirve para comerciar o extorsionar. Moré anda a tientas. Busca a Carvalho por encargo y no parece que tenga mucho que ganar ni que perder. Se reconcilia con Wittgenstein. El pensamiento es lenguaje y el lenguaje tiene una gramática. Los enunciados del comisario son todos dudosos, su gramática es parda. En una conversación de pocos minutos el comisario ha desvelado varios delitos. Lo acaba de conocer y ya le cae gordo. Trinidad Ramalho Da Costa se levanta. Desde la altura mira al comisario. Se despide de Moré con un apretón de manos.

—Le mantendré informado de lo que me ha pedido. Le llamaré.

Salmorejo rumia más que masca, algo que lleva en la boca. Niega con la cabeza. Ramalhito, Ramalhito.

 

 

 

 

 

 

 

Esos ángeles (VII)

 

PARA ENTREGAR EN MANO AL COMISARIO MONTALBANO

Remitente: Nino Castellano.                                 Belmont, Bronx, NYC.

Queridísimo Salvo mi nombre no te dirá nada. Quedan muy pocas personas vivas en Sicilia que puedan darte señas sobre mí y todas tienen más de noventa años. Hace tiempo que me retiré, no me quedan amigos ni enemigos, nadie puede hacerme mal. Mi vida en EE. UU. no ha sido plácida, tampoco me quejo. Formé una familia, me gané bien la vida y he llegado a viejo. Se lo debo a tu abuelo. Me escondió en su casa cuando era un huérfano sentenciado a muerte por mi apellido. Hizo posible mi llegada a Nueva York con ocho años, veinte dólares y una carta para la honorable familia genovesa que me acogió y me dio un futuro. Nadie hizo nunca tanto por mí. No pude agradecérselo. Conservé desde que salí de Catania una medalla de plata con la imagen de Santa Águeda y la fecha grabada de mi partida. Me la puso al cuello tu abuelo y se quedó con otra igual. Me dijo que si algún día volvíamos a cruzar nuestros caminos serviría para identificarnos. La envío como prueba por si te surgieran dudas de la autenticidad de esta carta. Estoy casi ciego, pero no sordo. Oí tu apellido y quise saber quién eras. La sorpresa fue muy agradable. Me alegra, no sabes cuánto, que seas un funcionario honesto y que hayas podido evitar depender de las familias. En memoria de tu apellido y de tu abuelo quiero hacer algo por ti. No será suficiente para pagar la deuda. Sé que estuviste en Barcelona y lo que fuiste a hacer allí. Carvalho trabajó para la CIA, eso ya lo sabes, en los años de Kennedy. Lo conocí en el Flamingo de Las Vegas en 1962. Me lo presentó Sinatra como uno de los guardaespaldas del presidente. Los de la CIA y los cubanos de Miami decían que un excomunista gallego podía ser muy útil contra Fidel. Me encargaron pegarme a él para descartar que fuera un topo de los soviéticos. Nos hicimos grandes amigos. Me descubrió los secretos de la calderada gallega y el rabo de buey y te aseguro que se le saltaban las lágrimas con mis arancini. Meyer Lansky, socio del Flamingo, el primer gran hotel-casino de Nevada, el único estado donde el juego era legal en Norteamérica, aún soñaba con recuperar el Habana Riviera de Cuba, en el que había invertido millones de dólares, y los demás hoteles y casinos cerrados por la revolución en los que tenía un porcentaje. Idearon un plan para introducir en la isla a Pepe convirtiéndolo en cantante de boleros. Fue un fracaso. Tenía muy mala relación con el ritmo. Al morir Kennedy algunas sospechas se dirigieron contra él. Decidieron borrarlo del mapa, nunca había existido. Diseñaron un pasado y una nueva identidad. Carvalho cogió los nuevos documentos, certificados de estudios, fichas médicas, pasaporte suizo y desertó. Cruzó la frontera por El Paso, Texas. En Ciudad Juárez perdieron su pista. No le culpo, yo habría hecho lo mismo. Un consejo, busca a la mujer. Una gitana portuguesa llamada María, Marieta. Estuvo en sierra Maestra con los barbudos y se infiltró en un grupo anticastrista de Florida. A primeros de los setenta viajó a España con el objetivo de matar a Batista, protegido por Franco. Hay dos personas en La Habana que pueden ayudarte. Mario Conde, un detective con vicios de escritor y Chinolope, amigo del Che Guevara, el hombre que fotografió para “Life” el cadáver de Albert Anastasia en la barbería del Hotel Park Sheraton de New York y a Santo Trafficante en el cabaret Sans Souci de La Habana. Suerte. Que dios te bendiga.

   Un rapaz con berretes sentado en la playa junto a la toalla de Montalbano, le entregó al salir del baño la carta de América sin decir una palabra. El comisario no lo había visto llegar. Aseguró después de leves presiones llamarse Piero, tener diez años, y confesó que un hombre en una motocicleta con el casco puesto, le había dado diez euros por entregar el sobre. Señaló con el dedo la carretera. El motorista se dejó ver a menos de cien metros, presenció la entrega y se alejó sin prisa. El comisario no pudo identificar el modelo del vehículo, ni se planteó un intento de persecución. Piero muy serio se marchó andando por la arena sin prestar atención al señor mayor que le reñía. No vuelvas a coger dinero de extraños o te detendré, llamaré a tus padres y acabarás en prisión el resto de tu vida, entre asesinos y maestros. Piero volvió la cara sin detenerse dedicándole su mejor repertorio de muecas.

   Las cuartillas escritas a mano con una caligrafía excelente le produjeron una mezcla de inquietud, orgullo familiar y dudas. Examinó la medalla, la había visto antes. Ni su padre ni su madre viven para contestar preguntas. El apellido no es desconocido. Ha leído las novelas de Leonardo Padura y Mario Conde, expolicía, es su otro yo. Viajar a Cuba en busca de Mario Conde y un fotógrafo, que tal vez puedan ponerlo en la pista de una anciana relacionada con Carvalho cuarenta años antes, es una estupidez. Puede rastrear el apellido en la isla, preguntar a los viejos por Nino Castellano, lo demás queda fuera de su alcance. Copia la carta eliminando la parte más personal y la envía a la agencia de Carmen Balcells.

  Tonia ya sabe que Carvalho le pegó por amor un tiro mortal a un sociólogo psicópata en “El hombre de mi vida”. Es el asesinato que lo lleva a la cárcel. Se entregó. Carvalho               en el módulo, en el patio, en el chabolo, en las duchas, en el comedor. Carvalho definitivamente alejado de Charo, de Biscuter. Carvalho renunciando a ser el viajero que huye y a los mares del sur. La cárcel cierra el círculo, fue una elección, un personaje puede preferir no colaborar con la devastación. Tonia acude con preguntas a Machado cuando se encuentra perdida. El profesor poeta pasó la primera noche del exilio en un vagón sin uso, en una vía muerta de la estación de Cerbere.

  A dos horas de Barcelona, en su tumba, Tonia deja todos los años una nota. Esta vez ha ido sola, busca silencio. Una pregunta escrita a Don Antonio: ¿Existen los personajes? Mira la lápida conmemorativa, el buzón lleno. Al oír el canto de los pájaros recuerda que veinte años después de la muerte del poeta, Pau Casals llegó con su cello un día frío, a tocar para él.

 En la pequeña playa de Colliure, con los zapatos en la mano y los pies en el agua de la orilla, suena el móvil. No es Don Antonio, es de la agencia. Tiene la tentación de tirarlo al mar. Es Moré. Lo tira a la papelera.

  Traducir la carta enviada por Salvo Montalbano le llevó media hora. Abre un mundo nuevo hacia el Atlántico. Ancianos italianos, cantantes, agentes de inteligencia, mujeres preparadas para matar, revolucionarios, gánsteres, y santa Águeda, la patrona de Catania.

  El sábado a primera hora Tonia entra en la librería. La librera prepara una salsa en un fogón pequeño. Interrumpe el guiso y se quita el delantal mientras saluda, intrigada por las gafas oscuras de la joven en un día con cielo color “panza de burro”. Paco se levanta del escritorio y abre los brazos.

—Mi clienta favorita. Me alegro de verte. Los sábados traemos mejillones del mercado. No están hechos todavía ¿Quieres un vino? Es tinto sangriento.

—Hola, si es joven sí. Huele bien.

—¿Cómo vas con la lectura? ¿Te gusta lo de Carvalho?

Tonia prueba el vino antes de contestar.

—Carvalho va perfecto para mi metabolismo sentimental. Pondría alguna pega a la temperatura de este vino, demasiado alta. Resalta lo dulce y el sabor a alcohol. El tinto no debe beberse frío, pero sí más fresco cuanto más joven. De todas formas, no me gusta el vino. Salud.

Paco intenta procesar la frase. La joven parece víctima de una sobredosis de detective gallego. La librera no quita ojo a la joven que habla como un personaje de novela.

—¿Has leído todo?

—Sí. ¿Conoce a Mario Conde?

Paco termina su vaso de un trago. Tonia pregunta por sorpresa como los policías veteranos.

—Claro, coincidí con Padura en Gijón al final de los ochenta.

Enciende el disco duro mental. Leonardo Padura, escritor, cubano, admirador de J.D Salinger, licenciado en literatura, periodista, bebedor y fumador, aficionado a la pelota, el beisbol. Mario Conde, personaje, expolicía, aspirante a escritor, cubano, admirador de J.D Salinger, bebedor y fumador, aficionado a la pelota.

—Padura tiene en Tusquets tres novelas. Algunas anteriores, diría que dos, publicadas en Cuba.

—Me las llevo. Se está pegando la salsa de los mejillones.

Titubea Paco. Mira a Montse que reacciona y retira la sartén. Busca los libros. Se gira con “Adiós Hemingway” en la mano. Aparece otra, “Paisaje de Otoño”.

—No encuentro la que falta. Te la pido si quieres.

—De acuerdo, gracias. Ah...tomillo, falta tomillo. En la cocina con memoria es conveniente el olor antropológico.

El librero la ve salir sin reponerse, la respuesta ocurrente se le ocurre tarde. Su compañera olisquea la salsa valorando la proposición. Un atracón de Carvalho en plena juventud puede afectar la digestión. No parece grave. Si la próxima vez viene hablando con acento habanero, empezarán a preocuparse.

  Malik llama por el chivato del portal y Tonia baja. Sube de paquete en la moto, van a San Roque. En el corro de vecinos, muchos de ellos amigos de Malik, circulan cervezas, pastelillos de la panadería, algún peta. Se escucha cantar al Faliyo por el parque. La Nuri, asomada a la ventana, saluda. Osorio, el voluntario, también. Es parte del paisaje. Recorre los portales, habla con los que no tienen papeles, da consejos legales. Antes de subir, Tonia escucha un rato la conversación. Malik está preocupado, no lo puede disimular. El sábado debuta en un garito de Badalona. Lleva tiempo escribiendo, rimando, observando, rapeando. Le gustan las bases simples, cuanto más sencillas mejor. No le gusta el rollo gallo. Habla de su calle, los curros de mierda, los vendehúmos, de lo que se acuerda y de lo que olvida, de lo que quiere y lo que no. Ha montado el concierto un colectivo de migrantes, el sindicato apoya, quieren recaudar pasta para los juicios. Cada vez que Malik menciona el sindicato Tonia desconecta. Él se da cuenta y cambia de tema, pregunta por alguien que está a punto de salir, el Cholo, un preso habitual. Todos lo conocen. Sale en la conversación Messi, el chavalín nuevo que la rompe. Ahí Tonia se da de baja y tira para donde la Nuri, espera novedades sobre Charo y Pepe. Va a flipar con la carta de Nueva York. Trae miel, mató y nueces. Ha leído la última: “Los mares del sur”.

—Ya nadie me llevará al sur.

La Nuri arruga la cara pidiendo explicaciones.

—Es un verso. El sur es una metáfora. Ese sitio del que no querrías volver.

—Eso no existe y no sé qué es una metáfora.

—Los fugitivos necesitan un final, una ilusión. Tu sur es París.

—Nadie me llevará a París, iré sola. Y no huyo, busco.

—Eres africana, mujer y pobre. Todo el mundo te persigue.

—No me amargues la tarde, Tonia. Ya veremos. Voy a hacer un tecito.

   La jefa los ha llamado al despacho. Moré tardó cinco minutos en apuntarse al viaje a Cuba. Por una corazonada, Tonia introdujo en el buscador de WikiLeaks a Carmen Balcells. Encontró un cable de 1976.

MAY BE POSSIBLE CONTACT DONOSO THROUGH HIS LITERARY AGENT, CARMEN BALCELLS, AGENCIA LITERARIA, AVDA. GENERALISSIMO FRANCO 580, BARCELONA, PLEASE ADVISE. KISSINGER

UNCLASSIFIED

Kissinger intentando contactar con José Donoso, un escritor chileno, en pleno pinochetismo. ¿Qué interés podría tener para un secretario de estado?

La jefa, a medio retirar, está de mal café. No hay avances. Que Moré ponga en duda la existencia de Carvalho le enerva ¿Quién mató al sociólogo Anfruns?

—Pepe tiene que aparecer. Seguís teniendo carta blanca pero no quiero volver a recibir videos tuyos, Moré, ni facturas de besugo y angulas. Mírame, ¿Tengo cara de idiota?

—No, Carmen. La próxima vez pido tortilla, no te preocupes. O sopa. Me encanta la sopa. Te lo agradezco mucho y, si no es mala pregunta... ¿Por qué me has elegido a mí para este lío?

Carmen dejó pasar unos segundos. Se transformo en oráculo cardenalicio.

—Sé algo de editoriales. Tengo amigos en Uruguay y en Panamá. Uno me dijo literalmente que Salmorejo te recagó. Una razón para que no te dejes engatusar. ¿Por dónde te llegas?

—Estoy a punto de contactar con Doña Rosario, Charo. De momento no coge el teléfono. 

—Tenme informada. Quiero una llamada diaria. A la vuelta vienes con las facturas, los mojitos te los pagas tú. A la próxima estupidez, Moré, vuelves a las catacumbas. He llamado a Leonardo Padura, os recibirá. Tonia, hija… ¿Desde cuándo fumas?

Moré respira al dejar de ser objetivo de la jefa. Tonia hace girar un puro con los dedos mientras lo enciende.

—Es un Cerdán. Los hacen en Santo Domingo. ¿Quieres uno?

—Lo que me faltaba. ¿Estás bien, cariño?

—¿Preguntabas eso a Montalbán cuando encendía un cigarro?

—Contestas con otra pregunta. ¿Te estás haciendo gallega?

—Un pouquiño. Montalbán decía que hay que medir los riesgos de fumar poco y bien como un servicio a la supervivencia de una cultura.

Carmen arruga la frente, señala a la traductora con el dedo.

—Te estás pasando. Cuando hayas escrito miles de artículos, poemas, ensayos, novelas, prólogos, guías y recetarios, te tomaré en serio y escuchare tus comentarios. De momento o dejas de citar a Manolo todo el rato o te pido hora con el psiquiatra.

Tonia ignora el reproche, pone la espalda recta y cambia de tema.

—¿Quién te llamó en 1976 para que le pusieras en contacto con José Donoso?

—¿Me preguntas por una llamada de hace treinta años?

—¿Eres de Pontevedra? ¿Has leído “El jardín de al lado”? Es una novela de Donoso. En ella dice que el boom latinoamericano fue un invento de alguna agente oportunista y los editores catalanes.

Esa crítica la ha oído antes muchas veces. No la altera.

—No soy inventora, Tonia querida. Sí, leí esa novela. Es sobre la envidia.

—Donoso te cambia el nombre, pero eres fácil de identificar.

—No te preocupes por mí, no me busca el FBI. Céntrate en Carvalho. Por cierto, a Donoso le alquilé una casa en Vallvidrera. Fue vecino de Manolo y de Carvalho.

  Moré no expresa nada, ni verbal ni gestualmente. Tiene la sensación de estar perdiéndose algo. Nunca ha oído hablar del tal Donoso.

  Sin la aparición de Charo para dar confirmación, la existencia de Biscuter sigue siendo imaginaria. El personaje se ha pasado la mitad de su vida haciendo la compra para el jefe en La Boquería. El mercado, nacido extramuros de la ciudad, convertido en atracción turística, tiene, o debería tener, memoria. Malik va dos veces por semana a recoger pedidos del restaurante. Lleva una descripción borrosa de Biscuter y cien pavos en el bolso para gastos. Según las indicaciones de Tonia, el tal Josep Plegamans, al que podrían conocer por cualquier alias, incluido el de Biscuter, busca material de primera, es proclive a husmear, a preguntar y al palique. Las paradas antiguas son el objetivo. Palmira i Neus venden buen marisco y llevan muchos años con el puesto abierto. Decide ir a última hora, cuando están recogiendo y los agobios son menores. No sabe por dónde empezar. Improvisa, saca una libreta. Palmi se adelanta con una caja de mejillones en las manos.

—Hola, vida, lo tuyo no está hasta mañana.

—Ya, venía por otra cosa. Quería preguntaros algo. Será solo un minuto, si no os importa.

—Venga, empieza, que termino de guardar esto en la cámara y cerramos. Te contesto yo que la Neus está con las cuentas.

—Gracias, no tardo nada. ¿Sabes quién era Manuel Vázquez Montalbán?

—Claro, corazón, Manolo, el escritor. Vino alguna vez. Miraba al pescado a los ojos. Un sol.

—¿Has leído alguno de sus libros?

Cierra el grifo de duchar nécoras, abre la cámara y contesta.

—La duda ofende. Galíndez, el Pianista, el Estrangulador…

—¿Sabes quién es Biscuter?

—No, Carvalho me cae mal, no se porta bien con Charo. Prefiero las otras novelas y los ensayos. Me gusta “Contra los gourmets”. No aguanto a los listos. No distinguen un bogavante de una sandía.

—Pero…entonces sí has oído hablar de Biscuter.

—Sí, hijo, sí. El ayudante del detective.

—¿Biscuter compraba aquí?

—No. Aquí venía a por cangrejos Elvis Presley. ¿Me estás vacilando?

—No, mujer. Verás…

Palmi se quita los guantes y se pone en jarras. Podría arrancarse con una jota.

—Es que…Una amiga dice que Biscuter existe, que es una persona real y que compraba en este mercado.

Se lava las manos resoplando. Dobla el delantal, hace ademán de ir a preguntar a la Neus. Se planta.

—Un fetillo como nacido con fórceps, pequeñajo y tirillas, poco pelo, rubiajo, ojos saltones, y el cráneo aplastado. Hostia, nunca se me habría ocurrido…Sí, Pep, el Bacalao. Hace mucho que no viene. Era cocinero, o eso decía. Educadísimo, un cielo.

   Malik pregunta en otros puestos. Pep el Bacalao era Pep el Bellota en La Llar Del Pernil, Pep Cabrales en la Formatgería Forés, Pep el Moras en la frutería de Laura i Marc Besora, Pep el Esparrago en Verdures Peña, Pep el Riñones en Carnissería Tere, Pep el Embuchao en Tocinería Víctor i Paqui. Mínimo común de las descripciones: exigente, amable, nervioso. Hace años que no han vuelto a verlo. Lo que Tonia le había contado de Josep Plegamans, Biscuter, coincide al cien por cien con el Pep más conocido de la Boquería. No pudieron dar ni un dato concreto para localizarlo. Ni dirección, ni amistades. Salió a la Rambla.

—Eh, morito.

 Malik se giró molesto. Una anciana pintada a pistola chupaba un polo de limón sentada en el capó de un coche. Puede que llevara ahí más tiempo que el Liceo.

—He oído que buscas a Pep, el Chochos.

No estaba seguro de querer conocer la historia. Tonia la trataría de usted.

—Dígame, señora.

—Señorita. Me cuesta hablar, hijo.

 La mirada también es un lenguaje. Aquella era fácil de traducir a pesar de las gafas de espejo.

—¿Cuánto?

—Cuanto más mejor.

 Sacó veinte lereles del bolsillo. Ella los cogió con manos de madera de olivo, los dobló y los guardó en el bolso.

—Ahora nos sentamos en una terraza, me invitas a un café con ensaimada y te cuento. Eres muy guapo, niño.

 Se sentaron en el bar más cercano y el camarero los miró como un mosso d’escuadra. Mantuvo la distancia por si tuvieran algo contagioso. La mujer se transformó en una niña con dudas entre lo que quedaba de polo y la llamada del bollo. Pegó el último mordisco al hielo amarillo, tiró el palito y se echó en el café los sobres de azúcar. Los suyos y los de Malik. Encendió un Fortuna y se fue a la infancia.

—El Pep me trataba bien. Cuando estaba interno con los curas, en el asilo Durán, en la Bonanova, mi madre trabajaba limpiando para una familia de las de mucho dinero. A mí me dejaba toda la mañana esperando en la calle con un cucurucho de chochos. Tenía doce años. Veía a los niños en el patio detrás de la verja y un día el Pep me pidió unos pocos. Pasaba más hambre que nosotras. A mi madre le dio pena y empezó a comprar dos cucuruchos. Cogimos confianza y cuando salió seguimos viéndonos. Robaba coches. Dimos algún paseo por el Tibidabo y nos traía tortilla de patatas. Mi madre le llamaba “el chochos”. Entraba y salía de la cárcel. Cuando me quedé sola y vine al chino a buscarme la vida, me ayudó. Me daba veinte duros cuando podía y me invitaba a un aguachirri. Esto de ahora sí es café. A mí los tíos me dan asco. Todos. Por mí como si revientan, pero al Pep le tenía cariño. Uno que conocía de la cárcel le dio trabajo y se quedó a vivir en su oficina. Se volvió un señor y todos los días venía al mercado. Cuando necesité mil pesetas me las dio y me traía raciones de los platos que cocinaba. Un día me dijo que se iba. Al jefe le habían metido en la trena y estaba en el paro. Tenía algo ahorrao y quería ir a Francia, a París. No he vuelto a saber de él. Estará en algún restaurante, cocinaba bien. Si lo ves, dale recuerdos de Margot.

  Malik sacó otro billete azul. Al dar las gracias y mirar a la señora subiendo la Rambla, le entró urgencia por fumarse cuatro porros y desnucarse con el programa de televisión más estúpido que pudiera encontrar. No pudo, nada más sentarse en el sofá compartido del piso compartido, aparecieron Sofiane y Rubén. Necesitaban un portero solvente para jugar contra los de Frutas Juli, líderes de la liga.

  Malik pasó sus primeros meses en Barcelona vendiendo un emplaste prensado de jena, leche condensada y cera, por la rambla y alrededores. En una esquina de la calle Lancaster un policía de paisano le pilló distraído, le enganchó del pescuezo y le puso contra la pared echándole en la cara un aliento al ajillo. Llevaba un abrigo raído, zapatos gastados, un periódico en el bolsillo y era viejo. Menos Malik todos en el Raval lo conocían. Méndez.

   Cuando Barcelona hablaba latín el inspector Méndez ya era experto en madamas, gonorreas, abortos clandestinos, sadomasoquismo, exhibicionistas, grifa y cocaína. Conocía mejor el barrio chino que el reglamento. A Malik le pegó un pescozón profesional, le quitó el material, lo tiró a una alcantarilla y le explicó que, a la siguiente, se encargaría personalmente de que le dieran por el culo todos los presos de la modelo, especialmente los sifilíticos. Se marchó por la calle del Arco del Teatro en dirección a la Rambla. No había vuelto a verlo hasta hoy. Le tocó el hombro por la espalda cuando salía del restaurante. Se dirigió a él por su nombre. No recordaba habérselo dicho.

—Hombre, Malik. ¿Cuánto tiempo llevas ya en Barcelona?

—Cuatro años.

—¿Por qué buscas a Plegamans? 

  Méndez. Sólo oír su nombre vaciaba, y sigue vaciando, calles en las que el agua va más rápida que la luz. Méndez no será comisario, ni pasará de la escala básica. Nunca le cayó bien a sus jefes, ni a los de antes, ni a los de ahora. Vigila los urinarios desde época romana para salvaguardar la ley, el orden y el decoro. Lo suyo es pisar las calles de una Barcelona que desparece. La del Campo de la Bota, por ejemplo, con pasado de ejecuciones y presente de primavera sound y feria de Abril. Malik no cree que Tonia tuviera inconveniente en que contara la verdad y eso hizo. Biscuter, Josep Plegamans, tenía ficha policial y había pasado la mayor parte de su vida en territorio Méndez.

  A Méndez, lector e investigador, vestigio de otro siglo, lo quieren jubilar. Por viejo, por testigo del pasado. Aguanta como puede a su manera; un pistolón de la guerra de Filipinas, libros, fijarse en la ropa tendida, un oído fino y la amenaza de una birria de pensión. Méndez leía a Montalbán y Montalbán a Méndez: “Las centrales de policía ni se crean ni se destruyen, simplemente repintan sus fachadas”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abandonados a las puertas de las peores galaxias (VIII)

 

    Joaquim Rigalt i Mataplana, Quimet, el amigo financiero de Charo y de Pujol, estuvo interesado en utilizar a Carvalho para construir una central de información semiclandestina al servicio del gobierno catalán. Así lo cuenta Montalbán en “El hombre de mi vida”. Si algo salía mal el charnego agradecido pagaría el pato. Moré llama a su vecino, el malasombra del Amores, encargado por descarte de las esquelas en “La Vanguardia”. Al Amores lo colocó en el periódico por misericordia un amigo común, Francisco González Ledesma, antiguo redactor jefe, premio planeta en 1984 con “Crónica sentimental en rojo”, una historia del inspector Méndez. Moré pregunta sin preliminares después del saludo.

—¿Quién es la mano derecha de Pujol?

—A la vista y reconocido Maciá Alavedra. Es abogado. Le adjudican la paternidad del estatuto de autonomía. Lleva más de veinte años al lado de Pujol. Ya no está en política que se sepa. Dicen que fue el cerebro del pacto del Majestic que hizo presidente del gobierno al Aznar. Negoció el despliegue de los mossos y las competencias de seguridad. Ya eres mayor Vicent, podrías leer algún periódico de vez en cuando, aunque no sea el mío. ¿Qué tal está Dolors?

—Bien, mejora muy deprisa. ¿Sabes algo de Joaquim Rigalt i Mataplana?

—El notario. Dicen que es un tipo extraordinario, sobre todo los banqueros. En los monasterios lo llaman el Net, Don limpio. Pasa mucho tiempo en Andorra y tiene un único tema de conversación, Cataluña. Es íntimo de Pujol desde que hacían excursiones en pantalones cortos. Le convenció para que se tratara el tic en los ojos con una vidente de Carballino. Le trató con un huevo y una vela. Acabaron en su consulta la mujer de Pujol y media Convergencia.

  Es todo lo que necesita saber, el horóscopo no le interesa. Quiere comprobar hasta dónde llega la carta blanca y la influencia de Carmen Balcells. Con membrete de la agencia y una propuesta de negocio, invita por escrito a Rigalt i Mataplana a una comida en el Palace. A Carmen le va a encantar la cuenta. Encarga a la secretaria de la agencia que localice la dirección y le pase la respuesta.

  Si Biscuter está en Francia, en París, Tonia sabe quién podría encontrarlo. Si se trata de buscar cocina con acento catalán preparada por un expresidiario de Barcelona, o de llamar por teléfono a todos los restaurantes del centro y la banlieue, Tonia no ve ninguna razón, con un pequeño incentivo, para que Duluc se niegue.

  Duluc visitó Le Passage, el bistró familiar de La Camarga, cuando era un zangolotino y trabajaba media jornada en el Midi Libre, un diario de Montpellier. Perdido en carreteras secundarias, le llamó la atención el nombre de una herejía gastronómica al leerlo escrito en la pizarra exterior. El plato estrella, una creación de Nana, mezclaba uno de los platos sagrados de la región con una palabra griega. Avgotaracho avec brandade de morue, câpres et miel de bruyère. En castellano manchego, con algunas variaciones: huevas de salmonete secas y saladas, atascaburras, alcaparras y miel de brezo. Desde entonces los martes, jueves y sábados iba a comer a Le Passage. Los viernes a cenar, cantar y emborracharse con Aldo. Era el mejor cliente de la casa. Se convirtió en parte de la tripulación de una barca a la deriva. Los vítores a la cocinera hacían falta, estaba al borde de la depresión. Nana veía como el colchón de ahorros desaparecía, el negocio no arrancaba, la niña necesitaba cosas y por allí no pasaban ni media docena de coches al día. Las botellas de vino con Aldo también contribuyeron a mantener la moral en el hundimiento. Duluc siempre estaba de buen humor y lo hacía contagioso. Su filosofía era sencilla y para la familia oportuna, a las penas puñalás. En el idioma de Descartes suena más filosófico. Duluc trabaja en el Instituto del Mundo Árabe de París. Tonia cree que su padre puede localizar a Duluc y Duluc puede encontrar a Biscuter.

   Aldo Calógero, el padre de Tonia, lleva treinta años sin hablar con el suyo, Gaetano, viudo desde joven, lector del L’Osservatore Romano, charcutero, acérrimo de Berlusconi. Su vida consiste en gastos, ingresos, salchichas, corderos, terneras, pollos y discos de Beniamino Gigli. Aldo no quiso continuar el negocio familiar y le costó la excomunión. Gaetano no le convenció de que la carnicería familiar era el futuro más deseable del mundo. Aldo se había negado además a ser seminarista en San Miniato. Gaetano lo echó de casa con gritos, arias y juramentos cuando se enteró de que había votado a los comunistas.

   Aldo recorrió Europa tocando la guitarra y cantando éxitos italianos en la calle. Se hartó de Bella Ciao, Azurro, Pregherò, Volare y Tu vuò fa l’americano. Una noche, en una cervecería del puerto de Hamburgo llena de “marinos dispuestos a la muerte por Jean Harlow”, se encontró con Nana, la griega que le puso los pies en el suelo y le pasó la sesera por la sartén, vuelta y vuelta. Acabaron en Berlín. La ciudad no pertenecía a la república federal, tenía un estatuto especial. Se llenó de jóvenes de toda Alemania que no querían hacer el servicio militar. Al enterarse Gaetano de que Aldo trabajaba en una factoría de BMW y había nacido una niña llamada Tonia, escribió a su hijo una carta llena de perdones anunciando la intención de poner a su nombre la “Gran Carnicería Gaetano”. Aldo se compró otra guitarra. Eléctrica.

  Paco Camarasa, el librero, conoce los horarios de Tonia. Hoy está esperando agitado, con un libro en la mano, a la puerta de la librería. Tiene ojeras, está cansado, ha pasado la noche entera leyendo el material. Se le ilumina la cara al verla, grita su nombre. Tonia escucha a Amy Winehouse por los auriculares a la vez que niega con la cabeza, no, no, no. Parece un personaje de Spike Lee que se desliza con patines por la calle estrecha. Acaba la canción a diez metros de la librería. Saluda, desconecta el cacharro. El librero emocionado pone el libro en sus manos como si estuviera prohibido.

—Tienes que leer esto, acaba de llegar. Es lo último de Andreu Martín. “El Blues del Detective Inmortal”. Aparecen Carvalho, Charo y Biscuter, aunque les cambia el nombre. Te lo regalo.

—Me encanta que me regalen. Gracias, comisario librero.

Tonia le planta dos besos. Paco rompe a bailar como si fuera La Chunga por rumbas en el Somorrostro. Bueno, sí, es una hipérbole. Que se pone contento, vaya.

—Es un homenaje a Carvalho y a Montalbán. Andreu viene a veces, un día te lo presento, era muy amigo de Manolo. Si quieres que te mire mal y te mate en el primer capítulo de su próximo libro, solo tienes que decir que la realidad supera a la ficción.

—Me lo apunto.

   El Amores le ha comentado a Moré en el ascensor sus enfermedades venéreas y que la masía de Rigalt i Mataplana tiene hectáreas de viñedos, acceso privado a la playa, bodega climatizada y porche de madera del último árbol del último bosque. Los empleados hablan inglés, francés y tagalo. En 48 horas ha llegado la respuesta del notario a su invitación. El señor Rigalt i Mataplana se encuentra en el extranjero. No tiene inconveniente en enviar a alguien con plenas facultades para decidir por él.

  El Palace hace chaflán entre Roger de Llúria y la Gran Vía. En el restaurante de la azotea Moré pide un cóctel de largo nombre en inglés. A la hora en punto llega el representante de Rigalt i Mataplana. Exhibe saber estar, amabilidad y bronceado. Viene de jugar al tenis, le apetece vichyssoise. Para beber, agua mineral. Moré pide Chablis y sopa de trufa con pan de pistachos y aire de mandarina.

—He llamado a Carmen. No sabía nada de su carta. Me debe una explicación.

—No la hay. Quería contactar con alguien cercano a la inteligencia catalana.

—¿Inteligencia catalana?

  No entiende Moré, con la vista en el plato, como sacan el aire a la mandarina. Tampoco tiene claro qué coño es la vichyssoise. Huele a puerro. Como suena a francés, llevará mantequilla.

—Los que preparan posibles transferencias del estado en materia de inteligencia. Los servicios secretos catalanes, el CNI de Pujol.

El señor vichyssoise prueba el agua mineral. Es de su gusto.

—No sé de qué me habla, ni de parte de quien. ¿Está bebido?

—Carmen Balcells quiere encontrar a Pepe Carvalho.

—Conozco a Carmen desde hace años, acaba de decirme que no se hace responsable de usted. Eso lo deja en mal lugar...Así que busca agentes secretos catalanes y a Pepe Carvalho. Fantástico. Suerte con eso.

—¿Qué me dice de Charo? ¿Le parece fantástica?

—Soy especialista en derecho mercantil. En su carta menciona un contrato, por eso estoy aquí. Para cualquier otra cosa se ha equivocado de persona.

—Un comisario que trabaja con el CNI está muy interesado en Pujol y en Carvalho. Entre los dos está el señor Rigalt i Mataplana, Quimet, su jefe.

  El tenista mercantil pide de segundo tortilla de calabacín. Moré se conforma con una becada asada con tosta de sus higaditos. Un Vega Sicilia le parece apropiado para acompañar la carne, suponiendo como supone que la becada es carne. Si no fuera carne los higaditos no serían suyos.

—¿Qué pretende Moré?

—Contactar con Carvalho.

—No se moleste, le he hecho una auditoría discreta. Es usted un insolvente. No tiene nada que aportar. No sirve para nada en nuestro modelo de negocio. No se preocupe, le diré a Carmen que ha sido una velada muy agradable y que es usted un tio formidable.

   La botella de tinto está vacía. Moré se levanta para brindar con la copa en alto. Con la mano libre se baja la bragueta y mea con buena puntería la tortilla. Salpica la camisa y los pantalones del abogado. Le da para empaparle los zapatos antes de que se levante dando gritos y llegue la seguridad del hotel.

  Lo sacan a la calle a empujones después de amenazarlo en el ascensor. Se lleva un puñetazo en el esternón que lo deja sin aíre y dos rodillazos en el estómago. Lo retienen hasta que llega la policía y se lo llevan esposado. En el coche patrulla escucha la previa de un partido muy importante mañana, a las tres y media. Conoce el procedimiento, el papeleo, hay denuncia del hotel. Pasa la noche en comisaría encerrado con un cultivador de dos plantas de maría en un balcón y una Drag queen que de un tortazo ha convertido al islam a un bocazas faltón que le soltó una españolez. Sorprende a los compañeros de celda el delito de mear una tortilla con el agravante del calabacín. Al salir por la mañana y llegar a casa después de cruzarse con el Amores en el portal, le apetece desayunar fuerte y una ducha antes de ir a contárselo a su hermana. No lo va a reñir si lleva “El Jueves” y unos melocotones. Si Dolors ha conseguido por fin contactar con Charo todo puede ser más fácil en la próxima reunión con la jefa. No contesta al teléfono. El piso del Eixample está cerrado.

  Tonia toca concentrada un rondó de “La Trágica”. Vibra el teléfono. No es Moré, es la jefa. Lo que cuenta despacio, envuelto en frases analgésicas, tarda en procesarlo. A Moré lo han matado esta noche en su casa. El teléfono vuela por la ventana.

  Al tanatorio, entre Sant Quintí y la ronda del Guinardó, llega Tonia con Malik a última hora. Hay compañeros de la agencia, camareros, el Amores, Dolors en silla de ruedas con Vania, su cuidadora. Tonia se presenta a la hermana de Moré y se ofrece para lo que sea necesario. No se conocían. La mujer llora angustiada apretando los dedos de Tonia, se abrazan. Frente al ataúd cerrado, de espaldas al llanto, se muerde el labio inferior. Ya no vas a Cuba, Moré.

   El Peloponeso en plena ola de calor arde entero. Desde Atenas huele a quemado, hay más de setenta muertos. Kostas Jaritos aparta las llamas de su cabeza al oír al teléfono la voz de su jefe, el general de brigada Guikas. Recuerda bien al abogado bigotudo atronando el restaurante, al comisario que no estaba invitado, a la traductora joven parecida a su hija que pidió berenjena. Se lo contó a Adrianí que le planchaba los pantalones, pobre hombre, dijo. Pobre hombre. Tenía buen recuerdo de Barcelona. Ahora aparecía un lado siniestro, el cadáver de alguien con quien había compartido mantel.

   Tonia también seguía, o sigue, desde una cierta distancia y con un papel de reparto, las huellas de Carvalho. Moré ya no necesita traductora, ni asistente. La posibilidad de convertirse en objetivo de alguien empieza a entrar en sus cuentas. Ahora sabe más que Moré. La historia de Andreu Martín confirma que el despacho de Carvalho y Biscuter estuvo en la plaza del teatro frente a la estatua de Pitarra. Lleva años vacío en un edificio con pasado de burdel, la casa de putas de Madame Petula, y presente de oficinas. Tonia intenta cuadrar las nuevas noticias. Charo, acusada de matar a Carvalho, entra en la cárcel y sale sin cargos. Biscuter autoinculpado, debería estar preso. Hay un pequeño problema, no hay cadáver. Para el mundo, más allá de Charo y Biscuter, su mínimo y estricto círculo de confianza, Carvalho no está ni vivo, ni muerto. Mira el móvil. Moré dejó llamadas perdidas.

  Salvo Montalbano leyó dos veces la nota fúnebre que le envió la agencia. En Sicilia y en el mundo cuando se escuchan tiros todo se complica. Vuelve a leer la carta de Nino Catellano. Demasiado literaria para ser verdad, demasiados detalles para ser mentira. Belmont, en el Bronx, tiene veinticinco mil habitantes, menos del veinte por ciento son blancos. Mayores de noventa años, unos pocos centenares. Nino Castellano es fácilmente rastreable. No es su problema. A la salud de Moré descorchó un vino de Pantelleria, mirando al mar. Bebió despacio y compasivo, harto de escopetas.

    En la plaza Dos de Mayo, Madrid, atento por si aparece la policía, un acordeonista cojo se queja con música melancólica. Juan Madrid recuerda vagamente al abogado Moré. Antonio Carpintero, Toni Romano, con nitidez, tenía un trato con él. No le hace gracia que maten a sus clientes. Si son inofensivos abogados que pagan bien, aunque tengan la gracia en el culo, menos. Pone diez pavos en el estuche del acordeonista llamándolo por su nombre, Timur. Pide que toque a muerto. El músico coge aire y se arranca a cantar en ruso ronco. Toni nota un gancho al hígado y baja la calle asqueado. Le duele la cabeza. Cuando se le pase no estará de mejor humor, no acostumbra a cobrar por no hacer nada. Alguien tiene que pagar la cuenta y la putada.

  La historia sin confirmar de Andreu Martín, que no trabaja para Carmen Balcells, pone todo patas arriba. Los hechos: Carvalho, involucrado por Charo en un asunto menor, se complica la vida, su habilidad más contrastada, y ejecuta a unos asesinos argentinos relacionados con un banquero español. Carvalho organiza el simulacro de su muerte para evitar a la policía y desaparece. La policía culpa a Charo hasta que Biscuter confiesa ser el asesino de su jefe. Tonia no se cree nada.

   Cuando llega el cante a la comisaría de Vallecas el Trini no se lo cree. La única vez que vio a Moré, un paisano inofensivo, discutía con Salmorejo. Nota olor a mierda y se le calienta la sangre. En Vallecas corren comentarios en voz baja sobre el comisario. Unos jóvenes ocuparon un edificio en ruinas que llevaba décadas abandonado. En una subasta compró el solar una empresa y los desalojó por la vía rápida. Un macarra habitual en follones de encargo los amenazó pistola en mano. Un inspector veterano se enteró del motivo. La empresa había pedido ayuda a un comisario especialista en favores. Hace tiempo que Ramalho ha oído hablar de los comisarios salvajes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Variaciones sobre un 10 % de descuento (IX)

 

   A las once y media de la noche el Cholo, con el casco puesto, sale del ascensor en el séptimo piso, lo deja abierto, se dirige a la letra B y llama al timbre una sola vez. Diez segundos después en pijama, Moré abre la puerta. El Cholo levanta la recortada y le dispara a dos palmos de la cara. Vuelve al ascensor, baja directo al garaje con la escopeta en la chamarra, arranca la moto, abre el portón con el mando, sube la rampa y se mezcla en el tráfico. En media hora está a la entrada de Barberá del Vallés, en un aparcamiento, a veinte kilómetros de Barcelona. Le espera el Toto en un megane. El Toto, bajito, rechoncho, con ojos de huevo y manos blandas, mete en una bolsa de deporte la recortada, el casco, el mando a distancia, las deportivas, los guantes y la chupa. El Cholo se cambia en el asiento de atrás. La moto se queda allí. Tardan una hora y media en llegar al embalse de Rialb sin hablar, con música machacante a todo volumen. Paran junto a una granja de cerdos y se deshacen del contenido de la bolsa. Vuelven por otra carretera bajando hasta Calafell, para entrar a Barcelona por el sur. El Toto hace un par de chistes retorcidos, se ríe él solo y deja al Cholo en un cruce del centro a las tres de la mañana. Le da dos mil euros en cuatro billetes y un pollo de farla extra.

   El Cholo sabe que el Toto trata con la pasma. Contrata gente como él, a la última pregunta, para quemar casas con vecinos que no se quieren ir, dar palizas de encargo, reventar algún acto político, montar bronca en negocios que no pagan o cobrar a camellos tardones. Si tiene algún lío el Toto pone el abogado, paga bien. El Cholo antes se dedicaba al escalo, los descuidos, el tironeo, a robar coches. Acaba de salir. El cabrón del Toto sabe que no tiene donde caerse muerto, ni respaldo de nadie. Puede ir a la pera o a la vendimia, como otras veces. En un mes estará en las mismas, tieso pelao, sentado en la escalera del portal esperando un palo, al padre de la Rebe o a quien sea. El Toto llamará. Puede que ahora le dé cosas mejor pagadas, ya lo conoce. Sabe que es de fiar. Si en una de estas le ligan, en el talego estará cubierto. El Toto maneja, tiene que ver con los de corbata. Le ha hablado de una historia para levantarse un carro de billetes.

   Cuando llega a casa al día siguiente después de intentar toda la noche borrar con birras y pastillas la imagen de los sesos del abogado en la pared, su hermano pequeño, Josito, el Lechuga, está, como siempre, en la cueva jugando al fifa con la play y fumando porros. El frigorífico está desenchufado. Viven solos desde hace años. El Lechuga trapichea con hierba lo justo para el día, no quiere saber nada más. Alguna vez le llama algún vecino para ir a la chatarra o a vender banderas a la puerta del estadio. El Cholo pide por teléfono a Telepizza de todo y en grandes cantidades. El Lechuga para el partido. Los repartidores se niegan a ir a según qué direcciones. Le extraña que no le mande a por el encargo. El Cholo tiene pasta, habla poco, está raro. Se casa el mes que viene y anda buscando la manera de pagar la boda y la fiesta. La Rebeca está preñada y se vendrá a vivir con ellos. Habrá que hacer limpieza.

—Qué pasa loco, has dao un palo bueno.

—Dos mil euros me he sacao jugando al póquer, pringao. Vamos a comer de lujo. Y tengo pa postre cremita.

—Jugando al póquer mis cojones. No sabes ni tenerlas. Te has hecho una farmacia o una gasolinera. Como se entere la Rebe o su padre te vas a cagar.

—Calla, enterao. Si dices algo te parto la crisma. La farla es para celebrar lo de hoy. Me la ha dao el Toto.

—El Toto no da nada, ese jambo es un asqueroso. Si el dinero es suyo es que has hecho alguna gorda.

—Sabrás tú del Toto. Es el que me da corte. Si no nos comeríamos los mocos.

—Un plato, una cerve y un peta no faltan. El Toto marca ruina. Cuando estés enmarronao y no sirvas, te va a dejar tirao. ¿Para quién te crees que trabaja?

—Pa los ricos como todo el mundo. Yo le cumplo y él me paga. A mí me respeta, más le vale.

—Pa que te suelte ese turrón es que has mangao la de dios.

—Lo habría hecho por menos. Me he tumbao a un abogao hijoputa que defiende violadores.

  El Lechuga cerró los ojos. Todo empezó a dar vueltas. El Cholo era capaz de eso y más. Desde que murieron los viejos, con los ácidos, las pastillas, las borracheras, las peleas, las horas muertas en el parking, y esa música bacaladera de mierda, se había vuelto el más chulo del barrio. Los chinaos del fútbol le hablaban de honor, gloria y esas mierdas. En despachos del centro les pagaban por liarla. El Cholo puso de su parte, no es un chavalín indefenso. Le gusta abucharar, sacar el pecho paloma, ponerse violento. Matar a alguien a quien ni siquiera conoces por encargo de un mierda es una cagada imperdonable. El Cholo no se para a pensar. Tiene veintitrés años, pero parece que tiene quince, cree que es Toni Montana. Un muerto, a poco, son veinte años. Con la facilidad que tiene para meter la pata y las movidas habituales del talego le caerá una condena después de otra. Si entra, no sale. Un muerto no tiene marcha atrás, el Toto lo sabe, el Lechuga también.

—Te respeta. ¿Por qué no se lo bajó él? ¿Por no mancharse el traje de chuloputa?

—Un desgraciao menos. Que se joda.

—Ahora eres juez. Un abogado defiende a la gente en los juicios, es su faena. Te respeta mis huevos. El Toto te paga por tasabar gente. Si alguien le molesta te cuenta una milonga, te da la propina y tú se lo limpias. Te has lucido, chaval.

  El abogado no era como esperaba. Debería haberle dado asco, llevar en la mirada su mala entraña. Abrió la puerta en pijama, con el cepillo de dientes en la mano y dentífrico en el bigote. Sonreía como si esperara decir alguna tontería a quien llamara a esas horas de la noche. Estaba tranquilo, con la cara roja y los ojos húmedos, como su viejo cuando volvía de la taberna cantando por Farina. La vieja lo reñía y lo dejaba sin cenar. El dinero hacía falta en casa. El Lechuga y él eran unos mocosos. El viejo se reía y se quedaba dormido, habían sido solo dos vinos, no era para ponerse así. Al día siguiente vendería los hierros amontonados en la carbonera. Le darían un buen dinero en la chatarrería. La vieja, al final, le daba un vaso de leche. Jesús, qué cruz de hombre.

   El Cholo pensativo no es una estampa habitual. Se fía del Josito, sabe de lo que habla, acabó la escuela. Se va a por el encargo enfurruñao y con alguna mosca comiéndole el tarro. El Lechuga sale detrás y tira para lo del Lumbreras, dos calles más abajo, en la parte vieja. El Lumbreras está donde siempre, en las escaleras del portal. Acaba de pillar unas toallas a un asfixiao y busca colocárselas a los que mañana tienen mercadillo. Si les gana treinta pavos, ha hecho el día, si son diez, algo es algo. Josito, el Lechuga, le entra, como todos, para un negocio.

—Cuanto me das por la play, Lumbre.

—La tengo que ver. Poco de todas maneras, acaba de salir la nueva.

  Un ratico de charla, trócolo de yerba, sacar al Cholo en la conversación, la boda, la fiesta que prepara, todo el barrio invitado, el bailongo. El Barca, Ronaldinho y Messi. El Lechuga sabe que el Lumbre es de un pueblo en el que dan pol culo a los preguntones. Hay que dejar correr el sedal a favor de la corriente, no arar el río. Con paciencia los peces acaban picando. El Toto va mucho por el Júpiter. Suficiente.

  Josito pasa por casa y come algo de fritanga con el Cholo sin hablar del tema. Su hermano no dice una palabra, algo barrunta. Beben un par de latas a la canal. Josito agarra el destornillador de la caja de herramientas, la bici y tira para la calle. Encuentra el coche del Toto a dos calles del Júpiter. Se pone la capucha de la sudadera y empieza a buscar en los contenedores. Es tarde, pasa poca gente y a nadie le extraña que alguien rebusque en la basura. A los veinte minutos el Toto se acerca andando con las llaves del coche en la mano. El Josito se le va de frente. Al llegar a su altura le mira a la cara, saca el destornillador y se lo clava en el corazón hasta el mango. El Toto ni tulle ni mulle. El Josito se pira andando, dobla la primera esquina, corre. Recoge la bici candada en la puerta del instituto y pedalea hasta que le revienta el pecho. En el primer contenedor que encuentra hurga y tira el destornillador envuelto en papeles, unas calles más abajo en un callejón lleno de potas y meaos, se deshace de la sudadera.

  Al volver a casa el Cholo no está. Agotado, Josito el Lechuga se duerme con la tele puesta, un porro a medio fumar en el cenicero y una cerveza caliente en la mano. En la play estaba a punto de ganar la Champions con el Elche.

  Tonia llega al despacho de la agencia Balcells con las luces apagadas. La jefa, retirada pero poco, no puede parar quieta. Ha vuelto a la dirección después de que la agencia perdiera a Guillermo Cabrera Infante y a Roberto Bolaño, fichados por Andrew Wilye, “el chacal”, el agente estadounidense más importante del mundo. La muerte de Moré altera el equipo encargado del asunto Carvalho. La traductora nota cierto paternalismo en la voz de Carmen Balcells cuando habla de riesgos. En Cuba no es necesaria como traductora y ya no es asistente de Moré. Quiere mandarla a la feria del libro de Frankfurt. Tonia conoce Frankfurt. Traducir farragosas negociaciones no le apetece. Sugiere incorporarse al frente alemán a la vuelta de Cuba, hacer un traspaso ordenado del expediente Carvalho. Lo pide por favor. La jefa es benevolente.

   Simón Mendiño, un filólogo experto de la casa recién incorporado al departamento de asuntos extranjeros, medievalista, crítico literario y uno de los mil mejores poetas de Pontevedra, será su compañero en el Caribe. Simón puede ser conveniente, se sabe de memoria las novelas de Carvalho e hizo su tesis doctoral sobre los personajes de Manuel Vázquez Montalbán. Ha estudiado todos los pseudónimos del escritor: Sixto Cámara, La Baronesa d'Orcy, Manolo V el Empecinado, Jack el decorador, Manolín de Tarascón, El Bizco de Lepanto, Adolfo Pérez Sánchez de los Madroños Lisos...

  La jefa avisó, no quiere líos entre sus subordinados. Dijo que era motivo de despido fulminante. Una aventura rápida, discreta y sin consecuencias, pase, pero nada de relaciones más allá. Tonia no entendió a cuento de qué venía aquello, ni se tomó en serio las admoniciones de Carmen. Su vida sentimental estaba tranquila desde que terminó con Jota, un bandarra de la facultad. Estaba convencido de que lo querían matar por escribir en su tesis doctoral de setecientas páginas, que Jesús de Galíndez, un nacionalista vasco secuestrado en la Quinta Avenida de Nueva York, trasladado en avioneta a la República Dominicana y asesinado por orden del dictador Trujillo en 1956, vivió hasta finales de los ochenta en Florida bajo un nombre supuesto. Tonia no sabía, ni le importaba cuando rompió relaciones diplomáticas con Jota, que Montalbán había dedicado una novela a Galíndez. Ahora sí le vio interés, la leyó. La protagonista se llama Muriel como la exmujer de Carvalho.

   El aviso la puso en guardia sobre Simón Mendiño. Ten cuidado, insistió la jefa, su mujer es amiga mía. Cuando se lo presentaron, a una semana del viaje a Cuba, no le pareció gran cosa. Esperaba algún galán que justificara las amenazas de la jefa. Simón Mendiño se parecía a Tintin con gafas, con veinte kilos más y sin Milú. Hablaba sin parar. Un fumador compulsivo de caladas ansiosas, de las que calientan el cigarrillo y dejan en el cenicero colillas requemadas.

   Los vecinos de Moré escucharon el estampido de la escopeta. El Amores salió al pasillo, otros se asomaron a las ventanas. Vieron la moto salir del garaje y perderse calle arriba. Lifante, el inspector, no sacó nada en claro, ningún distintivo, nada llamativo. Una motocicleta corriente, ropa oscura, casco azul, una marca de ruedas en el garaje. El forense apunta que quien apretó el gatillo era, casi con toda seguridad, más alto que la víctima. Munición corriente de caza. Nada más.

  La policía quiso hablar con Tonia. La citaron por teléfono en la comisaría de Vía Laietana, donde estuvieron detenidos Vázquez Montalbán y su mujer, Anna Sallés, en 1962. Llegó tarde por la lluvia y la desgana. Lifante esperaba impaciente, a medio enfadar. La invitó a sentarse y a un café de máquina. Estaba al tanto del empeño de Carmen Balcells en buscar a Carvalho. Él mismo había detenido al detective por el asesinato del sociólogo sexual. Un crimen pasional, venganza. Lo que había detrás, una novela entera en la que el inspector había participado, “El hombre de mi vida”, no le interesaba. Si Lifante aseguraba haber encarcelado a Carvalho, Tonia no entendía las dudas sobre su existencia. El policía se lo aclaró:

—No hay ni un papel oficial a nombre de José Carvalho, ni Larios ni Tourón. No hay partida de nacimiento, libro de familia o DNI. Ha vivido siempre con documentación falsa. Legalmente no existe. Eso es problema de ustedes que lo están buscando y de la interpol. El mío se llama Vicent Moré, su compañero. ¿Desde cuándo lo conocía?

Tonia contestó a la vez que apartaba el vaso de plástico. No pensaba probar el café. Agradeció que no la tuteara.

—Hace tres años.

  El inspector la radiografió a la vez que bebía de su taza. La mirada parecía incluir una valoración poco relacionada con el caso. Se sentó de refilón en la parte delantera de la mesa.

—¿Cuál era la tarea de Moré?

—Se ocupaba de papeles relacionados con derechos de autor hasta que la agencia le encargó buscar a Carvalho.

—¿Sabe algo de su vida privada?

—No. Sé que tenía una hermana y vivía solo.

Lifante esperó en silencio unos segundos un añadido, un comentario. No lo hubo.

—¿Le habló de algo que le preocupara?

—La enfermedad de su hermana. No hablábamos mucho, le conocía superficialmente.

Tonia, lacónica y precisa, no se iba por las ramas, no hacía suposiciones ni valoraciones.

—¿Tenía enemigos?

—Ni idea. Que yo sepa, no.

—Cuando empezaron a buscar a Carvalho ¿Qué hacía usted?

—Al principio traducir en las reuniones con autores extranjeros. Luego la jefa me puso al servicio de Moré.

  El inspector paseó la mirada sobre ella con alguna detención impertinente. Tonia arrugó el entrecejo. Dijo en griego un par de cosas intraducibles antes de fijarse en el reloj colgado en la pared y levantarse de la silla. Lifante no se inmutó.

—¿Pasó algo raro en alguna de esas reuniones?

—Un comisario. Interrumpió una comida de trabajo con otros comisarios, Kostas Jaritos y Salvo Montalbano en la Barceloneta.

—¿Recuerda su nombre?

—Sí. Salmorejo.

Lifante pestañeó y titubeó antes de retomar las preguntas.

—¿Estaba al corriente de la cita de Moré en el Palace?

—No, no me dijo nada. ¿Puedo irme ya? Tengo prisa.

  Lifante la despidió con frialdad y se quedó primero pensativo y luego desconcertado mirando por la ventana. Vio salir a Tonia Calógero de la comisaría como si huyera. Se cruzó con alguien. No podía ser. Era. Se acercaba a paso lento con las manos enlazadas en la espalda, el puro en la boca y un periódico en el bolsillo de la gabardina. Méndez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Movimientos circunstanciales (X)

 

  Lifante se fijó a través del cristal en su compañero Contreras, parapetado detrás de montones de papeles. No acababa de acostumbrarse a leer en el ordenador. Escuchó su silbido repitiendo una ranchera. Decidió amargarle la mañana.

—Que sí, que sigues siendo el rey, Contreras. Aprovecha, te queda poco, el año que viene tu trabajo lo harán los mossos. Hay un señor mayor que va a venir a verte. Trátalo con cariño, es muy sensible.

—¿Quién?

Lifante, apoyado en el quicio de la puerta, giró la cabeza.

—Ahí viene. Asómate tú mismo, te va a encantar. La momia.

Contreras no se movió. No le gustaron las gracietas ni el tonito de Lifante. Algo le dijo que su conocida jeta de cabrón iba a ser necesaria y se la puso. Oyó toses cavernosas. Asomó el inspector más viejo de Barcelona.

—Hostia, Méndez. No sabía que estuvieras vivo.

—Yo tampoco, pero si me siguen pagando debo estarlo. A vosotros os veo bien, calentitos, en las mesitas, con el cafetito. parecéis canónigos. Os van a salir almorranas.

—No empieces ¿Qué quieres?

—El comisario me ha cargado el muerto del destornillador. Dice que no sabéis nada.

—Y tú sí. Cuenta maestro que voy a coger apuntes.

 Méndez sacó del bolsillo el periódico y lo tiró encima de la mesa. Se sirvió agua y bebió para tragar unas pastillas.

—Dice La Vanguardia que al abogado ese que lleváis vosotros le dispararon con una recortada y escapó en moto. Lo único llamativo es que trabajaba para Balcells, buscaba al Pepe Carvalho y ofrecía dinero por la información.

—Hasta ahí llegamos, Méndez. ¿Eso tiene que ver con lo tuyo?

—Tú detuviste al Carvalho ¿No?

Lifante afirma con la cabeza.

—En el 2003, sí. Por asesinato. ¿Y?

—El Toto era confidente vuestro ¿No?

 Contreras se erizó. Eso es confidencial.

—¿De dónde sacas eso?

—En el Chino lo sabe todo el mundo. Me lo han contado unos por las buenas y otros no. Se ha celebrado, dicen que era un bicho malo.

—Ah...En el chino. Voces autorizadas ¿Qué más te han dicho?

—Que no me fie de vosotros. No hacía falta, desconfiar es para mí un sacramento. ¿De qué os informaba?

No contestaron. Contreras se levantó con señales de fastidio y dejó caer sobre la mesa una carpeta. Méndez no la miró.

—Conozco la foto, sale muy guapo, tenía unas orejas muy bonitas, y el historial es muy ameno. Quiero saber por qué os matan a un informador y me lo pasáis a mí.

—Para que te entretengas. Haz tu trabajo y deja de tocarnos los cojones.

—Varias señoritas profesionales, aparte de hacerme una descripción hiriente de vuestros cojones, me han contado que estuvisteis con él de juerga en un hotel y que había un comisario. ¿Quién era?

—Vete a la mierda.

El inspector Méndez sacó la marca de la casa, las pupilas como ojos de alfiler. La mirada de serpiente vieja.

   Baja Tonia de casa de la Nuri tarareando una de Ruibal: “Debutó en París, la flor de Estambul… ¿Y quién no da la vida por un sueño?”. La Nuri ha leído su proyecto de novela haciendo las voces de los personajes. Charo y Carvalho se casan por lo civil una tarde con olor a romero, llena de niños jugando y geranios en los balcones. Cenan en la cubierta de un barco alquilado bajo la luna brava de Sa Tuna. Fuster, vecino y gestor de Pepe, llega con un profesor, Sergio Beser, catedrático de literatura, “setenta y ocho kilos de mala leche pelirroja”. Biscuter se ha esmerado con un menú memorialístico: Consomé a la brunoise, bullabesa de chatka, bacalao a la gallega, montaditos de pescado frito, frío, con pimiento, berenjena y el pan con tomate, centollo con caracoles y rabo de buey. Charo y sus amigas no paran de mojar pan y alabar a Biscuter, el rey de la noche. Se lo rifan, la andaluza le guiña un ojo azabache. Vinos y licores son cosa de Pepe: Blanco del Ródano, Oporto de doce años, tinto Valbuena, clarete de Cigales, whisky de malta y ron cubano de quince años. A las cuatro de la mañana, después de una conversación irónico-metafísica entre los señores, con carcajadas y frases dinamiteras de las señoras, una lancha recoge a los invitados borrachos. Charo y Pepe se quedan a dormir en el barco. Al día siguiente zarpan rumbo a Cerdeña. Saben cuándo empieza el viaje. Cuando termina no.

  Tonia aplaude a la Nuri la documentación gastronómica. Opina que faltan postres y unos habanos. Echa en falta un libro ardiendo. Mejor una enciclopedia entera, los más de cien tomos de la Espasa. Un día es un día.

La Nuri necesita salir, tomar el aire. Tiene ojeras, está pálida. Lleva muchos meses sin pisar la calle. Sus tíos son buena gente, en eso ha tenido suerte. Osorio intenta animar, repite otra vez la cantinela. Aguanta, Nuri, ya queda menos. Un par de meses y podrá probar lo que exige la ley, su permanencia continuada en España durante dos años y que sus tíos cumplen los requisitos económicos.

  En los CIE, centros de internamiento de extranjeros, esperan para ser expulsados del país quienes no tienen permiso de residencia. La Nuri no lo tiene. Los tíos que la cobijan, Malik, sus abuelos y sus padres son rifeños. Huele a Harira, la Nuri cocina mirando nubes por la ventana. Las especias le traen trozos de su infancia, tardes en la Corniche de Nador con el Gurugú al fondo, el zoco y la playa, la mezquita en la avenida de Tanger, la laguna.

—Tía… ¿Cómo era Nador cuando era chica?

—Pobre, hija, más que ahora. Los que podían se iban a Francia o a Alemania. Las minas de hierro de los españoles cerraron y cuando lo de la independencia se fueron todos a Melilla. Pon una pizquita de canela. El rey Hassan nos castigó, el Rif no le gustaba.

—Me parece que los centros esos de internamiento que dice Osorio son más para pobres que para extranjeros.

—Ese Osorio no me gusta, pregunta de más. Baja un poco el fuego.

  Osorio entró en contacto con la policía por unas denuncias. Les interesó la información que manejaba y su acceso a los inmigrantes. El siguiente paso fue el CNI. Le propusieron una reunión y empezó a trabajar para ellos. De novato le pagaban por la recolección de datos, según él, cuatrocientos euros. En un par de años montó una red de informadores en África. Manejaba, según él, un presupuesto de quince mil euros. Su sueldo, según él, era de cuatro mil. Pasó de la inmigración al islamismo. Marruecos, Siria, los países del Sahel. En San Roque le llegó un soplo de una mujer guineana. Un comisario español con empresas privadas estaba investigando a un hijo del presidente por encargo de una petrolera. Cobraba en cuentas panameñas. Estaba relacionado con el comisario del aeropuerto de Barajas y las entradas ilegales de guineanos. Un tal Salmorejo. El CNI tiene su expediente. La guardia civil está interesada.

 

  A Tonia le gusta hablar con su padre porque mezcla idiomas y acentos. Se equivoca cada tres palabras y nadie lo entiende. Las cosas son interdidas, las forestas se brulan o hay que tomar la diversión para salir a la autorruta. Habla todos mal menos el italiano. El mejor trabajo que ha podido encontrar es el de conserje en el camping “el Carlitos”. Ha pedido permiso para acompañar a Tonia al aeropuerto. En el trayecto Aldo balbucea ideas sobre la aventura de Tonia y se compromete a encontrar a Duluc. La última vez que supo de él vivía en Nanterre, a media hora de París. No tiene móvil, ni dirección fija. A Aldo le preocupa más el asesinato de Moré, su hija no debería estar mezclada en asuntos peligrosos. No se lo dice, sabe que no quiere escucharlo. Nana ha preparado una fiambrera para el viaje, empanadillas de pisto y un bocadillo de tomate seco, berenjena y parmesano. Aldo se despide de Tonia lloroso en el aparcamiento del aeropuerto con dos besos y un abrazo fuerte. Podría hablar italiano, pero se empeña en mezclar.

—Haz atención. Prende cura de ti. Ciao.

  En la puerta de embarque espera Simón Mendiño excitadísimo, parece un explorador. Va a conocer Cuba y a unos primos lejanos instalados en la isla desde hace un siglo y en buena sintonía con el gobierno cubano. Tonia se sorprende y apena al ver en silla de ruedas a la jefa. No sabía que estuviera enferma. Dicen que quiere vender la agencia. Leonardo Padura no es un autor de la casa, la Balcells le manda un regalo, sus mejores deseos y una carta prospectiva. Mendiño escucha las indicaciones como un murmullo de fondo apagado por las olas rompiendo contra el Malecón. A los gallegos se les ponen los ojos de color Finisterre cuando oyen hablar de Cuba. Montalbán pudo haber nacido en La Habana, su padre emigró allí a los quince años, fue mozo de clínica. Mendiño sabe por su familia que la conexión entre la rías gallegas y el Caribe es antigua y especial. Tan especial como la que tuvo, explica a Tonia ya sentados en el avión, Don Ramón María del Valle Inclán. Tonia empieza a sospechar que el autor produce cierto arrebato místico en su nuevo compañero. Mendiño continúa. En los días calientes de 1898 Valle se enfrentó en Madrid a una manifestación bastón en mano. Hubo pendencia y cayeron leñazos, patadas y coscorrones. Gracias a ese incidente, real o inventado, Valle pudo decir, años después, una valleinclanada:

—La guerra de Cuba la ganamos los cubanos en su patria y yo en las calles de Madrid.

  Simón Mendiño sigue hablando, ya por encima de las nubes, de la influencia de Cuba en Valle Inclán. Tonia está atrapada al lado de la ventanilla sopesando posibilidades de evasión. El viaje empieza a hacerse largo. El ponente a falta de tabaco, se muerde las uñas y traga pastillas.

—Perdona Mendiño, también soy filóloga, no me des la tabarra.

—Llámame Simón. No puedo callarme, lo siento. Me da pánico volar. Pánico, etimología griega, Panikós. Pan, un dios que tenía la mala costumbre de aparecerse por las noches, y el sufijo ikós, “relativo a”. Si dejo de hablar la angustia me puede provocar un ataque de ansiedad. Si quieres cambio de tema, eso sí. ¿Te gusta la historia medieval? ¿Has oído hablar de los burgundios?

—Acabáramos.

—Pretérito imperfecto o futuro hipotético del subjuntivo. Acabar, como sabes, es regular y pronominal, o sea reflexivo.

—Perfecto, Simón, sigue hablando riquiño, me voy a poner los cascos.

—No, perfecto no, imperfecto. Si fuera perfecto sería hayamos acabado.

  En la comisaría de Vía Laietana Luís el Rubio también tuvo un encuentro con Lifante y mencionó a Salmorejo. Tuvo que repetir lo mismo a los pocos días, cuando Antonio Carpintero, Toni Romano, se presentó en su oficina a las nueve de la mañana. La tercera vez, un inspector joven, Trinidad Ramalho, apareció en su casa. Todos habían hablado con Dolors y se interesaron en Charo. Ninguno había conseguido hablar con Rigalt i Mataplana, el directivo del FC Barcelona.

   El Rubio tiene amigos en el Barça. La Lita, su madre, llegó a ver partidos en el viejo Campo de Las Corts. Cesar iba para máximo goleador en la historia del Barcelona. Lo sigue siendo medio siglo después. El Rubio tropezó con Cesar cuando era míster del Sant Andreu.

 Cesar tenía todas las puertas abiertas en el Barça. Sabía mejor que nadie cómo funcionan los clubes, el Barcelona y los demás. Antes de morir en un atardecer de los noventa, le presentó al avi Suñé, uno de los utilleros más antiguos del equipo, un discreto informante de la directiva. La presidencia se enteraba por él de los cotilleos de vestuario. El canal de comunicación establecido entre Suñé y el palco tenía dos terminales, el presidente eventual, y Joaquim Rigalt i Mataplana, directivo del club desde los años sesenta.

Suñé está más que jubilado. El Rubio lo ha sacado de casa para invitarlo a un bocadillo de jamón y una caña en el Nuria de Canaletas.

—No sé qué pensión te habrá quedado, Suñé. Igual un extra te viene bien.

—¿Tú qué crees?

—Tengo unos amigos que necesitan hablar con Rigalt i Mataplana y no hay manera. Dicen en su casa que está en el extranjero, pero pasa el tiempo y no vuelve.

—Quimet. Muy difícil. Quimet es el amo. Medio mundo quiere hablar con él. Hasta el último maula tiene jugadores para vender, ofertas de negocios y propuestas. Es más fácil hablar con el Papa santo de Roma.

—A ti te coge el teléfono. Seguro.

—Supongamos que sí. Lo llamo. ¿Para decirle qué?

—Que unos señores están interesados en descartar que tenga algo que ver con un asesinato.

—Los asesinatos son cosa de la policía. ¿Tus amigos son policías?

—Puede.

Suñé hace cálculos mercantiles.

—¿Cuánto?

—Bastante.

 —No te prometo nada. ¿Qué interés puede tener Quimet en hablar con tus amigos?

—Son cosas políticas, Suñé. Le interesan. Menciona a Pepe Carvalho. Mucha gente lo está buscando.

— El detective. Eso vale dinero.

—¿Cuánto?

—Más de lo que tú puedes pagar.

—¿Sabes algo de Carvalho?

—Algo sé, noi.

 Tiene que haber algún vínculo entre el Barça y Carvalho. Si Rigalt i Mataplana tiene contacto con Carvalho y el Barça no entrara en la ecuación, Suñé no sabría nada. Las palabras culpable, justicia, sentencia, pena o prisión no significan nada para el Rubio, hace muchos años que perdió el respeto al lenguaje. Que Carmen Balcells encuentre o no a Carvalho le da igual. Charo le llama la atención, una puta. Esa palabra sí le afecta. Rigalt i Mataplana, Carvalho y Charo no aparecen. Moré los buscaba y ahora está en un cenicero, en casa de su hermana.

    Salmorejo viene de lejos, es policía desde 1972. Ingresó en la brigada político-social del comisario Fonseca, el “alitas”, un colaborador de la Gestapo que hizo cursos de sabotaje y anticomunismo. El número dos de la brigada era Manero, un torturador condecorado. Salmorejo, entonces un joven rubiales cagapañales, se convirtió para los detenidos en “el alemán”. Vivió la transición desde el núcleo duro, la secretaría general de un sindicato de policía creado por él y algunos futuros comisarios más.

  En los archivos de la policía italiana no figura ningún Nino Castellano. Montalbano pregunta por ahí a los viejos que conocen las historias más antiguas. Nino Castellano fue uno más entre los miles de emigrantes que fueron a América hace casi un siglo. La inmensa mayoría trabajadores pobres. El viejo afirma haber conocido a Pepe Carvalho. Entra dentro de lo posible. La CIA y las familias siempre tuvieron relación, especialmente en los asuntos cubanos. Matar a Castro, un sueño que duró décadas. En Nueva York un anciano se entera de la búsqueda de Carvalho e interviene por razones sentimentales. A Montalbano se le atraganta esa historia. Sabe que la agencia Balcells ha enviado gente a Cuba para hablar con Mario Conde. Una carta suya les ha dirigido hasta allí.

 En Atenas Kostas Jaritos está pensando en comprarse un seat Ibiza por solidaridad mediterránea. A Zisis le interesa el asunto Carvalho. Lambros Zisis, lector empedernido y viejo comunista resistente, ha leído a Montalbán. La memoria de las dictaduras militares, haber sufrido cárcel, torturas y palizas de policías compañeros de Jaritos, le acercan a un detective tan deconstruido como Pepe Carvalho. En su archivo tiene documentación, publicaciones sobre organizaciones comunistas españolas, grupúsculos, el partido adherido a la internacional, sus escisiones. Arqueología. Ha encontrado un cuaderno olvidado entre los libros de ensayo publicados por Montalbán. Un manuscrito de poemas que llegó a sus manos por una carambola: “Historia de amor de la dama ámbar”.

 

 

 

Definitivamente nada quedó de Abril (XI)

 

 

   Hace fresco en la estación de Sans, desapacible. Antonio Carpintero sin equipaje, decide no coger un taxi, abrocharse el abrigo y estirar las piernas. En media hora llega a la sede de la agencia Balcells en la Diagonal. Le recibe una secretaria muy joven con flequillo a tazón y gafas amarillas, a la que sigue por un flamante pasillo blanco recorrido durante años por escritores famosos. Toni tenía un trato con Moré que paga la agencia. No sabe muy bien si viene a dar explicaciones o a recibir instrucciones. La mujer compacta sentada en el escritorio saluda, da recuerdos para Juan Madrid, novelista de la casa, y observa a Toni calibrando la posible utilidad de su trabajo. Parece más dispuesta a escuchar que a hablar.

—El asesinato de Moré me supone una incomodidad digamos que ética. Cobré por buscar a Carvalho. Se lo dije a él y se lo digo a usted, Carvalho es un personaje literario.

Mientras Toni habla Carmen Balcells no levanta la vista. Mira a un punto fijo sobre la mesa, una tortuguita de porcelana que ejerce de pisapapeles. Deja un silencio antes de clavarle los ojos y abrir los brazos.

—Coincide con Moré. ¿Su muerte le parece de ficción?

—No sé nada de la muerte o la vida de Moré. Lo único que tenía era lo que dice su hermana. Conoce a una prostituta telefónica que se llama Charo. ¿Cuántas cree que puede haber en Barcelona?

La agente condecorada medio sonríe. Encuentra al Toni Romano que tiene enfrente muy parecido al descrito por Juan Madrid.

—Le puedo decir cuántas librerías o editoriales hay. Sobre prostitución no manejo estadísticas. Esa Charo conoce bien a Carvalho, se lo aseguro. Escúcheme, sé lo que me digo, Manolo no hablaba por hablar.

No encaja bien Toni los imperativos. Se inclina hacia adelante apoyándose en la mesa.

—Un escritor dedica la mayor parte de su tiempo a fabular. Alguien me ha dicho que se consideraba sobre todo un poeta. Los poetas no son de fiar, están todos majaras porque no comen, aunque este no sea el caso. Hay tres nombres en esta historia, usted, Pujol y Salmorejo. Carvalho parece una excusa. Puede que para vender libros.

—Una insinuación atrevida. Le confieso que en el pasado estuve dispuesta a todo para aumentar las ventas de mis autores. Ya no lo necesito, estoy jubilada, tengo el futuro arreglado para mí y algunas generaciones. Estoy aquí por una cuestión personal, cerrar cuanto antes lo de Pepe. Me gusta usted más al natural que en las novelas, Carpintero. Le advierto que las he leído todas. Pero vamos a lo práctico. El asesinato de Moré es trabajo de la policía. Usted ha cobrado por rastrear a Carvalho y hasta ahora no ha aportado nada.

Toni inhala aire japonés y lo mantiene en los pulmones unos segundos.

—Ponga una reclamación en el juzgado. Mire, mi tiempo tiene precio. Con lo que he podido averiguar hago hipótesis. Cobro por hacerlas. Una es que usted ha decidido sacar a pasear el fantasma de Carvalho. Con qué intención no lo sé y me da igual. Otra es más retorcida. Mandos policiales o políticos, deciden correr la voz de los dichosos papeles para vigilar los movimientos de quienes puedan sentirse amenazados. La última es que el mismo Pujol haya puesto un cebo a ver que pesca. Tengo también certezas, necesito algunas para levantarme por las mañanas.

Silencio espeso. No hay moscas, si las hubiera se escucharían sus pedos. Toni se arrellana en la silla.

—No espere a que le dé un pie para contármelas Carpintero, me gusta el teatro sólo como espectadora.

—Vázquez Montalbán nunca le dijo nada. Todo esto es publicidad. Ha vuelto de su retirada porque la agencia va mal. Otra certeza es que Vargas Llosa es un perfecto idiota latinoamericano desde el prólogo hasta el epílogo.

Carmen Balcells lo mira sin contestar. Aparece en su cara un gesto de secano, de pueblo pequeño. Entrecierra los ojos mientras arrastra las palabras. Una fotografía del escritor peruano ocupa un lugar de honor en la pared.

—Su opinión sobre Mario es irrelevante para mí, para él y para el mundo. Su auditoría sobre la agencia no cotiza en bolsa. Lo de llamarme mentirosa puede salirle caro, tengo licencia para matar. Andreu Martín acaba de publicar una novela. Un homenaje al detective inmortal. Él lo llama Orballo y habla de conexiones que me pueden interesar.

Toni se lleva las manos a la cabeza y las entrelaza sobre la nuca, echándose hacia atrás. Remolonea, recupera la rectitud y se apoya en la mesa, tamborilea con los dedos.

—Ya...No lea más novelas. En la próxima puede aparecer Pepe Carallo.

La joven secretaria abre la puerta sin llamar. Hay en su voz urgencia y un ligero temblor.

—Está aquí Goytisolo, en la sala de espera, quiere verla.

—¿Qué Goytisolo?

—No sé, no los distingo. El más verde.

—Eso puede ser motivo de despido, guapa. Luís Goytisolo fue el primer escritor español de la agencia. Hazlo pasar en cinco minutos.

Un cronómetro parece haberse puesto en marcha. Toni se levanta y se dirige a la salida.

—Espere, tengo algo para usted, otro cheque. Si está dispuesto a enterarse de lo que saben los escritores sobre Carvalho y hacer más hipótesis, es suyo. Yo también tengo certezas. Por ejemplo, estoy convencida de que puede serme provechoso. En la novela negra española los dos personajes más veteranos son Carvalho y usted, Romano. Los dos son de la agencia. Quiero que siga siendo así.

—Carpintero, Antonio Carpintero. ¿A qué estamos jugando?

—Me ha demostrado algo. Usted existe. No veo por qué Carvalho no.

Carpintero con el picaporte en la mano se vuelve.

—¿Quiere vender la agencia?

—¿Por qué? ¿Quiere comprarla?

 La oferta es generosa. Toni es consciente de ser una herramienta, en eso consiste su trabajo. El que le haya seguido desde la estación un aprendiz, le extraña. Descarta que tenga que ver con Balcells. De Pujol espera algo mejor. Coge el cheque, mira la cantidad y aprueba con un movimiento de cabeza. No tiene nada mejor que hacer. Al salir se cruza en el pasillo con Goytisolo. El novelista le saluda amistoso como si fuera alguien del gremio. A Toni le parece ofensivo que lo confunda con un escritor. Olvida el ascensor y baja una planta, por las escaleras. Al llegar a la calle enciende un cigarrillo y no le asalta la tos, está en forma. El imberbe con coleta disimula en la acera de enfrente, Salmorejo quiere que se dé por enterado. Toni es gato, no le gusta ser ratón. Un autobús sirve de pantalla durante unos segundos. El novato se pone nervioso, su objetivo ha desaparecido. Lo tiene detrás.

  El principiante frustrado no va lejos, no sale del centro. El edificio exclusivo de cristales oscuros tiene seguridad en la puerta y algunas placas. La del Grupo Cresta es llamativa: asesoría mercantil y servicios de investigación. Toni toma nota, apesta a Salmorejo. Son las dos y tiene hambre. No es un sibarita, ni un gourmet, pero le ha dicho la Balcells que, para probar el rabo de toro en Casa Leopoldo, no hace falta.

  Lo que no le ha dicho Carmen Balcells es que Kostas Jaritos le ha enviado “La historia de amor de la dama ámbar”. Es un manuscrito auténtico y sin copia que Montalbán perdió en Grecia en los años setenta, cuando fue feliz con su mujer, Anna, su hijo Daniel y algunos amigos. Escribió versos eróticos y amorosos, en islas eróticas y amorosas, rodeado de pulpos secándose al sol, campos de olivos y tomates eróticos y amorosos. Zisis, el   viejo comunista, lo conservó todos estos años en uno de esos montones de libros y papeles que van a la basura o al mercadillo el día que muere el archivero. La memoria borrada en el contenedor de lo orgánico. Una joya editorial con valor de cambio. Un valor que Zisis ignora.

  Tonia echa de más a Mendiño, sentado a su lado hablando sin parar, y de menos a Malik atento y dubitativo cuando ella se pone a contestar preguntas que nadie le ha hecho. El Bambi ha muerto, el sindicato está de luto. Ondear de banderas. Requiem. Un periódico dice que el secretario general ha dejado una herencia de cinco millones de euros a su mujer, consejera delegada de una multinacional. Gananciales. En el cementerio la viuda recita por megafonía la vida es sueño. ¿Qué es la vida? Una sombra, una ficción. El mayor bien es pequeño. Los sueños, sueños son. Ole. A las barricadas.

 Simón Mendiño se calla por fin al aterrizar en el aeropuerto José Martí. Agotado y automedicado, se desinfla al pisar tierra cubana. Llueve, hay nubarrones negros. Al recoger la maleta se desmaya y cae redondo. A Tonia no le extraña, a los empleados y a la seguridad sí. Lo atienden rápido, no parece grave. La gravedad, por pequeña que sea, altera la red espacio temporal. Reacciona pronto Simón a las voces que le ofrecen agua y le dan palmadas en la cara. Abre desmesuradamente los ojos, echa de menos un brazo y declama como si tuviera capa, barba de chivo y bastón.

—“La real academia española de la lengua la preside Maura y habla en chino, como su consejo de ministros. La guerra de Marruecos no parará hasta que los tenientes sean coroneles”

—¿Qué cosa?

—¡Alfonso XIII es un cobarde vergonzoso¡¡Soy bolchevique ¡

El corro de personas que se ha formado mira a Tonia esperando alguna explicación.

—Lleva así desde que salimos de Barcelona. Tiene miedo a volar, a saber que ha tomado. Me parece que está atascado en 1921.

—Entonces… ¿han viajado en barco? ¿Vienen a ver la partida de Capablanca contra el alemán?

—Pues no. A visitar a Leonardo Padura, el escritor.

—Vuelvan dentro de treinta y cuatro años. El señor Padura no nace hasta 1955.

—Ya. Esperaremos en el Hotel Ambos Mundos, si le parece bien.

—Faltan dos años para que lo construyan. Pueden ir al Florida. Entre la calle Obispo y Cuba, es muy cómodo.

—Gracias, muy amable.

  Simón sale descentrado del aeropuerto, le falta tiempo para encender un cigarrillo, quemarlo de dos caladas y empaparse del ambiente. Tonia parece confusa, con los pensamientos extraviados entre el cielo, el reloj y el calendario. Puede que acaben de aterrizar en lo real maravilloso, lo irreal ordinario o en una síntesis por determinar. Las contradicciones en la isla son de primer plano, plano medio, plano general y plano detalle. Sopla bajito José Martí:

                       “Ruge el cielo: las nubes se aglomeran

                       Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan...”

  El tiempo cubano curvea, improvisa Mendiño catatónico dirigiéndose al taxista. Tiene clave africana, compás caribeño, medida americana y aire gallego. Los pocos esquimales, ángeles o poetas que viven en la isla, son esquivos y no se dejan fotografiar. A veces el azar concurre y en las fotos aparecen poetas enormes, esquimales flacos o fantasmas extemporáneos. El Che Guevara bautizó a Chinolope y Santo Trafficante le perdonó la vida. En Cuba, para que usted lo sepa, señor conductor, se hacen antologías de cuentistas contemporáneos, se fotografía a los elegidos, se entrevista a bailarinas clásicas y acaba uno en reeducación. Los visitantes no podemos evitar encontrarnos en las esquinas más insospechadas de La Habana con Chinolope, sus gafas redondas y esa mirada que convierte todo lo que avista en cronopio, signifique eso lo que signifique.

  El taxista para el carro enciende un tabaco del tamaño de un cartucho de dinamita, se vuelve hacia el turista, expulsa un nubarrón de humo para que lo disfrute y explica:

—Un cronopio es un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas. Cortázar era un cronopio. Los cronopios nunca se preocupan de lo que pasó alguna vez. Esa es la definición canónica. Para el socialismo científico los cronopios pueden ser de tres clases, enormísimos como Louis Armstrong, grandísimos como Nijinsky o de tamaño natural, como los extintos mamíferos driolestoideos. No se equivoque, Chinolope fotografía cronopios, pero también esperanzas, famas y gánsteres recién asesinados. Tengan cuidado.

   Leonardo Padura recibe en el vestíbulo del hotel a la extraña pareja con saludos amables, curiosidad y algo de intriga. Suben a la habitación de Tonia, tiene una terraza con vistas estupendas según el conserje. Mendiño entrega a Padura regalos, traslada los saludos de Carmen Balcells y busca un cenicero. Tonia encuentra vasos, abre una botella del whisky de malta favorito de Carvalho y saca de la mochila un táper con aceitunas negras, aliñadas por su madre. Llama Conde, no puede acudir, tal vez mañana. Mendiño sin pilas, se queda dormido sentado, oyendo al viento recitar. Resopla con un pitillo apagado en la boca. Quedan solos Padura, Tonia y el whisky. El escritor puede facilitarles la llave de La Habana indescifrable. Si hubo en Sierra Maestra una María gitana y portuguesa, Chinolope la encontrará en su baúl de fotos y recuerdos. Él y su cámara estuvieron allí. Si hay un tema que interese a Chinolope es el tiempo. La necesidad concurre también, menos literaria que el azar, más alimenticia. Chinolope está marcado, no tiene ingresos. El acuerdo es posible, hay presupuesto.

 Tonia vuelve a su infancia en los Berlínes opuestos. Gentes iguales y distintas a cincuenta metros o noventa millas. Las calles siniestras de Postdam, el viejo cuartel abandonado de los rusos, el frío histórico, los edificios desconchados, los rastros de la barbarie unánime. Vio a la policía federal acarreando menores turcos cazados al vuelo, niños vendedores de tabaco asustados en los furgones verdes de la polizei. Con la botella mediada la terraza se oscurece, Mendiño despierta, Padura se despide. Tonia y la luna.

  La extraña pareja no quiere pasar la primera noche en La Habana sin salir del hotel. Mendiño se ducha para ir a cenar. Su abuelo explicaba en los velatorios del pueblo que durante la travesía hubo una epidemia y tiraron los cadáveres al mar. A todos los familiares que hicieron el viaje les asombraba el bullicio y esplendor de la ciudad. En la puerta del hotel, al cruzarse con dos peatones de lento caminar, decide Mendiño que son poetas y se le vuela la cabeza. Tonia tuerce la boca.

—No empieces. ¿En qué año estás?

—En 1936.

— Si me estropeas la cena te saco los ojos, te arranco el corazón y se lo doy a los perros.

 Simón Mendiño no oye, ni ve, ha vuelto al estado lunático. Se levanta por el aire y se dirige a una platea imaginaria.

— “Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos”. Carvalho salvó dos veces libros de Lorca del fuego al releer algunos versos. A estas horas Federico cenaría en el Hotel Unión. Después iría a la playa de Marianao a escuchar al Chori, un timbalero, y a tocar con él. Padura ha escrito sobre el Chori. Chinolope lo fotografió.

—¿Habías oído hablar de Chinolope?

—Claro, mi niña. Supe de él gracias a una fotógrafa, Estrella Nicolás. Lo mencionan Cortázar, Galeano, Lezama Lima y otros. Vive también en Marianao. Si su padre no fuera japonés podría ser mi primo.

                  Se acabó la choricera

                   Bongó camará

                 Un chorizo solo queda

                   Bongó camará

 

   En la desangelada oficina barcelonesa del grupo Cresta, los ayudantes Stewart y Litle Nicholas, uno medio rizoso y el otro con coleta, esperan al comisario Salmorejo. Stewart Solovera en chándal, con cadenas de oro y los pies encima de la mesa, escucha country en un viejo cacharro de mano. Es sevillano. Buscaba oro con una mula y un cubo en la ruta del Guadalquivir. Le robaron todo, le dieron hostias por un tubo, pero por un tubo...No sabéis cómo sufrió. Lo recogió de la calle el comisario. Litle Nicholas, otro que tal, juega al tetris en la computadora con un dedo en la nariz. No le interesa nada más allá de hacerse fotos con barandas, pasar por listo y vender motos. El comisario aparece moreno recién llegado de Florida. En Palm Beach ha tomado el sol en la piscina del hotel con aire escéptico y un poco de alcohol, acompañado de algunos cubanos encantados de monitorear la visita a Cuba de Tonia Calógero y Simón Mendiño. En la central, consultada por los amigos de Miami, no tienen claro el estatuto de Salmorejo. Saben que intentó venderles por un millón de dólares un informe fulero sobre Sadam Hussein y que pregunta mucho por un exagente de la casa, José Carvalho. El perfil de su carpeta lo define como un comisario metido en negocios comprensibles solo por católicos mediterráneos. Los conductos oficiales con el CNI informan de que su nombre está subrayado, sus maniobras son sospechosas.  

  El comisario está de boda y aparece furrufiento dando abrazos. Armani, Hermés, Hugo Boss, colonia cara, reloj de cuarzo y un regalo de cuatro ceros. Está simpaticón con las señoras, cachondo con los señores, jovial con la juventud, juguetón con los críos. Se casa el Mudo, el convite es de primera. Hay gente importante, material del bueno, alcaldes, diputados, periodistas y, lo más interesante, el embajador de España en La Habana. Intentó que la pareja fuera a Cuba de luna de miel y aprovecharan el viaje para un trabajito. Se negaron, el comisario no se lo tomó a mal, son amiguetes. El novio es un abogado prometedor diez años más joven que el Mudo. Hubo pata negra, gamba roja de Santa Pola, flamenquines, cordero a la miel, pestiños, tinto de Burdeos, Pedro Ximénez, mucho whisky, mucho gin tonic y mucho de todo. Cantó un famoso olvidado y un cómico viejo dijo versos. A pesar de que el comisario grababa todo, nadie dijo nada convertible, el embajador no entró a ninguna muleta, nasti de plasti. La noche acabó con Salmorejo adulando a una marquesa de las que llevan en los blasones la tajá. En medio de la resaca, al día siguiente, le llegó el primer soplo de Miami, la operación 77.  

 

   A Leonardo Padura La Habana le huele a gas y a mar. Nació cuatro años antes de la revolución. Su barrio, Mantilla, y su calle, el antiguo Camino Real del Sur junto a la Calzada de Managua, su frontera infantil, está a unos quince kilómetros del centro.

  A primera hora de una mañana huracanada aparecen en su puerta Tonia y Simón. Guayabera de dril, pantalón de lino crudo, sombrero de yarey y sandalias él, camiseta, vaquero y alpargatas, ella. Por los aires vuelan dirigentillos menores, hojas de periódico con la última derrota de Industriales, vírgenes negras, bibliotecarios cojos, cachivaches masónicos y gritos de Armandito, el Tintorero, desde la tercera base del Latino. Leonardo, habanero periférico, zurdo como su padre, los ve llegar desde la ventana sobre el fregadero. Fuma un popular con filtro y toma café en taza grande. Lucía, su esposa, teclea absorta en la computadora. Mario Conde, amigo interesado de Padura, “un tipo tan jodido que, por haber sido, fue hasta policía, cornudo y aprendiz de escritor” no ha llegado todavía. Un perro, el sinvergüenza del Chori, un sato blanco y carmelita acostumbrado a las visitas, olfatea discretamente a la pareja de jóvenes venidos del otro lado del océano. Padura los acomoda y sirve café. Le divierte el lío identitario entre autores y personajes, se dispone a escuchar. Del exterior llega la algarabía del vecindario. Agarra la voz cantante Simón Mendiño, cuerdo una vez cumplidas las horas de sueño necesarias.

— ¿Le molesta que fume?

—No. Prueba uno de estos, es negro. Te veo integrado, vas hecho un mambí. Para asaltar el cuartel de Moncada te falta el machete.

—Como buen crítico literario no quiero llamar la atención. Son muchos los peligros que se corren en esta profesión. Conviene ser discreto, pasar desapercibido.

Padura mueve una ceja, se pasa la mano por la barba, da lumbre a Mendiño y se fija en los ojos atentos de Tonia.

—¿Cómo fue la primera noche en La Habana?

—Tranquila. Me quedé dormida leyendo “La neblina del ayer”. Es una novela suya que todavía no ha escrito. Me gusta Conde, se parece a usted.

—“La neblina del ayer”, me la quedo. El pasado y el futuro son confusos. Veo pasar el tiempo desde esa esquina de ahí afuera. Miro desde la altura de la calle y de mi generación. O eso intento. Conde hace lo mismo, pero más agobiado, siempre está en la fuácata.

—¿La qué?

—Fuácata. Sin un peso, afónico. La vida está cara. Desde que dejó la policía no tiene ingresos fijos. Es un superviviente. Él puede ayudaros, yo no. Viene con Chinolope, se juntaron la peste y el mal olor. Lo que ellos no puedan encontrar en La Habana, no existe.

La puerta del estudio de Padura llama la atención de Mendiño. Una plancha en la que hay escrita una leyenda. Tiene que entrecerrar los ojos para leer: “Le pido a Dios que nadie venga a quitarme el tiempo”. Oportuno suena un claxon. Desde un auto alquilado, el Conde y Chinolope avisan de su presencia. Padura ve a los visitantes entre tres y dos, se levanta, abre la puerta y educadamente se despide.

—Montalbán dijo una vez algo que llevo a rajatabla. Ni un día sin una línea. Volved cuando queráis.

En la calle el viento sigue fuerte. Parece que estén soplando el Cumbanchero tubas, trombones y trompetas. Suben al carro Tonia y Mendiño. Conde, al volante, informa.

—¿Cómo están? ...Tenemos algo que les puede interesar. Un jubilado de la dirección general de inteligencia nos espera en el barrio chino. nos habló de la operación 77, un dispositivo en España para secuestrar a Batista. Duró tres años. Lo suspendieron cuando el objetivo cantó el manisero en Marbella de muerte natural. Participaron seis agentes, cinco hombres y una mujer. Pueden preguntar lo que quieran, es compadre. Habrá que darle algo por las molestias.

   En el barrio chino de La Habana ahorcaron a Pedro Cuang. El entonces teniente Conde tuvo que investigar la dimensión asiática de Cuba y América. Los chinos llegaron desde Hong Kong, Taiwan y Macao para sustituir en las plantaciones azucareras a los africanos. Olas posteriores de emigrantes llegaron huyendo de California y sus leyes racistas. La percepción del Conde de esas calles degradadas y en decadencia, cambió al entrar en contacto con los últimos resistentes. Soledad, desarraigo y violencia son las secuelas históricas de un barrio en el que la presencia de emigrantes chinos es testimonial y que vivió su esplendor muchas décadas atrás.

  Conde acelera. Chinolope recoge el testigo. Conoce bien el Bronx de New York. Anduvo por allí con Tatica, un músico medio cubano, medio portorriqueño, con quien hacía fotos por los cabarés en los años cincuenta.

—Nino Castellano es el último superviviente de los agentes de la CIA que trabajaban con Albert Anastasia y Meyer Lansky. Le encargaron la vigilancia de Carvalho. La carta al comisario Montalbano es auténtica. Lo de Marieta, la portuguesa en Sierra Maestra no está claro. Pronto sabremos algo.

Mendiño enciende un cigarrillo y pierde la mirada por la ventanilla, detrás de un culo incomprensible. Tonia arruga el entrecejo antes de preguntar.

—Oiga... ¿Por qué le llaman Chinolope si su padre era japonés?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El libro de los antepasados (XII)

 

 

   La Rebe ha puesto orden en la leonera. Hay leche, huevos, embutido y yogures en el frigo, pan en una bolsa detrás de la puerta de la cocina. Los cristales dejan ver el exterior, la ropa tendida y la autovía. Está para salir de cuentas. Por las mañanas mientras se peina con una pataíta, canta por la Niña Pastori. Pone el puchero y la lavadora. Por las tardes vienen su madre y las primas, viven en el mismo bloque, o se juntan en la plazuela. El padre de la Rebe vigila al Cholo de cerca, lo lleva al mercado para ayudar a montar el puesto, echar un ojo, ir a por los cafés. En cuanto puede, le suelta cincuenta pavos. Conoce el paño, a su yerno le tiran la calle, la mierda y la panoja fácil. Eso se tiene que acabar, como hay dios. Para la Rebe es un crio que no sabe manejar reglas básicas. Ella tiene una misión, sacar adelante lo que venga, como hizo su madre, su abuela y la madre de su abuela. Tradición.

  El Lechuga no molesta, no sale de la humareda instalada en su habitación. Le está cogiendo el gusto al colacao caliente por las mañanas. Busca noticias de prensa en la red sobre el abogado Moré, rastrea su historial con el cenicero lleno. La policía puede llegar a su hermano sólo si se va de la boca. El Cholo está chinao pero no es idiota. Aunque lo relacionen con el Toto, no sabe nada. Desde que la Rebe vive en casa, anda más tranquilo, no se pone. Está bajo vigilancia familiar, una condición para la boda. El Cholo no está enganchao a la farla, ni al caballo. Se ha metido de todo, pero lo suyo son las pastillas y las cervezas. Si la caga, se va todo a la mierda.

   El Cholo habla con un yayo en una esquina del Raval, a la espera de descargar una furgoneta de bragas y calcetines. Carmen Balcells en la silla de ruedas, pasa a su lado y para junto a una placa conmemorativa por descubrir. Hay un grupo de autoridades. Maruja Torres llega con prisas a la inauguración de la plaza recién terminada, un homenaje a su amigo. Le resulta desagradable, dura. Asfalto, un hotel nuevo de doscientos euros la noche, cuatro árboles en maceteros de hormigón. ¿Dónde se refugiarán las putas? Es estrafalario a Manolo no le habría gustado.

  El Cholo se aleja chino chano. Se pierde entre vecinas, turistas, secretas y exploradores de safari social. En la calle del Hospital se topa de morros con alguien familiar. Viven juntos, se ven poco. El Lechuga rondando por ahí es raro. Está serio.

—Vamos a tomar unas frías, ahí a la vuelta.

—¿Qué pasa? ¿Se te ha acabao el fumeque?

—Te buscaba a ti, calamar.

Apoyados en la barra de un bar forman una estampa anormal, no alternan juntos desde críos, cada uno es cada uno. El Lechuga no marea, vacía medio tercio de un trago, acerca su cara a la de su hermano.

—El abogado ese no defendió nunca a ningún violador.

La reacción del Cholo es lenta. Se eriza, se arremanga, mira al techo.

—¿Qué abogado?

Para el Lechuga es la respuesta correcta.

 

 A diez minutos Rambla arriba, en Canaletas, otra pareja y otro bar. Suñé mastica con cuidado, tiene la dentadura mal puesta, ha pedido algo blandito, ensaladilla. Habla del triplete, Guardiola y Messi. El Rubio no ha venido para eso.

—No tengo el dinero. Si no lo tengo no te lo puedo dar y te quedas a verlas venir.

— No hay parné, no hay Carvalho, nene.

El Rubio bebe un trago de parcharán y chasca los labios. Se le achinan los ojos.

—No me interesa Carvalho. Busco a Charo.

—¿Y a mi qué? No sé quién es esa.

—Sí sabes. Estuvo años viéndose con Rigalt i Mataplana.

—No me líes. Carvalho y la puta son el mismo paquete.

 A la edad del Rubio es difícil cambiar. Desecha la idea de reventarle la cabeza contra la barra. Ablanda el gesto.

—Si me cuentas algo te doy mil pavos.

 Suñé ríe. No lo toma en serio. El Rubio saca un sobre del bolsillo. Coloca la mano derecha sobre el hombro del jubilado.

—Cógelo, te conviene.

Suñé abre el sobre tranquilo. Hay mil quinientos. Calcula.

—Dóblalo y te cuento algo.

—Eres un perro muerto. Nadie te va a preguntar. Subo mil y me planto.

Piden otra ronda. Suñe remolonea. Es un buen dinero. Hecho.

—Conozco a todos los ojeadores del club. A los de ahora y a los de antes. Ninguno conoce al tío ese. No viene del mundo del futbol, no hay contrato suyo en las oficinas. Viaja mucho a México, a Grecia, a Guinea, a Holanda…no para quieto y es de mi quinta. Hace veinte años Quimet hablaba con Pujol en el palco de contratar al Carvalho para sus politiqueos. Estoy seguro de que es él.

—Y... ¿Charo?

—Tuvo una tienda por el puerto, creo que cerró. Ahora...Ni puta idea.

  La vida de Dolors mejora, ya no es dependiente. La recuperación ha ido bien, puede pasear, ir al parque de los patos, leer en un banco. Para lo que da la pensión. No necesita cuidadora ni se lo puede permitir, comparte el piso con Vania. La guatemalteca habla una vez a la semana con su familia de Totonicapán, en la Sierra Madre. Envía todos los meses el poco dinero que puede. De allá mandan café. A Dolors, muerto su hermano, no le queda nadie. El Rubio está sentado frente a ella en la cocina, le ha traído flores. Josep Guardiola revolucionó la industria del café en el siglo XIX, al sur de Totonicapán. Regresó con una fortuna a L'Aleixar y dejó a su viuda capital suficiente para financiar la construcción de la Casa Milá, la Pedrera. El rubio, muy cafetero, lo toma hirviendo. Esperaba sorprender a Dolors con su visita, la historia de Suñé sobre Carvalho, la posibilidad de encontrar a Charo. Ha llegado tarde. Doña Rosario, Charo, estuvo llorando sentada en la misma silla que él ahora, un mes después de la muerte de Moré. Ha visto a Pepe dos veces en cinco años. Quimet está senil en una residencia suiza. Biscuter la trata como a una reina, dice que está a su disposición para lo que quiera. Le va muy bien, tiene un cochazo y chófer. Llama todas las semanas para dar noticias de Pepiño y animarla un poco.

  El rubio se despide deprimido con dos besos. Dolors lo coge de la mano y lo lleva a su habitación. Primero un beso profundo con las manos en la nuca de un rubio titubeante que flota como un astronauta de paseo. Segundo, desabrocharle la camisa con calma. Tercero, una noche lenta. Cuarto, Dolors y el rubio felices, dormidos, y derretidos como helados a la brasa. Al marchar el rubio se despidió también de las cenizas de Moré.

  La niña de la Rebe no está bien, hubo problemas en el parto. El Cholo no quiso entrar al paritorio, se quedó fuera con el Lechuga y la familia de la Rebe. Estaban de guasa, vacilando al Cholo por cagón. La noticia se la dieron antes a él que a ella. La médica dijo algo sobre falta de oxígeno, de secuelas cerebrales. No podía hablar, miraba a los demás y los nervios lo agarraron fuerte. Se sentó con la cabeza entre las piernas y la madre de la Rebe empezó a llorar. Enseguida pasó a ver a su hija, la dejó dormir. La Rebe no sabía nada. Vieron a la niña detrás de un cristal. Al Lechuga se le encogió el estómago y salió a la calle frotándose los ojos. Encendió un pito, dio dos caladas, volvió a entrar. Se acomodó al lado del Cholo con la mirada fija en la pared. La niña tenía la vida jodida nada más nacer. La vida, una puta mierda. Se escuchó hablando al Cholo.

—Hay que tirar palante como sea. No tenemos pa elegir.

No hubo contestación. El padre de la Rebe se arrancó.

—Mañana vente al mercao pronto. Vamos a necesitar mucho dinero para la niña, habrá que gastar en médicos, tratamientos y medicinas. A la Rebe déjala con la madre, ella sabe lo que hay que hacer. Vete a dormir.

 El Cholo no se movió. Ya había decidido quedarse, esperar a que despertara la Rebe, volver a ver a su hija, preguntar otra vez a la doctora.

—La Rebe está bien. La niña, viva. Habrá que celebrarlo... ¿No, suegro? Tiene una nieta. Y tú, una sobrina.

   Ciudad de México. Tonia ha pedido un atolito caliente de chocolate para desayunar y olvidar la llamada de la jefa. Están despedidos los dos. Por la expulsión de Cuba en setenta y dos horas y por lo otro. La culpa fue del son, del ron y de Mendiño. Braulio, el agente retirado de la inteligencia cubana hablaba mucho, comía más y bebía a la soviética. La paladar estaba llena. Tonia aprendió que en el congrí vale todo, menos el frijol negro. Eso es moros y cristianos. Nada más, no tuvo tiempo. Tiene que volver, aunque sea en un pasado lejano o en un futuro barquito de vapor.

  Según Braulio la operación 77 de la Dirección de Inteligencia cubana en España, incluía a María la portuguesa, Marieta. Un comando tenía orden de preparar el secuestro del dictador Fulgencio Batista. Lo filmaron en Madrid y en Marbella. El momento debía coincidir con el atraque en Málaga de un carguero de paso para La Habana. Marieta se incorporó al operativo cuando el seguimiento estaba hecho y los horarios controlados. Era la única con un encargo distinto, matar a Batista a la primera oportunidad. No la tuvo, al dictador le dio un infarto en agosto de 1973. Chinolope puso en manos del viejo una caja con fotos de Sierra Maestra. Braulio cogía cada fotografía con cuidado e interés, transportado a un tiempo perdido. Todas despertaban mecanismos dormidos. Aparecían entre otras mujeres, las del pelotón de combatientes, las Marianas. A la tercera cerveza la identificó sin ninguna duda con un eureka y un trago largo. Marieta miraba a la cámara con dureza y desconfianza, era la única del grupo que no sonreía. Tonia tradujo cansancio, una juventud aplastada, ojeras, tensión acumulada en la postura y en el fusil. Oyó disparos y gritos, olió dolor y sangre. Chinolope asentía grave, escondido detrás de las gafas. La recordaba. Fuego y puro nervio, pólvora y rabia. Chinolope lo recuerda todo recién revelado.

   Mendiño quiso celebrar el hallazgo como si acabara de descubrir el arroz con pollo. Alguien sacó de la nada un tres para entretener turistas y empezó la parrandera. El abuelo de inteligencia, Braulio, tenía voz montuna, sonsonete y un repertorio infinito. Mendiño se las sabía todas. Fumaba un habano y berreaba entusiasmado sin tono ni compás. Llegó el inevitable Lágrimas Negras, se unió un bongosero de doce años, le metió candela y a Simón Mendiño le dio por bailar. Bueno, bailar. Moverse espasmódico, como si le entrara tiritona. Con el Chan-Chan juró amistad eterna al exagente, le soltó un billetal y pidió ron para todos. Mendiño no tiene costumbre de beber, empezó a sudar y le entraron ganas de meter la pata. Pasaba una musa murguera, agua de zanja, piel de vereda, e imitó al guacamayo de Valle Inclán: ¡cubanita canela! ¡cubanita canela! Un claro uso imprudente e incorrecto de la cita literaria, del diminutivo y de la jodedera. Era una prieta de ochenta kilos y le sacaba dos cabezas.

—¿Qué tú vienes gritando comemierda?

  Se organizó tremendo salpafuera. Chinolope y el Conde se cagaron de risa al ver                  a Mendiño de puntillas haciéndose el gallo. La terremoto le dio un tantarantán y las gafas salieron de jonrón hasta la playa. Sentado en el suelo gritaba.

—¡Cuidado conmigo! ¡Que soy filólogo!

 Se levantó tambaleante antes de la cuenta y se puso en guardia con las manos altas para proteger el mentón y los codos pegados al cuerpo. Sangraba como un gorrino. Intentó un juego de piernas y otro papazo lo volvió a sentar. Tonia comía chicharritas con una mano. Con la otra hacía visera para no ver el espectáculo. Simón Mendiño, terco, insistía.

—¡Que soy medievalista! ¡no me hagas cabrear!

—¿Quieres más pan con lechón?

¡Voluntades bélicas!

    ¡Coyundas angélicas!

    ¡Paces evangélicas!

   Arbitraron Conde y Chinolope para evitar males mayores. Sacaron a la calle a Mendiño ensangrentado y errático pero consciente. Tenía un buen corte en el labio y la nariz rota. Pararon la hemorragia aplicándole un pañuelo mojado con ron y lo pusieron a mirar las estrellas mano en alto. Primero extendida, luego la cerró. Tonia recogió las gafas desguazadas de la arena. El abuelo Braulio, impertérrito, seguía dando al tres. A mí me gusta que baile Marieta. A Tonia se le ocurrió un solo de trompeta con sordina a contrapelo, calculó que muchos cubanos podrían estar hartos de los turistas y del son, y desechó la idea de Marieta y Carvalho bailando en Marianao la música del Chori. Echó un ojo a las heridas de Mendiño. Nada grave, Simón, procura no abrir la bocona.

  Al salir de la paladar en el destartalado barrio chino, Mendiño consideró oportuno ir a conocer a la familia. El conductor de un almendrón pidió veinte pesos por llevarlo a Miramar, Mendiño le dio el doble. Tonia no volvió a verlo hasta las cuatro de la mañana en el hotel, esposado y acompañado por la policía. El supuesto tío de Mendiño llevaba semanas preso. Trabajaba en un organismo del gobierno vasco para la reconversión industrial y había hecho caer al vicepresidente económico del gobierno y al ministro de exteriores. Su domicilio estaba bajo vigilancia. Mendiño llegó a casa de sus primos, confundió los nombres y dio un beso a la cocinera. Lo atendieron amables y cariñosos, desinfectaron los cortes, lo vendaron, contaron historias familiares omitiendo la detención de su padre, y tomaron café con pastelitos de guayaba encantados de haberse conocido. Al despedirse le regalaron un álbum de fotos en el que aparecían un abuelo en el centro gallego de La Habana, un bisabuelo de uniforme con galones, una tía abuela de cien años y media docena de primos. Al salir lo detuvieron, en el coche patrulla exigió que le leyeran sus derechos y un abogado. En la estación de policía pidió ver al embajador, al ministro, al secretario general de las naciones unidas y a Fidel. Despegaron las fotos del álbum y encontraron en el reverso notas sobre los futuros cambios previstos en el gobierno cubano. El funcionario aburrido y fumador que le interrogó tenía en su mano el pasaporte, lo miró un buen rato. Mendiño pidió un cigarrillo. No se dio por aludido el inspector, puso un folio en la máquina y empezó a teclear.

—¿Se llama Jose Alberto Daroca Sojuela?

—Sí, señor, a mi pesar.

—¿Quién es Simón Mendiño?

—Es mi nombre artístico, soy poeta.

—¿Los Mendiño son familia suya?

—Como si lo fueran, mi abuelo era gallego.

—Los Mendiño eran grandes propietarios antes de la revolución. ¿A qué ha venido a Cuba?

—A buscar a Marieta. Una agente suya que podría ayudarnos a encontrar a Pepe Carvalho, un detective privado que trabajo para la CIA en los sesenta. Trabajo para la agencia literaria Balcells.

—¿A quién debía entregarle el álbum de fotos?

—A nadie, me lo regalaron mis primos.

—Entonces los Mendiño sí son familia suya… Todo parece indicar que usted ha venido aquí para intentar recuperar sus propiedades en caso de éxito de la contrarrevolución. Nacionalizamos todos los bienes de la familia Mendiño.

—No, ya se lo he dicho. No soy familiar directo, no sé nada de propiedades. Somos una familia sentimental, procedemos todos de la ría de Vigo. Además yo vine antes de la revolución, en 1921 creo. Trabajé en una clínica de la calle Jesús del Monte.

—¿Cómo dice?

—Llegué a Cuba ayer… “Ayer pasó el pasado con su historia y su deshilachada incertidumbre, con su huella de espanto y de reproche”. Si fuera izquierdista podría decir que soy dulcemente subversivo y estoy en paz con mi conciencia. Lo primero es de Benedetti, lo segundo de Heberto Padilla. Pero no puedo ser izquierdista, soy un trovador del siglo XIII. ¿Qué le parece?

—¿Quiere que le rompan la cara dos veces en la misma noche?

—Oiga, oiga… Yo no he elegido el curso sano y correcto de la historia. Mire, con el tiempo que llevo en la isla ya tengo experiencia suficiente para escribir un libro sobre el carácter cubano y su relación con el socialismo. He traído una Leica apta para la luz del trópico y para el subdesarrollo. He notado un puritanismo inevitable en la revolución, falta de libertad sexual, un divorcio entre la realidad y la práctica.    

  Le dieron un par de burocráticas galúas, bofetadas al cambio, sin mucho énfasis, y llegaron a algunas conclusiones; Un viajero español majarón, ridículo y diletante, que solo puede traer problemas con la embajada y el gobierno español. El superior de guardia dictó sentencia.

—¡Al poeta despídanlo! Ese no tiene aquí nada que hacer. No entra en el juego. Denle puerta, detengan a los primos.

 

—Ha tenido mucha suerte, señor Simón, o José Alberto, o como se llame, nos da igual. Los cambios en el gobierno que pretendieron filtrar sus primos, o lo que sean, están publicados en el New York Times desde ayer. Tiene que salir del país en 24 horas.

   Los funcionarios lo llevaron al hotel para que pagara la factura, recogiera sus cosas e informara a su acompañante. Después lo llevaron al aeropuerto para embarcarlo en el primer vuelo. Tonia iba detrás, insistiendo en que el destino fuera México, podrían entrar como turistas.  Había conseguido de madrugada información fiable del exagente Braulio. Con ochenta años pretendía camelarla con boleros y exprimirla como turista con divisas. El tresero tuvo un detalle con ella y con el gallego que le dio el guaniquiqui necesario para comprar un refrigerador de segunda mano. Carvalho desertó de la CIA y salió de EE. UU. por El Paso con Marieta en Ciudad Juárez, al otro lado de la frontera, trabajando para la inteligencia cubana. Coincidieron en el tiempo, en el espacio y en la profesión, pudo haber contacto. Lo que pudo haber sido, fue. Conde le dio a Tonia un abrazo cálido de despedida y el número en el DF de Héctor Belascoarán Shayne, el detective que se inventó Paco Ignacio Taibo en “Días de combate”. Chinolope le hizo una instantánea azarosa y se la regaló. Un tesoro difuminado y nocturno que Tonia conservaría. No veía su figura relajada, apoyada en la mesa con gesto distraído. Veía el otro lado, al fotógrafo oriental empeñado en sobrevivir a recuerdos, tierras, luces y fantasmas.

   Las habitaciones de Tonia y Mendiño en el hotel mexicano tienen plantas carnosas, vistas al Popocatéptl, una enorme pantalla de televisión, wifi, mueble bar, jacuzzi y un regalo de bienvenida. Una bala de plata en cada almohada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin otra vida que el sentir del tiempo (XIII)

 

   Despertar al patrón de la siesta con una mala noticia puede ser peligroso. Cuando tiene la pistola en la mesita, al lado de una botella vacía de mezcal, es jugar a la ruleta rusa.

Pinche cabrón, chingue a su madre...

  En México el apocalipsis bíblico es una pendejada, cuentos para niños. Ni en el antiguo ni en el nuevo testamento se menciona a los españoles a caballo o a la embajada de los EE. UU. Hace siglos que los mexicanos viven el postapocalipsis todas las mañanas.

la parejita de españoles está en el DF, patroncito.

Mátenlos.

¿A Belascoarán también?

A todos. Mátenlos a todos.

No se puede, patrón.

No sea culero, güey. No se va a poder. Mátenlos a chingadazos esta misma noche.

No, patroncito, ni modo.

¿Por qué cabrón? ¿Para eso me despertaste?

Su madre no quiere.

 

   Mendiño está pletórico. Le ha llamado su mujer, no quiere volver a verlo, se quiere divorciar. Él también. La jefa ha descubierto su secreto. Intenta contárselo a Tonia que no tiene cuerpo, ni presencia de ánimo, para soportar al filólogo poniendo ojitos mientras la abrasa con el siglo de oro. Mendiño pretende encontrarse con Belascoarán. Tonia se despide, ahí te quedas. Suerte Mendiño, hasta otra.

   Ahora qué. Despedida. Y ahora qué. Llama a casa para oír la voz de su madre, quiere tranquilizarla y que la tranquilice. En Barcelona llueve, Nana va en el autobús. No le dice que les han echado de Cuba, no cuenta la llamada de la jefa, no habla del bajón, no menciona la amenaza. Todo está bien, sí, ha comido. No, ningún problema. Hace muy bueno, la isla es preciosa. Sí, vuelve pronto. Besos. Corte. El distrito federal. Sale a la calle, la vida explota.

     Tonia habla con la Nuri, le cuenta todo despacito. La Nuri tacha días, Osorio sigue con los trámites, rellena cuestionarios, hace visitas. Eso ahora no importa, quiere saber cómo está ella, qué planes tiene. Escucha. Tonia se explica, tiene miedo y dudas, no le gusta que la empujen. Irse o quedarse, moverse o ser movida. Podría volver a casa, a la rutina agradable construida con esfuerzo y suerte, romperla con sorpresas, andar en bici por Barcelona sin prisa, pasar la tarde con ella de risas, picando algo y viendo pelis, tocar el violín sin exámenes, divagar con Malik en la playa mientras él fuma un petardo y el humo azul los envuelve. Desayunar con su madre cuando llega cansada del hospital y despotrica. Preguntar a su padre para que se haga un lio y se invente palabras. Tiene que buscar trabajo, no va a encontrar un chollo como el de la agencia. Podría no volver a casa, alargar el viaje, comprar un mapa, ir hacia el sur, gastar el poco dinero que le queda. Le atrae el nombre de un destino a seiscientos kilómetros: Puerto Escondido. La Nuri aprueba la moción, ánimo Tonia, no lo pienses más. Ten cuidado con los piratas, no comas pulpo crudo ni bebas agua del mar.

   Puerto Escondido, Salina Cruz, Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas. Esa es la ruta. Al sur primero, a oriente después. Toma todas las precauciones posibles para salir del DF sin dejar rastro, taxis, autobuses, tren, caminata. A las pocas horas de llegar a Puerto Escondido vuelve a su ser, la calma inquieta. En el hotel necesitan personal, estarían encantados de contratar a una joven políglota y ofrecen buenas condiciones. La oferta apaga demonios interiores que pronosticaban un futuro inestable. No le interesa, de momento. Es traductora, lo seguirá siendo, siempre podrá encontrar a alguien con la necesidad de interpretar códigos de otros.

  En Puerto Escondido los turistas pasean por las calles del centro. Surfistas gringos a la búsqueda de olas gigantes, europeos avistadores de ballenas, nacionales con pesos, amigos de la vida nocturna. Tonia se los cruza en la Avenida del Morro, hay vuelos desde Houston y Los Ángeles. El hotel Casa Negra, en la playa Zicatela, al otro lado de la bahía, tiene tres estrellas y ronda los cuarenta euros la noche. No escuchar el parloteo de Mendiño a todas horas, la soledad, no tiene precio. Compra en la calle un taco y un refresco, pasea entre los puestos de comida y artesanía frente a las olas del Pacífico. Oscurece. Vuelve al hotel para acostarse pronto y salir temprano al día siguiente. La están esperando. El recepcionista alterado añade confuso otra posibilidad a la oferta de trabajo. Una emisora nacional de radio necesita con urgencia intérpretes de alemán e italiano. Un alto directivo, el mero, mero, está en el bar, ha pagado la habitación. La respuesta es no. En segundos aparece el ejecutivo trajeado. Se dirige a ella con simpatía de plástico. Es, por lo visto y sus explicaciones, un exlocutor dinámico, reconvertido en experto modernizador de radio fórmulas caducadas. Engola la voz como si fuera a presentar una balada bien pedorra.

Qué gusto conocerte. Me llamo Vilasio Regulero, a tu disposición para lo que necesites. Me han dicho los amigos del hotel que también eres española. Yo soy de Valladolid.

No, no soy española y no me interesa el trabajo.

Mujer, no seas así, escúchame por lo menos. ¿De dónde eres entonces?

De un barrio turco.

   A Tonia le parece que el engominado con cara de culo exagera la sonrisa torcida de cartón y cocaína. Una interpretación muy poco convincente. Parece acostumbrado a que lo atiendan y a que las respuestas a sus preguntas sean afirmativas.

Necesitamos una traductora. Han venido inversores europeos al superdesafío mundial del surf. La paga es buena y el trabajo fácil. Te va a encantar.

Los inversores europeos hablan inglés. Tú hablas inglés. Me voy a dormir.

 Lleva un traje caro, mira un reloj caro, enciende un cigarrillo caro con un mechero caro.

Consúltalo con la almohada. Mañana me comentas.

   Tonia para en seco. Desde que llegó a México está muy susceptible a las almohadas. En un minuto recoge la mochila de la habitación e intenta salir del hotel a la carrera. Hay vigilancia en la puerta, Regulero y otro. En la puerta de atrás otra pareja. Mantiene la calma, se coloca un andante ma non troppo en el metrónomo cerebral y rebusca en la mochila. Sube al último piso y en el pasillo pega fuego al libro que tiene a mano rompiendo las primeras páginas. “En el camino”, Kerouac. Lo coloca ardiendo entre el carrito de sábanas y las cortinas y vuelve a la habitación. El humo empieza a oler, salta la alarma. Gritos y carreras, evacuación. La gente en la calle se arremolina, el fuego se extiende. Llega primero la policía, enseguida los bomberos. Tonia se mezcla en el jaleo, dobla la primera esquina y corre. No tarda en perderse por calles de tierra en dirección opuesta a las luces. Deja a su espalda las últimas casas. Sigue, pone distancia, sigue, más. Es noche cerrada, no hay luna, ni almohadas, no oye ladrar los perros. El llano en llamas. Palmeras, higuerillas y otras especies que no reconoce. Está en Arroyo Seco.

  Abrió una bolsa de cacahuetes sentada en el suelo y colocó la mochila entre su espalda y los pinchos de un árbol que no sabía nombrar, un pochote. Tiene miedo, debería coger un puto avión y salir del país. No quiere aparecer en las noticias locales. Salir de Puerto Escondido hacia Salina Cruz cuanto antes, sin ser identificada, plantea algunos inconvenientes de logística. Bebió agua de un botellín de plástico y se perdió en las estrellas.

  Al raso, sin dormir, alterada, pasó una noche húmeda y calurosa. Clareaba cuando tomó una brecha de tierra y anduvo algo más de un kilómetro hasta el cerro de la Vieja, al final de la colonia San Miguel. Se topó en un cruce de caminos solitario con un pequeño edificio de una planta, pintado de azul maya: Abarrotes Baizabal. La joven que atendía la tiendita fue una bendición de los dioses prehispánicos. Tonia preguntó, se dejó aconsejar. La mamá estaba haciendo tejate, harina de maíz, granos de cacao, semillas de mamey, flor del cacao, agua fría. Le dieron una probadita. Pidió una jícara llena y unas galletas. Para el camino un itacate con botanas, aguacates y plátanos. Pudo cargar la batería del celular y conversar, se explicó, tenía problemas. Si podía confiar en alguien a miles de kilómetros de su casa, era en aquella chica tranquila y amistosa que hablaba con voz dulce y acento cantadito. Necesitaba pasar desapercibida, le andaban detrás. La chamuca lo vio como soplar y hacer botellas para una turista morena con varo disponible que habla español. Unos pocos cambios en el peinado y la indumentaria, un par de consejos. Pasaría por local. Mezclada con la gente no llamaría la atención.

 

¿Los mataron ya?

No, patroncito. No se puede.

A la verga huevón. Pues... ¿Qué pasó?

Les andan detrás unos comisarios españoles. Dice Regulero que esa bronca es suya con la embajada.

Me vale madre Regulero. Le cortan los cojones, me los ponen molidos en un taco bien picoso de chapulínes con tasajo y se lo llevan para el almuerzo al embajador. ¿Oyó lo que le digo?

No se puede patroncito. No quedan chapulines.

 

   En el Distrito Federal Mendiño no se ubica, es enorme. La avenida Insurgentes que recorre en taxi llegaría de Vigo a Pontevedra. Antes de llamar a Belascoarán y ponerse bajo su protección, quiere conocer tres lugares emblemáticos de la capital. Por motivos profesionales la histórica UNAM, Universidad Autónoma de México, donde contempla matricularse en metaliteratura comparada y no volver a España, los estudios Churubusco por fetichismo cinéfilo, y por amor al arte y la tranquilidad Tepito, el barrio bohemio, donde busca hospedaje por recomendación de los compañeros de la agencia. Solitario, despistado y apoyado en una maleta de ruedas, plantado en medio de los concurridos puestos de un mercadillo gigante, o tianguis en el habla local, salpicado de altarcitos del culto a la Buena Muerte, tiene algunas dudas. Preguntó a los transeúntes por cualquier forma de alojamiento, no encontró respuesta. En algunas paredes pudo contemplar muestras callejeras del luminoso arte muralista mexicano, de insigne tradición y                      una notable eficacia expresiva. Encontró un muro con un homenaje multicolor a las                                                 Siete Cabronas, siete mujeres tepitenses relevantes y no pudo evitar fotografiarlo con su flamante Leica de titanio. Un hombre de mediana edad con estimables tatuajes de influencia neocarcelaria en la cara, el cráneo rapado, el ojo derecho amoratado y una sola pierna, dijo llamarse Sixto y se ofreció a ayudarlo.

  Conocía en un apartado callejón adyacente a una mujer viuda y necesitada que alquilaba habitaciones a turistas confusos. Aseguró no tener inconveniente en acompañarlo. En agradecimiento Mendiño decidió invitarlo a un pitillo, a comer unos tacos de hígado que se olían cercanos y a brindar con unos vasos de licuachela por su suerte y el feliz encuentro. Al hombre le seguía un perro flaco tricolor con una mirada tan inteligente que asombró a Simón Mendiño. Le recordaba a un eminente catedrático de teología de Salamanca. No pudo evitar dar unas pinceladas históricas a su nuevo amigo Sixto y a su mascota.

habéis de saber Sixto y la compañía, que el último rey azteca resistió más de noventa días el asedio de Hernán Cortés en Tepito. Cuauhtémoc defendió Tenochtitlan sin saber que sería el lugar de Los olvidados, Paquita la del Barrio, el Santo y…

Estás bien chistoso güero, requetesimpático. Pero ten cuidado, hay unos vatos que te traen en la mira, parecen tiras.

  Simón Mendiño tradujo al gallego la sugerencia y se fijó en los bultos sospechosos que el chucho marcaba a treinta pasos con las orejas y el rabo de punta. Puso veinte dólares en la mano de Sixto y le dio las gracias por la prudente observación. El perro acentuó una suplicante mirada al volver junto a su dueño, el filólogo cedió. Al taco de hígado le quedaba un último bocado. Se agachó Simón, puso el pedazo en la boca del animal y aprovechó el movimiento para escabullirse, agarrado a la maleta, por debajo de un tablero con mercancía. El puesto se desmoronó, le cubrieron pantalones, bolsos y camisetas. El perro académico ladró poseído a los policías, otro chucho se sumó aullando al concierto. Sixto aprovechó el momento para empujar a Mendinho junto a una caseta y sacarlo del campo de visión. Apareció detrás de los puestos, en una callejuela lateral desierta. Despacito, tirando de la maleta rodante dejó atrás el jaleo, el perro académico le siguió. Pudieron llegar a una plaza de intenso color proletario y esconderse entre una pared y un camión con varios trabajadores medio dormidos, acomodados en la caja. Púsose Simón recitativo y le acudieron al entendimiento unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz:

                                   “En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

                                     ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

                                      poner bellezas en mi entendimiento

                                      y no mi entendimiento en las bellezas”

     El perro con su sabiduría natural le daba la razón moviendo la cabeza. Entablaron conversación y Mendiño se explayó. No conozco a nadie en estas tierras peludo amigo. Encendió un cigarrillo. Me encuentro perdido y desamparado, privado de mi identidad. Mi mujer ha descubierto la verdad. No soy gallego, soy de Logroño. Ahí ladró el animal. Todo es mentira. No soy filólogo, ni medievalista, no me apellido Mendiño, ni siquiera me llamo Simón. El perro olisqueó atento, levantó una pata en una rueda y meó el camión. Soy ingeniero informático, que se dice pronto, pasé la carrera dándole a “Dragones y Mazmorras” y otros juegos de rol con los compañeros de piso y nunca volví a mi ser. Ser o no ser, ya ves tú que tontería. Empecé con roles fáciles, me fui implicando y algunos personajes me absorbían.

   Dejó pasar el tiempo que creyó necesario, dos cigarrillos y un botellín de agua, antes de incorporarse a la marea humana de la calle principal. Siguió la corriente, compró cosas para él y para el perro. Le invitó a salchichas y continuó la conversación. Pues eso, cayó en mis manos un libro de Manuel Vázquez Montalbán, Erec y Enide, y de ahí salió todo. Mendiño es un trovador gallego del siglo XIII que nació en la isla de San Simón, en la ría de Vigo. Fue campo de concentración durante la guerra civil. Allí estuvo preso mi abuelo, un republicano nacionalista que en cuanto pudo se exilió, mi padre nació en el Perú y se instaló en Logroño al morir cerillita, luego me fui a vivir a Barcelona. Falsifiqué mi currículum, me inventé familiares, estudié latín y volví a las noches en vela leyendo y fumando. Cuando el tiempo me alcanzó, Simón Mendiño tenía novia, trabajo, hipoteca y cuenta en el banco. El perro ladeó la cabeza y, transmutado en gato, se frotó contra sus piernas. El tepitense lo acompañó hasta la frontera del barrio. Mendiño le dio la última salchicha, la última caricia y siguió su camino desorientado. Nota poco a poco los cambios urbanísticos al adentrarse en el centro histórico. A los veinte minutos de acarreo llegó, sorprendido por la cercanía, al Zócalo. Ahí sí encontró hospedaje.

  Instalado en su confortable habitación, cenado, duchado, masturbado, bebido y fumado, Simón llamó a Héctor Belascoarán. En mala hora, las cuatro de la mañana. Belascoarán leía en su oficina “El arte de la fuga”, de Sergio Pitol, con el ojo útil lloroso por el humo del penúltimo Delicados del paquete. Buscaba una salida al trabajo de ser un solitario por correspondencia.

¿Bueno?

¿Don Héctor Belascoarán Shayne?

Acento gallego... ¿Desde dónde llama? ¿Ha oído hablar de la diferencia horaria?

Sí, por supuesto. En 1884 se inventaron los husos horarios, la zona entre dos meridianos. Al ir hacia el oeste retrocedemos una hora por cada huso horario. ¿Por qué? ¿está interesado en la rotación de la tierra?

Mucho. Si no amaneciera aumentaría el caos en el DF y no me queda cocacola.

No se preocupe por eso, es imposible. La cocacola llega a todos los lados.

No ha visto las obras del metro…oiga ¿ha llamado para platicar al pedo?

No. Me dio su teléfono en Cuba Mario Conde. Dijo que podría ayudarme. Me están persiguiendo.

Belascoarán envió el cerebro en un vuelo de la Pan-Am a La Habana, recordó al expolicía, su nuevo trabajo vendiendo libros usados, la nota que había recibido y la barba del Che. Se pasó la mano por la suya.

Quieren matarlo.

Exacto. ¿Se lo ha dicho él? ¿Cómo lo sabe?

La gente siempre quiere matar a los que llaman a las cuatro de la mañana. Si me dice dónde está y es cerca, puedo matarlo yo mismo.

Estoy en el DF, pero tendrá que darme en la cabeza. En Tepito me han vendido un chaleco antibalas de segunda mano de excelente calidad. Al anterior propietario, un médico que casi no lo usaba, lo envenenaron.

 

   El veneno, como todo, es cuestión de dosis. Tonia viaja dándole al chicozapote, una fruta dulce que sabe a caramelo y alternando la lectura de una novela con el paisaje nuboso. Al llegar a San Cristóbal de Las Casas baja del autobús cansada. ¿Qué ocurrió aquí? “Después de la Revolución sobrevino otra revolución en minúscula”. Los indígenas. Los indios que no son indios porque esto no es la India y no lo sabía Colón, ni el General Custer.

   Paramilitares teledirigidos por el PRI asesinaron a cuarenta y cinco indígenas en Acteal en 1997. El entonces subcomandante Marcos ya había invitado a Montalbán a visitar Chiapas. No tardó en presentarse en “La Realidad”, montando a caballo por primera vez en su vida, a través de la selva. Escribió un libro que tituló “Marcos: el señor de los espejos”. Don Vázquez Montalbán eligió a Marcos “porque forma parte de un sujeto histórico de cambio realmente existente: el globalizado frente al globalizador”. Tiene mensajes de Mendiño, no los ha leído. Tonia volverá a Barcelona con el olor de la leña en el comal, el rico chilito y los muertos vivos de Comala pululando en su cabeza.                Un México literario y realista con montañas azules, puertos escondidos, rebeldes insurgentes. Protagonistas: Las mujeres morenas que cargan la historia en su espalda para hacerla avanzar por los senderos de la selva o por las calles olvidadas en las guías de las monedas fuertes. Tonia solo quiere caminar. Vagar sin norte, mezclarse, compartir unos tacos, algunas palabras y ya. Llama Mendiño, celular a la basura. Suenan marimbas en el parque.

 

   Si en Tepito no le hubieran vendido un chaleco antibalas a Mendiño ahora tendría siete agujeros. Lo cazaron a la puerta de la oficina compartida de Belascoarán, que escuchó primero el frenazo de un auto, luego la balacera y al final el acelerón de la escapada con ruido de quemar llanta. Bajó a la carrera y ahí estaba Mendiño, hecho un ovillo en la banqueta. Se reía medio pendejo con la respiración cortada, antes de vomitar y desmayarse. Al despertar en el hospital le volvió la risa tonta contando los impactos, convertidos en moratones, en el pecho y el abdomen. Ay que vida tan amarga. Quíteme dios esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero. Héctor Belascoarán Shayne estudiaba al espécimen encamado como un entomólogo. Ha sido un don de los dioses, repetía el convaleciente. Belascoarán no estaba tan optimista, es mexicano. Si el gallego era un objetivo lo seguía siendo, y en cualquier momento podrían volver a intentarlo. Si las balas no habían servido encontrarían la manera. Era urgente salir rápido y buscar un lugar seguro. Si te andan detrás con artillería es aconsejable esconderse. Belascoarán decidió como primera medida salir de la ciudad. Mendiño dolorido, sentado junto a la puerta de una cantina en el barrio de La Merced, en el que se supone que el bullicio les oculta, ha pedido vino y enchiladas de pollo. Belascoarán refresco de cola, carnes frías y mole poblano. El gabinete de crisis intenta tomar una decisión. El detective pretende enterarse de quienes son los perseguidores y el motivo de su simpatía por el gallego. Las explicaciones de Mendiño son confusas, sobre todo cuando habla con la boca llena. La historia que cuenta incluye Cuba, balas de plata en el hotel y un chingo de gente, policías, espías, escritores, agentes literarios, detectives desaparecidos, cubanitas canela...Prefiere Belascoarán pedir tiempo muerto, ayuda y protección.          

¿Quién podría evitar el funeral al gallego y averiguar quiénes son sus amistades? El zurdo Mendieta. Dos billetes a Culiacán, por favor. Paga el señor Mendiño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Destruidas ventanas (XIV)

 

 

   Tonia en San Cristóbal de Las Casas es turista, está allí porque quiere. En el momento inicial del movimiento zapatista los clientes del balneario europeo llamaron a eso turismo revolucionario. Gobernaba el PRI, se firmaron tratados de libre comercio con EE. UU y se privatizaron empresas estatales. La historia se había acabado, la democracia y el capitalismo eran matrimonio, tenían un anillo con una fecha por dentro. Derrotado el mal soviético, el futuro era un crecimiento económico continuo gracias a los dioses del mercado. La memoria dejaba de tener sentido. Se decretó la “libertad duradera” y la “justicia infinita”.

  Perico, al que dicen el negro, acompaña a Tonia por la orilla del río Amarillo. Es amable, buen escuchador y narrador. Le cuenta que los federales lo buscaron por participar en la organización de una huelga en los cafetales de Palenque. No lo encontraron y se fueron a por su hermana. La mutilaron. No ha vuelto al pueblo. Vive de vender a los turistas artesanía de madera. Ayer hubo tiros en San Cristóbal de Las Casas, hombres armados tomaron el control de un cruce y mataron a un comerciante. En un puesto de tacos Perico pregunta por Barcelona. Cómo es vivir en Europa, si tiene miedo cuando sale a la calle. Tonia no sabe qué contestar. México es rudo, hay muchas armas y pobreza. Europa es rica, deslocaliza la violencia. Los miedos son otros. A Moré lo mataron en su casa. Perico vuelve a preguntar.

¿Por qué lo mataron?

Tonia se sorprende al contestar.

No lo sé. Buscaba a un desaparecido.

 No lo sabe. Al morder el taco de huitlacoche, un hongo del maíz, algo hace contacto entre el cerebro y el sabor a tierra húmeda.

 

  En un vuelo de Aeroméxico, Héctor Belascoarán no acaba de entender el problema de su compañero de asiento, ni porqué recita versos de Amado Nervo mirando rígido por la ventanilla. Mendiño está del lado del ojo chungo del mexicano y no hay comunicación visual. Cuando pasa a José Emilio Pacheco, le extraña todavía más.

¿Qué onda, gallego?

Mi repertorio de poetas mexicanos es muy limitado. Me temo que tendré que recitar a Jaime Sabines. También puedo recitar entera la antología rota de León Felipe, que no era mexicano pero casi. Lo que no puedo es callarme.

Belascoarán giró el cuello para ampliar su campo de visión e intentar hacerse una composición de lugar sobre el nerviosismo y la declamación deficiente de Mendiño. Levantó el brazo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y le atizó un golpe seco en la mandíbula. Lo despertó de una colleja al llegar a Culiacán.

¿Durmió bien el recitador?

   Territorio Mendieta. En algún lugar de la capital sinaloense suena en el celular el séptimo de caballería. Órale mi zurdo, le traigo a un gallego pendejo para que me lo repare. Cómo no, carnal, a sus órdenes, mi detective, pues ni qué. Habrá que darle de comer, viene de la ría de Vigo, compadre, allá no saben del ceviche. Ah, pues bien, que conozca el pescado del pacífico. Media hora y los espero en El Serru, en Constituyentes. Taxi con música. Mendiño recuperaba la conciencia de divorciado mirando las morritas culichis por la ventanilla. Intentaba recordar qué lo había llevado hasta allí. Carvalho. Un avión que se apagó sin saber por qué. Belascoarán fumaba sin ofrecer. Encendió Simón un cigarro y se mezclaron los humos. Pinche gallego, su tabaco apesta, qué calor, cuarenta grados y lleva el chaleco puesto. Mendiño se censuró una conferencia al taxista por el dolor mandibular. ¿Qué hacemos aquí, detective? Mire gallego, si lo quieren escabechar y no sabe por qué, habrá que preguntar a los reyes del escabeche, el zurdo Mendieta los conoce mejor que nadie. Pueden pasar dos cosas, que nos expliquen o que lo tiren encobijado en la Costerita. No creo, llevamos un rato en la ciudad. Si lo tuvieran en la agenda no habría pasado del primer semáforo. Me calma, detective. Mucho. Haga el favor de no aplicarme más tranquilizantes, ahorran la angustia del vuelo, pero humillan. Sepa que un filólogo medievalista de mi estirpe tiene                              su corazoncito. Ande a cagar, licenciado. Eso le pasa por recitar cuando no debe. Acá llegamos.

  En el Serru recomiendan los callos de robalo y el aguachile de camarón. Robaliza para el galego y vino blanco. Local lleno. Con la cocacola de Belascoarán llega el zurdo. Pues ¿Qué pasó? ¿Cómo le va a mi chilango preferido? Todo bien mi zurdo, éste es el gallego, me lo balacearon en la puerta del despacho, Simón Mendiño. Encantado señor, disfrute de la visita. Gracias, seguro que sí. Suena la caballería, Mendieta apaga el celular. Taco de camarón y agua de tamarindo. Pues no más queremos saber por qué lo quieren matar y quienes, mi zurdo. Si es posible, mientras respire. Viene amenazado y en el DF no lo achicharraron por ese chaleco que trae puesto el muy pendejo. Llegó buscando al detective Pepe Carvalho. Lo expulsaron de Cuba y el Conde me pidió el favor. Claro, un paro al Conde, güey, me apunto. Checaré por ahí. La neta es que Pepe Carvalho pasó por la CIA, mi zurdo, y desapareció en Ciudad Juarez. Perdonen caballeros, no es por interrumpir, pero querría agregar algunos datos. Todo viene de la agencia Carmen Balcells. Puede tener su importancia. Ah pues sí, tienen un chingo de dinero. Es la agencia de los autores del boom y del mismo Rulfo. Bueno, pues si puedo les cumplo. Un par de días.

  Corrió el tiempo al vuelo. El Zurdo hizo una llamada, consultó datos oficiales, pagó algo a cuenta del gallego y acabó en una capillita fronteriza abandonada, de charla con un gringo viejo que lo avisó; si alguien busca a Carvalho se está metiendo en un charco. Nosotros lo buscamos también y no nos gustan los competidores. Belascoarán y Mendiño la pasaron bien por ahí en el entretanto, chupando huesos, levantando tortillas y visitando tabernas en barrios de obra negra.

    Pues sí, como les estaba diciendo, Marieta Montoya era muy conocida en Ciudad Juárez, una cabrona y media que trabajaba para los cubanos y los soviéticos. Esperaba en la frontera a los que venían señaladitos y se los chingaba. A algunos los hubiera matado gratis. Carvalho era de la CIA, capaz que estaba en su índice, lo tuvo una semana atado a una silla a pan y agua. Acabaron revolcándose, cocinaron un bacalao à Brás y a los postres decidieron matar a Franco. El pinche general estaba ya para morirse sin ayuda y La Habana lo descartó, la prioridad era Batista. Prueben los tamales barbones y el chilorio, ahora viene lo bueno. Más cerveza, qué calor, órale. La cosa es así, dicen que la pareja acabó mal y se despidieron a los tiros. Los dos vaciaron los cargadores a diez metros y ni modo, no se tocaron un pelo. Hay amores pendejos. Y tanto, amigo Mendieta, qué razón tiene. Estoy en trance de divorcio, sé lo que me digo. Podría recitarle un soneto de Quevedo muy al caso, pero me abstendré, al amigo Belascoarán no le agrada la poesía. No me recite gallego, no me recite y no me eche el humo de su tabaco apestoso. Marieta Montoya necesitaba desaparecer cuando cayó la URSS, los gringos pagaban cien mil dólares por su cabeza. Fue a Barcelona y pidió ayuda a Carvalho. Se perdió en un pueblo de Alicante. Los gringos los buscan a los dos. Es todo lo que sé. Exquisito el aguachile señor Mendieta, muchas gracias por la información. ¿Gracias? No, gallego, me vale verga su gratitud, aquí nadie habla gratis. El Conde y Belascoarán son colegas, lo suyo va con factura, un sobre de color manila, bien gordo y lleno. Si pretende salir de México le va a salir barato, lo quieren muertito. Dos policías españoles llegaron al DF en el mismo avión que usted y la chaparrita que se hizo humo, cómo la ve. Los tiene ahí fuera, cociéndose al sol en ese carro de la esquina los muy pendejos. Hasta los plebes saben qué son. Unos comisarios españoles jodieron a Pemex en la compra de Repsol. Hay quien perdió mucha lana. Esto no va a quedar así. Bueno, mi zurdo, ¿entonces qué? ¿lo sacamos del país? Ni se muevan, mientras estén en Culiacán están seguros. Vayan a la playa, diviértanse. Pronto tendré novedades.

   El Mudo, el comisario más cercano a Salmorejo bebe tequila con sal y limón. Regulero hace rayas procesionarias en la mesita del reservado, llega la mañanita. La gitana les ha vuelto a tomar el pelo, no es la primera vez que deja rastros falsos de Carvalho. Las apuestas policiales están igualadas, para unos Carvalho se jubiló al salir de la cárcel, otros aseguran que hace encargos para los chinos. La tercera opción da a Carvalho por muerto y señala a María la portuguesa como heredera del archivo. El Mudo es el único disidente. Para él Pepe Carvalho y María Larios son la misma persona, la rosa de Alejandría, colorada de noche, blanca de día. En el reparto de funciones Regulero se encarga de Tonia. Mendiño es cosa del Mudo. Es consciente de que no es bien recibido en México, no hace falta ser un lince ibérico. Regulero lleva tiempo en el país y ha tenido su esquinita de poder. Eso hace amigos y enemigos.

    La anciana envuelta en andrajos que se acercó a Tonia cuando salía de la pulquería con Perico el negro, insistió en leerle la mano. La miró a los ojos y habló en alemán. Tonia vio una catarata, oyó una perfecta pronunciación y olió claveles y rosas. Era su última noche en San Cristóbal.

Calla y escucha, Tonia. Soy la Mari, María, Marieta, la gitana o la portuguesa, como más te guste. Veo tu futuro negro. No vayas al hotel, sube a ese taxi, vete a Tuxtla Gutiérrez y sal en el primer vuelo. No necesitas saber nada más.

 La traductora no pestañeó. Empezó a caer una lloviznita fresca. La frágil mujer hecha de barro seco podría disolverse, fluir hacia el rio por la vereda y desaparecer.

Prefiero decidir yo, si no le parece mal. Tengo planes para esta noche. Se lo agradezco igual, tomaré precauciones. La están buscando. A usted y a Carvalho.

  La portuguesa levantó la mano con esfuerzo y el taxi se acercó al ralentí. Al volante una milpera cúbica con una brillante cola de caballo se bajó despacio y abrió la puerta. Marieta hizo un gesto con la cabeza y se pasó al español.

No me hables de Carvalho. Adentro. Los dos.

  La pistola negra en la mano temblorosa de Marieta, una mirada atómica y la conductora a los empujones, borraron las dudas.

   A más de dos mil kilómetros, en Culiacán, Sinaloa, el zurdo Mendieta escucha molido y atrabancado al psiquiatra, su único flotador de emergencia sin alcohol. Pasa la depresión con las uñas, le agrede en la memoria un cura abusador. Han desaparecido para siempre su ciudad compartida y provinciana, la invitación a un raspado por aprobar el curso, los domingos confiados en el obregonazo, cerca de La Lomita. Le queda el cine con palomitas y Coca-cola, el apartamento en la Col-Pop, la carne con papas que le deja preparada Ger para calentar en el micro, la agente Gris Toledo y el rock setentero en el estéreo. El resto de su vida es matazón, encobijados y fierros escupiendo plomazos. El zurdo sabe que el psiquiatra no existe, ni su pasado. Son invenciones de Elmer Mendoza, el escritor, ese sí está tumbado del burro. Cada vez que suena la caballería en el celular se sobresalta. Es Belascoarán. Al pinche gallego le encanta la machaca con salsa picante, estamos en el café Miró. Bueno. Pues sí, tengo noticias. Ahorita nos vemos. En el Jetta vuelve a poner a la Credence, los chicos del Cerrito, que lo acompañan desde hace semanas. Necesita guitarras fuertes para salir del sopor, rolas contundentes para subir el ánimo. Diez minutos y aparca. Cerveza, nada de comer. Quieren darlos de baja desde España y tienen gente en México. Regulero, un español fresa, los señaló y los pusieron en la diana. Pueden irse, no tienen nada que temer, todo se aclaró, ahorita mismo lo están solucionando los diplomáticos. Un enviado del obispo, la jefa y un candidato                                   a gobernador les garantiza. Estimado Mendieta, el sobre, aquí tiene. Además del agradecimiento, si me permite. ¿Dónde se ha comprado esas botas? Me gustaría llevarme un par. ¡Ah! y.… ¿Podría recomendarme algún poeta sinaloense? Ni modo, mi zurdo, no le diga poetas al gallego que luego me los recita a mí a traición. Pues si no es irrespeto les dejo, me esperan en Mazatlán. Un abrazo detective y que tenga suerte gallego. A Mendieta no lo esperaba nadie. Solo quería llegar a casa, apagar el celular, quitarse las botas y escuchar a oscuras a Janis Joplin con una cerveza helada. Elmer Mendoza, el profe, va por ahí preguntando con media sonrisa a una bola de cabrones armados ¿Por qué? 

 

  En San Cristobal el taxi se detuvo muy cerca del hotel, frente a una pizzería. Tonia vio sentado a Regulero con otro hombre. La pistola en la mano de la vieja parecía una Parkinson.

Lo reconoces ¿verdad? Han venido a por ti. Vámonos.

 La conductora arrancó. Apuró las marchas, pisó fuerte, salió hacia las montañas del norte. Ruido del motor, curvas, oscuridad. El coche paró junto a un puente de piedra y la anciana mandó bajar.

¿Tu plan para esta noche era con este chivato mugroso? Toma su celular, mira los mensajes.

  Perico se tensó. Lo destensó la conductora de una patada en los huevos que hubiera hecho llorar al capitán América. Tonia comprobó el teléfono. Lo del Perico, todito puro teatro. ¿La pinche fuereña? ¿la española pendeja? Pendeja puede, española no. Marieta le ofreció la pistola. Tonia tiró el teléfono de Perico al río.

Mátalo, no tiene hermanas.

   Perico se revolcaba. Tonia aceptó el arma. Se acercó y apuntó entre las piernas. Sonó desde los montes azules, desde el azul de las sierras, una voz que se interpuso. Sintió una mano en la suya. Tonia mantuvo viva la esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra! Juntó todas las fuerzas que recordaba haber tenido alguna vez y no disparó. Repitió el telegrama urgente que le llegó al cerebro, a la mano y al alma, desde Colliure.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno…

  Perico quedó olvidado en medio de la oscuridad. El trío se dirigió al oeste. Marieta encendió un cigarrillo tosiendo con un recrujir de pulmones. Escupió un gargajo por la ventana.

Te ha salvado la vida Elías Contreras. Él me avisó. Perico es un chota del gober y Contreras un zapatista de a pie, peatón de la historia, ni dominador ni dominado. Se lo inventó el subcomandante Marcos para escribir con Paco Taibo la novela que no pudo hacer con Montalbán. En vez del imbécil de Carvalho intervino el idiota de Belascoarán.

Amigos suyos, supongo.

A Belascoarán no lo conozco, he leído sus historias. A Pepe sí lo conozco y no he leído sus historias. Tal para cual. Son hombres, no se les puede pedir más. Tarados.

   La conductora asentía dando cabezazos de confirmación. Una luna baja y roja apareció detrás de las nubes acompañando el recorrido. Tonia sintió un cansancio que no era suyo, prestado, histórico. Vio a la anciana frágil, herida, derrotada, obstinada, eterna. Imaginó a una Marieta anterior, a un Carvalho anterior, envueltos en amores cuando todavía era posible algún misterio. Viajó sin darse cuenta a la Barceloneta, a los versos de Montalbán, a un presente moribundo de Pepes y Marías...

más allá de los labios besados, silenciosos

ahora como un mundo prohibido sin lluvias,

Sin fronteras, un vasto mundo de venas

heladas, ramajes de bosques horrorosos

sin pájaros

ni estrellas

donde no cabe el miedo ni el valor.

 

    Marieta se inyectó insulina y abrió una lata de cerveza. Viajaban calladas. Tonia tenía mil preguntas en la cabeza. La Marieta de la fotografía en Sierra Maestra y la mujer que le ha salvado la vida tienen la historia escrita en la cara. La abuela Penélope sabría qué decir y qué callar. El abuelo Arís no diría nada. Su madre hablaría del tiempo. Su padre no diría nada comprensible. Habló Marieta.

Mariluz no llegó a la Barceloneta por casualidad. Estaba allí para protegerte. Estaba cansada de huir, tenía derecho a rendirse. No puedo hablar de eso, me duele. Son cuentas del pasado. Solo quiero decirte una cosa, esta no es tu guerra.

  Tonia se relajó sin saber por qué. Con la cabeza apoyada en la ventanilla vio el pasado y el futuro a la vez. No pudo pensar en Mariluz, le dolía. La dejaron en el aeropuerto, volvía a casa. Los turistas siempre vuelven a Ítaca.

Marieta y Claudia, la chofer, esperaron sentadas en el coche comiendo tamales de bola hasta que vieron despegar el avión de Tonia. Tendría que hacer trasbordo en el DF. Mandarían a alguien a cubrirla.

 

   Héctor Belascoarán Shayne le pasó al gallego “El Universal” antes de despegar. En portada con foto y pie: Vilasio Regulero, un alto ejecutivo de radio apareció anoche colgado de una grúa en el DF, frente a la embajada española. Le cortaron los genitales. Mendiño no recitó nada, ni abrió la boca en todo el trayecto.

¡Qué los maten! ¡Los quiero difuntos hoy mismo!

No, patrón. Dice su madre que ya se ocupó ella de todo. Que recoja la habitación y saque al perro.

 

   

 

 

 

 

De París las ratas (XV)

 

 

    La nena se llama Lole como la abuela, lo eligió la Rebe. Van pasando los meses y el Josito ya se atreve, con cara de susto, a cogerla en brazos. Tiene buen pronóstico, la falta de oxígeno fue moderada. Hay que esperar. Sonríe cuando oye cantar a su madre. El Cholo parece otro, se ha apañao una furgoneta. Es vieja de cojones, pero el motor suena de puta madre. De milagro está en la calle, los maderos siguen buscando. Uno de los que andaba con él liándola por ahí, le ha entrao un par de veces para un palo. No ha tragao. Es la Rebe que tiene no se sabe qué. Cuando le pone morro, el Cholo achanta. Ahora le ha dao por la mecánica, desguaza motos viejas, vende alguna pieza y siempre está lleno de grasa. Dineros, pocos. Dice que ya le vendrá un golpe de suerte. Algún día venderá los hierros del viejo que están todavía en la carbonera. Josito el lechuga sigue echando humo, el puto fósil del Méndez ha estado preguntando en el Júpiter, ha hablado con el Lumbreras.

  En Barcelona Tonia está descolocada, fuera del juego, fuera de la agencia, a la intemperie. Habla Malik. No te preocupes. Cuéntame otra vez el viaje. Encontrarás trabajo, es una maldición. No te preocupes. La escollera, las olas. Humo. No te preocupes. Silencio. Vuelve a casa preocupada, a pie, mirando al suelo sin música. Cambia de humor al doblar la esquina de su calle, justo delante del portal su padre gesticula. Hay alguien con él que ríe. Parece... ¡Duluc!

 Duluc ha llegado con la alegría puesta, Nana y Aldo lo celebran con vino griego y tomates rellenos. Ha encontrado a Biscuter, ahora es Monsieur Plegamans y tiene estrella Michelín. Ya no importa. Aldo enchufará la guitarra olvidada y cantarán canciones memorables. Duluc trae noticias, de esas que cambian vidas. Trabaja para Biscuter. Es un decir, Duluc y el trabajo no se llevan bien. Él dice que son socios.

  El francés no es de los que se callan, la discreción y él no se llevan bien. Es una suerte de mago, consigue que a su alrededor todo parezca poco serio, intrascendente, divertido. Tonia no recuerda a su padre riéndose nunca tanto, retorcido, como cuando Duluc cuenta sus historias. Son graciosas porque son verdad. A Duluc le gusta hacer el ridículo para luego contárselo a los amigos y que se descojonen. Las conversaciones entre Aldo y Duluc son intraducibles. Utilizan un idioma que mezcla francés, patois, italiano, español de guiris y una síntesis particular de argots y palabras inventadas. Tonia asiste a la explicación de como Biscuter y Duluc se conocieron en París.

Fue tres fácil. Fui a Belleville, el barrio de Edith Piaf. Elle va a nacer de noche, en la rue. Busqué a restaurant de prestige y pregunté por Biscuter. No tenían aucune idea, naturellement.

¿Ma cómo? ¿Alors acualo es el encontramento?

Doscientas sopas apres por todo París je le trouvé en mi casa. A la tele. Dans un concurso.

Fotré que churra, compañón.

  Solo y desarmado frente a un botillo con berza, patatas y una botella de vino, el Trini espera a Asunción. Tarda en llegar, puede que no llegue, está enfadada. Sabe que cada vez que él pide una baja se va de Madrid, le cuenta un cuento sobre la necesidad de un nuevo salto en su relación y el beneficio para los dos de un descanso. Asunción entenderá que, una vez más, y ya está harta, necesita tiempo libre para irse a explorar y meterse en un lío peligroso.

   Las historias sobre Salmorejo corren por las comisarías. Trinidad Ramalho da Costa está dispuesto a jugarse lo poco que tiene en la cuenta del banco contra un café, a que Salmorejo y sus comisarios han cometido delitos suficientes como para pasar más años en la cárcel que el inocente Conde de Monte cristo. Las paisanas y los paisanos de la cuenca minera asturiana, en la que creció, son expertos en detectar trampas, en transmitir la desconfianza hacia el poder, qué poder no importa. El Trini sabe que no es nadie para enfrentar por su cuenta a los comisarios salvajes y toda esa gandalla, respaldada con medios y dinero. Tiene conciencia de ser un humilde peón. Los peones también juegan y suelen abrir la partida. Hasta luego, Asunción, un día volveré.

Ramalho suele utilizar una práctica policial básica cuando se llega a un punto muerto, menear la caja de los ratones. Está en Barcelona, ha localizado una casa en Vallvidrera. Es discreta, blanca, de dos plantas, con ventanas de aluminio y rodeada por una valla de carrizo. Tiene fácil acceso. No hay vecinos cerca. Se alquila. El cartel amarillea y el teléfono es de un particular. El carrer del Parc de la Budellera, una carretera estrecha, larga y llena de curvas, tiene poco tráfico. Puede servir. Ramalho se presenta como lo que es, un policía. En la rápida visita comprueba los accesos a pie y en coche, revisa la franja de pinos trasera, se asegura de que la electricidad está conectada, estudia las cerraduras y entra a la negociación. Pone alguna pega. Sugiere pagar el alquiler de una semana y esperar acontecimientos. La casera acepta. Al Trini no le sobra el dinero. Las perras no son su prioridad, si lo fueran aceptaría sobornos. Quita la cadena de la entrada, retira el cartel y mete el coche en la pequeña parcela dejándolo visible. Se instala, deja las luces y la televisión encendidas, cambia la tarjeta del buzón exterior. El nuevo inquilino se llama José Carvalho Tourón. Aparta el reflejo de llamar a Asunción, ignora las ganas de escuchar su voz. Consulta en el periódico los números de contactos. Charo, según sus cálculos, debe estar por encima de los sesenta y cinco. Madura fogosa le cuadra. Marca.

—Hola cariño. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Algo especial. Necesito que te llames Charo, me llames Pepe, seas morena, me acompañes a cenar en un restaurante y subas a pasar la noche conmigo en Vallvidrera.

—Me llamo como tú quieras, Pepe. La noche completa son doscientos, el taxi y el tinte aparte.

—De acuerdo, Charo.

 El Trini es cuarenta años más joven que Carvalho, Charo podría ser su madre. Necesita un doble creíble del detective. Ha recorrido el parque del Turó buscando jubilados. Enfrente, con los brazos cruzados sentado en un banco, tiene a la víctima perfecta. El único problema es un perro pastor al que su dueño llama Merkel. Decide ignorar los ladridos.

—Me encantan los perros. ¿Cuántos años tiene?

—¿Quién?

—El perro.

—Ni idea, no es mío. Es policía.

—¿El perro?

—Usted. Lo he visto merodeando.

El Trini enseña la placa.

—Hostia puta. Me ha caído mal nada más verlo. Estoy limpio, déjeme en paz ¿Le envía Méndez?

—No se preocupe, no estoy de servicio. Quiero proponerle algo.

El jubilado suspicaz le hace al Trini un escáner. Mira a los lados, al suelo, al cielo, al animal, otra vez al Trini.

—Al perro ni tocarlo, es de un coronel. Tiene muy mala hostia.

—¿El perro o el coronel?

—Usted. Busca ancianos indefensos.

El Trini se sienta en el banco. El perro gruñe. Ramalho utiliza su tono más amigable y miente.

—Necesito ayuda, no conozco a nadie en Barcelona. Si usted pudiera cenar con una señora esta noche y acompañarla en el taxi hasta su casa yo pagaría los gastos y sobrarían cien euros.

—¿Un madero que no conoce a nadie en Barcelona? No vuelvo a este parque. Váyase, no me moleste o llamo a la policía.

—Doscientos. Se llama usted Pepe Carvalho, ella Charo. Cenan, toman algo, se dan un paseo por donde le indique, suben a Vallvidrera y se va. Doscientos, cena y taxi.

—Trescientos. Pepe Carvalho...Me suena. Cobro por adelantado.

 El Pepe y la Charo puestos en circulación por Ramalho Da Costa, el Trini, han pedido en Can Lluís pierna de cordero rellena, han bebido martini seco en Boadas, donde Montalbán celebró la muerte de Franco, y después de recorrer amarraditos los dos, la rambla y el Raval, han cogido un taxi en Colón para subir a Vallvidrera. Los espera Ramalho en el carrer del Parc de la Budellera. La pareja despide al taxista y entra en la casa. El falso Pepe recoge a Merkel, que no ha parado de ladrar en la parte trasera y desaparece. Charo desconfía. El Trini la invita a sentarse y enciende la chimenea. Interpreta a su manera al Carvalho real, ha elegido para la ceremonia o exorcismo, un libro de españología, Gárgoris y Habidis de Sánchez Dragó. Hojea el ejemplar leído en un tiempo lejano e inocente. “La memoria es selectiva, y a menudo construimos nuestra propia versión de los acontecimientos basándonos en nuestros propios intereses y perspectivas”. Arrima el Trini lumbre al libro. Charo se sorprende por la desacostumbrada perversión de su cliente. Acepta un dedo de whisky y espera. El Trini explica la situación.

—No va a ocurrir nada, no te preocupes. ¿Has oído hablar de Pepe Carvalho?

—Nunca he oído hablar de nadie. Es la primera lección en la academia de putas.

—Carvalho era detective privado. Tuvo una relación sentimental con Charo. Están los dos desaparecidos. Ahora mucha gente los busca, suponen que Pepe tiene algo interesante. A mí me interesa saber quiénes son ellos, los buscadores. Carvalho vivía aquí, en Vallvidrera y Charo vino muchas veces a pasar la noche con él. Espero que el taxista o alguien haya tomado nota de vuestra presencia en los sitios que frecuentaban y vaya con el cuento a quien corresponda. Eso es todo. Ponte cómoda, descansa, elige habitación o el sofá si prefieres, pon la televisión, haz lo que te apetezca. En la cocina hay algunas cosas por si las necesitas, aquí hay bebidas y fruta. Mañana marchas a la hora que te venga bien y ya está. ¿Tienes alguna duda?

—Es la pregunta más estúpida que me han hecho en este oficio. Tengo millones de dudas. Una cosa me ha quedado clara, soy un cebo. ¿Tú dónde vas a dormir?

—No voy a dormir, estaré fuera. Entraré cuando amanezca. No hay peligro. No va a venir nadie, es la primera noche, pasarán algunos días antes de que se corra la voz, supongo. Y si viene alguien será solo para husmear. Puedes estar tranquila.

—No estoy tranquila desde que tenía nueve años. ¿Dónde dormía Charo?

—Carvalho no vivía en esta casa. Es lo más parecido que he podido encontrar.

   Ramalho ha elegido un punto alto frente a la entrada desde el que domina el contorno y los accesos. Se abrocha la cazadora apoyado en un pino con la sensación de estar perdiendo el tiempo. Por la carretera pasan de largo un par de coches en la primera hora. Luego ninguno.

   Los primeros que fueron a meter la nariz en Vallvidrera, una pareja, llamaron al timbre a las once de la mañana. Nadie contestó, dejaron algo en el buzón y siguieron camino. El Trini había visto antes el audi negro que aparcó en la puerta. Salmorejo se plantó junto a la valla y empezó a dar pequeños paseos. A la media hora, cuando se aburrió, entró al coche y siguió a la espera. No se ocultaba. Por la parte de atrás un bulto lento hizo palanca en la puerta del patio que daba a los pinos y entró a la casa. Salió al cuarto de hora por el mismo sitio, sin que Salmorejo se diera por enterado. Un coche de la guardia civil pasó tres veces disminuyendo la velocidad al llegar al lado del audi del comisario. Una furgoneta blanca sin distintivos paró a cincuenta metros y dos operarios empezaron a trabajar en una torre de la luz. Una patrulla de los mossos de escuadra aparcó junto a la furgoneta y les pidió la documentación. Un coche con el logotipo de google recorrió muy despacio el tramo haciendo fotos y un helicóptero amarillo revoloteaba en círculo sobre la casa. Ramalho grabó videos de todo. Saludó al comisario Salmorejo a la vez que recogía el correo.

—Buenos días, comisario. ¿Investigando el asesinato de Moré?

—Hostia, Ramalho. ¿Ya no estás en la comisaría de Vallecas?

—He preguntado yo primero. Aparte el coche, me vuelvo a Madrid. ¿Un café en el pueblo?

—Claro, te sigo.

Entre la furgoneta, los mossos, la pareja, la guardia civil y los coches de Salmorejo y el Trini, aparcar en el centro de Vallvidrera estaba complicado. Dentro del único bar disponible Ramalho identificó al hombre que había entrado en la casa por detrás, en un rincón de la barra con una copa de anís. Salmorejo seguía con la comedia. Dos cafés cortados.

—O sea que aquí tenemos a Pepe Ramalho. Carvalho y Ramalho, los dos medio portugueses y medio gilipollas. ¿A qué juegas, Ramalhito?

—Al veo, veo, comisarín. Y lo que veo no me gusta.

—Ya. Y.… ¿a quién le importa lo que te guste a ti?

—A mi quiosquero. Lo que no me gusta es que maten abogados.

—No jodas Ramalho, no te hagas el justiciero conmigo. No tengo nada que ver con eso.

—Puede.

El bebedor de anís se ha ido acercando. Es muy mayor y tiene la cara congestionada.

—Si no les molesta querría saludarles, soy compañero. Me llamo Méndez. Creo que buscan a Carvalho y hay entre ustedes algún resquemor. He oído sin querer, mencionar al abogado Moré. Un caso interesante. Lo llevan los inspectores Contreras y Lifante ¿Los conocen? Grandes profesionales, santos mártires. Lifante detuvo a Carvalho en su día.

Salmorejo sacó una libretita. Pasó las páginas y se detuvo en una.

—¿Méndez? ¿Usted no investigó el asesinato de Canalejas?

—Detuve en aquel caso a Pepe Isbert, fue una confusión, hacían una película. No me lo tome en cuenta, estaba empezando. ¿El comisario Salmorejo, ¿verdad? Se dicen muchas cosas de usted y su labor patriótica. Un ejemplo para la juventud. ¿De qué conocía a Moré?

—¿Está trabajando inspector?

—No, confraternizo. Verá, usted conocía a Moré. Al día siguiente de entrevistarse con el abogado de Rigalt i Mataplana a Moré lo matan en su casa, y otra vez al día siguiente, asesinan a un confidente de Lifante y Contreras, amigos suyos. Trepidante... ¿no le parece?

El Trini prefiere escuchar a intervenir. Abre el sobre del buzón. Es una carta, escrita a mano, dirigida a Trinidad Ramalho Da Costa. Lee las cuatro líneas. Firma Biscuter. Vuelve a guardarla. El comisario Salmorejo remueve en la boca algún resto de comida.

—Acojonante, Méndez, ya no hay policías como los de antes. Y su conclusión es…

—Que la frase “ya me encargaré yo de que se calle” le sienta como un traje, comisario.

Hace Méndez ademán de dirigirse al camarero. El Trini se adelanta.

—Acompáñeme Méndez, el comisario tendrá cosas que hacer. Quiero enseñarle algo.

Las alturas de Vallvidrera afectan los pulmones de Méndez. Tose y maldice a la vez. Ha subido en autobús y no pone inconveniente a Ramalho para que lo devuelva a su hábitat de animal en peligro de extinción. Ramalho le pasa el papel, Méndez enciende un puro y lee.

—¿Plegamans sabe escribir? ¿Port Bou? ¿el memorial de Walter Benjamin? No quiero suicidarme, joven. Soy alérgico a las playas y a las fronteras.

—¿Viene o no? Voy para allá.

—¿Ramalho ha dicho que se llama? Oiga, no viajo con desconocidos...de acuerdo, haré una excepción. Hace ya más de media hora que lo conozco. Una vieja amistad nos une. Pero no se propase, con esta pistola maté a Liberty Valance.

Frente a la cala de Port Bou, en el memorial de Walter Benjamin, espera un hombre de mediana edad, fumando algo que huele a hierba.

—Salud, inspector Ramalho y la compañía. Soy Patrick Duluc. Me envía Monsieur Plegamans.

Méndez mueve el humo con la mano, tose y enciende un puro mediado.

—Un petafumeiro. Mal empezamos.

—Ah, sí, excuse-moi, en cuanto acabe lo tiro. ¿Están ustedes al tanto de la inclusión de cette memorial en la literatura Carvalhiana? ¿no? C’est pas grave, no es necesario, el simbolismo es très francés. Como saben los papiers de Pepe Carvalho son muy buscados. Una parte está aquí, la carpeta de Salmorejo. A su disposición. À la prochaine.

Duluc entrega una memoria electrónica a Ramalho, se da la vuelta y se va, silbando por Mompou la cortinilla de Radio Nacional de España. De espaldas tira la colilla. Méndez no está conforme con la escena.

—¿Dónde cree que va? Oiga...haga el favor.

—¿Oui?

—Ni güí, ni güó. Documentación.

—Oh la la, les flics. Voilà.

—Francés ¿Eh? Mire, Mesié Duluc, o se explica en condiciones o duerme en comisaría hasta que abramos la cosa esa. ¿Entiende?

—Puede detenerme. ¿Y qué gana con eso? Rien du tout. Hay más carpetas. Si no le interesan…

—¿Dónde está Plegamans?

—He conocido a Monsieur Plegamans a París. Él me ha donné esto para el inspector Ramalho. C’est tout.

—Déjelo Méndez, ya le he tomado la matrícula. Au revoir Monsieur Duluc, à bientôt.

Ramalho y Méndez pasean por la escollera a modo de despedida. El Trini vuelve a Vallecas, puede que Asunción conteste a sus llamadas. Méndez también cree en los milagros.

—No pasará usted de inspector, Ramalho, no se meta en hipotecas. Llámeme cuando sepa algo.

—No se preocupe, lo tendré en mis oraciones.

—¿Qué va a hacer ahora? Tiene futuro, pero no se lo crea, todo consiste en pagar deudas y enterrar a los muertos, lo demás es una estafa.

—Creo que voy a comprarme una cometa. ¿Seguirá con lo de Moré y el confidente?

—Claro. Ya le digo, hay que enterrar a los muertos, si no, se enfadan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inútil escrutar tan alto cielo  XVI

 

 Los periódicos con olor a torrezno industrial que lee Méndez llevan meses hablando de crisis, burbujas financieras, hipotecas y préstamos. Hoy dicen que ha quebrado Lehman Brothers, uno de los más importantes bancos estadounidenses. El inspector ve venir bombas. Subirán el tabaco y el café. Habrá más de todo; desahucios, chulos, muertos en los portales, niños sin desayuno, emigrantes perseguidos, mujeres asesinadas. Méndez ya era viejo en el crack del 29, ha visto triles inverosímiles. Es lunes y está cansado. Visita en su despacho a la inspectora jefe Margarita García. Cómo cambian los tiempos, Méndez, qué te parece. Qué te parece, Méndez, cómo cambian los tiempos.

— Méndez, es usted una institución. ¿No han puesto una estatua suya con peana en el museo de la policía?

—Ya me gustaría, ya. Me dolerían menos los pies. ¿Tiene un minuto?

—Sea breve.

—El caso del abogado Moré. Lo llevan Lifante y Contreras. La víctima tenía relación con el comisario Salmorejo y los inspectores son sus amigos. No encuentran nada, ni lo van a encontrar.

La inspectora jefe se incomoda. Palabras de guerra. Coge papel y bolígrafo.

—Desarrolle, concreto y sintético.

—Me han adjudicado la muerte de un confidente de Lifante y Contreras. Tenía respaldo, abogados del centro, recursos económicos y protección policial. Me gustaría saber por qué. El Chino se ha llenado de gente preguntando por Carvalho. Ha habido muchas quejas, no puede uno prostituirse tranquilo.

Ha tomado nota la inspectora Jefa García. Deja caer el bolígrafo en la mesa y el papel en la papelera.

—No trabajo en asuntos internos, siga el cauce reglamentario.

—No puedo. Cada vez que lo intento se me sale la hernia.

—Se me ocurren dos preguntas, Méndez. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y ¿Por qué a mí?

—Verá...Soy lector de Alicia Giménez Bartlett. Su personaje principal, Petra Delicado, es policía y su modelo es usted, Margarita García, inspectora jefe. Lo dice La Vanguardia. Giménez Bartlett trabaja con la agencia Balcells.

Margarita García, inspectora jefe, se levanta, abre la puerta del despacho y pega un bocinazo.

—¡Petra!

Uno de los teléfonos que han encontrado en la agenda del Toto corresponde a Núñez y Muñoz, un despacho de abogados en el Eixample. Enfrente, en Calçats Torregrossa, una zapatería con minúsculos escaparates polvorientos, la discreta anciana a cargo del establecimiento informó a Méndez de sus dolores lumbares, lo desagradecida que es su hija mayor y de los vaivenes del negocio desde que lo heredó en 1971. Aportó algunos datos útiles: Muñoz es chileno, bajo, parlanchín, divorciado, maleducado y follarín. Se encarga de asuntos financieros. Núñez: español, cocainómano, larguirucho, chuleta, aficionado a las motos y soltero. Éste le interesó más a Méndez. Defiende a policías.

Esperó a la salida del despacho en la calle Mallorca y siguió al largo. Núñez andaba deprisa. Salió al paseo de Gracia y a los treinta metros dobló por la calle Provenza. Ahí Méndez perdió su pista, el resuello y la autoestima. Al día siguiente lo esperaba en la calle Provenza. En una semana consiguió el trayecto entero, setecientos metros, diez minutos andando. Núñez al salir del trabajo se dirige a diario al restaurante La Camarga, en la calle d’Aribau. Méndez decidió husmear, tirar la casa por la ventana e invitar al menú de treinta euros a la inspectora Petra Delicado.

  Comer en un restaurante del centro con una mujer de aspecto saludable podría destruir su reputación. El inspector es un abnegado profesional, está dispuesto a jugarse la vida por el bien común y probar el envoltini de queso brie, el rissoto, el cogote de merluza y los profiteroles. Convence a Petra Delicado de que lo acompañe y se ocupe de estudiar el local, cocina, despensas, servicios, reservados, oficina. Él se centrará en el personal. Llegan pronto, hay poca gente. Se acomodan en el enorme comedor principal y empiezan con un vermú. Hay varias salas privadas, una de ellas con proyector, una terraza con mesa para doce. Predomina el color blanco, abundan flores y plantas, madera, lamparitas, cuadros con paisajes de Absurdistán y platos de colorines. Poco personal. Petra se levanta y se dirige al servicio. La clientela es selecta. Méndez da muestras de una reacción alérgica, le sudan las manos, le falta aire, le duele la garganta. Núñez llega a la hora calculada. Petra Delicado se sienta y con un dedo en los labios manda silencio. Señala el centro floral y el candelabro. El inspector se da por enterado con un movimiento de cejas, duples altos.

—Es precioso papi, me tienes que traer más veces. Me encantan los sitios discretos y elegantes.

—Claro hija, claro. Cuando quieras. Con gente tan educada da gusto, parece un cónclave. Y mira pa ahí, qué tulipanes más hermosos.

Núñez ha entrado en un reservado. Méndez asoma la cabeza, el abogado está acompañado de un caballero.

—Disculpen. ¿Son ustedes los de pompas fúnebres?

Petra es, comparada con Méndez, joven y dinámica, puede encargarse de seguir al interlocutor. El inspector intercepta a un camarero que lo mira con pánico.

—¿A ti no te detuve una vez por robar una moto? Si dices algo te encalomo.

—Oiga, Méndez que no fui yo, que fue el Richi…

—Ni una palabra. Conozco a tu madre desde el concilio vaticano segundo.

La descubierta en el restaurante La Camarga ha sido un éxito descontando la diarrea del inspector. Petra Delicado ha identificado a un constructor en libertad vigilada, un narco a la espera de juicio, y un delantero centro defraudador. El elemento que ha comido con el abogado Núñez, al que ha seguido la inspectora, es un detective de la agencia Norma cuatro. Se dedican a grabar conversaciones en los reservados. En La Camarga hay más micrófonos que clientes.

   La inspectora Petra Delicado investiga a la agencia Norma Cuatro y su conexión con la policía. Grabar en La Camarga produce toneladas de información. Ella y el subinspector Fermín Garzón estudian los movimientos de los detectives. Descartando los encargos comunes, asuntos de cuernos y divorcios, estafas a seguros, desaparecidos o espionaje industrial, lo más habitual en su rutina son los encuentros con policías. Compran información ilegal sobre matrículas, movimientos de cuentas, domicilios o antecedentes. Incluye escuchas telefónicas sin autorización judicial.

—¿El inspector Méndez?

—Un momento...doce cincuenta, al café invita la casa. Niño, avisa al señor Méndez... Haga el favor de esperar, el inspector está dormido. Hay que despertarlo con una mascletá.

La descripción sonora de lo que escucha Petra Delicado no necesita mucha perspicacia. Se oye el tráfico, gritos, cafetera, cucharas, vasos, risas y tacos. Un bar de los que ya no quedan, mitad monte de piedad, mitad casa de socorro, mitad comida casera de casa-cuartel. Demasiadas mitades.

—Dígame.

—Inspectora Delicado. ¿Puede dormir ahí? ¿No tiene casa?

—Vivo aquí, es un remanso de paz, un monasterio. Usted dirá.

—He trabajado algo por mi cuenta, Méndez. Los de Norma cuatro graban a políticos y pasan la información a algunos policías. Es muy probable que estuvieran al tanto del encuentro en el Palace de Moré con el abogado de Rigalt i Mataplana.

—¿Qué policías?

—Los clientes de Núñez y alrededores.

—¿Contreras y Lifante?

—Podría ser. Estamos en ello.

   Méndez cuelga y llama al Trini. Se ponen al día. El inspector ha tardado meses en descifrar la información entregada por Duluc sobre Salmorejo y en revisar el material de Vallvidrera, matrículas, signos exteriores, posibles conexiones. El resultado es un esquema complejo y recurrente, la ruta de la pasta. Nombres, países y toneladas de mierda cruda. Una banda de comisarios jugando a espías metidos a empresarios con aspiraciones políticas. Moriarty. Para evitar la esquizofrenia y pensar en Asunción, el Trini llama a Toni Romano y se acerca a Lavapiés.

     Lo primero que se les ocurre a los dos exboxeadores, es subir al ring del último gimnasio sin letreros en inglés, y hacer unos guantes pedagógicos, amistosos. Una conversación a puñetazos contenidos. Es temprano, huele a linimento, lejía y Ducados. El encargado del local, un politólogo experto en relaciones diplomáticas conoce a los dos. Esto no me lo pierdo, el abuelo fajador contra el nieto estilista. Toni está vivo, mantiene los reflejos. No aguanta el baile del Trini que le saca dos cabezas y quince kilos. Un asalto corto, ceremonioso, un vals. El premio, unos valdepeñas en un bar sin ruido y un purito para Toni.

—Mira Ramalho, estoy harto. De Salmorejo, de Carvalho y de la madre que parió a los escritores.

—No te hagas el viejo. Me enganchaste una en el hígado que me va a doler una semana.

—Te tapas mucho la cara. Es lo que soléis hacer los policías.

El Trini arma una guardia baja. Marca la distancia.

—Hace mucho que dejaste el cuerpo. Ya no echan a los polis rojos.

—No me echaron, me fui. Los polis sois siempre iguales. Garantes del orden de mierda.

—Del desorden, Toni, olvídate del siglo veinte.

—No me olvido de nada, nunca. La memoria sirve para que no te hagan dos veces el mismo truco. ¿Qué quieres?

—Ayuda.

 

   El restorán La Camarga es la ostia, Méndez. Limpiar está muy mal pagado, el convenio es una birria, siete euros la hora con suerte. Y una se tiene que hacer la tonta, ni ve, ni oye, ni entiende. Mi hijo será lo que sea, pero es un cacho de pan, se lo juro. No, el paquete no era suyo, era de un amigo, si lo sabré yo. El Richi que siempre ha sido un sinvergüenza. No me entienda mal, comisario...Bueno pues inspector. Usted es buena persona, un poco cabrón, sí, pero eso va en el oficio, qué quiere que le diga. Hágame un favor, yo se lo pago. Se entera una de muchas cosas y ya sé que a usted le gusta que se las cuenten. No, gracias, más anís no. No necesita que me mame para que hable, ya voy yo solita. No, beba usted, comisario, no me molesta. Eso, inspector, perdone. ¿Sabe quién estuvo cenando el otro día? El ministro del interior. Sí, Rubalcaba. Con jefazos de la policía y políticos de mucho mando. ¿Me va a ayudar entonces? Se lo agradeceré toda la vida, comisario. No, ya verá como de esta lo ascienden. ¿Sabe de qué hablaron? Claro, como lo va a saber. Pues de cosas feas de Pujol, alguien quiere detener a su hijo, por lo visto tiene trapicheos. En la cocina se comentó mucho. Ah, y también hablaron de ese que está tan de moda en el barrio, Carvalho. Sí, ese, Pepe Carvalho.

 

  No se atrevieron a matar al Trini. Entraron en su casa, se lo llevaron todo, le dieron un palizón. No puede hablar, ni abrir los ojos hinchados. Está ingresado en el Gregorio Marañón. Tiene al lado a Asunción, la mandíbula rota, collarín para las cervicales y los pulmones encharcados. La enfermera cambia la vía y el gotero. Tiene visita. Toni no sabe qué decir, no dice nada. Solo saluda. Quiere dejar constancia de que está allí. Lleva en el bolso la Gabilondo.

  Tonia no ha podido olvidar a Carvalho. Él o alguien, se ha encargado de eso. El día que cumplió veinticinco años recibió un paquete con matasellos de San Juan Chamula, Chiapas, México. Un libro en blanco y un mechero. Le hizo gracia. Le hubiera gustado poder contestar: Señor Carvalho, la cultura es el cultivo, y sin cultivo no hay alcachofas. Las alcachofas no tienen contenido hipócrita. Se cultivan las formas de hacer las cosas. Las diferentes formas de reproducir, en cada momento y lugar, la vida en común. Estaba embarazada.

 

 

 

 

 

 

 

Venden sentido común XVII

 

    Kostas Jaritos, comisario del orden, del desorden, o de lo que toque, sale de casa con un humor mejorable después de discutir con Adrianí lo que ha dicho la televisión sobre su último caso. La bolsa en Atenas se ha desplomado, el tráfico está peor que nunca, es invierno. La prensa afín al club de fútbol Panathinaikos denuncia la venta fraudulenta de un jugador del AEK, el equipo rival, al F.C Barcelona. Un reportero del Athlitiki Icho ha escrito: “Nada tendría de particular el fichaje de Georgios Habilidosiou por el equipo catalán si la astronómica cantidad pagada por el delantero centro juvenil no estuviera avalada por una entidad financiera panameña investigada en catorce países”. Georgios, un muchacho de quince años, es el primer sorprendido después de marcar un gol en cuarenta partidos. Era reserva en el equipo de su pueblo, en Anatolia central. Todo quedaría en un lio entre los dos equipos de la capital si no hubiera llamado un ministro al general de brigada Guikas. El intermediario, Mr Cooplan, un estadounidense con residencia en Amsterdam, ya ha cobrado un diez por ciento del traspaso. Intervienen bancos de Londres, Las Bahamas, Guam, Gibraltar, Andorra, Luxemburgo, Hong Kong, Macao y Delaware. El AEK ha anunciado su intención de gastar el dinero recibido del Barcelona en reforzar el equipo con un jugador del Real Madrid. Tres detalles no cuadran, el jugador tiene cuarenta años, está recién operado de la rodilla y su representante es el mismo, Cooplan. El Real Madrid pretende pagar con ese dinero la cláusula de rescisión que el Barcelona ha estipulado en el contrato de Georgios Habilidosiou. Nadie entiende nada. El comisario Kostas Jaritos tampoco. Un dinero sale de Barcelona y vuelve a Barcelona. Por el camino desaparecen millones de euros. Por un momento Jaritos piensa en hablar con Petros Márkaris. Además de escritor de policiales es economista. Petros Márkaris prefiere que Jaritos lo descarte y siga leyendo periódicos deportivos. Georgios Habilidosiou declara que nunca había soñado con jugar en el Barcelona, ni muchísimo menos en el Madrid. Quería ser médico. El ojeador del Barça que contactó a su representante, Cooplan, se inscribió en el hotel Titania con un DNI a nombre de Bouvard Larios. Salió de Atenas en un vuelo rumbo a México. Kostas Jaritos, consta en los ordenadores del gobierno, pidió en su momento información sobre alguien llamado Bouvard. Éste individuo, en compañía de otro, Pecuchet, cometió varios delitos en Grecia en 2002.

—Pepe Carvalho. Bouvard es la identidad falsa que utilizó al cruzar el país.

En el expediente Carvalho, que Jaritos estudió en su día, figura la prolongada estancia en Amsterdam del entonces agente activo de la CIA.

    Tonia está de gira, hoy toca Jaén. La música, el lenguaje más internacional, no necesita traducción. Tonia montada en el violín no ha parado de viajar. Es caprichoso el azar. Al volver de México pasó unos meses malos, traducciones al peso mal pagadas, la idea desasosegante de preparar una oposición, ensayos desagradables con músicos soberbios. Uixi Amargós, la violinista titular en la banda de Joan Manuel Serrat, la llamó un día, necesitaba una sustituta para ocasiones especiales. Tonia conocía el repertorio. Par coeur, diría Duluc. De memoria, de corazón. Hizo una prueba, el pianista se arrancó con el “Romance de Curro el Palmo” y Tonia la bordó. Al terminar se le saltaban las lágrimas. Serrat susurró pot valer con sonrisa de marinero y brillo de resina en los ojos. La incorporaron de segunda violinista. Gracias a la vida, to life. A la Nuri le encanta Serrat y llora en los conciertos a los que va invitada con la elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. Tonia le contagió el vicio de la poesía y la convenció para que se matriculara en la universidad a distancia. El día que Osorio llegó con los papeles y pudo salir a la calle, la Nuri también lloró. Lo primero que hicieron fue recorrer el parque. Los críos daban voces, la gente mayor parlamentaba sentada en los bancos, transeúntes de paseo recogían las cacas de sus perros. La Nuri estuvo feliz, un minutito, un instante. Oyeron de lejos, otra vez, cantar al Faliyo. Se levantó el levante y volaron un par de bolsas de plástico.

  Esa noche Malik compró el mejor faláfel de Badalona y cenaron en los columpios de la playa. Contento por su prima, más callado que de costumbre, había dejado el sindicato. Dio una sola explicación, la fiesta era de la Nuri. La viuda del Bambi ha ascendido, ahora es directora de la multinacional y pareja del nuevo secretario general, el que sucedió a su marido muerto. Más que amor, frenesí. Malik rapeo con rabia sincopada unos pocos versos. Se le pasó el desencanto, volvió a su natural de calma paciente y llevó con la moto a la Nuri a recorrer la Barcelona de las luces, los arquitectos y los restaurantes, en una noche de abril.

    Un Salmorejo expansivo y cordial expone a los reunidos los pasos a seguir. Coches oscuros de alta gama en el aparcamiento. Canapés, jamón, lechazo y ribera del Duero. Hay que anular al mierda seca del Carvalho, trabaja para los catalinos y tiene material inflamable. Asisten un senador, un subsecretario, un juez de la audiencia nacional. Programan la recluta de aliados. Por arriba necesitarán más jueces, empresarios, fiscales, militares. Por abajo periodistas, policías, soplones, y matones.

  Nota de inteligencia: elaborar un listado completo de figuras públicas, fundaciones, asociaciones y empresas relacionadas con los nacionalistas para vigilancia o infiltración. El círculo de Pujol, Esquerra Republicana, extrema izquierda y sindicatos son objetivos prioritarios. Se deben contrarrestar los medios de comunicación públicos catalanes. El Fútbol Club Barcelona tiene un alto valor simbólico, desgastarlo tendría un efecto desmovilizador. Es necesaria una provisión de fondos.

   Se lo juro Mémdez, ha sido él niño el que me ha dicho, madre, dígale al comisario...qué más dará, no se ponga así, que se le van a salir las tripas, bueno eso, dígale al inspector que la novia del hijo de Pujol le estuvo contando a una política famosa que llevaban a Andorra mochilas llenas de billetes de quinientos.

    Por mayo, como en el resto del año, los pájaros de Barcelona trinaban, cagaban las palomas, las gaviotas robaban a los turistas y divinas ratitas surcaban las aguas subterráneas. La Nuri acababa de limpiar el portal de los jueves en el centro y no entendía el jaleo en la plaza de Cataluña. Preguntó al vendedor de cupones. No sé, dijo, no sé, una manifestación. Había mucha policía, pancartas y tiendas de campaña. El metro la llevó a San Roque en media hora, hacía calor. Mientras preparaba la cena, pasta con atún, la televisión hablaba de protestas e indignados. Todos los políticos son iguales, gritaban los acampados, que se vayan todos. A la Nuri no le parecían todos iguales. Por noviembre hubo elecciones que ganó la derecha. Los pájaros de Barcelona no dijeron ni pio y la Nuri vio festejar a los que decían que había venido a quitarles el trabajo.

   Como se lo cuento Méndez, el ministro del interior nuevo, el Fernández ese, el del opus, almorzó ayer en el restorán con el jefazo de la policía y un montón de comisarios. Está Barcelona con eso de la reunión de no sé qué banco europeo que no se puede ni andar. Méndez está al tanto. Hay manifestaciones, arden contenedores. Los comisarios más amargados están de los nervios. Petra Delicado se ha vuelto a divorciar. Conociéndola no le extraña. Tampoco le extrañaría que se volviera a casar. Méndez la visita en su casa del Poble Nou. La policía judicial ha entrado en la sede de Norma cuatro y se han llevado todas las grabaciones de la Camarga.

  El Lechuga entró en el portal de madrugada. Una voz le dio las buenas noches a oscuras. Lo reconoció cuando su cara se iluminó al encender el mechero y el puro. Méndez, claro.

—Hola, chaval.

  Josito, el Lechuga, no supo qué contestar. Encendió un medio porro que llevaba en el bolsillo. Echo el humo por la nariz y se limitó a esperar. Intercambiaron humos unos segundos y Méndez disparó.

—¿Quién pagó la boda de tu hermano?

—No sé. No me acuerdo. ¿Por?

—Es que hay quien dice por ahí que la pagó el Toto.

—No sé quién es.

—Algo habrás oído. Uno que mataron a la puerta del Jupiter.

—Ni idea. Salgo poco.

—Lo mataron con un destornillador. Llevaba pasta encima y no se la quitaron. ¿Quién haría eso?

—No sé. Un electricista.

—¿Vendiste la Play?

—No. Se jodió.

—Tu hermano sí conocía al Toto.

El Lechuga se metió la mano en el bolso. Méndez apretó el interruptor de la luz.

—No seas idiota. Matar a un policía es lo que te faltaba.

El Lechuga sacó la mano del bolsillo con el paquete de tabaco. Fumar mata.

—No, no soy idiota. Y usted tampoco. Ha venido solo y no me ha detenido. ¿Qué quiere?

—Avisarte, chaval. No os salgáis del carril. Dile a tu hermano que el abogado tenía una hermana. A la mínima que metáis la pata vais para dentro los dos.  

—El Toto era un hijo de la gran puta.

—Las putas no tienen culpa de nada, déjalas en paz. A mí me preocupan los asesinos. Que no se te olvide; vive y deja vivir.

  El inspector salió del portal, respiró un aire familiar y le salió un gesto de fastidio al leer en la pared de ladrillo un pareado adolescente, un anuncio. Coca y keta, voltereta.

   A la misma hora en los Madriles, Antonio Carpintero, más Toni Romano que nunca, recapitula comiendo un bocadillo en la calle del Acuerdo después de una partida de póquer y antes de dar el siguiente paso: El comisario Salmorejo bajo una identidad falsa y Litle Nicholas, se entrevistaron con Javier De la Rosa. Los datos son concretos: Banco Lombarde de Ginebra, rue de la Corraterie. Los Pujol tienen 137 millones de euros en Suiza según la policía. Ese fue el titular del periódico elegido por Salmorejo y el ministerio del interior que desató la guerra. Salmorejo llamaría a eso “cambiar la historia de Cataluña”. El director adjunto operativo de la policía, DAO, pasa a la prensa un informe de la UDEF, unidad de delitos fiscales, sin firma y sin sello. Unos días después el director general de la policía y el banco desmienten el informe. El expresidente Pujol salió en televisión para hacer una pregunta:

—¿Pero qué coño es esto de la UDEF?

   Un agente del CNI, Osorio, envió un sobre anónimo al juzgado con extractos de las cuentas de Salmorejo en Panamá. El comisario recibía dinero de un gobierno extranjero, el guineano. La policía no parecía interesada en la historia que involucraba a Salmorejo, la guardia civil sí. La presencia de Carvalho en Malabo, la capital de Guinea, ojeando al portero bizco del Atlético Semu y sus encuentros con Osorio, movilizaron a la benemérita.

   Tonia con el carrito de la niña, vuelve los sábados a casa de sus padres en la calle de la sal. La librería de Paco Camarasa y Montse Clavé, cerró. Tonia infla un globo e imagina el caso. El mercado, un asesino de mano invisible, acabó con “Negra y criminal”. Las multinacionales ametrallaron el pequeño local en la calle de la Sal el día de San Valentín. No parecía un accidente. Se acabaron los sábados alegres con mejillones en la librería, nada quedó de aquello, se acabaron las charlas, “los geranios se agostaron en cenizas amarillas”.

   La jefa, Carmen Balcells, que le cambió la vida a Tonia dos veces, al contratarla y al despedirla, murió sin encontrar a Carvalho, sin llegar a un acuerdo con Wilye el chacal y sin vender la agencia que pasó a dirigir su hijo. La mayoría de los autores la lloran. Manuel Vázquez Montalbán, Daniel Vázquez Sallés y Carvalho no, los tres dejaron la agencia. Kissinger sobrevivió a la superagente, vivió cien años. La niña de Tonia pide brazos cansada del carrito.

         “ha sido entonces.

           ha sonado la trompeta y se ha echado a llorar”,

    Nunca creyó que vería lo que está viendo en directo en el informativo mientras Aldo prepara el biberón y Nana fríe patatas. Se cortó de cantar “Mi Jaca” a gritos, le había costado sus buenos paseos por el pasillo dormir a la niña. No había coñac en casa para brindar por Moré, se apañó un vino frío con gas. Era noviembre de 2017, un mes después del referéndum de independencia de Cataluña, Salmorejo entró en prisión. Tres presos lo esperaban, eso no lo televisaron. Habían recibido un cargamento de ibéricos, cartones de tabaco, golosinas y una transferencia. Bebieron alcohol casero de fruta fresca a la salud de Toni Romano. El comisario tenía pendientes decenas de juicios, los fiscales pedían centenares de años. El New York Times le dedicó un artículo en el que repasaba sus aventuras. Llenó portadas, programas de radio y televisión, compareció en el senado y en el congreso. Lo utilizaron todos, explicaba una cosa y la contraria, metía citas literarias con calzador en sus declaraciones y dijo que en el talego intentaron envenenarlo. Toni Romano, recuperado del ictus, se descojona en el sillón de la terraza al sol de Málaga. No le dura mucho, sabe de primera mano cómo funciona el cambalache, el mercado amigo y enemigo. Se caga en todo. Cargado de asco y hartazgo murmura; “España es un país siniestro de ladrones”.

    En Roma, Andrea Camilleri enfermo y casi ciego, recuerda a Jordi Pujol. El expresident que aparecía en los papeles de Carvalho había vuelto a escena para abroncar al parlament y avisar a quien se diera por aludido, en otra sesión histórica: “si se toca una rama, caen todas y todos los nidos”. Oído cocina, mensaje a todos los pájaros de Barcelona y de Madrid. Diez años después, en Atenas, Petros Márkaris reconoce en la foto al anciano Pujol. Tiene noventa y tres años y alzhéimer. La fiscalía le pide nueve años de prisión que nunca cumplirá. No se acuerda de nada, señor juez.

   En la Barcelona negra de 2018 murió Paco Camarasa y Carvalho, el detective más o menos anarquista, de seguir vivo, rondaría los ochenta años. Un jubilado achacoso cocinando pescado hervido, no es lo que quiere la editorial Planeta. Tuvieron una idea, “Carvalho: Problemas de identidad”. La novela que publicó Carlos Zanón por encargo estaba contada en primera persona, el narrador era Pepe Carvalho. Una noche de lluvia y Tom Waits, a las dos de la mañana, a punto de quedarse sofrito en el sofá bebiendo una película con Heineken, llamaron a su puerta. No había abierto el portal, el volumen de la televisión no estaba alto. Esperaba una cara conocida, un vecino. Tenía enfrente a un repartidor de comida con un chubasquero rojo y una caja de cartón. No había pedido nada.

—Bona noche. Aquí tiene. Adiós.

—No, no. Se ha equivocado.

—No, no. Zanón, aquí. Adiós.

—¿Qué es esto?

—Esto para Zanón, tú Zanón. Zanón nunca abre buzón. Adiós.

  No pidió dinero y salió corriendo. Carlos Zanón olfateó con la puerta en la mano. Olía a tortilla de patatas. Al abrir la caja no se sorprendió, tortilla de patatas, jugosa y recién hecha. Ser famoso, lo famoso que puede llegar a ser un escritor de novela negra, tiene estás cosas. Un programa de radio nocturno, un cibergilipollas, un humorista o cualquier cretino, le había elegido para pasar el rato. En la cocina tiró la caja a la basura. El timbre otra vez, el repartidor.

—Come.

—Oiga…

—Come tortilla. Hace Biscuter. Bona noche.

Hace Biscuter, dice, no te jode. Los de la editorial. En la caja, debajo de la tortilla, un móvil y un mensaje escrito con letra infantil: mira en el buzón. Puso hielo en un vaso y añadió un chorro abundante de algo fuerte. En la película una monja con llagas se convertía en murciélago, las paredes sangraban y una niña rubia daba cabezazos al suelo en un desván, al lado de una oveja. Se puso la bata y las zapatillas, cogió las llaves y siguió las instrucciones absurdas. Encontró un paquete con una etiqueta; “Carvalho: problemas de identidad”. Doscientos folios escritos a mano. Leyó de un tirón, tres cuartos de botella, intentando reconocer el estilo, poner nombre al autor. La habitación empezó a salirse de su eje, el sofá le llamó por su nombre, la luz del día le cerró los ojos, los párpados pesaban dieciséis toneladas. Sonó una melodía ridícula, el Huawei.

—¿Carlos Zanón?

—...Puede. ¿Quién es?

—¿Le ha gustado?

—Mucho. Pero la prefiero sin cebolla.

—Pensé que siendo usted poeta, le gustaría. La cebolla es escarcha...la cebolla es escarcha...La cebolla es escarcha.

—Cerrada y pobre. La cebolla es escarcha, cerrada y pobre. ¿Le importaría decirme quién es?

—Da igual. Quiero la mitad de los beneficios, sin contrato, en efectivo, un solo pago. Le avisaré del cuándo y dónde.

—Necesito dormir. Llame en otro momento.

Carlos Zanón puso la cabeza en el cojín, encontró una patria mullida y el universo se lo tragó.

   Carlos Zanón observa la puerta tomando una cerveza sentado en el Oz Blues Bar, un local de música en directo entre el restaurante pakistaní Punjab y un bazar de todo a euro, en el carrer Nou. Es temprano, poca gente. Un grupito alterna las visitas al lavabo. Canta Ray Charles por la mañana, en el calor de la noche. El escritor sigue sin tener claro qué pinta allí, la voz del teléfono le ha dado indicaciones. El tío que se dirige a su mesa, después de mirar a través del cristal, tiene pinta de guiri. Es francés. Le ha dado tres besos y ha pedido pastís. Se presenta como Patrick Duluc, su castellano suena a varios veranos en Alicante y asegura ser un negociador.

—¿En nombre de quien negocia usted?

—Del señor Plegamans, naturellement. Un caballero exceptionnel gran amigo mío y un chef mágico.

—¿Plegamans? ... ¿Biscuter?

—Don Josep Plegamans Betriú, un catalán universel. Antes conocido como Biscuter, en effet.

Duluc puede ser un actor, un chiflado, un fan de Carvalho, miembro de una secta catara, un mafioso marsellés o un cocinero con ocho estrellas Michelín. Ha recibido un texto, luego puede ser escritor. Los escritores pueden convertirse en todos esos personajes a la vez.

—¿La novela es suya?

—Oh, no, no, no, bien sur que no. El autor es el famoso exdetective Carvalho. Monsieur Plegamans es su agente littéraire. Yo soy un delegado. ¿Le ha gustado la obra?

—Mucho. Tiene ritmo, es creíble, cumple con el género sin tópicos y mantiene el interés hasta el final. Es el trabajo de un profesional, no parece una primera novela. Mire, Duluc o como sea su nombre, no creo nada de lo que dice.

—La verdad, cher ami, está sobrevalorada. Lo que digo va plus loin de la verdad, hablo de un milagro. Pepe Carvalho es un excelente narrateur y se ha dado cuenta de algo douloureux para él, ha estado muchos años trompé. Los libros sí ayudan a vivir, surtout al escritor. Contar parte de sa vida ha sido fácil para él, la contó muchas veces al Escritor. Es una histoire antigua, c'est clair, pero lista para publicar. No le negaré quelque chose, también es una venganza personnel del señor Carvalho contra Vázquez Montalbán.

  A Zanón le da pereza entrar en una charla sobre verdades, milagros y venganzas. Prefiere acercarse a la barra. Pide más cerveza y otra palomita para Duluc. La anterior se la ha bebido de dos tragos, dividiendo el vaso en mitades exactas. En el aire B.B. King se queda a vivir en una nota. Al volver con las consumiciones Duluc le invita a fumar en la calle. El francés enciende un cigarrillo perfectamente liado y un olor picante a polen bueno hace volverse a los transeúntes.

—La novela negra, la série noire, la inventamos nous los franceses al terminar la deuxième guerre mundial. Literatura de quiosco, Black Mask, autores norteamericanos, cultura populaire. También la expresión film noir es francesa. El western representaba la tradición, la épique del nacimiento de una nación, John Wayne, les republicaines. La novela urbana était social, nocturna y crítica, Bogart, les demócrates. El cinema, una invención francesa, al llegar a Hollywood, descubrió a los americains la izquierda y la derecha, otro invento francés.

—Estamos en Barcelona, señor Duluc, en lo que fue el barrio chino, esto no es un café de París. Si intenta colar esa parrafada a cualquiera de por aquí le apuñalan, le quitan los porros y le tiran a un contenedor. ¿Qué quiere?

—La mitad de tout. Ya se lo dijo el señor Plegamans por telefón.

— Si me presenta a Biscuter y a Carvalho le doy lo que quiera.

Un hombre con sombrero de ala ancha, abrigo azul, corbata amarilla, gafas y bigote canoso se acerca. Abre los brazos como forma de saludo y arruga la nariz.

—¡Coño, Carlos ¡¿Qué haces aquí?

—Andreu...me alegro de verte. Ya ves, tomando algo con este amigo. Os presento, Andreu, Duluc. Duluc, este es Andreu Martín, un escritor.

—El autor de Cabaret Pompeya, Prótesis, Barcelona conecction y el blues del detective inmortal, un honneur y un placer, monsieur Martín. Su obra es tres estimé en Francia. Le ruego acepte una invitación ¿Qué quiere tomar?

—No, no gracias, invito yo. El bar es mío. Lo inventé para una novela. Era de un traficante, un personaje. Se quedó vacío y me lo quedé. Pedid lo que queráis está todo pagado.

Duluc hace intención de pasar el petardo a Andreu Martín y le interpela como si fueran viejos conocidos, cómplices en un delito. Andreu Martín niega con un gesto.

—Plegamans y Carvalho disfrutaron mucho de su libro, monsieur Martín. Se sienten tout a fait identificados con sus personajes, aunque haya changé los nombres. Diré, para su información, que mi queridísimo amigo el chef Plegamans a eté declarado inocente de todos los cargos por el asesinato, simulado como usted sabe, de Pepe Carvalho.

—Hace quince años que escribí esa novela. Era un homenaje a Montalbán, sin paliativos. Pepe Orvallo y Cuatro Latas intervenían en un caso de María de la O Zabala, la pianista de jazz que entonces tenía este local alquilado al tío Reyes, un capo local de la cocaína.

Zanón rechaza el ofrecimiento del francés, una chusta inaprovechable, e interviene.

—¿Zabala la de “El signo de los cuatro”? Eran buenos, los vi en la semana negra de Gijón. ¿Qué historia es esa del asesinato de Carvalho?

—Lee la novela, ya no me acuerdo. No puedo quedarme. Vais a decir que estoy loco, pero tengo un soplo, un atraco dos calles más abajo, en cinco minutos. Encantado de conocerle señor Duluc, nos vemos Carlos, salud.

Desaparece Andreu Martín y Zanón vuelve al negocio.

—Usted decide, Duluc.

—D’accord. Haremos una video conférence. ¿Mañana a midi?

—Si midi son las doce, me viene bien.

—Pues brindemos, cher amí. Pour la vie.

  Podría ser Biscuter. Vázquez Montalbán lo describe tal cual lo está viendo Carlos Zanón en la pantalla del Huawei, descontando las arrugas. Han pasado dos décadas desde su última aparición en “Milenio”. Carvalho no quiere ser visto. Se escucha su presunta voz. No existen descripciones suyas, alguna muy somera, y dado que no hay posibilidad de comparación, no se muestra a la cámara. Zanón ha pasado la noche preparando un cuestionario al que solo podría contestar Biscuter. No falla una y se extiende en las respuestas sin titubeos. Zanón ha releído la novela y le extraña un episodio.

—¿La novela es verídica, verosímil o de ficción?

Contesta Carvalho al que se escucha encender un mechero y aspirar el humo de algo fumable, cigarrillo, puro o pipa.

—Es como las de Vázquez Montalbán, pero en primera persona. En vez de contarle una historia para que él la maquille y me las haga pasar putas, cuento lo que pasó. Me permito alguna licencia, pequeña, para proteger algunas identidades. Eso es todo.

—Biscuter gana Máster Chef. Eso es creíble, aunque sea mentira.

Biscuter protesta, se declara ganador de la última edición del programa.

—Claro que gané. En la edición de un país más grande y con más cultura gastronómica que España. No diré cual, ni dónde. No quiero una legión de seguidores con mandil llamando a mi puerta. No nos despistemos. O le interesa la novela, o no le interesa. No hay vuelta de hoja.

—No tiene sentido que acepte, estaría siempre en sus manos, podrían extorsionarme. Entregaré el borrador en Planeta y diré quién es el autor. Una novela escrita por Pepe Carvalho tiene un valor incalculable. No quiero nada.

—Que no, coño, nosotros no existimos. ¿Cree que Pepe Carvalho puede poner una denuncia por violación de los derechos de autor? Lo único que queremos es una retribución para Pepe sin campañas de promoción, fotos, periodistas, firmas en ferias o charlas en auditorios. El jefe siempre tuvo miedo a la vejez. Es viejo desde hace años ya y tiene sus achaques. Eso no le ha cambiado tanto como creía. Sigue siendo un empecinado. Con mis negocios puedo mantenerle a cuerpo de rey, aunque viva cien años, pero no quiere, es muy orgulloso y todavía tiene ingresos, no crea. Además, está la señorita Charo que se merece lo mejor y se ha ganado el cielo, la galaxia y el universo. Mire, usted publica el libro con su nombre y le pasan a recoger en helicóptero, le vendan los ojos, le traen a nuestro castillo alquilado todo el verano en montañas cercanas y le cocino cojones de periquito con salsa bechamel. Ahora recuerde su promesa, no puede volverse atrás. Dijo que si éramos presentados usted cedía todos los derechos y apoquinaba la totalidad de las ganancias. Cumpla su palabra o le mando a Duluc para que le explique la revolución francesa y le lea la enciclopedia.

Abrumado, Zanón recuerda su primera juventud. Las novelas de Carvalho eran un referente mestizo de cultura popular y cultura universitaria. Describían un mundo y un país, una evolución de la sociedad. Detecta en el presente una amnesia inducida, una revisión de las lecciones históricas, la manipulación de los hechos realmente ocurridos.

—No, por favor, Duluc no. Acepto.

   Mañana madrileña, septiembre. Maruja desayuna en la cocina. El fisio no puede venir. Pretende leer tranquila la prensa, no hay manera. Cierra la red, las redes, y abre el correo, tiene una invitación de los organizadores de la Semana Negra de Gijón. Adora esa literatura. Una característica de los escritores de novela negra en la lectura marujiana de Manolo, el italiano, el griego o Paco González Ledesma, es “la necesidad de estar deprimidos, de ver ¡oh! El horror de la vida. A los personajes todo les sale mal. Carvalho no está enamorado de la puta sino de una rubia estúpida que le pone cuernos. La única que consigue animar a su detective, Brunetti, es una mujer, Donna León”. Cree que las mujeres son mejores conocedoras de la naturaleza humana. Irá a Gijón. Tiene un mensaje de Tonia Calógero. Contesta. Sí, pueden verse antes de ir a Gijón. Sí, estará Marieta, Charo también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Verano y humo (XVIII)

 

   El comisario jefe de la policía de Gijón, Alejandro M. Gallo, maragato, es licenciado en filosofía, ciencias políticas y ciencias de la información. Oficial del ejército, escritor, creador de Trinidad Ramalho y medalla al mérito policial. Cada verano desde que se desarrolló la iniciativa de Paco Ignacio Taibo II en 1987, se celebra en la ciudad bajo su jurisdicción un festival de asesinatos, extorsiones, secuestros y redadas: La Semana Negra. Los escritores herederos de Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Chester Himes o Simenon, se juntan al borde del Cantábrico a comer sin discernimiento, presentar libros e intercambiar nuevas técnicas para investigaciones imaginarias. Paco Ignacio Taibo II nació en Gijón y llegó a México con diez años. Sus pinches compañeros de escuela le decían que hablaba como Marisol. Este año cumple cincuenta el primer libro de Carvalho. Hace veinte que Montalbán dejó de escribir. Los organizadores han invitado a decenas de escritoras y escritores, periodistas, músicos, pintores, fotógrafos, cineastas, cocineros, feriantes, artesanos y autoridades. Se venderán los cachopos por metros cuadrados, la sidra por barriles, les fabes a calderaes, habrá libros a euro, noria gigante junto al Cantábrico, tren de la bruja y tren negro para ir a Mieres. Juego, arte y fiesta una semana entera. Una mímesis de la revolución.

  Salmorejo a sus setenta y cinco años, ha pasado tres en prisión preventiva sin fianza. Está en la calle. Tiene pendientes unas cuantas macrocausas. La fiscalía pide condenas que suman siglos. Pretende recuperar su archivo, defenderse haciendo lo que sabe hacer. Él lo llama negociar, para los jueces tiene otro nombre. Le han quitado el pasaporte y debe presentarse en el juzgado todos los meses. Lo vigilan. La mayoría de los comisarios salvajes están jubilados, condenados, presos o muertos. El ministro que les daba cobertura y los subordinados que sujetaban el paraguas esperan también sus condenas. Le quedan algunos incondicionales a la espera de volver a los buenos viejos tiempos de la barra libre. El excomisario ha pregonado su enfrentamiento con el director del Centro Nacional de Inteligencia. Envía mensajes en titulares de periódicos, amenaza. Habla de órdagos en un lenguaje de otro tiempo, ya casi nadie juega al mus. Necesita a cualquier precio recuperar su arma favorita, las grabaciones, los documentos. Por eso ha instalado el cuartel general en el Hotel La Reconquista de Oviedo, días antes de la inauguración de la Semana Negra. Se aloja con otros tres excomisarios dispuestos a todo por la pasta. Les ha prometido una fortuna si cazan al hijoputa del Carvalho. Lo culpa, sin pruebas, de todos sus males. A Stewart y Litle Nicholas les ha buscado un hostal en Lugones y recomendado el menú del día en La Panoya. Tienen la función subalterna de grabar los actos públicos de la semana. Acaban de enterarse de que se transmiten en directo y pueden ver todo desde la habitación del hostal, bebiendo cervecitas. Más complicado será grabar todas las comunicaciones posibles de la lista de asistentes bajo vigilancia: Ramalho Da Costa, Petra Delicado, Antonio Carpintero, Kostas Jaritos, Salvo Montalbano, Conde, Belascoarán y el zurdo Mendieta. El inspector Méndez, a punto de cumplir más años que Kissinger, se ha disculpado alegando alergia a los congresos. Los comisarios han introducido informantes con orden de vigilar a los escritores invitados: Maruja Torres, Juan Madrid, Alicia Giménez Bartlett, Carlos Zanón, Andreu Martín, Leonardo Padura y Elmer Mendoza. Para Tonia Calógero y Simón Mendiño han elegido a lo mejorcito de la hornada recién salida de la academia. Provocadores mezclados con el público tienen la misión de entorpecer los actos. Harán preguntas farragosas en las charlas para evitar que hable el ponente, sabotearán los equipos de sonido y montarán peleas.

  Alejandro M. Gallo controla Gijón desde la moderna sala de pantallas en el centro de                la Policía Local. Asume la excepcionalidad de la ocasión, ha sido informado de movimientos sospechosos alrededor del festival. El homenajeado, Pepe Carvalho, lleva desaparecido veinte años. Se considera su asistencia un suceso de alto impacto y bajísima probabilidad, un cisne negro. Hay en todo el recinto grandes fotografías de Manuel Vázquez Montalbán, de las portadas de las novelas carvalhianas. Todo está preparado para que la alcaldesa inaugure la nueva edición de La Semana Negra.

  Carvalho se burlaba de los encuentros de escritores en los que disertaban sobre novela negra. Hoy empieza su semana y él es el tema central. La ciudad está llena. Duluc ha pedido una tabla de quesos en la plaza mayor y se tiene que callar: Gamoneu del puerto, La Peral, Cabrales, de Pría picante, Casín y de Urbiés. Ni el mismísimo De Gaulle pondría un pero. En el bar de enfrente el Mudo fartuco rebaña el plato de chorizo a la sidra sin quitarle el ojo de encima. Alejandro Gallo desde la sala de control lo ve todo. Hasta la propina generosa que deja Elmer Mendoza en la terraza de La Galana por el Pixin con ajo y limón. Los que han optado por la fabada en julio a treinta grados, andan más despacio, pasean por la playa de San Lorenzo pidiendo siesta. Gallo no se altera cuando entran en la sala Bevilacqua y Chamorro, el delegado del gobierno le había avisado de la petición de la unidad central operativa de la guardia civil. Se saludan amistosos, han coincidido antes.

—¿Habéis comido?

Contesta Rubén Bevilacqua a la vez que la sargento Chamorro niega con la cabeza.

—No, acabamos de llegar. Recomiéndanos un sitio cerca.

—El bar de abajo. Hoy tienen en el menú pitu caleya.

Virginia Chamorro pone cara de extrañeza. Necesita traducción.

—Pollo criao suelto sin pienso. Hay que cocerlo mucho porque es correoso, pero está cojonudo con unas patatinas.

Bevilacqua asiente. Le apetece probarlo. La sargento no manifiesta ninguna intención.

—¿Está todo tranquilo?

—De momento sí. Ya veremos cuando abran el ferial.

—De acuerdo, estaremos abajo. Si aparece Salmorejo nos avisas.

—Por lo que sé sigue en Oviedo. El Mudo está en la plaza mayor. Id tranquilos.

Con el brazo metido hasta el codo en el plato de callos, en un chigre de Roces al sur de Gijón, donde nació Alfonso Camín, Simón Mendiño se interroga:

               “Si soy el roble con el viento en guerra,

                ¿Cómo viví con la raíz ausente?

                ¿Cómo se puede florecer sin tierra?”

El chigrero se da por enterado e interviene brusco en las cavilaciones del gallego.

—Pues con el hidropónicu, manín. Sin tierra ye la única manera. ¿Quiés más pan?

—Son versos de un poeta de este barrio. Es una metáfora. Sí, por favor, un poco de pan. Y otro vino.

—Sí ho, Camín. Préstame pola vida. Soy de Arenas.

                    “Arriba, siempre hacia arriba,

                     como el naranjo de Bulnes:

                     abajo pasan los osos

                     y arriba pasan las nubes”

   Entra a contraluz un tuerto parcheado. El ojo único recorre el local. Los paisanos de las mesas miran al desconocido. Mendiño no se entera, explica a la concurrencia la fundación del barrio en el siglo XVI, a partir de la torre de los Valdés y los Bandujo, con el chusco de pan untado en la mano.

—Gallego pendejo. ¿No puede callarse ni comiendo?

—¡Don Héctor Belascoarán! ¡Venga un abrazo! ¡Descorche una cocacola, señor chigrero, la mejor que tenga!

  El mexicano se acerca a la barra pisando cáscaras de cacahuates. Soporta el abrazo exagerado de Mendiño y queda hipnotizado frente al expositor. Una bola deforme de carne seca y penetrante olor ahumado, atrae todo su interés. Señala con el dedo. Lo iluminan: Chosco de Tineo.

—¿Cómo le va Mendiño? ¿Encontraron a Carvalho?

—Esta vez no se escapa. Vendrá, ya lo creo que vendrá. No se perdería esto por nada del mundo. A su edad no tiene nada que perder.

Belascoarán señala el chosco.

—¿Tiene lengua?

Tercia un paisano agarrao a un porrón.

—Ye gochu. Tién llengua y cabeceru de llombu.

La pareja sale a fumar con la tripa llena. Su charla, de título digestivo, empieza a las cinco: Carvalho y los embutidos. Mendiño insiste.

—Vendrá. No se lo puede perder.

  El sol está cariñoso. El gallego y el chilango caminan hasta llegar al seat León de Mendiño. Tiene una multa en el parabrisas, echa pestes. La recoge interesado en la cantidad. No, no es una multa. Es una nota escrita a mano.

 “Se cuece el chosco a fuego bajo sin tocarlo para que no se rompa, durante una hora o más, dependiendo del tamaño. Las patatas se cuecen aparte con un manojo de berzas picadas finas, un chorro de aceite y sal al gusto. En el centro se colocan las patatas y la berza. Se sirve el chosco cortado en rodajas, se espolvorea todo con pimentón dulce y añadimos un buen chorro de aceite de oliva. Que aproveche”.

  El chigre está más allá de los límites de la ciudad, más allá de las cámaras de la policía municipal. Alejandro Gallo y los suyos no han visto nada. Ahora sí están seguros, Belascoarán y Mendiño, de que Carvalho estará en el público.

  Vigilado o no, Salmorejo ha llegado de los primeros. Es perfectamente consciente de que lo vigilan. La última cabronada de Carvalho en 2017 había llevado a Córcega a los comisarios detrás del huído presidente de la Cortísima República Catalana. El 31 de octubre los comisarios entraron a detenerlo en la habitación 121 del hotel Cala Di Sole de Ajaccio. Un tipo con el pelo a lo beatle y gafas miraba la televisión desde la cama acompañado de una ciudadana japonesa. En ese momento Puigdemont i Casamajó, el fugitivo, estaba dando una conferencia de prensa en directo desde Bruselas. Los policías patriotas se habían tragado una información de la dirección general de seguridad exterior francesa, la DGSE. Tres días después Salmorejo entró en la prisión de Estremera. Los gendarmes franceses se disculparon con sus colegas españoles, no habían contrastado el soplo de un informante corso, Bouvard. Otra vez Bouvard. Puto Carvalho. El Mudo se acercó al comisario. La violinista acaba de llegar con la Torres.

—Pégate a su culo.

Los comisarios tienen una descripción de Carvalho, un retrato robot, huellas dactilares. Lifante lo detuvo, Contreras lo interrogó.

  Antonio Carpintero está hasta los cojones de la semana negra antes de empezar. Diez años atrás hizo un informe para Carmen Balcells. No soporta más charlas literarias de esos jodidos vanidosos. Que le den a Carvalho, a Hamlet, a Don Quijote y a Madame Bovary. A Juan Madrid le ha hecho una entrevista un pintor. Toni va a cumplir setenta años y no tiene ganas de templar gaitas. De esta se jubila, ya está bien. A Málaga. Con el pico que tiene ahorrado le da para un pasar. Está todo lleno de policías, los huele. A algunos hasta los conoce. Tener ética profesional es una jodienda, podría repetir el informe de hace diez años, se iba a ahorrar mucha tontería. En fin, al primero que me suelte una perífrasis le calzo una hostia.

   En el café Dindurra, al lado del teatro Jovellanos, están a cervecitas Carlos Zanón y Andreu Martín. Los dos han utilizado en sus novelas a Carvalho o a Orvalho, a Biscuter o a Cuatro Latas. Zanón lleva la risa puesta, probablemente con algún aditivo, un rescoldo de sus tiempos rockeros. Es de otra generación, no llegó a la Piquer, ni a Antonio Machín. En su crónica sentimental las canciones para después de una dictadura suenan más a Siniestro Total o a Brighton 64.

                         Escalón a escalón va rodando

                         una botella vacía de cerveza.

                         Verde, alemana, rodando, sí.

  Zanón no ha vuelto a saber de Biscuter y Carvalho. Ha recibido mensajes de Duluc. Uno escrito en la pared de un váter, en la última gasolinera de la autopista. El lugar, la fecha y la hora de contacto con el helicóptero. Faltan cuarenta y cinco minutos. Si todo va bien conocerá en persona a Bouvard y Pecuchet, a Pepe y a Pep, a Carvalho y a Biscuter.                   La intermediación de Duluc le agobia, el francés es un liante y sus instrucciones son absurdas. Andreu Martín con las gafas en la punta de la nariz, pasea la mirada por el histórico café tomando apuntes del natural y un cortado. Todo menos natural le pareció oír canturrear al camarero “A las barricadas”. Se fijó. Lo había visto antes. Se dirigió a él.

—Perdone... ¿Nos conocemos?

—No, señor Martín. Mire la palma de mi mano. Cuando la cierre olvidará este encuentro. Nada habrá ocurrido.

—¡Dani Barcelona!¡El encantador del Paralelo! ¿Qué haces aquí?

—Dejé el arte y el ilusionismo, me he pasado a la restauración. Ahora hago cócteles. Acabo de servirle uno al Pepe Carvalho.

—No jodas.

—Vodka con helado de limón y cava. Y al Biscuter un orujo de hierbas con gotas de café y regaliz de palo. Acaban de salir por la puerta.

—...Lo normal.

—Normal tampoco. Es la primera vez que vienen. ¿Quiere algo? El señor Duluc insistió en que no les faltara de nada.

—¿Estás oyendo Carlitos?

   Carlos Zanón oía y bebía distraído. Asintió, miró al móvil y se levantó. El helicóptero espera en el puerto del Musel, tiene un taxi en la puerta. Se despide de Andreu y atraviesa un Gijón apacible y prestoso. El azafato a pie del aparato sostiene una bandeja con oricios y champán. Duluc da el parte, el tiempo es agradable, no hay viento. Desde la sala central de la policía observan las operaciones. Una empresa de turismo es la propietaria del vehículo. Las cámaras registran la entrada en el recinto portuario de Carlos Zanón, la recepción de Duluc, el brindis previo al abordaje y el despegue remolón con destino sureste. Duluc eleva la voz sobre el ruido del motor.

—Nos dirigimos al parque naturelle de Las Ubiñas. En veinte minutos arribaremos a la base secreta de Catering Plegamans SA, la empresa de eventos gastronómicos líder en el mercado mundial. Importamos productos de la mejor calité y hacemos la mejor sopa du monde.

—Qué emocionante.

—No es una sopa cualquiera cher amí. Con una cucharada generosa de notre consomé...lo verá usted mismo.

  Carlos Zanón observa el impresionante paisaje mientras el aparato se posa. Rodeados de azul, verde y gris, descienden, ponen los pies en tierra y una tufarada alarma a Zanón. A dos mil quinientos metros de altura, entre hayas, fresnos y tejos, no debería oler a ajo. El helicóptero desaparece de vuelta y reina el silencio hasta que lo rompe Duluc, frente a una bocamina abandonada. Tres mastines en posición, con el pelo del lomo erizado, vigilan los movimientos.

—Pasa por favor. Par icí.

Al dar el primer paso en el interior se ilumina una galería estrecha que conduce a una puerta metálica. Un ascensor. Duluc enciende un liado y el olor del hachís se mezcla con el ajo. El descenso dura casi un minuto. Zanón se queja.

—Me estoy mareando. Tengo los oídos taponados. Aquí hace frío. Me meo.

  Al salir del montacargas hay cajas amontonadas a los lados de un pasillo. Carcasas de pollo, bacalao seco, verduras, caracoles, frutas, longanizas y costillares. Media docena de mujeres y hombres se afanan en colocar y seleccionar. La cavidad se ensancha desmesuradamente al cruzar la portilla y una potente luz artificial ciega al escritor.

—Joder, qué escenografía. ¿Hacen la sopa con uranio enriquecido? ¿El servicio?

—Silence. Los ingredientes son secretos. No debe robar el conocimiento a los dioses. Miré aquí. En esta sección resucitamos bacalaos. El bacalao es la clave de todo. Un bacalao seco perfectamente simetrique es…

—Cállese Duluc. Carlos no ha venido para conocer los misterios de los peces migratorios.

 Es ella. Sentada en un sillón flotante, iluminada por una luz cenital, ríe Maruja Torres. A su lado Paco Taibo fuma, tose y se atusa el bigote.

—Ha llegado el momento. Cuando aceptaste escribir la novela de Carvalho se produjo una alteración en la fuerza.

  Bajo los pies de Carlos Zanón se abrió una trampilla. Aterrizó con una elegante costalada en una pequeña cámara oscura de tres metros de alto. A su lado bostezaba un león famélico.

—No te preocupes todavía, querido. El Rey acaba de comer una ensalada. ¿Te gustan los documentales?

—Maruja...me he hecho daño, joder. Creo que me he roto algo.

—Paco te dará los ingredientes. Tienes quince minutos para hacer un bacalao al ajo arriero. Esmérate. Si fracasas serás liofilizado, envasado al vacío y almacenado en el Arcón. Si superas la prueba formarás parte de la fraternidad universal patrocinada por SP, Sopas Plegamans.

 La sonrisita de Paco Taibo y sus ojos de carbón auguraban un juicio severo. Hizo descender una cuerda con un hatillo envuelto en un pañuelo de fer farcells. El león se acercó a olfatear.

—Si quemas el ajo el Rey se enfadará. Si quemas el pimentón...Te quedan catorce minutos.

—Pero es que me estoy...meando.

—Utiliza la arena del Rey.

  En una esquina del habitáculo un hornillo de gas, una sartén, una espumadera, una tabla, un cuchillo, dos platos, cuchara y tenedor. El Rey mira alternativamente al presunto cocinero y a las herramientas de trabajo sacudiendo moscas con el rabo. Zanón desata el paquete y saca un botellín de aceite de oliva de Jaén. Enciende el fuego con cierta parsimonia y lo vierte en la sartén. Machaca cuatro dientes de ajo con un golpe de mano certero, los pela, los corta y los echa en el aceite caliente. Espera a que se doren removiendo con la espumadera. Cuando ve los trocitos amarillear prepara media cucharada de pimentón. Elige el momento preciso atendiendo a la tonalidad del ajo, vuelca el pimentón, lo extiende rápidamente por la sartén y añade un chorro de vinagre. Coloca las piezas de lomo de bacalao sobre el sofrito, con la piel hacia arriba, y baja el fuego al mínimo. Menea ligeramente la sartén para que no se pegue el bacalao y a los dos minutos da la vuelta a las piezas. Listo. El león se acerca. Taibo pregunta.

—¿Guarnición?

—Patatas fritas.

—Un derroche de imaginación. La elaboración ha sido algo tosca. Deja un plato sobre esa bandeja, vamos a probarlo. El otro sírveselo al Rey, él juzgará.

  El rey se relame antes de probar pasándose la lengua por la cara. Acerca el hocico, sopla. Maruja y Taibo deliberan con una pinchadita y un pedazo de pan. El mexicano enseña un pulgar hacia abajo, ha olvidado la sal. Maruja empata, no está soso. El rey mastica despacio, se sienta y eructa. Duluc arroja una escalera de cuerda.

 

 

Morirá esta historia en la Historia XIX

 

   El tren negro ha llegado a Mieres del Camín, en la cuenca del Caudal. A la puerta de la estación una pintada apolítica, “La putón se va a Gijón”, recibe sin acritud a escritoras y escritores, acompañantes y curiosos. Forman una manifestación que cruza perezosa el puente de Seana. El valle está esplendoroso con mil verdes distintos, el río baja del puerto limpio, amoroso y saltarín, hay garzas y cormoranes. El cielo da gloria verlo, azulón y transparente, el sol escanciáu a la altura justa, como tién que ser. La ciudad apacible recibe a los visitantes metida en sus quehaceres. Huele a monte bravo, a historia carbonífera, a comedia negra en los chigres y a cultura de la resistencia. A la izquierda el parque Jovellanos, un milagro público, a la derecha la Mayacina, vanguardia arquitectónica, de frente, al fondo, Requejo, la plaza más asturiana de Asturias. A los poetas le gusta Requexo, o Requejo, o la plaza de la sidra, un rincón del mundo que hace esquina entre Manhattan y el Trastevere.

   Nadie en Mieres del Camín conoce mejor a la clientela de la plaza que Santos Palacio. No nació en una parva de cucho ni tuvo un fraile escondido en casa, se pagó la carrera escanciando sidra, más o menos cantarina, montando terrazas, educando borrachos, más o menos cantarines, y tomando nota de los pequeños detalles. Ahora es politólogo en paro y hace encargos para un abogado algo irregular. En Casa Flora lo conocen desde nenu, no han puesto pega ninguna a su extraña petición, trabajar un día, hoy. José Andrés dirige las operaciones desde el centro de la plaza. Como Santos, José Andrés, el cocinero más famoso del mundo, nació en Mieres, es hijo predilecto. Santos sabe que la llegada del tren negro y la celebración de la jornada mundial del Bacalao, han provocado la llegada masiva de medios de comunicación y turistas. El homenaje en la Semana Negra y un festival gastronómico con el bacalao de protagonista, deberían atraer al detective ibérico más internacional. Según Santos se cazan más moscas con miel que con vinagre. El dispositivo de Salmorejo, disimulado como un control rutinario, preparado desde primera hora de la mañana y vigilado por la guardia civil, ha detenido a Carvalho en la Villa. Joao Carvalho, un taxista de Braga. La descripción se ajusta al retrato robot de Lifante, una imagen imprecisa y poco fiable, han pasado veinte años desde que lo detuvo. Las huellas no coinciden. Diez minutos después Carvalho es arrestado por dos policías de paisano en el mercado mientras probaba cecina de chivo. Aleixo Carvalho, profesor de literatura en Coimbra, también descartado por Lifante y las huellas dactilares. Salmorejo empieza a jurar con el tercer Carvalho sospechoso, un psiquiatra de Oporto que compraba callos donde Sagrario. En Oñón están aparcando autobuses. Alguien en Portugal tuvo la feliz idea de organizar viajes económicos a Mieres, a las jornadas del bacalao. El anuncio en redes sociales, octavillas, radios y periódicos, especifica el precio y la gratuidad para todos los apellidados Carvalho. Salmorejo se caga en la puta que los parió a todos sentado en el Rinconín, dándole a los chipirones y al prieto picudo. Santos vuelve a escanciar con un ojo en el comisario y otro en la parroquia. Sigue el despliegue de fogones en la plaza dirigido por José Andrés. Acaba de llegar a saludarlo Aníbal, el alcalde, un minero comunista jubilado recolector de sucesivas mayorías absolutas. Ha renunciado al sueldo y vive de su pensión. Se ha corrido por Mieres la voz de la invasión de los Carvalhos. Tonia graba la estatua del sidreru con la niña en el carrito, desde el quiosco de la Churre, colgado sobre el río San Juan. Encuadra una panorámica de la plaza, las casas con corredores, los nenos jugando, las terrazas de las sidrerías. Salmorejo sentado al sol, el Mudo yendo y viniendo, el alcalde y José Andrés departiendo, la guardia civil patrullando la carretera general. Envía el video a Maruja que le habla por los cascos.

—Estupendo plano Tonia, huele a escalopines al cabrales. Vete a “Los Valles Mineros” y pide un pincho de carne guisada, Zanón llegará en unos minutos. Y pon la capota al carrito, mujera, que con esta solana vas a freír a la niña.

   Santos ve bajar a Tonia por la rampa de la plaza, se acerca a “Los Valles Mineros” reburdiando que es vegetariana. Detrás de ella llega Cadu, Carlos Barrio, historiador y escritor, saludando a todo el mundo. Santos es un personaje suyo. Viene a echarle la bronca, el politólogo hace lo que le da la gana, va por libre, cambia la música programada, se pasa el día escuchando a Stiv Bators. Cadu quiere saber de dónde ha sacado Santos la idea de esconder en la cámara de cervezas una escopeta. A las doce de la mañana las campanas de la iglesia de San Juan dan por inaugurada la jornada gastronómica con la ciudad repleta y la plaza a reventar. En los montes de alrededor arrancan las desbrozadoras.

   Antonio Carpintero, Toni Romano, enciende un cigarrillo en la Pasera sentado en un banco, frente a la estatua del poeta Teodoro Cuesta. Los poetas, en asturianu o en cualquier idioma, le dan igual. Le hierve la sangre, ha visto a Salmorejo y al Mudo. Está viejo, cansado y harto. Que si Carvalho esto o lo otro, que si Biscuter y Charo. No soporta ni un comentario más sobre el personaje y sus andanzas. Se han vuelto todos imbéciles. Anoche, en el hotel, engrasó la Gabilondo. ¿De quién tenía que protegerse? ¿A quién espera sentado allí? Ah, claro. Se lo dijo el Trini. Va a haber hostias. No le extraña.

   Paco Taibo, internacionalista, comunista y franciscano, ha organizado la división del Norte. La forman estibadores y mariachis. Esperan en el Padrún órdenes del comité central, Marieta, Maruja y Charo, instaladas en el mirador del picu Siana. Al sur, en Santullano, tienen su cuartel general Héctor Belascoarán, el Zurdo Mendieta y los guajes de la cuenca con gomeros y volaores. Todos esperan la señal de Santos. Como buen politólogo, Santos estudia la realidad concreta. Santos se acerca oferente al comisario con la primera bandeja de pinchos, bacalao al pil-pil. Salmorejo coge uno displicente, lo mastica despacio y traga. Santos cuenta los segundos. Salmorejo se desploma a su lado. Se abalanza sobre él y le levanta el móvil y la cartera antes de que se forme un corrillo y pidan un médico a gritos. El Mudo llega a la carrera. Interviene la cruz roja, presente en la plaza. Suena la sirena de la ambulancia y se llevan al comisario caminito del hospital. El Mudo llama al bunker, informa y pide instrucciones. Stewart y Litle Nicholas reinician el ordenador, se dirigen al hospital a ver qué pasa y a esperar órdenes de no saben quién. El alcalde y José Andrés olisquean y prueban con precaución los pinchos de la bandeja, dan fe de su perfecto estado. Santos le pasa a Tonia el celular y la documentación del comisario.

   A Leonardo Padura el bacalao no le hace ni fu ni fa. A miles de kilómetros Industriales ha vuelto a perder. A pesar de su fe inquebrantable le entran achaques de cansancio histórico. Busca juntarse con amigos, beber una botella con algo para picar y hablar mierda sin tener que medir las palabras. Pasea al lado del río a la búsqueda de un chigre con Mario Conde, lo más parecido a un amigo que tiene a mano. El expolicía, exlibrero de viejo, y vigilante en un restaurante, no se imaginaba Asturias así. La cuenca minera le resulta familiar, Carvalho, un primo lejano. Ahora está en medio de una conspiración. Su trabajo, pagado en dólares, ha sido fácil, solo tenía que hacer una cosa, mentir. Un poco, una mentira inocente. Por una vez no le sacan del cuero los beneficios. Su presencia en la Semana Negra hizo inevitables las entrevistas, Marieta contaba con ello. Cuando le preguntaron por Montalbán se lo pusieron fácil. Carvalho y él eran amigos desde hace años, mantenían el contacto. Iban a verse en Gijón, tenían pendientes unos panchinos y unas botellinas. Un falso bisabuelo de Turón garantizaba un espacio en la portada de “La Nueva España”. Por la otra orilla, en dirección contraria, discuten Kostas Jaritos y Salvo Montalbano. Son funcionarios, no deben entrar en asuntos internos de otro país. Les asalta la ausencia de Andrea Camilleri. Aplauden con ardor el valiente reconocimiento de su indiferencia ante el fútbol y de su incapacidad para cocinar. Desde el puente de La Perra, con una caña de pescar en la mano, Petros Márkaris sigue el trayecto de los comisarios. Decide introducir en la situación una llamada de Adrianí. Recuerda a Jaritos, dando por hecho que lo ha olvidado, el cumpleaños de Lambros, su nieto.

   Salmorejo despierta en el hospital con dolor de cabeza, la lengua azul y medio cuerpo paralizado. Balbucea, intenta hablar. Stewart y Litle Nicholas salen a fumar a la puerta del hospital discutiendo entre ellos. Li, un agente chino de la guardia civil, toma declaración en un folio con un boli rojo.

— ¿Qué quiere denunciar?

—Me han robado la cartera con la documentación, las tarjetas y el móvil. Y han intentado envenenarme.

—¿Quién?

—No lo sé. Estaba en Mieres, en la plaza de Requexo, me ofrecieron bacalao y no me acuerdo de más. Me desperté aquí.

—¿Bebió sidra?

—No, vino.

—¿Cuánto?

—Dos o tres.

—¿Cuál es su profesión?

—Estoy jubilado. Era policía y empresario.

—El comisario Salmorejo. ¿Correcto?

—Sí.

—¿Qué hacía en Requejo?

—Me gusta mucho el bacalao. Vine a las jornadas.

—¿Cómo le gusta el bacalao?

—¿Cómo dice?

—Es para el informe. Luego el sargento me pregunta.

—¿Pero qué relevancia tiene eso?

—¿No tiene relevancia el informe?

—¿Un informe sobre mis gustos?

—¿Sus gustos son irrelevantes?

—¿Qué tienen que ver mis gustos con el robo?

—¿Qué robo?

—¿No ha oído lo que le he contado?

—¿Ha visto a alguien robarle?

—¿Pero no acabo de decirle que me desmayé?

—Aquí las preguntas las hago yo, comisario. Usted responde. ¿Cómo le gusta el bacalao?

—Hervido. Con limón y mayonesa.

—¿Está usted seguro? ¿Limón y mayonesa o mayonesa con limón?

—Es lo mismo.

—El dicente afirma que es lo mismo. ¿Cuándo se dio cuenta de que le faltaban la cartera y el móvil?

—Aquí, cuando desperté le pedí a mis ayudantes el móvil para hacer una llamada y no estaba en mi chaqueta, ni en los pantalones.

—Ayudantes… ¿de qué? ¿No está jubilado?

—Sí, pero necesito ayuda.

—¿Para qué?

—Para mis asuntos privados.

—¿Qué asuntos?

—Privados, se lo acabo de decir.

—¿Dónde vive?

—En Madrid.

—¿Conoce a Jose?

—¿Qué Jose?

—El de Madrid. Fue conmigo a la academia.

—En Madrid debe haber cien mil Joses.

—¿Cómo lo sabe?

—Oiga… ¿Puedo hablar con su superior?

—¿Con el sargento? No, no puede. ¿Por qué quiere hablar con él?

—Quiero que se respeten mis derechos.

—Bienvenido al país más garantista de Europa. ¿Quiere un traductor?

 

   En el cielo despejado Carlos Zanón le ha cogido gusto al helicóptero. Vigila las partidas diseminadas por el monte. Va a haber follón. Da información por radio de las maniobras al triunvirato. Charo se queja.

—Ay Jesús, qué recoña…

—No te quejes tanto, cariño. A Pepe que le den. Bastante te ha amargado la vida.

—Que no, Maruja, que no. Que no va a venir. He visto el folleto, cien formas de cocinar el bacalao. No va a venir, falta la fundamental, el pan de bacalao de las Reparadoras, con su bechamel, su zumo de limón, su manteca de vaca y sus langostinos. Me lo dijo Biscuter. Nunca había visto a Pepe con los ojos en blanco.

—joder con las monjitas...

—A ver si estamos a lo que estamos. Primero tomamos Mieres y luego tomamos Madrid.

—Pero vamos a ver, Marieta. ¿Tú crees que se dan las condiciones?

—¿Qué condiciones? ¿Con ochenta años me van a importar a mí las condiciones? Estuve en Sierra Maestra, en Angola, en Vietnam, en Palestina y en Afganistán. ¿Quieres que te cuente las condiciones? Payo cabrón que vea, payo cabrón que me cepillo. Así hasta la Puerta del Sol.

—Mujer, si no digo que no. Lo que pasa es que lo de Madrid no lo veo. Mira Zanón ¿Se ha ido a vivir a Madrid? No, se ha instalado en Málaga. Por algo será. Maruja, hija, díselo tú.

—Yo soy más reformista pero esta revolución me gusta. Ahora, también te digo, nos van a mandar a la legión. Y a la OTAN si hace falta.

—¿Qué diría Manolo?

—Que esto de echarse al monte es una frivolidad. Pero después de Messi Manolo estaría dispuesto a todo.

  A cincuenta metros acaba de aterrizar el helicóptero. El ganado se asusta y se dispersa. Zanón se acerca a la carrera hasta el mirador. Viene gritando.

—¡Ha venido! ¡Ha venido! ¡Está en el ayuntamiento!

—Ay, mi Pepiño…

—No, joder, Pepe no. Ha venido el Rey. Acaba de llegar, está con el alcalde.

—¿El padre o el hijo?

—Ninguno de los dos. El de Inglaterra. Lo está transmitiendo en directo la BBC. Le acompaña Simeón de Bulgaria.

  Las tres mujeres intercambian miradas incrédulas. Es un imprevisto. Charo se pronuncia la primera.

—Yo lo de Diana no se lo perdono.

Responde Maruja escéptica.

—Hace años que perdí la fe en la BBC. Desde la guerra del golfo.

Marieta se subleva y saca la pistola.

—Ni rey ni nada. Es una maniobra de distracción. Tú, al helicóptero. Vosotras a callar.

—No seas autoritaria, Mari. A mí no me callan ni los marines.

—Dimito. Hacéis la revolución vosotras solas. Me vuelvo a la residencia.

—De eso nada, guapa. No hemos preparado este circo para hacer el ridículo. Carlos...pon un mensaje a Tonia. Que empiece la fiesta.

—Vale. ¿Qué hacemos con la guardia civil?

—Nada, déjalos, no quieren líos.

  En medio de Requexo Tonia abre el maletín del violín y saca un pistolón de señales. Dispara al cielo una bengala. Las partidas cortan las carreteras. En el ayuntamiento se retiran las banderas oficiales. Los revolucionarios despliegan una pancarta que cubre la fachada: “Bacalao sostenible o muerte o soja”. En el salón de actos están retenidas las autoridades, el rey de Inglaterra y los periodistas. Una patrulla vegana instalada en la casa de cultura se ocupa de las redes sociales. Aníbal, el alcalde, con respeto, habla desde el balcón del ayuntamiento a las masas.

—Yasta bien de tanta comedia. A partir de esti momentu queda declará la semana del madreñazu. Tamos faciendo historia. Los jubilaos de les bicicletes a repartir sopa. Las paisanas a quemar los mandilines. Ta to pago. A tomar pol culo el desorden internacional, home ya...

El paisanaje parece de acuerdo con el manifiesto. Un joven pide la palabra.

—¿Y la contradicción de primer plano?

El alcalde no duda. Señala al interior.

—Eso ye cosa del concejal de cultura, a mí no me líes guaje. ¿Alguna pregunta más?

—La revolución o ye mundial o no tien futuro ¿Pa cuando quitamos las fronteras?

—Eso yastá hablao. El jueves.

—El jueves juega el Caudalín.

—¿Qué tendrá que ver? No hay más preguntas. A cascala.

  Llegan noticias preocupantes. Un grupo de enfadicas se ha hecho fuerte en la calle de los bares. Piden entrevistarse con el comité revolucionario, no son muy de cuchara, no les gusta la sopa. Mendiño se hace cargo de las negociaciones y ha ofrecido tropezones. Explica los beneficios de la sopa y su consumo desde el paleolítico. Al llegar a la edad media los sublevados quieren colgarlo de una farola. Duluc intercede; si no quieren sopa que coman queso. Se aprueba la llamada “excepción de Urbiés” a mano alzada. En el puerto de Santo Emiliano se concentran fuerzas de la otra cuenca, la del Nalón. Quieren un helicóptero para ellos y ñoras en la sopa. Se produce la entrega y el acuerdo de usar el helicóptero días alternos. El abrazo de la Collaona sella la unidad entre la alcaldesa de Langreo y los sindicalistas alleranos. Un comando intercuencas, Tonia entre ellos, se dirige a Villabona a sacar a los presos, qué presos no importa.

  En Requejo los Carvalhos portugueses y el coro minero de Turón interpretan “Grandola vila morena” mientras el jurado delibera sobre los bacalaos finalistas. José Andrés solicita al piloto del helicóptero que abra el espacio aéreo y permita el paso de una avioneta amiga que ha pedido permiso para aterrizar en el Polígono de Gonzalín. Son fuerzas internacionales, un amigo estadounidense de José Andrés; Barack Obama. Trae un mensaje de la OTAN: Estáis rodeados, rendíos. Barack Obama se ofrece como mediador, ha hablado con Zapatero en Villamanín y trae las medicinas del Rey de Inglaterra. La policía local de Gijón, comandada por Alejandro Gallo y Trinidad Ramalho, está a las puertas de Oviedo. El triunvirato hace cálculos. Han interceptado comunicaciones del enemigo.

—Charlie uno a Charlie dos. Charlie uno a Charlie dos. Cambio.

—Aquí Charlie dos. ¿Qué quieres, Charlie uno? Cambio.

—Aquí Charlie uno. Han llegado las hamburguesas congeladas. Cambio.

  Las redes de Maruja bullen. Llegan novedades de todos los rincones. Se ha lesionado en la ducha Giorgios Habilidousou. Ha sacado un disco un grupo muy famoso. El presidente de no sé dónde ha dicho no sé qué.

—Hay apagón informativo. Esto ya pasó en la guerra de los seis días. Pon la SER a ver qué dicen.

—Llevan veinte minutos de publicidad.

  Todo va bien a juicio de Marieta. Tiene experiencia. La llegada de Barack Obama solo puede significar una cosa, la sopa hace efecto. Los arsenales de la OTAN no pueden neutralizarla. En Oviedo no aguantaran mucho. Los ordenanzas del ayuntamiento de Mieres, abolidas las clases, sirven té al rey de Inglaterra y un chupito a Simeón de Bulgaria por conmiseración. Un Borbón alto habla por televisión. No se le entiende. Los alleranos piden fabes, tocín y morcielles, son reivindicaciones irrenunciables. Después de les fabes, más tolerantes, prueban la sopina. La magia de Biscuter hace efecto y salen escopetaos dando voces por el puerto de Vegarada. Cruzan la linde de León, enganchan la ruta del Curueño, el río del olvido, sublevan a los vaqueros de los Argüellos y se suben al hullero en la estación de Matallana. En León les espera el batallón de Genarín recitando en la muralla versos chufleteros. Toman sin resistencia el barrio húmedo entre vivas a la sopa de bacalao, copinas de orujo y mueras a la comida chatarra. El gobierno provisional se instala en el Besugo. Los de Cistierna declaran la guerra a Alemania otra vez. Se les pide por escrito mesura y pragmatismo. En Sabero cortan la vía y aíslan la región. En La Gitana, enfrente del Besugo, los más exaltados quieren ir a Valladolid a por vino de Serrada para echar un chorrín en la sopa.

   Pajares y San Isidro están bajo control revolucionario. Trenes, barcos, aviones y camiones transportan toneladas de sopa enlatada procedente de la fábrica de Plegamans en las Oubiñas. La logística funciona a pleno rendimiento.

   Una pescadora de Nazaré ha ganado el campeonato mundial de Bacalao. Le da derecho a incorporarse al triunviriato dirigente. Los mozos la suben al Picu Siana en volandas. La reciben circunspectas Marieta, Maruja y Charo. No hay tiempo que perder. France Presse acaba de anunciar la presencia detectada en Asturias de Bouvard y Pecuchet. Navegan por la costa a la altura de Llanes en un yate privado. Los rumores señalan un posible desembarco en la playa de La Ñora.

    El Rosario V navega a la altura de Punta Escalera. Biscuter cocina taramá con huevas de bacalao para acompañar una de las tres botellas de The Dalmore Trinities que se fabricaron hace 140 años. Carvalho dormita al sol en la popa, tumbado en una hamaca. El que fuera su ayudante está a punto de aparecer en la lista de los personajes más influyentes de Europa. Coincidió con José Andrés en la Escuela de restauración y hostelería de Barcelona. El asturiano trabajó en el Bulli y acabaría emigrando a los Estados Unidos. Después de la vuelta al mundo, con Carvalho preso, Biscuter cocinó para una secta partidaria de negociar la inmortalidad con los extraterrestres a los que esperaban en un valle del Mountain West con una acampada de bienvenida. José Andrés ayudó con la logística del catering y el éxito fue total. Las naves no aparecieron. Eso no impidió el delirio de los adeptos por los pimientos rellenos, las setas con piñones y el bacalao al horno de Biscuter. Los frustrados inmortales esperaron en Utah treinta días con sus desayunos, comidas y cenas, por si la fecha dada por la organización tenía algún error de traslación al calendario alienígena o hubieran surgido imponderables. La espera y la impaciencia volvieron descreído a Biscuter en lo tocante a contactos, no importa en qué fase. Como efecto secundario el evento proporcionó ingresos suficientes a la sociedad de Biscuter y José Andrés, Bisjoan Inc, para consolidar una franquicia implantada hoy en más de treinta países. Josep Plegamans Betriú factura cientos de millones anuales, ha invertido en negocios recomendados por Charo, accionista principal, asesorada por Rigalt i Mataplana, recién enterrado.

 Carvalho no tiene interés en los acontecimientos. Reconoce que la sopa enlatada por Biscuter está lograda, no ha perdido el paladar. Recuerda bien a Salmorejo, a Lifante y             a Contreras, su paso por la dirección general de seguridad, cuando era un joven revolucionario y los policías se reían de él, sentado en la celda: “cuando lleguen los tuyos, nosotros seguiremos aquí y tú seguirás ahí”.

  Sí, Rigalt i Mataplana le encargó la creación de los servicios secretos catalanes. Al ver la cifra del ingreso en el Banco no encontró motivos para negarse. Contrató asesores de confianza: Marieta, superviviente de la guerra fría, Maruja, superviviente de guerras en general, y Charo, superviviente a secas. Ninguna de las tres habría aceptado sin la oferta de Biscuter. Serían agentes dobles, formarían un servicio paralelo con sus propios objetivos. Biscuter escuchó por fin lo que tanto había esperado.

—Biscuter, la taramá es perfecta, ni siquiera se nota el acenocumarol. Ya puedo morir tranquilo.

—Nada de morirse, jefe, está hecho un chaval. Aceno... ¿qué?

—El principio activo del Sintrom. ¿Crees que no te he visto echarlo en el sofrito?

—No se le escapa una. Es para que la sangre no se haga morcilla. ¿Me explica ya a qué hemos venido?

—Todavía no lo sé. Dicen que los ordenadores tienen memoria. Qué tontería, la memoria es otra cosa. Nunca sabrán de sabores, olores, tactos, dolores.

                   “Solo

                    las viejas ruinas lo dicen todo

                    y no dicen nada

                   al cibernético

                  le sobran los tirabuzones, el vuelo

                  del organdí

                  las lágrimas, los recuerdos”.

—Hostia, jefe, qué bueno.

—¿Ves esto? Una memoria electrónica. La conectas a un ordenador y ahí tienes lo que quieren, información. Hay números de cuentas de reyes y presidentes con todos sus movimientos, códigos de acceso a las redes militares más secretas, dosieres sin desclasificar de los últimos cien años. Los trapos sucios de la élite mundial. Abre el Dalmore y pon unas gotas en el hielo. Pruébalo. El resto échalo por la borda. Mete esto en la botella y tírala al mar.

—No somos náufragos, jefe. Y ese whisky me ha costado ciento cuarenta mil euros, era para su cumpleaños...Vale, tiene razón. Somos quienes somos, venimos de dónde venimos. Al agua va. Blup.

                            “Descubrió

                     que finalmente morimos de uno en uno

                     y se echó a llorar

                     a orillas del mar

                    la, lá, la, lá

                    la, lá, la, lá”.

—Te queda por dar unas explicaciones a lectoras y lectores. Están en la penúltima página y tendrán cosas que hacer.

—Siempre me toca a mí, jefe. ¿Qué quiere que explique?

—El sentido de la vida.

—Eso es fácil. La gente no es tonta. Ahí va:  Rμν - 1/2 R gμν = 8π G/c^4 Tμν

—Y ahora quédese aquí tranquilo. Tengo que hacer unas llamadas a la fábrica. En Requexo ya se ha liao, ya está armada. Muy mal se nos tiene que dar para que esta vez no sea la buena.

 No todo es jarana en la plaza de Requexo. En el Correor un paisano muy mayor apura la copa de anís. Está serio, no participa del jaleo general. Es foriato, está solo. Se levanta de la terraza y se aleja hacia la carretera de Sama. Con el puro en la boca, tose al subir la cuesta de la caleya. Va fijándose en las flores; claveles, dalias, hortensias, cosmos, hibiscos, geranios y rosas. Alguna casa en ruinas comida por el monte, manzanos, cerezos y una higuera. Un caseto con pites, huerta. Empieza a orbayar. Llama a una puerta con los nudillos, no hay timbre. Abre en pijama y zapatillas alguien desconocido para él.

—Buenos días. ¿El señor Rodríguez?

—Sí, soy yo.

—¿Es usted el que me ha traído hasta aquí?

—Sí, Méndez. Pase. ¿Quiere un café?

—Se lo agradezco, con gotas si es posible. Voy a cumplir noventa años. Subir cuestas me mata.

—Usted y Carvalho son inmortales. ¿Unas galletas?

—No...Pues usted dirá.

—Quiero confesarle algo inspector. Yo maté a Mari Luz, a Moré, al Toto y a Regulero.

—Virgen Santa. ¿Puede probarlo?

—Claro, claro. Con su permiso robaré otra frase a Manuel Vázquez Montalbán: “el asesino de mi novela es el escritor. Es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura”.

    Cantó el Gran Gato. Cuadraron al carrer la filla de Cuba i d´un gitanet, la sopa, la memoria y el deseo, la geometría y la compasión. Inspiración y locura:

                                     Quisiera ser poeta...

                                     Para no ver de cerca,

                                    A mis amigos tristes,

                                   A nuestros hijos grandes

                                   Y a nuestros viejos lejos...

    Tonia Calógero subrayó una última cita de Montalbán: “Un escritor posromántico todavía podía imaginar o soñar que con un poema podía cambiar el orden de las cosas; ahora sabemos que la historia no cambia ni bajo los efectos de toda la programación de la televisión americana”. Antes de irse a dormir enchufó en el portátil la memoria remitida por Gustave Flaubert, el autor de Bouvard y Pecuchet. 

 Un escritor ultraliberal, más o menos de Chicago, todavía podía imaginar o soñar que con un tratado de economía podía cambiar el orden de las cosas; ahora sabemos que la poesía no cambia ni bajo los efectos de toda la caterva de encantadores.

—“Bacía, yelmo, halo, / éste es el orden Sancho”.

Apoyado en la barra de "El Pirata", Makinavaja, el último choriso, el penúltimo poeta, cierra el libro que le han obligado a leer. Enciende un pito y sentencia.

—“Po fueno, po fale, po malegro”. 

El último que apague la luz.

 

 

 

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